Capítulo 25
Arai
Despertarme desnuda en la cama de Bruno ya había sido bastante para una mañana.
Bajar a desayunar con él después, fingiendo normalidad delante de media empresa, fue directamente un deporte de riesgo.
Y, por si el universo pensaba que todavía me quedaba dignidad por perder, Lola estaba radiante.
Radiante.
Como si hubiera organizado una boda, un banquete y el viaje de novios. No se separaba de nosotros más de dos metros y llevaba toda la mañana con esa cara de satisfacción que daban ganas de envolverla en una manta y mandarla a otro plano por mensajería urgente.
—No pongas esa sonrisa —le murmuré mientras removía el café.
Bruno levantó la vista.
—¿Qué sonrisa?
—La mía. Que no la ponga. Me pone nerviosa.
Él me observó un segundo.
—Tu cara está haciendo cosas raras desde que nos hemos sentado.
—Normal. Estoy en una mesa de desayuno de empresa después de dormir poco y peor.
—Dormiste bastante bien, por lo que recuerdo.
Lo miré.
Bruno se llevó la taza a la boca para esconder la sonrisa.
—Ni una palabra —murmuré.
—No he dicho nada.
—Tu cara trabaja demasiado.
Mario apareció por detrás con una bandeja.
—¿Puedo sentarme o interrumpo algo delicado?
—Nada delicado —dije enseguida.
—Mentira —murmuró Lola.
Apreté la mandíbula.
Mario dejó la bandeja en la mesa y se sentó a mi lado.
—Antonio ha dicho que a las once hacemos una reunión corta para cerrar lo del hotel y luego cada uno a su vida.
—Eso sí son buenas noticias —respondí.
—Y después quiere hacerse una foto con todo el equipo.
—Eso ya no.
—¿No te gustan las fotos de grupo? —preguntó Bruno.
—No me gustan las fotos de grupo, las dinámicas, el rafting, el senderismo ni las jornadas. Estoy en un momento muy sincero de mi vida.
Mario levantó el vaso de zumo.
—Brindo por esa honestidad.
Lola se inclinó hacia mí con una emoción absolutamente fuera de lugar.
—Podríais haceros una foto solos.
Me atraganté con el café, así que Bruno se giró enseguida.
—¿Estás bien?
—Sí.
Mario me dio una palmada en la espalda.
—Arai, de verdad, tú y el café tenéis una relación muy dramática.
—No es el café.
—Ya, ya. La vida.
Bruno dejó escapar una risa y Lola, encantada, se fue hacia Antonio. No me gustó nada, porque esa mujer, cuando se movía con tanta decisión, nunca era para algo bueno.
La reunión de cierre se hizo en una sala pequeña del hotel, con café, agua, caras de cansancio y el ambiente de último día que tienen estas cosas, cuando todo el mundo ya está haciendo la maleta mentalmente y solo quiere llegar a casa, quitarse la acreditación y fingir que nunca se puso un casco ridículo.
Yo me senté al fondo, cerca de la ventana, para no sentirme demasiado expuesta.
Y, aun así, el simple hecho de tenerlo ahí me volvió incapaz de atender a la mitad de lo que decía Beatriz sobre tiempos, informes y encuestas de satisfacción.
Antonio estaba delante, revisando unos papeles mientras escuchaba a una chica de administración hablar del transporte de vuelta. Lola estaba a su lado, por supuesto, mirándolo como si cada gesto suyo le removiera algo por dentro, y yo ya no sabía si iba a echarse a llorar o a ponerse a reír.
—No me gusta esta cara —le dije en voz baja.
Bruno giró la cabeza.
—¿Qué cara?
—Nada.
—Arai.
—Estoy hablando sola.
—Ya.
—¿Qué significa ese ya?
—Que lo haces mucho.
—Y me va estupendamente.
Bruno no respondió. Solo se quedó mirándome medio segundo más antes de volver a la reunión.
Ese medio segundo me puso nerviosa por motivos que no me apetecía analizar.
Antonio levantó la vista en ese momento.
—Arai, ¿tienes el listado final de habitaciones?
—Sí.
Abrí la carpeta y se la pasé. Él la revisó rápido, pasó una página y frunció un poco el ceño.
—Aquí falta la observación del refugio.
Cerré los ojos un instante. Claro. El refugio, la noche en la montaña, la baba, la cama. Justo lo que me faltaba.
—La añado luego —dije.
—Hazlo, por favor. Quiero dejar constancia del incidente por si el hotel tiene que asumir algo.
Lola se inclinó hacia la mesa como si aquello también fuera asunto suyo.
—Dile que deje ya el dichoso listado, que bastante has tenido con dormir en una litera de penitencia. Y dile a Antonio que no ponga esa cara, que parece que le van a cobrar por respirar. Y a Bruno le puedes decir que deje de mirarte de reojo, que no le está saliendo nada bien.
Apreté el boli y decidí no contestar. O eso intenté.
—Y otra cosa —siguió, encantada consigo misma—. Como no espabiléis los dos, voy a tener que volver a empujar yo, y ya bastante trabajo me ha dado todo esto.
Cerré los ojos un instante.
—Lola… —murmuré entre dientes.
Bruno giró la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
Volvió a mirar al frente.
Antonio seguía revisando papeles y la chica de administración hablaba del transporte de vuelta, de los horarios y de no sé qué coordinación de maletas. Yo intenté concentrarme, de verdad, pero Lola no pensaba ponérmelo fácil.
—Dile también a Antonio que deje de hacerse el fuerte, que está agotado. Y a Bruno le puedes decir que esa cara de señor digno ya no impresiona a nadie. Y, por favor, deja de apretar así el boli, que parece que vas a firmar una declaración de guerra.
