Capítulo 28
Arai
No recuerdo muy bien cómo salí del hotel.
Recuerdo el bolso colgado al hombro. Recuerdo a Antonio llamándome por mi nombre desde algún punto detrás de mí. Recuerdo el aire frío en la cara, el aparcamiento mojado y la sensación bastante clara de que, si me paraba un segundo, no iba a poder volver a moverme.
Así que no me paré.
Crucé la entrada, bajé los escalones y fui directa a recepción. Tenía el corazón disparado, la garganta cerrada y una frase de Bruno dándome vueltas en la cabeza con la precisión de una navaja.
«¿Utilizaste a mi madre para acercarte a mí?»
Ni siquiera era solo la frase. Era la cara con la que me lo había dicho, la forma en que había decidido pensar lo peor de mí.
No que yo me hubiera equivocado, que hubiera llegado tarde o que todo aquello se nos hubiera ido de las manos, sino lo peor.
Como si, en el fondo, yo fuera capaz de algo así.
La chica de recepción levantó la cabeza cuando me acerqué.
—¿Todo bien?
—Necesito un taxi.
Desde luego, no estaba todo bien. Ni de lejos. Pero la recepcionista no tenía la culpa de nada y yo no estaba para otra conversación más en un sitio que todavía olía a café y a reunión de empresa.
—Claro —dijo, cogiendo el teléfono—. ¿Vas a la estación?
Parpadeé.
—Sí.
Ni siquiera lo había pensado, pero sí. La estación era una salida, y yo en ese momento habría aceptado cualquier cosa que me sacara de allí.
Mientras ella hablaba por teléfono, me senté en uno de los sofás del vestíbulo y miré mis manos. Me temblaban. No de una forma exagerada. Lo bastante como para que me diera rabia.
Lola apareció a mi lado con la cara desencajada. Bueno, todo lo desencajada que podía tenerla una fantasma.
—Arai…
Levanté la vista.
—No.
—Lo siento.
—No.
—No quería…
—No, Lola.
Lo dije bajo. Cansada. Sin fuerzas para gritarle ni para tenerle la compasión que, en otro momento, quizá habría tenido.
—No puedo ahora mismo.
Ella se quedó quieta.
—No he querido que acabara así.
Me reí sin ganas.
—Pues ha quedado precioso.
Se le llenaron los ojos de una tristeza tan grande que, por un segundo, casi me dolió más por ella que por mí.
Casi.
—El taxi llega en diez minutos —dijo la recepcionista.
Asentí.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que Antonio apareció en el vestíbulo. Quizá un minuto. Quizá menos. Yo seguía sentada, con Lola a un lado y mi orgullo hecho trizas en el sofá.
Antonio se detuvo delante de mí.
Tenía la cara cansada, los ojos rojos y esa manera suya de sostenerse en pie cuando por dentro ya iba tarde a todas partes.
—No te vayas así.
Levanté la cabeza.
—No puedo quedarme.
—Arai…
Negué despacio.
—Ahora mismo no. No allí. No con él. No después de eso.
Antonio cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, ya no parecía mi jefe. Solo un hombre muy triste intentando sujetar demasiado a la vez.
—Bruno no sabe lo que ha dicho.
Solté aire por la nariz.
—No. Bruno sabía exactamente lo que estaba diciendo. Otra cosa es que no mida bien el daño cuando se siente acorralado.
Antonio no me llevó la contraria. Y ese detalle, por pequeño que fuera, me dolió todavía más.
—Dame un día —dijo—. Solo un día. Volvemos a Barcelona, descansamos y hablamos.
—Antonio, te juro que si me quedo un día más aquí, me rompo.
La frase salió tan limpia que ni siquiera yo intenté maquillarla.
Antonio bajó la vista.
—Vale.
Solo dijo «vale», como si entendiera que, llegados a cierto punto, lo único decente que le quedaba era dejarme ir.
El taxi apareció delante del hotel y la recepcionista me hizo un gesto. Me puse en pie. Antonio hizo lo mismo.
