Capítulo 29
Bruno
No volví a la empresa. Al menos, no ese día.
No tuve cuerpo para meterme en un despacho, fingir normalidad y revisar correos como si no acabara de acusar a Arai de la peor mierda que se me podía haber ocurrido.
Volví a casa.
A casa de mi padre, en realidad, aunque seguía costándome llamarla así desde que había regresado a Barcelona.
Nicolás insistió en llevarme él. No me dejó conducir y, sinceramente, no peleé mucho.
Mario dijo que ya se encargaba de traer mi coche, y yo no estaba para discutirle nada a nadie.
Durante el trayecto apenas hablamos. Yo miraba por la ventanilla y él hacía eso que hacen los amigos cuando saben que cualquier frase más o menos sensata llega demasiado pronto.
En cuanto entré en mi habitación, me quité la chaqueta, la dejé sobre la silla y me senté en la cama sin deshacerla.
El silencio de la casa me cayó encima de golpe.
No era el silencio tranquilo de otras veces. Era uno raro, incómodo, como si hasta la casa supiera que yo la había cagado.
Me pasé las manos por la cara y cerré los ojos.
La escena volvía sola.
Arai sentada frente a nosotros, agotada, sosteniendo a mi madre con su propia voz. Mi padre llorando por primera vez en años sin esconderse. Y yo, como un imbécil, rematándolo todo con la frase más cruel que podía haber elegido.
«¿Utilizaste a mi madre para acercarte a mí?»
Solo recordarlo me revolvió el estómago.
Me puse en pie porque sentarme no ayudaba y empecé a caminar por la habitación sin ningún rumbo útil. Me quité el reloj. Lo dejé sobre la cómoda. Fui al baño. Volví. Abrí el armario sin saber para qué.
Y entonces cayó el primer libro. No resbaló ni estaba mal puesto: cayó, con un golpe seco contra el suelo de madera. Me quedé quieto mirando la estantería y, un par de segundos después, otro se inclinó y terminó abriéndose sobre la alfombra con las páginas hacia arriba. Se me heló la espalda.
—No.
Lo dije en voz baja. Ridículo, probablemente.
—No ahora.
El tercer libro fue el peor porque lo reconocí antes de que tocara el suelo.
Era uno de los de mi madre.
Tapa azul oscura, lomo gastado, una marca de café en la esquina inferior. Se lo había visto mil veces entre las manos. Le gustaba dejar papeles doblados dentro y luego indignarse cuando no recordaba en qué página iba.
El libro cayó abierto. Fui hasta él despacio, como si moverme más rápido pudiera empeorar algo, y vi una frase subrayada en lápiz que no recordaba haber visto antes:
«El amor no sirve de nada si se usa para castigar.»
Me quedé mirándola demasiado tiempo y al final solté el aire por la nariz, pasándome una mano por la boca, sin saber muy bien si lo que estaba intentando tragarme era rabia, culpa o puro miedo.
—Joder, mamá.
Nadie respondió, pero otro libro se abrió en la cama. Me giré y lo vi bocarriba, justo en el centro del colchón. Lo había dejado cerrado en la mesilla antes de ir al hotel, y ahora estaba abierto por la mitad.
Me acerqué y vi otra frase subrayada, esta vez en bolígrafo azul:
«A veces el daño no está en llegar tarde, sino en seguir empujando a quien ya ha llegado roto.»
Me dejé caer en la cama, derrotado, y ahí fue cuando lo entendí. No había sido Arai la que había movido nada. No había sido ella la que había usado información íntima ni la que había jugado con mi padre o conmigo. Arai había cargado con todo aquello sola.
Había aguantado a mi madre apareciendo en su casa, en la oficina, en el hotel, en la montaña y donde le diera la gana.
Había protegido a mi padre. Había intentado protegerme a mí.
Había intentado proteger incluso a Carla, que ni siquiera estaba allí.
Y yo, en cuanto el suelo se movió debajo de mis pies, elegí pensar lo peor de ella.
Me incliné hacia delante y apoyé los codos en las rodillas. La vergüenza llegó como llega siempre, tarde y con ganas de quedarse. Llamaron una vez a la puerta y Nicolás entró sin esperar respuesta. Me miró a mí, luego a los libros en el suelo y después volvió a mirarme.
—Vale —dijo—. O has tenido una crisis espiritual rara o aquí está pasando algo que no me vas a saber explicar bien.
No contesté. Él cerró la puerta con el pie y se quedó dentro.
—La has cagado más de lo que creía, ¿verdad?
Solté una risa seca.
—Bastante más.
Nicolás se apoyó en la cómoda.
—A ver.
Miré el libro abierto sobre la cama.
—No ha sido Arai.
—Ya.
Levanté la cabeza.
—¿Ya?
—Bruno, la chica llevaba días con cara de estar sosteniendo una central nuclear con dos clips. No me parecía precisamente la mente criminal del siglo.
Me pasé una mano por el pelo.
—La he acusado de utilizar a mi madre.
Nicolás cerró los ojos.
—Hostia.
—Sí.
—Eso es… sí. Eso es gordo.
—Ya lo sé.
—No, creo que todavía no lo sabes del todo. Pero vas bien encaminado.
No tenía energía para discutirle el tono.
Él miró otra vez los libros tirados.
—¿Y esto?
—Mi madre sigue aquí.
