Capítulo 24
Bruno
Arai soltó una risa pequeña, nerviosa, casi enfadada consigo misma.
—Esto es absurdo.
—Sí.
—Pues haz algo normal.
—No puedo.
Arai levantó la mirada.
—¿No puedes?
Di un paso hacia ella. Solo uno. Lo suficiente para que el aire cambiara.
—Lo siento —dije—, pero no puedo dejar de hacer lo que llevo deseando desde la primera vez que te vi.
Arai dejó de respirar un segundo.
—Bruno…
—Si me dices que no, paro.
Me miró a los ojos. Había miedo, deseo y una cordura desesperada intentando llegar a tiempo.
No llegó.
—No te estoy diciendo que no.
Entonces la besé.
No fue un beso prudente. No fue lento ni correcto ni nada que pudiera explicarse mañana con una frase tranquila. Fue todo lo que llevaba días cerrando con llave: la bodega, el refugio, su risa, su cuerpo dormido contra el mío, la forma en que me miraba cuando quería fingir que no sentía nada.
Arai respondió como si también se hubiera cansado de contenerse.
Me agarró de la camisa con las dos manos y tiró de mí hasta que no quedó distancia. Su boca se abrió bajo la mía, cálida, urgente, y yo perdí el poco control que me quedaba. La sujeté por la cintura, la acerqué más y ella dejó escapar un gemido pequeño que me terminó de romper.
—Espera —murmuró contra mi boca.
Me detuve al instante.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo… —Tragó saliva—. Necesito estar segura de que esto no es una mala idea.
Apoyé mi frente contra la suya.
—Probablemente lo es.
Arai soltó una risa temblorosa.
—Fatal respuesta.
—Pero no quiero mentirte.
—No empieces ahora a ser honorable.
—Intento no estropearlo.
—Pues bésame otra vez.
La obedecí.
Esta vez fue más lento al principio, pero no duró. Arai me desabrochó el primer botón de la camisa con dedos torpes, luego el segundo, y terminó soltando un suspiro impaciente.
—Qué manía con tantos botones.
—No estaba planificado.
—Pues mal.
Me reí contra su boca y ella aprovechó para deslizarme la camisa por los hombros. Se lo facilité sin apartarme demasiado, porque en aquel momento separarme de ella me parecía una estupidez grave. Después busqué la cremallera de su vestido, despacio, dándole tiempo a apartarse si quería.
No se apartó.
Al contrario. Se giró un poco, dejando al descubierto la nuca.
—Está aquí —susurró.
Le bajé la cremallera con cuidado. Mis dedos rozaron su espalda y noté cómo se le erizaba la piel.
—¿Tienes frío?
—No.
La respuesta salió demasiado rápida.
Sonreí y le besé el hombro. Arai cerró los ojos.
El vestido cayó al suelo y ella se quedó delante de mí en ropa interior, con la respiración agitada y la barbilla un poco alta, como si no pensara darme ni un centímetro de ventaja.
Era preciosa.
No de una forma perfecta, sino real. Viva. Con marcas pequeñas en la piel, el pelo escapándose del recogido y esa mirada que parecía decir «como hagas un comentario idiota, te mato».
—No me mires así —dijo.
—¿Cómo?
—Como si fueras a decir algo intenso.
—Estoy intentando no decir nada.
—Mejor.
La besé en la mandíbula, en el cuello, en ese punto bajo la oreja que la hizo agarrarse a mis brazos.
—Eso sí puedes hacerlo —murmuró.
—Tomaré nota.
—No te pongas administrativo ahora.
Volví a reír, pero se me cortó cuando ella me desabrochó el cinturón.
Había una mezcla de torpeza y decisión en sus manos que me dejó sin aire.
Yo le acaricié la cintura, la espalda, el borde de las costillas, aprendiendo su cuerpo con una lentitud que no se parecía en nada a la urgencia que tenía dentro.
—Bruno.
—Dime.
—Si vamos a parar, tiene que ser ahora.
La miré.
—¿Quieres parar?
Negó con la cabeza.
—No.
—Yo tampoco.
Arai me rodeó el cuello con los brazos y saltó. La sujeté por los muslos sin pensarlo, pegándola a mí, y ella soltó una risa ahogada contra mi boca.
—Como me caiga, te denuncio.
—No vas a caerte.
—Eso espero. Sería una escena muy poco sexi.
—Arai.
—¿Qué?
—Cállate un momento.
—Qué borde.
La besé antes de que pudiera seguir.
La llevé hasta mi habitación porque era la que estaba más cerca.
O quizá porque mi cuerpo decidió por mí y yo solo intenté no tropezar con ningún mueble.
Arai iba aferrada a mí, las piernas alrededor de mi cintura, la boca en mi cuello, y cada paso hasta la cama fue una prueba absurda de autocontrol.
La dejé sobre el colchón con cuidado.
Ella me miró desde abajo, despeinada, encendida, con los labios hinchados por mis besos.
—Si ahora dices algo tipo «estás preciosa», me voy.
—Estás insoportable.
Sonrió.
—Mejor.
Me incliné sobre ella y la besé otra vez. Más despacio. Quería tocarla entera, pero también quería no correr. Quería que aquello no fuera solo deseo acumulado, aunque lo fuera. Quería que supiera que la veía. Que no era una reacción, ni una huida, ni una forma torpe de tapar lo de Carla.
Era ella.
Arai.
La mujer que discutía con señales, que llevaba tiritas en la mochila, que protegía a mi padre con una lealtad feroz y que había convertido mi vida en algo mucho menos ordenado y bastante más verdadero.