—Llámame cuando llegues —dijo.
—Lo haré.
—Aunque no quieras hablar conmigo, llámame.
Lo miré y asentí, porque a él todavía sí.
Lola se había quedado un poco más atrás, cerca de la puerta del salón. No se acercó ni dijo nada. Solo me miró como si quisiera abrazarme y supiera que no tenía derecho. Quizá no lo tenía. Quizá ninguna de las dos.
Me metí en el taxi y cerré la puerta. Cuando el coche arrancó, vi a Antonio quedarse quieto bajo el porche del hotel, con las manos en los bolsillos y la espalda doblada por algo que no era solo la edad.
No miré atrás una segunda vez.
En la estación compré el primer billete que salía hacia Barcelona y me senté en un banco a esperar con la sensación bastante absurda de estar huyendo de un incendio sin saber si el fuego estaba detrás o dentro.
El tren iba medio vacío. Mejor.
Me senté junto a la ventana y apoyé la frente en el cristal. Fuera, la montaña fue dando paso a carreteras, pueblos y estaciones pequeñas, todo demasiado normal para lo rota que yo iba por dentro.
A mitad de trayecto saqué el móvil.
Tenía varios mensajes.
Uno de Beatriz.
Uno de Mario, increíblemente respetuoso para ser él.
Dos de Antonio.
Ninguno de Bruno.
Eso también dolió.
No porque quisiera que me escribiera, o no solo por eso, sino porque ya no sabía qué me dolía más: que no lo hiciera o que, si lo hacía, yo fuera a leerlo.
Abrí el chat de Yaiza.
No pensé mucho.
Arai: ¿Estás en casa?
La respuesta llegó al segundo.
Yaiza: Sí. ¿Qué ha pasado?
Tardé un poco en escribir.
Arai: Estoy regresando en tren.
La siguiente respuesta tardó menos.
Yaiza: Te espero abajo.
Eso fue todo. No preguntó qué había pasado, ni qué había hecho él, ni siquiera si yo estaba bien. Solo dijo: «Te espero abajo». Y, de pronto, aquello fue lo más parecido a casa que había tenido en todo el día.
Cuando llegué a Barcelona, ya era de noche. Cogí un taxi desde Sants hasta el Eixample y durante todo el trayecto miré la ciudad como si llevara meses fuera en vez de unos días. Las farolas, las motos, la gente caminando deprisa, los semáforos, el ruido. Todo me pareció excesivamente normal.
Yaiza estaba en el portal de mi edificio, con una sudadera vieja, un moño mal hecho y cara de haber decidido ya que iba a matar a alguien cuando supiera a quién. En cuanto me vio, no dijo nada. Abrió los brazos, y ahí sí me vine abajo.
No lloré bonito ni nada de eso. Me vine abajo contra ella sin más, y Yaiza me sostuvo con esa firmeza de quien te conoce demasiado bien como para soltarte justo ahí.
—Vale —murmuró contra mi pelo—. Vale. Ya está.
—No —dije, llorando sin ningún tipo de glamur—. No está ya.
—Ya lo sé. Pero ahora estás aquí.
Con la maleta a rastras, subimos a mi piso. O al suyo. O al de las dos. En ese momento las fronteras eran bastante teóricas. Yaiza me la quitó de la mano, la dejó en la entrada y luego me sentó en el sofá antes de irse directa a la cocina.
—Te hago una tila, un café o una maleta —dijo desde allí.
Me sequé la cara con las manos.
—No sé.
Volvió con un vaso de agua.
—Empieza por esto.
Me lo bebí entero.
Yaiza se sentó enfrente y me observó dos segundos. Luego negó con la cabeza.
—No. Así no.
—¿Así cómo?
—Así, en versión superviviente. Vamos a hacerlo bien.
Fruncí el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Se apoyó en las rodillas.
—Que nos vamos a casa.
Parpadeé.
—¿Qué?