Lo dije tan serio que Nicolás no se rio.
Ese fue el momento exacto en que su expresión cambió.
—Vale —dijo despacio—. Pues entonces estamos oficialmente en una novela que no estaba en el catálogo.
—Ha tirado libros. Los ha abierto. Me ha dejado claro que la he cagado.
—Bueno, por una vez estoy de acuerdo con tu madre.
Lo miré mal.
—No es el momento.
—No, claro que no. Tienes razón. El momento era antes de preguntarle a Arai si había usado a tu madre para acercarse a ti, pero por lo visto lo hemos perdido.
Me levanté de la cama.
—Necesito encontrarla.
—Bien. Primera frase útil de la tarde.
Cogí el móvil y abrí el chat de Arai. Nada. Ni mensaje, ni llamada, ni una sola línea que no fuera mía. Probé igualmente.
Desactivado.
La sensación en el pecho empeoró.
—No contesta.
—Normal.
—Nicolás.
—¿Qué? ¿Esperabas que te contestara al segundo y te dijera «tranquilo, Bruno, a todos nos pasa acusar a la gente de cosas horribles cuando se nos muere el criterio»?
Levanté una mano.
—Vale.
—No, vale, no. Ahora toca hacer lo único sensato que te queda: encontrarla antes de que se suba a un avión, a un tren o se le asiente el cabreo.
Lo miré.
—¿Tú crees que se habrá ido?
Nicolás me sostuvo la mirada dos segundos.
—Sí.
Y lo peor fue que yo también.
—Yaiza —dije.
—Eso sí. Por fin otro nombre útil.
Llamé a Yaiza. No cogió. Volví a llamar y tampoco. A la tercera me mandó un mensaje.
Yaiza: Si llamas por Arai, ni lo intentes.
Cerré los ojos un segundo.
Nicolás se acercó.
—Déjame a mí.
—No te va a decir nada.
—A ti no. A mí ya veremos. Tengo encanto de apoyo técnico.
—No sé qué significa eso.
—Ni falta que hace.
Me quitó el móvil de la mano con una naturalidad ofensiva y escribió sin pedirme permiso. Leí el mensaje por encima de su hombro.
Bruno: Hola, Yaiza. Soy Nicolás, el amigo del idiota. No voy a defenderlo porque no puedo. Solo necesito saber si Arai está bien y si se ha ido a algún sitio desde el que luego haya que rescatarla otra vez.
Lo envió. Yo me quedé mirando la pantalla.
—¿En serio?
—En serio.
—Eso te parece una estrategia.
—No. Me parece verdad. Y ahora mismo es lo único que tenemos.
Esperamos. Pasaron treinta segundos, luego un minuto, luego dos, y al final llegó la respuesta.
Yaiza: Está conmigo. Y si has venido a hacer de mediador simpático, te ahorras el viaje.
Nicolás sonrió.
—Ves. Ya responde.
Le arrebaté el móvil.
Bruno: No necesito mediador. Quiero saber si está bien.
La respuesta tardó poco.
Yaiza: No está bien. Sorpresa.
Me apoyé en la mesa.
Nicolás leyó por encima de mi hombro.
—Te la has ganado.
—Gracias.
Escribí otra vez.
Bruno: Dime dónde está, por favor.
Esta vez tardó más.
Cuando respondió, fue para no responder:
Yaiza: No.
Solté el aire, frustrado.
Nicolás me quitó el móvil otra vez.
—Ahora aparta.
Escribió sin pensárselo:
Bruno: Vuelvo a ser Nicolás. Vale. Entonces dime solo una cosa: ¿le preparo un discurso de arrepentimiento decente o directamente me lo llevo a Canarias atado al ala del avión?
Lo miré.
—¿Canarias?
Nicolás alzó una ceja.
—Tú míralo todo, menos lo obvio.
La respuesta llegó enseguida.
Yaiza: No te he dicho que nos vayamos a Canarias.
Nos quedamos los dos mirando la pantalla.
Luego Nicolás sonrió despacio, con una satisfacción que en otro momento me habría parecido insoportable.
—Y, sin embargo, ya nos lo ha dicho.
Lo miré.
—Te odio un poco.
—Lo normal.
Le quité el móvil.
Bruno: Gracias. No voy a aparecer así sin más. Pero necesito arreglar esto.
Tardó un poco.
Yaiza: Pues empieza por arreglarte tú. Luego ya veremos.
No era una dirección ni una invitación, pero tampoco era un no rotundo. Y, a esas alturas, eso ya me parecía bastante más de lo que merecía.
Dejé el móvil sobre la mesa y me senté otra vez en la cama, con la sensación bastante clara de que acababa de abrirse una puerta minúscula y de que, si la cagaba otra vez, no iba a haber madre muerta, amigo pesado ni libro subrayado que me sacara del agujero.
Miré la estantería.
Los libros seguían en el suelo.
Uno de ellos, el de mi madre, se había quedado abierto por una página distinta. No lo había oído moverse. Ni yo ni Nicolás.
Nos acercamos los dos.
La nueva frase subrayada era corta.
«Ve.»
Me quedé mirándola.
Nicolás soltó aire por la nariz.
—Tu madre da un poco de miedo.
—Sí.
—Pero tiene razón.
Asentí, porque esta vez ya no había nada que discutir.
Tocaba ir.