Nada personal, señor Montalbán Capítulo 30
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Capítulo 30

Bruno

Nunca pensé que acabaría persiguiendo a una mujer hasta Canarias acompañado por mi padre, mi mejor amigo y, muy probablemente, el fantasma entrometido de mi madre.

Si alguien me lo hubiera dicho un mes antes, le habría recomendado dormir más y beber menos.

Sin embargo, allí estaba yo, en la terminal del aeropuerto, con un café horrible en la mano, Nicolás comiéndose una napolitana como si fuéramos de excursión y mi padre mirando la pantalla de salidas con la concentración de quien cree que, si frunce mucho el ceño, los vuelos se ordenan solos.

—Todavía estamos a tiempo de admitir que esto no es normal —murmuré.

Nicolás dio otro mordisco.

—Eso lo perdimos en el momento en que tu madre empezó a comunicarse con libros.

Mi padre no apartó la vista de la pantalla.

—No habléis de tu madre en voz alta en un aeropuerto.

—No está muerto quien pelea —dijo Nicolás con toda la tranquilidad del mundo.

Lo miré.

—¿Puedes no hacerte el gracioso con esto?

—No me hago el gracioso. Soy el gracioso. Es distinto.

Mi padre soltó aire por la nariz.

—Nicolás.

—Vale, vale. Ya me callo. Pero solo quiero dejar constancia de que, si a mí me llegan a decir hace una semana que iba a cruzarme media España para ayudarte a arreglar lo de Arai, habría pedido detalles y palomitas.

No le respondí porque cualquier cosa que me saliera iba a sonar peor de lo que ya estaba el día.

El móvil vibró.

Yaiza.

Lo saqué tan rápido que Nicolás sonrió como un imbécil.

—Relájate, Romeo rural.

Le enseñé el móvil con ganas de estampárselo en la frente.

No llamó, sino que envió un mensaje.

Yaiza: No aparezcáis aquí como si esto fuera una película.

Miré la pantalla.

Antonio se acercó un poco.

—¿Qué dice?

—Que no aparezcamos allí como si esto fuera una película.

Nicolás tragó.

—A su favor diré que, visto desde fuera, tiene bastante razón.

Escribí sin pensar demasiado.

Bruno: No vamos a montar un numerito. Solo quiero hablar con ella.

La respuesta tardó menos de lo que yo esperaba y bastante más de lo que me habría gustado.

Yaiza: Tú quieres hablar. Yo quiero que la dejéis respirar. Ahora mismo gana mi opción.

Le enseñé la pantalla a Nicolás.

—Te ha calado —dijo.

—No ayudas.

—No estoy aquí para ayudarte. Estoy aquí para evitar que la cagues más y, si es posible, verlo de cerca.

Antonio me quitó el móvil con esa autoridad de padre que uno acepta incluso pasados los treinta.

Leyó el mensaje y luego me lo devolvió.

—Tiene razón.

Me giré hacia él.

—Papá.

—No digo que no vayas a hablar con Arai. Digo que no puedes llegar a la casa de sus padres como si fueras un héroe romántico al que le ha costado mucho coger un avión.

Nicolás levantó la mano.

—Aquí me gustaría puntualizar que a mí sí me ha costado muchísimo coger este avión. El café era malo y casi me hacen tirar la colonia.

—Nicolás —dije.

—Ya me callo, pero estáis subestimando mi sufrimiento logístico.

El embarque fue exactamente tan tenso como parecía. Yo apenas probé el café. Mi padre se sentó junto a la ventanilla, callado, con una pequeña libreta en la mano que no abrió en ningún momento. Nicolás se quedó en el asiento del pasillo y decidió que era buen momento para seguir comentando.

—A ver, plan rápido —dijo, mientras el avión todavía rodaba por pista—. No puedes presentarte llorando ni demasiado serio. Tampoco puedes presentarte con flores, porque eso es de cobarde que no sabe hablar.

»Y no puedes, bajo ningún concepto, decir «he venido a buscarte», porque eso da mezcla de secuestrador y protagonista de serie turca.

Me giré un poco para mirarlo.

—¿Te puedes callar cinco minutos?

—Podría. Pero no te conviene. ¿Sabes lo que te conviene? Llegar a Canarias con una idea clara y no con esa cara de hombre que lleva tres días discutiendo con fantasmas y remordimientos.

Antonio siguió mirando al frente.

—Tiene razón en una cosa.

Nicolás sonrió.