Le besé el cuello, la clavícula, el hombro. Ella dejó de bromear cuando mis manos bajaron por su cuerpo. Se quedó quieta al principio, como si le costara permitirse aquello, y luego empezó a moverse conmigo, buscando más, pidiendo sin decir.
—¿Bien? —pregunté.
—Sí.
—Necesito que me lo digas.
Abrió los ojos.
—Bien, Bruno. Muy bien.
Seguí bajando, besándola con calma, atento a cada respiración, a cada forma en que su cuerpo respondía. Arai me metió los dedos en el pelo y tiró de mí con una impaciencia que me hizo sonreír contra su piel.
—No te rías.
—No me río.
—Mentiroso.
—Un poco.
—Como pares, te echo de tu propia cama.
No paré.
Abrí un poco más sus piernas con las manos, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba incluso antes de tocarla de verdad. El primer roce de mi boca la hizo tensarse, un instante breve en el que dejó de respirar, antes de soltar el aire despacio, como si no quisiera que se le escapara ningún sonido.
—Bruno…
Mi nombre en su boca sonó distinto. Más bajo, más sincero.
Deslicé la lengua con calma al principio, marcando un ritmo que la obligaba a esperar, a sentir cada movimiento. Sus dedos volvieron a tirar de mi pelo, esta vez con menos control, mientras sus caderas empezaban a moverse contra mí sin que ella pareciera darse cuenta.
—No hagas eso tan despacio —murmuró, con la voz ya rota.
Sonreí contra su piel, sin apartarme.
—¿Así?
Negó con la cabeza, pero su cuerpo ya estaba reaccionando justo como yo quería. Aumenté un poco la presión, sin perder del todo la calma, dejándola al borde, obligándola a sostener esa tensión que iba creciendo cada vez más abajo.
Sus piernas se tensaron a ambos lados de mi cabeza.
Sentí cómo su respiración se rompía del todo.
—Bruno… voy a…
No terminó la frase.
Su cuerpo se arqueó sobre la cama cuando el orgasmo la alcanzó, aferrándose a mí con las manos mientras pronunciaba mi nombre con la voz completamente desarmada.
No me aparté.
La sostuve mientras temblaba, sintiendo cómo pequeñas sacudidas seguían recorriéndola incluso después, como si su cuerpo necesitara unos segundos más para entender que ya había pasado.
La noche se llenó de lluvia, respiraciones y palabras dichas al oído.
Arai dejó de intentar controlar la escena cuando entendió que no tenía que hacerlo.
Yo dejé de fingir que podía sostener la distancia cuando ella me buscó con las manos y dijo mi nombre de una forma que me borró cualquier pensamiento útil.
Cuando por fin me incorporé para buscar protección en la mesilla, Arai me sujetó de la muñeca.
—Mírame.
Lo hice.
No había broma en su cara ahora. Solo deseo, sí, pero también algo más frágil.
—Esto cambia cosas —dijo.
—Lo sé.
—No quiero ser una pausa de nadie.
Me dolió que tuviera que decirlo, pero me gustó que lo hiciera.
—No lo eres.
—Bruno.
—No lo eres —repetí—. Y si mañana te arrepientes, lo aceptaré. Pero esto no es una distracción para mí.
Arai me sostuvo la mirada unos segundos. Luego tiró de mí.
—Entonces ven.
Fui.
La besé mientras nuestros cuerpos se encontraban sin prisa al principio, con ese cuidado inicial que dura lo mínimo antes de romperse.
Mis manos recorrieron su cintura, subieron despacio hasta su pecho y se detuvieron ahí un instante, sintiendo cómo su piel reaccionaba bajo mis dedos antes incluso de apretar.
Sus pezones se endurecieron enseguida.
Los rocé con el pulgar, primero suave, probando, y Arai soltó el aire contra mi boca, clavándome los dedos en los hombros.
—Bruno…
Su voz ya no tenía calma.
Bajé la cabeza y los atrapé con la boca, alternando entre morder y suavizar justo lo suficiente para que su cuerpo se arqueara contra el mío mientras sus caderas empezaban a moverse buscando más.
—No me hagas esperar —murmuró, casi sin aliento.
Sonreí contra su piel.
—No pensaba hacerlo.
Volví a besarla, más profundo esta vez, mientras mi mano descendía entre nuestros cuerpos, encontrándola todavía húmeda, todavía sensible. El simple roce hizo que su respiración se rompiera otra vez.
Cuando entré en ella, lo hice despacio.
Muy despacio.
Sentí cómo su cuerpo me recibía poco a poco, cómo se tensaba un instante antes de adaptarse, antes de ceder del todo.
Arai cerró los ojos y apoyó la frente en la mía.
—Joder…
No me moví al principio.
Me quedé ahí, dentro de ella, dejando que el cuerpo entendiera, que se reconociera otra vez. Sus manos subieron por mi espalda, aferrándose con una mezcla de urgencia y necesidad que me atravesó entero.
—Muévete —susurró.
Y lo hice.
Empecé con un ritmo lento, profundo, sintiendo cada embestida, cada respuesta de su cuerpo. Arai acompañaba el movimiento, primero contenida, luego cada vez más, hasta que sus caderas empezaron a marcar el ritmo conmigo.
El sonido de nuestras respiraciones llenó el espacio.
Mis manos volvieron a su pecho, apretando, jugando con sus pezones ya duros mientras ella soltaba pequeños gemidos que se perdían contra mi cuello.
—Así… —murmuró—. No pares.
El ritmo cambió.