Nada personal, señor Montalbán Capítulo 23
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Capítulo 23

Bruno

Había salido a la terraza trasera del hotel con la excusa de respirar un poco, pero en realidad solo quería cinco minutos sin gente, sin música y sin la sensación de que todo el mundo estaba un poco cerca.

La tarde se había quedado gris, húmeda, con ese olor a tierra mojada que dejaba la montaña después de la lluvia. Apoyé las manos en la barandilla y cerré los ojos un momento.

Nicolás tardó menos de un minuto en encontrarme.

—Tienes una cara de mierda importante —dijo.

No me giré.

—Gracias.

—De nada. ¿Qué ha pasado con Carla?

Solté el aire por la nariz.

—Nos hemos dado un tiempo.

Nicolás tardó un instante en responder.

—Eso suena fatal.

—Porque lo es.

Se colocó a mi lado, con las manos en los bolsillos y esa facilidad suya para parecer relajado incluso cuando estaba entrando en terreno delicado.

—¿Lo habéis dejado?

—No exactamente.

—Traducción: Nadie ha tenido valor para ponerle nombre todavía.

Lo miré.

—No estoy para tus genialidades.

—No es una genialidad. Es una observación.

Volví la vista al jardín.

—No quería seguir haciéndole daño, ni haciéndole perder el tiempo.

Nicolás asintió despacio.

—Bien.

—No suena bien.

—No, claro que no suena bien. Suena a una mierda. Pero al menos suena a verdad.

Me quedé callado porque tenía razón.

Porque Carla merecía algo mejor que meses de distancia, llamadas correctas y un novio que llevaba demasiado tiempo sin estar del todo. Yo también lo sabía. Y haber tardado tanto en admitirlo no me hacía sentir honesto, sino tarde.

Nicolás se apoyó en la barandilla.

—¿Y Arai?

Lo miré.

—No ha pasado nada.

Alzó una ceja.

—Bruno.

—Nada que deba pasar.

—Eso tampoco es una respuesta.

Bajé la vista al jardín, al suelo mojado, a cualquier cosa que no fuera su cara.

—Me importa.

Nicolás ya no sonreía.

—Eso lo sé.

—Y eso no arregla nada. De hecho, lo complica todo bastante más.

—Puede.

—Carla tiene motivos para estar dolida. Arai no merece meterse en mitad de esto. Mi padre no necesita otro desastre. Y yo llevo días comportándome como si no estuviera viendo lo que tengo delante.

Nicolás se quedó callado un momento.

—¿Te gusta?

Solté una risa breve, sin humor.

—Me tiré a un río detrás de ella.

—Buen punto.

—No sé en qué momento empezó a pasarme.

—Da igual cuándo. Lo importante es que ya te está pasando.

Me pasé una mano por la cara.

—No quiero ser un cabrón.

—Entonces no lo seas.

—Qué fácil.

—No he dicho que sea fácil. He dicho que no lo seas. Son cosas distintas.

Me quedé mirando la lluvia acumulada en la barandilla.

—No sé qué hacer con esto.

Nicolás suspiró.

—De momento, dejar de fingir que el problema es el trabajo, el hotel, las actividades o la mala suerte. El problema es que Carla ya no basta y Arai te importa más de lo que quieres admitir.

No dije nada porque no hacía falta.

—Y otra cosa —añadió—. Si no vas en serio, no te acerques más.

Giré la cabeza hacia él.

—Lo sé.

—No, Bruno. Lo sabes, no; lo entiendes, que es distinto.

Nos quedamos un momento en silencio. Dentro del hotel sonaba música amortiguada y alguna risa. La cena de despedida estaría empezando a ponerse en marcha.

Nicolás se enderezó.

—¿Vas a entrar con esa cara?

—Seguramente.

—Pues arréglala un poco. Das miedo.

—Gracias otra vez.

—Para eso estoy.

Se fue hacia la puerta, pero antes de entrar se giró.

—Y otra cosa más.

Sonrió, esta vez sí.

—Si al final la cagas, que sepas que yo voy a decir «te lo dije» con una energía insoportable.

A pesar de todo, se me escapó una sonrisa.

—No esperaba menos.

—Bien. Ya vuelves a tener cara humana. Entra antes de que Arai piense que te has fugado.

Lo vi desaparecer dentro y me quedé un segundo más en la terraza, con la humedad pegada a la piel y la sensación bastante clara de que Nicolás acababa de resumirme la situación mucho mejor de lo que me convenía.

Me giré y regresé al interior del hotel.

Cuando entré en el comedor, Arai ya estaba sentada a la mesa.

La vi antes de que ella me viera a mí.

Vestido negro. Pelo recogido en un moño deshecho, aunque con Arai hasta el desorden parecía elegido, una copa de vino a medio llenar junto a la mano y esa expresión suya de mujer que está en una cena de empresa sin ninguna intención de facilitarle el trabajo al universo.

No sonreía.

Tampoco hacía falta.

Algo en la forma en que estaba allí, como si no terminara de encajar con todo aquello y al mismo tiempo no pudiera estar en ningún otro sitio, me dejó quieto un segundo más de la cuenta.

Beatriz estaba hablando, Mario gesticulaba con el pan en la mano y mi padre escuchaba con media sonrisa, pero a mí me costó apartar la vista de Arai.

Lo hice tarde.

