Capítulo 24 #2
Se volvió más firme, más intenso, más difícil de sostener sin perder el control. Sentía cómo su cuerpo reaccionaba a cada movimiento, cómo se tensaba, cómo se abría más, cómo me buscaba sin disimulo.
Bajé una mano entre nuestros cuerpos.
Encontré su clítoris sin esfuerzo.
Arai reaccionó al instante, arqueándose contra mí, clavándome las uñas en la espalda.
—Bruno… —su voz ya no era un susurro—. No…
Pero no había ninguna intención real de que parara.
Empecé a dibujar círculos con el pulgar, marcando el ritmo mientras seguía moviéndome dentro de ella. La combinación fue inmediata, brutal, imposible de ignorar.
Su respiración se rompió del todo.
—Mírame… —murmuré, rozando su boca.
Abrió los ojos.
Y en cuanto lo hizo, supe que estaba perdida.
Sus caderas se movían contra mí sin control, buscando más presión, más fricción, mientras mi mano seguía insistiendo en el mismo punto.
—Bruno… voy a…
No terminó la frase.
Su cuerpo se tensó entero cuando el orgasmo la atravesó, aferrándose a mí mientras decía mi nombre con la voz completamente desarmada.
Sentí cómo me arrastraba con ella.
Perdí el ritmo un segundo, lo recuperé con un par de embestidas más profundas, más torpes, ya sin control.
—Joder, Arai…
Su nombre salió de mi boca como un golpe seco cuando el placer me alcanzó también, tensándome contra ella mientras me corría con un gruñido bajo, enterrando la cara en su cuello.
Nos quedamos unos segundos pegados, sin movernos, intentando recuperar el aire.
Arai tenía una pierna sobre la mía y la mano apoyada en mi pecho. Yo le acariciaba la espalda sin pensar, siguiendo un ritmo lento, casi hipnótico.
—No digas nada —murmuró.
—No iba a decir nada.
—Tienes cara.
—Otra vez mi cara.
—Tu cara trabaja mucho.
Le besé la frente.
—¿Estás bien?
Tardó un segundo en responder.
—Sí.
—¿Seguro?
Levantó la cabeza.
—Estoy desnuda en tu cama después de haber tenido sexo contigo. Si sigues preguntando con esa seriedad, me va a entrar la risa.
—Perdón.
—No pidas perdón por eso.
Se quedó mirándome, más suave.
—Estoy bien.
Asentí.
Ella apoyó la barbilla en mi pecho.
—Aunque necesito una ducha.
—Yo también.
—Y no en plan película.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Nos levantamos con una torpeza que rompió un poco el momento. Arai buscó su ropa interior por el suelo, la encontró junto a la puerta y se la quedó mirando como si hubiera llegado allí por voluntad propia.
—Esto es culpa tuya.
—¿Mi ropa interior?
—El desorden en general.
—Acepto parte de la responsabilidad.
—Qué generoso.
Fuimos al baño. El agua caliente llenó el espacio de vapor enseguida. Arai entró primero y dejó que le cayera sobre el pelo, los hombros, la espalda. Yo me quedé un segundo mirándola, no con urgencia ahora, sino con una especie de incredulidad tranquila.
Ella abrió un ojo.
—Como hagas un comentario intenso, te empujo fuera.
—No he dicho nada.
—Bien.
Me metí con ella.
Al principio fue solo una ducha. Agua caliente, jabón, cuerpos cansados, una intimidad extraña y sencilla después de todo lo demás. Luego Arai me quitó el gel de las manos, me lo puso en el pecho con una lentitud que no tenía nada de inocente y levantó la mirada.
—Esto tampoco estaba planificado, ¿no?
—No.
—Mal otra vez.
La besé bajo el agua.
Esta vez no hubo prisa. Hubo risas contra la boca, manos resbalando, un segundo encuentro menos desesperado y más lento, como si el cuerpo ya supiera el camino y quisiera recorrerlo sin correr.
No hizo falta decir mucho. Apenas algunos murmullos, mi nombre en su voz, el suyo en la mía y la lluvia acompañando desde el otro lado de los cristales.
Cuando salimos, el baño estaba lleno de vapor y Arai tenía las mejillas encendidas.
Cogí una toalla y se la pasé por los hombros. Ella me miró con una ceja levantada.
—¿Ahora vas a secarme?
—Esa era la idea.
—Muy doméstico todo.
—Puedo parar.
—No he dicho eso.
La sequé despacio, para alargar el momento. Ella hizo lo mismo conmigo después, aunque fingió que era una tarea técnica y no una caricia.
—Te estás recreando —dije.
—Estoy siendo eficiente.
—Claro.
—No discutas con una mujer que lleva una toalla como única prenda.
—No se me ocurriría.
Volvimos a la habitación. La cama estaba deshecha, la ropa seguía repartida por el suelo y la lluvia no había parado. Arai se quedó un segundo en medio de la habitación, envuelta en la toalla, como si acabara de recordar dónde estaba.
—Esto mañana va a ser complicado —dijo.
—Sí.
—Fatal.
—Probablemente.
—Me gusta que no intentes venderme optimismo barato.
—No creo que funcionara contigo.
—No.
Le tendí la mano. Arai la miró, luego me miró a mí y al final la tomó, como si aquello también fuera una decisión.
Nos metimos en la cama desnudos, bajo las sábanas todavía revueltas. Ella se colocó de lado, dándome la espalda durante apenas tres segundos, antes de soltar un suspiro y girarse hacia mí.
—No digas nada.
—No he dicho nada en mucho rato.
—Por eso. Vas acumulando.
La rodeé con un brazo y ella no se apartó. Al contrario, se acercó hasta apoyar la frente en mi hombro.
—Buenas noches, señor Montalbán —murmuró.
Sonreí contra su pelo.
—Buenas noches, Bethencourt.
Fuera seguía lloviendo y, dentro, por primera vez en días, no intenté ordenar nada. Solo la abracé.