Capítulo 31
Arai
Cuando Yaiza me dijo que Bruno quería hablar conmigo, pensé que sería por teléfono. Pero cuando añadió que estaba en mi salón, con su padre y con Nicolás, casi me da algo.
Aun así, no me moví de la cama. Ni un centímetro.
Estaba tumbada bocarriba, con los brazos cruzados sobre el abdomen, mirando al techo y dejando que el ventilador diera vueltas sobre mi cabeza con ese punto hipnótico que tienen las cosas cuando una no quiere pensar en nada y, al mismo tiempo, no puede pensar en otra cosa.
Yaiza se quedó de pie delante de mí, con los brazos cruzados y esa cara suya de hermana mayor no biológica que anuncia dos cosas: que te quiere y que no piensa dejarte hacer el idiota sin supervisión.
—No he dicho que vayas a perdonarlo —dijo.
—Ya.
—He dicho que quiere hablar.
—No me apetece.
—Arai…
La miré.
—No puedo tener otra conversación en la que alguien me diga que no ha querido hacerme daño mientras me deja el pecho como una obra pública.
Yaiza no sonrió. Eso ya era una señal.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—No exactamente, claro. Por suerte para mí, porque el hombre de mi vida todavía no me ha acusado de usar a su madre difunta para seducirlo.
A pesar de todo, solté aire por la nariz.
Ella se apoyó en la pared.
—No te estoy empujando. Te estoy diciendo que está ahí fuera desde hace media hora, sin hacerse el interesante, sin montar una escena y con una cara de haberse dado cuenta por fin de que la ha cagado a lo grande.
Bajé la vista a las manos. No quería verlo, pero tampoco quería no verlo, y las dos cosas llevaban peleándose dentro de mí desde que me fui de Barcelona.
—¿Y Antonio? —pregunté.
—Con tus padres. Y sorprendentemente bien. Tu madre ya le ha dado dos cafés, lo cual aquí significa aceptación provisional.
Eso me arrancó una sonrisa pequeña. Muy pequeña.
Yaiza la vio, claro.
—Eso. Esa cara me gusta más.
—No te vengas arriba.
—No me vengo arriba. Solo te aviso de una cosa: si sales ahí fuera, yo estaré cerca. No para interrumpir. Para vigilar que no vuelva a ponerse imbécil.
—Qué tranquilizador.
—Es mi encanto.
Me puse en pie despacio.
Sentía las piernas raras, como si bajar a hablar con Bruno fuera otra forma de asomarme a una cornisa. No porque pensara que iba a volver a decirme algo horrible. Sino porque una parte de mí seguía queriéndolo incluso después de eso, y no había orgullo suficiente para que reconocerlo no doliera.
Bruno estaba en el patio interior, junto al limonero, con las manos en los bolsillos, la espalda un poco tensa y la mirada clavada en el suelo de piedra.
No llevaba flores, ni cara de galán arrepentido, ni uno de esos discursos preparados que parecen sacados de un anuncio de colonia, lo cual agradecí bastante.
Cuando me oyó salir, levantó la cabeza, pero no sonrió. Yo tampoco.
Nos quedamos mirándonos unos segundos, con el aire tibio de la tarde entre los dos y todo lo que había pasado apretando desde sitios distintos.
—Hola —dijo al final.
—Hola.
No parecía el principio de nada prometedor, pero al menos era verdad.
Bruno dio un paso, muy poco.
—No sé hacerlo bonito.
Crucé los brazos, más por sujetarme yo que por otra cosa.
—Pues no lo hagas bonito.
Asintió.
—Fui cruel.
Lo dijo de frente. Sin rodeos. Sin intentar rebajar la frase ni esconderla detrás de una excusa más o menos aceptable.
—Sí —respondí.
—Y no porque pensara de verdad que tú eras capaz de algo así, aunque fue exactamente lo que te lancé a la cara.
No aparté la vista. Quería que lo dijera entero, sin dejarse nada fuera.
—Lo hice porque me dio miedo. Miedo de golpe. Miedo de que mi madre siguiera ahí, de que mi padre estuviera roto delante de mí, de que tú supieras cosas que yo no sabía, de que me importaras en medio de todo eso y de no saber dónde poner nada sin que me explotara encima.
Respiré hondo.
—Y decidiste explotarme a mí.
La frase le dolió. Se le vio.
—Sí.
—Muy bien.
No lo dije con ironía. Lo dije cansada.
Bruno tragó saliva.
—No merecías cargar con mi miedo. Ni con mi duelo. Ni con el desastre que tengo encima con mi padre, con mi madre, con Carla o conmigo mismo. Y, aun así, te lo eché todo. Y encima en el peor momento posible.
No había defensa en su voz, ni un «pero» al que agarrarse. Solo eso.
—Me hiciste sentir sucia —dije.
Levantó la cabeza.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes.
—No exactamente. Pero lo imagino, y me basta para entender que hay cosas que no se arreglan con decir «lo siento».
Me quedé callada porque, aunque seguía enfadada, esa frase sí había estado bien puesta.
Bruno respiró hondo.
—No sé hacerlo perfecto. No sé llegar aquí y decir la frase exacta que te quite esto de encima. Ni siquiera sé si la merezco. Pero sí sé una cosa: no quiero volver a hablarte desde el miedo como si tú tuvieras que pagar la factura de lo que yo no supe sostener.
Noté que se me apretaba algo en el pecho.
—Eso suena bien —murmuré—. El problema es que yo ya no me fío tan fácil.
—Lo entiendo.
—Y no me vale con que lo entiendas. Tiene que costarte.
—Me está costando.