Ella levantó la cabeza y me vio.

Fingí normalidad bastante mejor de lo que me sentía.

Me senté, respondí cuando me hablaban, brindé cuando tocaba y hasta hice un par de comentarios razonables sobre el cierre de las jornadas.

Por dentro, sin embargo, tenía la cabeza en la suite , en el ascensor, en la forma en que Arai llevaba toda la tarde evitándome justo lo suficiente para que yo lo notara cada vez más.

Carla y yo habíamos hablado otra vez por la tarde. No había sido una conversación fácil, pero sí honesta. Nos habíamos pedido tiempo: tiempo para pensar, para respirar y para no seguir haciéndonos daño por seguir tirando de algo solo por costumbre.

Arai lo sabía. No todo, pero sí lo suficiente. Desde entonces me miraba menos, o quizá simplemente yo notaba más cada vez que apartaba la vista.

—¿Vas a brindar o estás esperando una señal divina? —me preguntó Nicolás desde mi izquierda.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Que Antonio ha levantado la copa hace unos segundos y tú estás mirando a la nada con cara de señor atormentado.

—¿Qué dices de atormentado?

—Bruno, tienes cara de haber leído tres contratos y una carta de despedida en el mismo ascensor.

Le lancé una mirada.

Nicolás sonrió, encantado consigo mismo.

—Ya ha vuelto en sí.

Antonio estaba de pie al final de la mesa, copa en mano. Había hablado poco durante la cena, pero cuando lo hacía, todos escuchaban. Siempre había tenido esa capacidad. No necesitaba imponerse. Bastaba con que se aclarara la garganta para que todos prestaran atención.

—Solo quería daros las gracias —dijo—. Sé que han sido unas jornadas intensas.

Alguien soltó una risa.

Arai levantó la copa.

—Intensas es una palabra generosa.

Varias personas rieron. Antonio también, aunque con discreción.

—También sé que algunas actividades han salido mejor que otras.

—Yo pediría revisar el concepto de «actividad» —añadió ella.

—Anotado —dijo mi padre.

Esta vez las risas sonaron más altas. Arai sonrió y luego, por error o por cansancio, me miró un segundo. Bastó para que se me apretara algo por dentro.

Mi padre siguió hablando. Agradeció el trabajo del equipo, la paciencia, el esfuerzo de aquellos meses. Dijo que a veces una empresa no se sostenía solo con estrategia, sino con la gente que seguía apareciendo incluso cuando el día venía torcido.

Arai bajó la vista a su copa. Y yo hice lo mismo.

Había algo en esa frase que nos tocó a los dos de una forma distinta.

Después del brindis, la cena se deshizo poco a poco.

Algunos se quedaron tomando una copa. Otros subieron a las habitaciones.

Beatriz intentó organizar un último baile y fracasó.

Mario explicó, por tercera vez, que había encontrado una zona del jardín con cobertura aceptable y que pensaba incluirla en la encuesta de satisfacción.

Arai se levantó cuando ya no quedaban excusas y yo me puse en pie casi al mismo tiempo. No fue algo coordinado, pero debió de parecerlo, porque Nicolás me miró.

—¿Subes?

—Sí. Mañana salimos temprano.

—Claro.

Su cara dejaba claro que no se creía nada. Yo hice como si no lo viera.

Arai estaba recogiendo el bolso cuando Antonio la detuvo un momento. No oí lo que le dijo, pero vi cómo ella se ablandaba. Muy poco. Lo suficiente para que cualquiera que no la conociera no lo notara. Luego asintió, le tocó el brazo y se apartó.

En el ascensor no hablamos.

Había otras dos personas con nosotros, así que habría sido raro hablar de cualquier cosa importante. Arai miraba los números subir y yo la puerta metálica. Nuestras manos estaban a pocos centímetros, pero no se tocaron, y eso fue casi peor.

Cuando llegamos a la suite , la lluvia golpeaba los cristales con más fuerza. Una lluvia constante, de noche cerrada, que dejaba el salón en una penumbra azulada. Arai entró primero, dejó el bolso sobre la mesa y se quitó los zapatos con un suspiro.

—No vuelvo a hacer actividades de empresa en mi vida —dijo.

Cerré la puerta.

—Eso dijiste ayer.

—Ayer era una opinión. Hoy es una política personal.

Me quité la chaqueta y la dejé en el respaldo del sofá.

—Me parece razonable.

—Gracias. Me gusta que por fin alguien valore mi crecimiento.

Intenté sonreír, pero no me salió del todo. Ella lo notó, claro. Últimamente parecía notarlo todo.

—¿Estás bien?

La pregunta era sencilla. Peligrosa, pero sencilla.

—No lo sé.

Arai asintió despacio, sin invadir. Sin intentar arreglar nada.

—Vale.

Se hizo un silencio.

No era incómodo. No exactamente. Era más bien el silencio de dos personas que han llegado al borde de algo y saben que el siguiente paso ya no se puede disimular con bromas.

Arai se frotó los brazos.

—Bueno. Me voy a dormir.

—Sí.

Ninguno de los dos se movió.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches.

La lluvia siguió golpeando los cristales y, en algún lugar de la suite , la madera crujió. Arai miró hacia su habitación, luego hacia mí, y en ese silencio ya no quedaba nada que pudiera disimularse con una broma.