—A Canarias.
La miré como si acabara de anunciarme que iba a secuestrarme con fines terapéuticos.
—Yaiza…
—No. Escúchame tú. Llevas demasiados días sosteniendo cosas que no te tocaban, demasiado cerca de gente demasiado complicada y con una muerta metiendo baza.
»Te vas a ir a casa, vas a ver a tus padres, vas a comer comida de verdad y vas a recordar quién eras antes de los Montalbán.
Me quedé callada, porque lo peor era que tenía razón.
Canarias era mi casa, el mar, mis padres, la voz de mi hermana si llamaba, el olor de la cocina, las ventanas abiertas y esa sensación de volver a ser solo hija durante un rato, antes que mujer, empleada, médium improvisada o desastre emocional con piernas.
—No puedo irme así —murmuré.
—Claro que puedes.
—Está la empresa.
—Antonio sobrevivirá.
—Bruno…
Yaiza alzó una mano.
—No. Bruno ahora mismo no entra en la decisión. Bruno entra después, si acaso. Cuando tú hayas dormido, comido y dejado de tener esa cara de persona a la que le han arrancado algo sin anestesia.
No discutí, que ya era una señal bastante clara, y Yaiza se puso en pie.
—Voy a mirar vuelos.
—Tú das mucho miedo cuando te activas.
—Es mi encanto.
Sacó el portátil y en diez minutos ya tenía media pantalla llena de horarios. Yo la miraba desde el sofá con la sensación de que estaba viendo a alguien salvarme la vida con pestañas abiertas y una tarjeta de embarque.
—Mañana por la tarde —dijo—. Hay plazas. Directo.
—¿Mañana?
—Sí, mañana. No te vas a quedar aquí dándole vueltas toda la noche tres días seguidos como si el sufrimiento fuera una afición.
Me tapé la cara un segundo.
—No sé si estoy huyendo.
—Claro que estás huyendo. Y haces bien. A veces primero te apartas del incendio y luego ya decides si vuelves con un cubo o con una orden de demolición.
A pesar de todo, solté una risa pequeña.
Yaiza me miró.
—Esa. Esa me gusta más. La otra cara, no.
Cogí el móvil y abrí el chat de Antonio. Tardé varios segundos en escribir.
Arai: He llegado a Barcelona. Necesito unos días de vacaciones.
Lo envié.
Él respondió casi al instante.
Antonio: Tómate los que necesites. Hablamos cuando quieras.
No preguntó dónde iba, y con eso me dejó claras dos cosas: que intuía bastante más de lo que decía y que sabía perfectamente que Bruno la había cagado.
Dejé el móvil bocabajo sobre la mesa y miré a Yaiza.
—Le he pedido unos días de vacaciones.
—Bien.
—No le he dicho a dónde voy.
—Mejor.
—¿Eso no es un poco cobarde?
Yaiza me sostuvo la mirada.
—No. Cobarde es quedarse donde te acaban de romper por si el otro se siente mejor viéndote aguantar.
No dije nada, porque tenía razón. Porque últimamente casi todo el mundo parecía tenerla menos yo, o quizá el problema no era ese, sino que llevaba demasiado tiempo intentando ser razonable cuando lo único que necesitaba era distancia.
Yaiza cerró el portátil.
—Hecho. Mañana nos vamos.
—¿Nos vamos?
—Claro. No te pienso mandar sola a un avión con esa cara. Además, hace siglos que no veo a tu madre y quiero que vuelva a cocinarme como si me estuviera cebando para invierno.
La miré y me reí un poco. Muy poco, pero de verdad.
—Te quiero.
—Ya lo sé. Ahora dúchate, ponte un pijama decente y haz una lista mental de a quién quieres ver primero cuando llegues.
Me quedé sentada unos segundos más.
La casa estaba en silencio, y por una vez eso no me hizo daño. Pensé en Canarias y lo sentí como justo lo que necesitaba: aire. Y aquella noche, con eso, me bastaba.