—No lo suficiente todavía.
Lo aceptó. Así, sin más.
No intentó defenderse ni pedirme que acelerara el perdón. No me recordó que había venido hasta Canarias. No se puso intenso. Y precisamente por eso me resultó más difícil mantener la coraza intacta.
Se oyó una silla arrastrarse dentro de la casa. Yaiza, seguramente, recolocándose para seguir siendo una amenaza visible.
Bruno miró hacia la puerta y casi sonrió.
—Tu amiga da bastante miedo.
—Yaiza no es mi amiga. Es una institución pública.
Eso sí me arrancó una sonrisa breve. Bruno la vio y no dijo nada, que en ese momento fue mejor así.
—No sé qué hacemos con esto —admití.
—Yo sí sé lo que quiero hacer —dijo—. Intentarlo bien. Sin fantasmas empujando, sin culpa mal colocada y sin usarte para tapar nada.
—¿Y Carla?
No desvió la mirada.
—Carla y yo hemos terminado de verdad.
Asentí despacio.
No porque me hiciera feliz. No del todo. Sino porque era la única manera limpia de estar allí.
—Y aun así —añadió—, eso no te obliga a nada.
Le sostuve la mirada.
—Menos mal.
Se hizo un silencio, pero esta vez no era pesado. Era de esos momentos frágiles en los que los dos saben que cualquier cosa puede arreglar algo o romperlo del todo.
—Mi madre ha reservado una habitación de hotel —dije de repente.
Bruno parpadeó.
—¿Perdón?
—No para ella. Para nosotros. Bueno, para «que habléis tranquilamente», ha dicho. Lo ha soltado como quien no organiza nada y luego me ha dado una bolsa con un bikini, un vestido y crema hidratante como si llevara semanas esperando este momento.
Bruno se quedó mirándome unos segundos.
Luego se le escapó una risa.
—Eso es gravísimo.
—Mi madre da mucho miedo. Solo que con pendientes bonitos.
—¿Yaiza va a vigilar desde la habitación de al lado?
—Yaiza habría pedido una suite conectada por una puerta secreta si hubiera podido.
—Me cae bien.
—No lo digas muy alto. Se crece.
Lo miré y, por primera vez desde que había llegado a Canarias, noté que el cuerpo dejaba de estar en modo huida.
No del todo, solo lo necesario.
—Arai —dijo, bajando un poco la voz—. Si me dices que no, me voy. Y no vuelvo a presionarte. Pero si me dices que sí, aunque sea a medias, aunque sea con condiciones, esta vez lo hago bien.
Lo pensé.
No mucho, porque en realidad llevaba pensándolo desde que lo vi en el patio con esa cara de hombre que por fin se había tragado la verdad entera.
—No te perdono del todo todavía.
—Lo sé.
—Y como la cagues otra vez, te dejo sin posibilidad de redención insular.
—Justo.
—Y no pienso ponértelo fácil.
—Tampoco esperaba eso.
Lo miré un segundo más y al final asentí, muy poco, pero lo suficiente. Bruno soltó el aire como si llevara horas aguantándolo, y quizá era verdad.
—Vale —dijo.
—No te emociones.
—Lo estoy intentando.
—Se te nota un poco.
—Es lo máximo que puedo disimular ahora mismo.
Lo miré un segundo más y, antes de pensármelo demasiado, le tendí la mano. Bruno la cogió al instante.
Cuando entramos en el salón así, cogidos de la mano, nadie dijo nada, pero tampoco hizo falta.
Mi madre sonrió como si llevara media vida esperando aquel gesto.
Yaiza me miró con esa cara de «luego hablamos» que venía con amenaza incorporada; Antonio soltó el aire despacio y hasta Nicolás tuvo el detalle de no abrir la boca durante unos segundos.
Nos despedimos sin alargarlo demasiado, porque a esas alturas todos entendieron que ya habíamos tenido bastante familia, bastante drama y bastante supervisión por un día.
Y, sinceramente, también porque Bruno y yo nos merecíamos estar solos de una vez, sin fantasmas, sin testigos y sin nadie pendiente de si nos daba por discutir, besarnos o las dos cosas a la vez.
Fuimos al hotel casi en silencio. No uno incómodo, sino uno raro, nuevo, de esos que llegan cuando la bronca grande ya ha pasado y todavía no sabes si estás entrando en una tregua, en una recaída o en algo mejor.
El hotel era de esos sitios que mi madre definiría como una barbaridad carísima y luego recomendaría a todo el mundo. Tenía una entrada enorme, olor a jazmín en el vestíbulo, suelos brillantes y una calma de sitio caro que te obligaba a bajar la voz aunque nadie te lo pidiera.
La habitación era todavía peor. O mejor. Dependía de cuánto quisiera una hacerse la digna.
Había un jacuzzi junto al ventanal, una terraza amplia con dos tumbonas y una mesa baja, una cama enorme y una ducha de cristal ahumado que dejaba bastante claras sus intenciones.
Sobre la mesa habían dejado una bandeja con fresas, chocolate y una botella de cava, como si alguien hubiera decidido que, después de todo lo que llevábamos encima, el universo nos debía un gesto bonito.
—Tu madre planifica como una delincuente elegante —murmuró Bruno.
—Lo sé.
Dejé el bolso sobre una butaca y me quedé quieta en mitad de la habitación, mirándolo todo. No era el refugio, ni la suite del hotel rural, ni una cama compartida a la fuerza. No era nada improvisado. Era, por primera vez en mucho tiempo, un sitio donde no parecía que fuera a pasar nada malo.
Bruno se acercó despacio.
—¿Estás bien?
Lo miré.