Capítulo 27
Bruno
La sala se quedó en silencio después de la última frase de Arai.
Mi padre seguía sentado, con la cara descompuesta y la vista clavada en un punto que no era la mesa ni la pared ni ninguno de nosotros. Yo no sabía dónde mirar.
Tenía el pecho apretado, la cabeza hecha un lío y la sensación de no saber qué hacer con nada. Mi madre estaba allí, o eso decía Arai, y lo peor era que una parte de mí ya no sabía cómo negar que podía ser verdad.
No saber qué hacer con algo tan grande cuando llegaba mezclado con otras cosas. Con la habitación cancelada. Con el sendero. Con el refugio. Con la noche con Arai. Con todas esas piezas encajando de repente de una forma que me dio ganas de salir de la sala y no volver a entrar en meses.
Arai no decía nada. Tenía la cara mojada, el gesto agotado y esa forma de quedarse quieta que siempre parecía una defensa.
Mi padre se secó la cara con una mano.
—Necesito… —empezó, pero no terminó.
Se puso en pie y fue hasta la ventana. No creo que estuviera mirando el aparcamiento. Creo que solo necesitaba ponerse de espaldas a nosotros para no deshacerse delante.
Yo seguía sin moverme.
Arai respiró hondo.
—Bruno.
Levanté la cabeza.
—No.
Lo dije antes de que pudiera seguir.
Ella se quedó quieta.
—Déjame explicarte…
—¿Explicarme qué?
Mi voz salió peor de lo que esperaba. Más alta. Más dura. Más rota.
Antonio giró un poco la cabeza.
—Bruno.
—No, papá. Ahora no.
Arai tragó saliva.
—No he querido hacerte daño.
Solté una risa seca.
—Pues lo has clavado.
—No iba por ahí.
—¿Ah, no? ¿Entonces por dónde iba, Arai? Porque yo ahora mismo tengo a mi madre metida en la cabeza, cosas que no sé cómo encajar y la sensación bastante desagradable de que llevas días sabiendo más de mi vida de lo que deberías.
—Yo no elegí esto.
—Pero sí has decidido callártelo.
Ella apretó la mandíbula.
—Porque estaba aterrada, Bruno.
—¿De qué? ¿De parecer loca? Pues fíjate qué novedad.
Antonio se giró del todo.
—Basta.
No lo dijo alto. Pero bastó.
Yo respiré hondo por la nariz, intentando bajar un poco el cabreo antes de que se me fuera de las manos.
Arai seguía mirándome, no todavía a la defensiva, sino con una tristeza cansada, como si ya supiera por dónde iba a salir yo.
—No te he utilizado —dijo despacio.
Eso terminó de hacerme daño, porque no era lo que yo quería oír. Me sonó a defensa y, de pronto, empecé a atar cabos de la peor manera posible: lo del hotel rural, las señales y a mi madre hablando a través de Arai para decirme que Carla no era para mí.
—¿No? —dije.
Arai palideció un poco.
Antonio dio un paso hacia nosotros.
—Bruno, no sigas por ahí.
Pero ya estaba allí.
Y cuando una frase se te pone delante con esa claridad horrible, a veces no la frenas. La sueltas aunque sepas que va a romper algo.
—¿Utilizaste a mi madre para acercarte a mí?
La cara de Arai cambió de golpe. No hizo ningún gesto raro, pero se quedó completamente quieta, como si por dentro se hubiera vaciado de repente.
—¿Qué? —preguntó, casi sin voz.
Yo ya no sabía si estaba hablando desde la rabia, desde el miedo o desde la vergüenza. Quizá desde las tres cosas a la vez.
—Llevas días sabiendo cosas que no tenías por qué saber. Llevas días metida en medio. Y ahora resulta que mi madre ha estado aquí, hablando contigo, diciéndote qué hacer, qué decir, a quién querer, a quién no. ¿Y me dices que no has usado nada de eso?
—Bruno —dijo Antonio, mucho más duro.
Pero Arai no miraba a Antonio. Me miraba a mí, y ahí entendí que ya era tarde.
—No me puedo creer que me estés diciendo eso.
Lo dijo muy bajo.
Y aun así me atravesó de una forma bastante más limpia que cualquier grito.