—Gracias, Antonio. Me aferro a ese reconocimiento.

—No improvises con Arai.

Lo dijo sin girarse, y a mí la frase me cayó encima con el peso justo. Porque mi padre no estaba hablando solo como padre. Estaba hablando como alguien que llevaba demasiado tiempo improvisando con el dolor y sabía perfectamente cuánto cuesta arreglar luego lo que sale mal.

—Lo sé —dije.

Antonio asintió muy despacio, mientras Nicolás se recostaba en el asiento.

—Perfecto. Entonces ya solo nos queda sobrevivir al aterrizaje, a Yaiza y, si hay suerte, a la madre de Arai, que seguramente nos examinará por la forma de coger la cuchara.

Miré por la ventanilla del otro lado sin ver nada.

Llevaba demasiado rato con el cuerpo en tensión.

Desde que salimos de Barcelona, desde que vi la frase en el libro, desde que entendí que mi madre no había conseguido irse y que, en el fondo, quizá seguía allí porque yo todavía no había arreglado nada.

O porque aún no me había ganado el derecho a que ella me dejara tranquilo.

No sé cuánto dormí durante el vuelo. No mucho, pero sí lo suficiente para abrir los ojos de golpe cuando el avión empezó a descender y notar la luz diferente, el azul de abajo, la línea de costa y esa sensación extraña de llegar a un lugar donde nadie te había llamado, pero donde igual estabas más cerca de la verdad que en casa.

Nicolás se estiró.

—Vale, esto sí compensa.

Mi padre, por primera vez en toda la mañana, sonrió un poco.

—Es bonito.

—No sé si bonito es la palabra. Es insultantemente bonito —dijo Nicolás—. Entiendo por qué la gente no quiere irse de aquí.

Yo no dije nada.

Estaba mirando las casas blancas, las carreteras curvas, el mar abierto al fondo y pensando que, si Arai había necesitado volver a todo eso para recordar quién era, yo no tenía ningún derecho a aparecer y estropearle también ese refugio.

Eso no me quitó las ganas de verla, solo me hizo sentir aún más pequeño.

El calor nos golpeó en cuanto salimos del aeropuerto. No era exagerado, pero sí de ese que te cambia la forma de respirar. Mi padre levantó la cabeza, olió el aire y soltó el primer comentario realmente humano del día.

—Esto ya es otra cosa.

Nicolás se puso las gafas de sol.

—Yo aquí me quedaba.

—Tú te quedas en cualquier sitio donde haya desayuno de hotel —dije.

—Porque sé priorizar.

Cogimos un coche de alquiler porque, al parecer, el universo había decidido que lo de la excursión grupal absurda todavía podía dar más de sí.

Nicolás insistió en conducir él «por razones estratégicas», que luego se tradujeron en que quería poner música, comentar el paisaje y hacer de guía espiritual sin tener ni idea de a dónde iba.

—A ver —dijo, arrancando—, repasemos. Vamos a casa de la familia de Arai, o a la zona donde estén, pero sin entrar en modo invasión. Tú respiras. Antonio parece una persona seria y respetable, cosa que ayuda. Yo, si hace falta, entretengo a Yaiza.

—No quiero ni imaginar cómo piensas hacer eso —dije.

—Con encanto, rapidez mental y una capacidad muy desarrollada para detectar cuándo una mujer está a punto de echarte con la zapatilla.

Mi padre se abrochó mejor el cinturón.

—No quiero un circo.

—Yo tampoco —dije.

Nicolás me miró por el retrovisor.

—Eso lo dices ahora porque todavía no has visto a Yaiza defendiendo territorio.

No se equivocaba.

La primera vez que vimos a Yaiza fue en una terraza frente al mar, con una mesa pequeña, dos cafés, una botella de agua y una cara de «como me hagáis perder la paciencia, os entierro en la arena». Estaba sola. Eso, de entrada, me dio un golpe en el pecho.

Nicolás aparcó como pudo.

—Voy yo primero —dijo.

—Ni hablar.

—Bruno, con esa cara no convences ni a un cajero automático. Déjame trabajar.

Se bajó antes de que pudiera sujetarlo por el cuello. Mi padre hizo amago de seguirlo, pero lo frené.

—Espera.

—No me hace gracia esto.

—A mí tampoco.

Vimos a Nicolás cruzar la calle con una tranquilidad ofensiva y acercarse a la mesa de Yaiza como si fuera un cliente habitual de aquel sitio. Ella lo miró, no se levantó y ni siquiera le hizo el favor de aparentar sorpresa.

