Capítulo 26
Arai
En cuanto dije que Lola estaba allí, en la sala se hizo un silencio bastante feo. No el típico de oficina cuando alguien mete la pata, sino uno peor, de esos en los que nadie sabe qué decir.
Bruno fue el primero en hablar.
—No.
Lo dijo en voz baja, sin levantar la voz. Y quizá por eso sonó peor.
Antonio no dijo nada. Seguía sentado, con las manos apoyadas en las piernas y la vista clavada en mí, como si todavía no supiera si lo que acababa de oír era imposible o solo demasiado doloroso.
Lola estaba a mi lado, pero no me miraba a mí. Lo miraba a él, y esa fue la parte que más me dolió.
Porque en su cara ya no había ni una pizca de la emoción de los últimos días. Solo miedo. Miedo de verdad. Miedo a que Antonio no pudiera soportarlo. Miedo a que Bruno se rompiera. Miedo a haber esperado demasiado o a haber elegido mal el momento.
—Arai —dijo Bruno, un poco más firme—. ¿Qué quieres decir con que mi madre está aquí?
Tragué saliva.
—Quiero decir eso.
—No.
—Bruno…
—No.
Esta vez sí levantó un poco la voz. No mucho, pero lo suficiente para que en la sala se notara.
Antonio respiró hondo.
—Déjala hablar.
Bruno giró la cabeza hacia su padre.
—Papá, no puedes estar considerando esto en serio.
—No he dicho que lo esté considerando —respondió Antonio, sin apartar la vista de mí—. He dicho que la dejes hablar.
Lola cerró los ojos un segundo.
Yo me senté porque noté que las piernas ya no estaban para heroicidades. Tenía la boca seca y las manos heladas.
—Sé cómo suena —dije.
—Pues imagínatelo desde aquí —soltó Bruno.
No lo miré. Todavía no.
—No estoy diciendo que me creáis porque sí. Sé que no tiene sentido. Sé que parece una locura. Y, sinceramente, nunca me ha dejado de parecerlo del todo. Lo que pasa es que la primera noche fue especialmente surrealista.
»Se me apareció en casa, pasó allí la noche entera y, cuando me levanté a la mañana siguiente, seguía sentada en el sillón, tan tranquila, empeñada en acompañarme a la oficina como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Antonio se removió apenas en la silla.
—Entiende que no te podemos creer sin más.
Asentí.
—Lo entiendo. ¿Y qué puedo hacer para que me creáis?
Miré a Antonio primero y luego a Bruno.
—Decídmelo vosotros, porque yo ya no sé cómo contar esto para que suene menos imposible.
Antonio respiró hondo y se inclinó un poco hacia delante.
—Dime una cosa que solo Lola pudiera saber.
Ella asintió muy despacio.
—La primera vez fue en mi casa —dije—. Apareció y pensé que me estaba volviendo loca. Luego empezó a hablarme de Bruno, de ti, de la empresa, de cosas pequeñas. Detalles. Manías. Frases. Al principio creí que mi cabeza estaba uniendo piezas raras. Hasta que dejó de ser posible.
Bruno soltó una risa seca, sin humor.
—Arai, eso no prueba nada.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿qué pruebas tienes?
—Ninguna que te sirva si ya has decidido que estoy mintiendo.
La frase salió peor de lo que quería. Más cansada. Más dolida.
Antonio habló antes de que Bruno pudiera responder.
—Dime una.
Lo miré.
—¿Una qué?
—Una cosa —dijo él—. Una sola. Algo que solo Lola pudiera saber y tú no.
Lola se quedó muy quieta.
Yo también.
Porque de pronto ya no había marcha atrás. Ya no se trataba de si yo seguía pareciendo estable. Se trataba de poner a una mujer muerta en mitad de una habitación y pedirle que no temblara.
Miré a Lola. Ella asintió muy despacio.
Y entonces empecé a hacer de puente, que era lo único que me quedaba ya: repetirles lo que Lola me iba diciendo.
—Dile lo de la sal —susurró Lola.
Fruncí el ceño.
—¿Qué sal?
—La del puré. Díselo.
Miré a Antonio.
—Los jueves, cuando cenabais puré, Lola siempre te echaba más sal a escondidas porque tú fingías que comías soso por el colesterol, pero luego hacías esa cara de resignación que ponías cuando algo no te gustaba y no querías discutir.