—Yo tampoco me puedo creer nada de esto —solté.
—Eso no te da derecho.
Por fin hubo algo de filo en su voz.
—No te da derecho a decirme algo así.
—¿Y qué quieres que piense?
—No lo sé. Empieza por no pensar lo peor de mí cinco minutos después de contarme eso.
—¿Cinco minutos después? —Me salió una risa sin humor—. Arai, llevo días tragándome rarezas. Días. Y ahora me entero de que todo esto también pasa por ti.
—No pasa por mí. Me ha pasado a mí, que es distinto.
—Qué cómodo.
Antonio se plantó entre los dos.
—Se ha terminado.
Arai apartó la vista de mí y la clavó en él. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no estaba llorando. Al menos no todavía.
—No, Antonio. Tiene razón en una cosa.
Mi padre frunció el ceño.
—No.
—Sí.
Ella respiró hondo. Temblaba un poco, pero no se escondió.
—Tiene razón en que yo tenía que haberlo dicho antes. No así. No de esta manera. No arrastrándolo durante días como si pudiera controlar cuándo iba a estallar. Pero no he usado a nadie. Y mucho menos a Lola.
Se me hizo un nudo desagradable en el estómago al oír el nombre de mi madre en su boca, como si de pronto ya no supiera ni qué me dolía exactamente.
—Lo que he hecho —siguió— ha sido intentar que esto no os hiciera más daño del necesario. Aunque, visto lo visto, me ha salido de maravilla.
La última frase llevaba un cansancio tan seco que me dejó peor que si me hubiera gritado.
Antonio la miró como si quisiera agarrarla del hombro, sentarla y no dejarla salir de aquella sala hasta que todo estuviera en orden otra vez.
Pero ya no había orden posible.
Arai se agachó, cogió el bolso de la silla y se lo colgó al hombro con una calma que me puso enfermo.
—¿Qué haces? —preguntó Antonio.
—Irme.
—No.
La palabra me salió sin temblar.
—Arai… —empezó mi padre.
Ella negó con la cabeza.
—Ahora no puedo quedarme aquí.
Me miró una última vez. No había rabia en su cara, sino decepción, y eso fue mucho peor.
—No te preocupes —dijo—. No volverás a tener que preguntarte si estoy usando a tu madre para nada.
La frase me dio en mitad del pecho y di medio paso, casi sin pensar.
—Arai…
Pero ya era tarde. Ella abrió la puerta y salió, y Antonio fue detrás de ella al instante.
Yo me quedé donde estaba, inmóvil, con la respiración mal colocada y una sensación muy concreta de haber cruzado una línea que no tenía arreglo.
No sé cuánto pasó hasta que volví a oír algo. Igual fueron unos segundos, igual un minuto, pero cuando levanté la vista la sala estaba vacía salvo por mí. Y entonces pasó una cosa que no tenía ningún sentido, aunque a esas alturas ya me pareció casi hasta lógica.
El libro de actas que Antonio había dejado sobre la mesa cayó al suelo solo.
No resbaló ni se movió: cayó. Me quedé mirándolo con el corazón disparado, y entonces otro libro, el que estaba junto a la cafetera, se abrió de golpe por la mitad.
El aire de la sala estaba quieto. No había corriente. No había nadie.
Y, aun así, las páginas pasaron solas hasta detenerse en una frase subrayada en bolígrafo azul:
«A veces llegamos tarde a la verdad y, aun así, seguimos a tiempo de pedir perdón.»
Se me heló la sangre y miré alrededor.
—No.
Lo dije bajo. Ridículo, probablemente.
—No hagas esto ahora.
No hubo nada. Solo silencio. Y, aun así, yo tenía clarísimo que allí seguía habiendo algo, y eso me puso peor. Mi madre, el recuerdo de ella, la culpa o las tres cosas juntas, ya no lo sabía.
Me pasé una mano por la cara y cerré los ojos. Lo que había dicho no tenía arreglo, pero por primera vez desde que Arai había empezado a contar verdades imposibles entendí algo todavía peor: mi madre no se había ido.
Y lo más jodido era pensar que, después de lo que yo acababa de hacer, quizá seguía allí porque aún quedaba algo por arreglar. O porque el desastre nuevo lo acababa de provocar yo.