Nada personal, señor Montalbán Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—No, no quiero decidir esto así. No por teléfono. No después de una noche así. Pero quizá necesitamos parar un poco. Pensar. Sin hacernos más daño.

Carla habló. Esta vez sí oí una frase suelta.

—Qué casualidad que lo descubras ahora.

Me dolió a mí.

Bruno no respondió rápido.

—Tienes derecho a pensar eso.

La conversación siguió unos minutos más. No entendí todo, ni quise. Solo fragmentos.

Que Carla estaba cansada de sentirse lejos incluso cuando hablaban.

Que Hamburgo había sido una excusa cómoda.

Que Bruno no sabía cuándo habían empezado a convertirse en dos personas educadas manteniendo una relación por inercia.

Que ella no quería ser «la novia razonable» mientras él se aclaraba con otra.

Esa frase sí llegó entera y me dejó helada. Lola me miró, como si por fin entendiera el tamaño del lío, pero no dijo nada. Por una vez.

Al final, Bruno solo dijo:

—Lo siento, Carla. De verdad.

Después hubo silencio.

La llamada había terminado.

Me quedé en la habitación un minuto más, sin moverme. Luego dos. No sabía qué hacer. Salir parecía invadir. No salir parecía esconderme. Y, sinceramente, yo ya no tenía energía para elegir la opción adulta.

Al final abrí la puerta.

Bruno estaba en el salón, de pie junto a la ventana, con el móvil todavía en la mano. No se giró enseguida.

—Lo siento —dije.

Él cerró los ojos un momento.

—No tienes que disculparte.

—Sí tengo. Aunque no sea culpa mía. Aunque no sea culpa de nadie. Lo siento.

Se giró entonces.

Tenía la cara seria, cansada. No de enfado. De algo peor: de haber hecho daño a alguien sin querer y no poder arreglarlo con una frase.

—Carla está dolida —dijo.

—Tiene motivos.

Asintió.

—Sí.

No añadí nada.

Bruno dejó el móvil sobre la mesa.

—No ha sido justo para ella.

—No.

—Tampoco para ti.

Solté una risa sin ganas.

—Yo ahora mismo estoy intentando no aparecer en ninguna estadística.

—Arai.

—No sé qué quieres que diga.

—Nada.

—Pues eso puedo hacerlo.

Se quedó mirándome un segundo. Luego bajó la vista.

—He pedido tiempo.

—Lo he oído.

No tenía sentido fingir.

Bruno levantó la mirada.

—¿Has oído mucho?

—Lo suficiente para sentirme fatal.

—No has hecho nada.

—Ya. Pero estaba aquí.

—Eso no es culpa tuya.

—Bruno, hemos pasado la noche en un refugio. Tú tienes novia. O tenías. O estás en pausa. No sé. No quiero meterme, pero tampoco puedo hacer como si esto no existiera.

La frase salió más directa de lo que pretendía.

Él no se defendió.

—Lo sé.

Lola apareció detrás de él, con la cara más seria que le había visto en todo el día.

—No quería esto así —dijo.

La miré sin pensar y la cagué. Bruno siguió mi mirada, pero detrás de él no había nada: solo pared, una lámpara y una fantasma metomentodo con cara de culpa.

—¿Qué miras? —preguntó.

Volví a él demasiado rápido.

—Nada.

—Arai.

—Estoy cansada.

—Siempre dices eso cuando no quieres contestar.

—Porque suele ser verdad.

Se hizo un silencio incómodo.

Lola dio un paso hacia mí.

—Arai…

—No —dije en voz baja.

Bruno frunció el ceño.

—¿No qué?

Mierda.

—No quiero hablar ahora —improvisé—. No así.

Bruno respiró hondo.

—Vale.

Aquello me descolocó. Otra vez. Que no insistiera. Que no empujara. Que aceptara el límite incluso cuando estaba claro que yo ocultaba algo.

Era bastante molesto que alguien pudiera gustarte más precisamente por comportarse bien.

—Voy a bajar a buscar un café —dije.

—Te acompaño.

—No hace falta.

—No quiero que todo el mundo te vea sola.

Lo dijo de una forma tan sencilla que me apretó algo en el pecho.

—Van a mirar igual.

—Entonces, que nos miren a los dos.

No supe qué responder.

Lola, detrás de él, sonrió con tristeza.

Yo habría querido decirle que dejara de hacer esa cara, que no ayudaba, que aquello no era bonito, que Carla estaba llorando en otra ciudad y que yo no quería ser la razón por la que nadie llorara.

Pero no dije nada. Solo asentí y bajamos juntos, para que nos miraran los dos, porque era exactamente lo que iba a pasar.

En recepción. En el pasillo. En la zona de café. Miradas rápidas, curiosas, algunas preocupadas, otras con ese brillo horrible de quien ya está montando una versión mejorada de la historia.