Antonio dejó de respirar durante un segundo. No fue una forma de hablar, se le vio. Bruno me miró.
—Eso puede ser una casualidad.
Lola negó con la cabeza, nerviosa.
—La taza azul —dijo enseguida—. Dile lo de la taza azul.
—La taza azul de Cádiz —continué, antes de pensar demasiado—. La que tenía un desconchón en la base y que tú no querías tirar porque decías que el café sabía mejor ahí, aunque Lola te decía siempre que eso era una tontería y que lo que pasaba era que eras un sentimental ridículo.
Antonio bajó la cabeza, apretó un poco las manos sobre las rodillas y Bruno dio un paso atrás.
—Vale —dijo Antonio al cabo de un momento, con la voz rota—. Vale, eso sí es algo que solo Lola puede saber.
Levantó la cabeza despacio y me miró como si no supiera si quería la respuesta o le aterraba escucharla.
—Entonces explícame una cosa. ¿Por qué está aquí? ¿Qué significa esto? ¿Por qué está contigo? ¿Qué quiere de nosotros? ¿Atormentarnos?
Lola negó enseguida, angustiada.
—No —dijo—. No, por Dios. Dile que no.
Miré a Antonio y tragué saliva.
—Dice que no. Que no está aquí para atormentaros.
—Dile lo de la cena —susurró.
Noté que algo se me tensaba en la garganta.
—Lola no se fue de casa enfadada contigo.
Antonio cerró los ojos.
Bruno se quedó inmóvil.
—No —seguí—. Me está diciendo que no se quedó en esa discusión. Que lo había dejado atrás antes de salir. Que iba al supermercado para comprar lo que le faltaba y prepararte tu cena favorita.
Antonio abrió los ojos despacio.
—¿Qué cena? —preguntó, con la voz mucho más baja.
Lola me miró.
—La carne al horno con cebollitas —dijo, casi temblando—. Y el flan comprado, porque no me daba tiempo a hacerlo casero.
Me llevé una mano al pecho sin pensar.
—Carne al horno con cebollitas. Y flan comprado porque no le daba tiempo a preparar uno casero.
Antonio se rompió un poco, despacio, en la forma en que se le vino abajo la cara y se le doblaron un poco los hombros.
—No —dijo, pero ya no sonó como Bruno antes. No sonó a negación. Sonó a dolor—. No. Ella… ella salió enfadada.
Lola negó con fuerza.
—No. Dile que no. Dile que no me quedé ahí.
Y entonces lo dije yo, con la voz ya rota.
—Dile que no me quedé en aquella discusión. Que él tampoco se quede ahí.
Antonio levantó la cabeza tan rápido que me dolió mirarlo.
—Eso lo decía ella.
Asentí, llorando ya sin darme cuenta.
—Lo sé.
Bruno seguía de pie, rígido, con la cara desencajada de alguien que todavía no ha decidido si cree en lo que oye o si va a salir corriendo antes de hacerlo.
Pero Antonio sí.
Antonio ya no dudaba.
—¿Qué más? —preguntó, apenas.
Lola respiró hondo, si es que los muertos respiran.
—Dile que tenía pensado poner velas —susurró—. Y la mantelería buena. Y hablar sin orgullo, de una vez.
Cerré los ojos un segundo antes de repetirlo.
—Tenía pensado poner velas. Y la mantelería buena. Y hablar sin orgullo de una vez.
A Antonio se le escapó una risa rota, pequeña, que terminó en una especie de sollozo seco.
—La mantelería buena —repitió.
Lola sonrió entre lágrimas.
—La del aparador, sí. La que decías que iba a acabar usándose solo en mi funeral.
Yo ya lloraba sin ningún tipo de elegancia.
—La del aparador —dije—. La que tú decías que iba a acabarse usando solo en su funeral.
Antonio se llevó una mano a la cara.
Bruno dio un paso hacia él, instintivo.
—Papá…
Antonio no lo miró. Seguía conmigo. O con Lola a través de mí. Ya daba igual.
—Todos estos años —murmuró—. Todos estos años he pensado que si no hubiéramos discutido…
La voz se le quebró del todo.
Lola dio un paso hacia él, como si pudiera tocarle la cara. No podía. Y creo que esa imposibilidad fue lo más cruel que he visto en mi vida.