Me giré antes de darme cuenta.
—¿Te quieres callar de una vez?
La chica de administración dejó de hablar a mitad de frase. Antonio levantó la cabeza. Bruno también. Y yo sentí cómo se me iba toda la sangre a los pies.
—¿Perdona? —preguntó Beatriz al otro lado de la mesa.
Abrí la boca, pero no me salió nada.
—Arai… —dijo Bruno, muy quieto.
—Nada —solté demasiado rápido—. No iba por…
Quise arreglarlo, pero cuando una mete la pata a fondo, el universo suele ponerle otra delante.
Lola se puso nerviosa por primera vez en toda la mañana.
—No la líes más. Haz una broma. Di cualquier cosa.
La miré mal y cometí el segundo error.
—No me digas ahora que haga una broma, porque no estoy para hacer de tripas corazón y poner buena cara.
Esta vez el silencio fue peor.
Antonio dejó el bolígrafo sobre la mesa despacio.
—¿Qué has dicho?
Se me secó la boca.
—Nada.
—No —dijo él, con una calma que me puso bastante peor—. Has dicho «hacer de tripas corazón y poner buena cara».
No contesté, no porque no quisiera, sino porque no me salía una sola mentira decente.
Bruno seguía mirándome y algo en su cara me dejó claro que ya no estaba solo extrañado. Antonio respiró hondo.
—Esa expresión la decía Lola.
Lola se llevó una mano a la boca.
—Arai…
—Cállate —murmuré.
Y ahí fue donde todo se rompió de verdad.
No fue una gran escena ni pasó nada espectacular. Se rompió por una palabra mal dicha y por la forma en que Antonio y Bruno me miraron cuando de repente empezaron a atar cabos.
Bruno se echó un poco hacia atrás en la silla.
—Arai.
No dijo nada más, pero tampoco le hizo falta. Su forma de decir mi nombre ya llevaba demasiadas preguntas encima, y Beatriz nos miró a los dos con una cara de no estar entendiendo absolutamente nada.
—¿Pasa algo?
—No —dije.
—Sí —dijo Bruno al mismo tiempo.
Lo miré y él no apartó la vista. Antonio respiró hondo y cerró la carpeta despacio.
—Vamos a hacer una pausa de diez minutos —dijo, poniéndose en pie.
Beatriz parpadeó.
—Pero si estamos terminando…
—Diez minutos, Beatriz.
No levantó la voz. Ni falta que hacía.
La gente empezó a levantarse con ese silencio raro de oficina cuando nadie entiende qué pasa, pero todos notan que algo pasa. Mario fue el primero en salir. Luego, Beatriz. Luego el resto.
Bruno no se movió.
Yo tampoco.
Antonio esperó a que la puerta se cerrara antes de mirarme de verdad.
—Arai —dijo con una calma que me puso peor—, dime qué está pasando.
Lola estaba junto a él, pálida, si es que una muerta podía ponerse así. Yo me levanté demasiado deprisa y la silla rozó el suelo con un sonido bastante desagradable.
—No aquí.
Bruno frunció el ceño.
—¿No aquí dónde?
—No aquí como si esto fuera otro punto del orden del día.
Antonio no dijo nada.
Solo me miró.
Y en esa mirada había cansancio, preocupación y algo que me partió un poco por dentro: una especie de miedo viejo.
—A mi despacho improvisado —dijo al final—. Ahora.
Salimos los tres de la sala. Bueno, los cuatro, porque Lola iba a mi lado como si pudiera esconderse y yo ya supiera que no iba a poder protegerla de lo que venía.
Antonio nos llevó a una salita pequeña junto a recepción. Una mesa, cuatro sillas, una cafetera apagada y una ventana que daba al aparcamiento.
Qué bien, qué íntimo y qué ganas de tirarme por la ventana. En cuanto cerró la puerta, Bruno habló primero.
—¿Qué ha sido eso?
—Nada.
—No.
—Bruno…
—No, Arai.
Lo dijo bajo, que a esas alturas casi era peor.
—Llevas días rara. Hablas sola. Miras sitios vacíos. Sabes cosas que no puedes saber.
Antonio se sentó despacio, como si necesitara que el cuerpo le siguiera el ritmo a la cabeza.
—Arai —dijo—. Si hay algo que tenga que ver con Lola, quiero que me lo digas ahora.
La frase me dejó sin aire. Bruno giró la cabeza hacia su padre, como si acabara de oír algo que no sabía ni cómo colocar.
—¿Con mi madre?
Lola cerró los ojos y yo hice lo mismo.
Durante un segundo estuve tentada de seguir negándolo todo. Decir que estaba cansada, que las jornadas me habían afectado, que había dormido poco, que el refugio me había dejado medio idiota.
Pero no podía seguir tirando de eso. No con Antonio mirándome así, no con Bruno empezando a encajar demasiadas piezas y no con Lola a mi lado temblando de una forma que no debería ser posible. Al final me senté, porque las piernas ya no me daban para heroicidades.
—Vale —dije.
Bruno seguía de pie.
—Vale qué.
Levanté la vista hacia él.
—Vale que no puedo seguir mintiendo.
Antonio no se movió, Bruno tampoco, y Lola me miró con una mezcla imposible de gratitud y miedo. Respiré hondo.
—Necesito que me escuchéis hasta el final antes de decidir que he perdido la cabeza.
Nadie dijo nada.
Me pasé las manos por las piernas, intentando ordenar algo, aunque ya sabía que no había manera elegante de decir lo que tenía que decir.
Miré primero a Antonio y después a Bruno.
Y por fin lo solté.
—Lola está aquí.