Bruno se colocó a mi lado sin tocarme, con esa distancia correcta de jefe que no hace nada raro y, aun así, consigue cubrirte un poco.

Antonio estaba junto a la barra, hablando con Beatriz. Al vernos, dejó la taza y vino hacia nosotros.

—¿Habéis descansado algo?

—Un poco —dijo Bruno.

—Yo he recuperado la temperatura corporal —añadí—. Ya es un avance.

Antonio me miró con cariño, pero también con esa forma suya de ver más de lo que una quería enseñar.

—Come algo.

—Antonio…

—Come algo, Arai.

Suspiré.

—Vale.

Lola apareció junto a él, mirándolo como si quisiera tocarle la manga y no pudiera.

—Siempre manda comer cuando no sabe qué hacer —dijo.

Me mordí la lengua.

Bruno pidió café para los dos y algo de pan tostado. Yo no protesté porque estaba demasiado cansada y porque, sinceramente, tenía hambre.

Nos sentamos en una mesa apartada. No demasiado apartada, porque entonces habría sido peor. Lo bastante para respirar.

Durante un rato comimos en silencio, de ese que no es incómodo del todo, pero tampoco cómodo. Un silencio de después.

—Carla no es una mala tía —dije al fin.

Bruno dejó la taza sobre el plato.

—No.

—No quiero que parezca eso.

—No lo parece.

—Bien.

—Es buena —dijo—. Más de lo que yo he sabido cuidar.

No contesté. No había consuelo bueno para eso, y quizá ni siquiera me tocaba consolarlo. Además, una parte de mí, muy egoísta y pequeña, se sintió aliviada al oírlo, y esa parte me dio vergüenza.

Bruno miró por la ventana. Fuera, la mañana seguía gris, con el monte mojado y el cielo bajo.

—Tengo que ordenar mi vida —dijo.

—Qué ambicioso para antes de comer.

Sonrió apenas.

—Sí.

—Yo empezaría por no volver a dejarte el móvil en la suite .

—Buen primer paso.

—Y evitar actividades organizadas por este hotel.

—Segundo paso.

—Y no dormir en refugios con mujeres que babean.

Se me escapó y me arrepentí al instante, sobre todo cuando Bruno me miró y una sonrisa lenta le cambió la cara.

—No iba a decirlo.

—Pues no lo digas ahora.

—No lo estoy diciendo.

—Lo estás pensando.

—Muchísimo.

Le di una patada suave por debajo de la mesa.

—Ay.

—Eso ha sido poco. Podría haber sido peor.

—Lo tendré en cuenta.

Por primera vez desde que habíamos vuelto, algo se aflojó. Muy poco. Pero se aflojó.

Luego Bruno bajó la mirada a su café.

—No quiero hacerte daño tampoco a ti.

Aquello quedó entre los dos y se llevó cualquier posibilidad de seguir bromeando.

—Pues no me metas en mitad de algo sin cerrar —dije.

Me miró.

—Lo sé.

—Y no me digas cosas que no puedas sostener mañana.

—No lo haré.

—Y no me mires así.

—¿Así cómo?

No respondí.

Porque no podía explicarlo sin quedar demasiado expuesta.

Lola estaba de pie junto a Antonio, a unos metros, observándonos con una mezcla de esperanza y culpa que me dieron ganas de gritarle. No allí. No delante de todos. Pero sí algún día. Pronto.

Porque aquello se le estaba yendo de las manos, y quizá también se nos estaba yendo de las manos a todos.

Cogí la taza y bebí un sorbo de café ya tibio.

—Necesito que el resto del día sea aburrido —dije.

Bruno soltó una risa baja.

—No creo que dependa de nosotros.

Miré a Lola.

Ella levantó las manos, ofendida.

—Hoy no he hecho nada.

La miré peor.

—Todavía —murmuré.

Bruno inclinó la cabeza.

—¿Todavía qué?

Suspiré.

—Todavía no he terminado el café.

—Eso sí tiene solución.

Me rellenó la taza con la jarra que había dejado el camarero, como si fuera un gesto pequeño y normal. Que lo era. Y por eso era peligrosísimo.

Volví a mirar por la ventana, intentando pensar en otra cosa. En el trabajo. En la ducha caliente. En el pan tostado. En cualquier cosa que no fuera Carla llorando, Bruno pidiendo tiempo y Lola observándonos como si el amor fuera algo que se pudiera empujar hasta que encajara.

Pero mi vida últimamente no iba de cosas sencillas.

Iba de fantasmas, refugios, llamadas incómodas y hombres que te tapaban de las miradas sin tocarte.

Y lo peor era que, incluso sabiendo todo eso, una parte de mí ya estaba esperando el próximo desastre.