Desde donde estábamos no oíamos todo, pero sí lo bastante para enterarnos. Nicolás sonrió; Yaiza no. Él señaló hacia el coche y ella nos miró primero a mí y luego a mi padre. Por la cara que puso, tuve claro que mi padre le había caído bastante mejor.

—Eso escuece —dijo Nicolás cuando volvió al coche cinco minutos después.

—¿Qué ha dicho? —pregunté.

—Que no piensa ponértelo fácil.

—Normal.

—También ha dicho que Arai está con sus padres y que, si quieres verla, vas a verla bien.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que no piensa dejarte aparecer con cara de perro abandonado, soltar cuatro frases sentidas y creer que con eso se arregla una hostia emocional de tamaño considerable.

Mi padre asintió.

—Sigue teniendo razón.

Nicolás lo señaló.

—Antonio, tú y yo podríamos tener una amistad preciosa si dejaras de usarme solo para validar a mujeres que me quieren echar.

—Nicolás.

—Vale, vale. Lo importante es esto: Yaiza ha dicho que Arai no está para sorpresas. Si quieres verla, primero hablas con la familia. Sin cara de pena y sin ponerse a improvisar.

Me quedé callado.

Porque aquella opción, que era la más difícil, era también la única decente.

—Vamos —dijo mi padre.

—¿Así, sin más? —preguntó Nicolás.

—Sí. Así, sin más.

—Vale. Lo pregunto porque me gusta saber cuándo empieza oficialmente la parte más incómoda del día.

La casa de los padres de Arai estaba en una zona tranquila, con buganvillas en la entrada, persianas medio bajadas y ese aire de casa vivida de verdad que se nota incluso antes de que alguien te abra.

No era grande. O no lo parecía desde fuera.

Pero tenía algo que la hacía sentirse de verdad, como una casa de las que llevan toda la vida siendo casa.

Yaiza fue delante.

Nosotros detrás, como una procesión absurda compuesta por un hombre arrepentido, su padre todavía roto y un amigo que estaba disfrutando demasiado del drama para ser una persona del todo normal.

Justo cuando llegábamos a la puerta, se me tensó algo por dentro.

Yaiza llamó una vez.

Abrió una mujer menuda, morena, con el pelo recogido y una mirada que me hizo entender en menos de tres segundos de quién había heredado Arai la capacidad de dejarte quieto sin levantar la voz.

Miró a Yaiza, luego a mi padre, después a mí y, por último, a Nicolás, que le dedicó una sonrisa tan impecable que me dieron ganas de empujarlo contra un seto.

—Buenas tardes —dijo ella.

Yaiza cruzó los brazos.

—Han venido a hablar con Arai.

La mujer me sostuvo la mirada.

—¿Y usted es el que ha venido a complicarle la vida desde Barcelona?

Nicolás se atragantó con su propia respiración, yo me quedé sin nada que decir y mi padre dio un paso al frente.

—Soy Antonio Montalbán. Y sí, hemos venido por Arai. Pero antes queríamos hablar con ustedes, si nos lo permiten.

La madre de Arai lo miró de arriba abajo. Luego asintió una sola vez.

—Encantada, Antonio. Soy Elena, la madre de Arai. Pasen.

Cuando entramos, olía a café, a comida recién hecha y a algo dulce que me recordó de golpe que llevaba demasiadas horas sin ingerir nada decente.

El salón era sencillo, luminoso y estaba lleno de esas cosas pequeñas que dicen familia sin necesidad de un cartel: fotos, plantas, cojines colocados sin obsesión, una manta doblada sobre el brazo del sofá y un ventilador girando despacio en la esquina.

Un hombre se levantó del sillón en cuanto nos vio entrar. Más alto que la madre, pelo canoso, cara de persona tranquila hasta que dejan de darle razones para serlo.

—Néstor —dijo Yaiza en voz baja, como aviso.

Nos miró uno a uno.

—¿Qué ha pasado?

Nadie dijo nada.

Y ahí se me colocó una verdad bastante simple: Arai no había vuelto a Canarias solo por distancia o por aire; había vuelto al único sitio donde no iban a dejarla caer sola.

Y por primera vez desde que me bajé del avión dejé de pensar en mi discurso y pensé en algo mucho peor: si de verdad tenía derecho a plantarme delante de ella.