—Dile que no fue su culpa —me dijo—. Díselo otra vez. Hasta que le entre.
Me limpié la cara con la palma de la mano.
—No fue tu culpa, Antonio. No fue tu culpa que ella tuviera el accidente. No fue tu culpa aquella discusión. No fue tu culpa que saliera de casa. Y no fue tu culpa que no volviera.
Antonio empezó a llorar en silencio.
Sin hacer ruido.
Solo lágrimas cayéndole por la cara como si llevaran años esperando permiso.
Bruno me miró entonces, y por primera vez desde que entramos en aquella sala, ya no vi enfado primero. Vi miedo. Un miedo infantil, brutal, el de alguien que quiere creer y al mismo tiempo sabe que si cree ya no va a poder volver atrás.
—¿De verdad eres tú? —preguntó, pero no me lo preguntó a mí.
Lola giró la cabeza hacia él.
Tardó un segundo en hablar.
—Ahora tú, hijo —susurró.
Asentí, intentando recomponer la voz.
—Ahora tú, hijo.
Bruno se quedó muy quieto.
—No sé cómo hacer esto —dije.
—Como salga —respondió Lola—. Ya hemos perdido bastante tiempo.
Respiré hondo.
—Dice que Carla es buena.
Bruno cerró los ojos un segundo.
—Claro que empieza por ahí —murmuró.
A pesar de todo, casi se me escapó una risa. Muy pequeña. Muy triste.
—Dice que Carla es buena, pero que no es para ti. Que ella estaba tranquila cuando vivías en Hamburgo porque pensaba que eras feliz. Que al verte aquí entendió que no lo estabas. Que estabas cómodo, sí. Tranquilo, quizá. Pero no vivo del todo.
Bruno no se movió, ni siquiera parpadeó, mientras Lola seguía hablándome muy deprisa, como si se le fuera el tiempo.
—Dice que te pide perdón por haber movido cosas. Por la habitación. Por las señales. Por todo. Que sabe que se ha pasado, pero que una madre hace lo que puede para ver feliz a su hijo y que al verte conmigo entendió algo que antes no había querido mirar.
Ahí sí miré a Bruno.
Porque ya no era solo emoción. También había peligro.
Tenía la mandíbula tensa, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido y esa mirada suya tan quieta que siempre anunciaba tormenta.
Pero Bruno no habló todavía. Antonio sí, y lo hizo muy bajo.
—¿Y por qué sigue aquí?
Lola se volvió hacia él con una ternura insoportable.
—Porque tú no me sueltas y porque yo tampoco he sabido irme —susurró.
La frase me partió por la mitad antes de repetirla.
—Porque tú no la sueltas y porque ella tampoco ha sabido irse.
Antonio cerró los ojos otra vez.
Yo ya no veía bien. Tenía la cara empapada y la garganta ardiendo. Lola seguía mirándolo con ese amor tan grande e inútil que dan ganas de pelearse con el cielo por puro orgullo.
—Dice que tienes que vivir por los dos —continué—. Que tienes que dejar de castigarte. Que cumplas algún sueño pendiente. Que viajes. Que vuelvas a reírte sin pedir perdón por ello. Que no conviertas el resto de tu vida en una habitación cerrada.
Antonio soltó el aire temblando.
—No sé cómo se hace eso.
Lola sonrió, rota.
—Dile que improvisando. Como todo.
Me salió una risa entre lágrimas.
—Improvisando —repetí—. Como todo.
Antonio se secó la cara con las dos manos. Después me miró con una vulnerabilidad tan desnuda que tuve que agarrarme al borde de la silla.
—¿Está enfadada conmigo?
Lola negó con fuerza.
—No. Dile que no. Dile que lo amé hasta el último minuto.
Ya no me quedaba voz, pero lo dije igual.
—No. No está enfadada. Dice que te quiso hasta el último minuto.
La sala se quedó en silencio otra vez, y esta vez pesaba de verdad. Había lágrimas, cosas atragantadas y demasiado tiempo aguantando lo que por fin estaba saliendo.
Y entonces Bruno habló. No alzó la voz, al menos no todavía, pero el tono fue suficiente para que hasta Lola se girara hacia él.
—Has movido piezas —repitió.
Lola cerró los ojos, yo también, porque el llanto no había terminado. Solo iba por otro sitio.