Nada personal, señor Montalbán Capítulo 22
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Capítulo 22

Arai

El rescate llegó con demasiada luz, demasiado frío y una frase que confirmó que el universo había decidido dejar de ser sutil conmigo.

—De verdad —dijo Dani, el monitor, en cuanto nos vio salir del refugio—, os vamos a empezar a cobrar por búsqueda y recogida.

Me ajusté la manta sobre los hombros y lo miré con toda la dignidad que pude reunir teniendo el pelo como si hubiera discutido con una zarza y perdido.

—Quiero dejar constancia de que esta vez tampoco ha sido cosa mía.

Bruno, a mi lado, tosió.

No era tos. Era una risa mal escondida.

Lo miré de reojo.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara es independiente.

—Pues dile que se calle.

Dani nos miró a los dos con una sonrisa demasiado entretenida.

—¿Habéis dormido aquí?

—No —dije.

Bruno me miró.

—Arai.

—Bueno, sí, técnicamente hemos cerrado los ojos unas horas en una estructura de piedra con pretensiones de refugio. Dormir, lo que se dice dormir, me parece generoso.

—¿Estáis bien? —preguntó la otra monitora, que al menos tenía el detalle de parecer profesional.

—Sí —respondió Bruno—. Cansados y con frío, pero bien.

Yo asentí.

—Y con una relación complicada con las lentejas en lata, pero eso ya lo trataré en privado.

Dani soltó una risa.

—Pues vámonos. En el hotel están todos bastante preocupados.

Maravilloso.

Justo lo que necesitaba: volver al hotel con aspecto de superviviente de excursión escolar y que toda la empresa nos recibiera como si hubiéramos protagonizado una tragedia rural de bajo presupuesto.

Mientras recogíamos las pocas cosas que habíamos usado, intenté no mirar a Bruno. No porque hubiera pasado algo. No había pasado nada. Bueno, salvo que me había dormido pegada a él, había invadido Andorra y, por lo visto, había dejado una prueba húmeda de mi existencia en su camiseta.

Nada grave. Solo el tipo de humillación que podía perseguir a una persona durante años.

Lola apareció junto a la puerta del refugio con una expresión radiante, como si aquella noche hubiera sido una gran idea suya y no una sucesión de decisiones cuestionables.

La miré.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Poner esa cara.

—¿Qué cara?

—La de señora que ha organizado un milagro y está esperando aplausos.

Lola se llevó una mano al pecho.

—Yo solo estoy contenta de que estéis bien.

—Y de que hayamos dormido juntos en una litera.

—Bueno, eso también ha sido bonito.

Cerré los ojos un segundo.

Dani se giró hacia mí.

—¿Has dicho algo?

—Que el bosque es bonito.

Bruno me observó con esa mirada suya de «cada vez entiendo menos, pero estoy tomando notas».

Perfecto.

Lo que me faltaba.

El camino de vuelta hasta el punto donde esperaba el todoterreno fue incómodo, húmedo y largo, en ese orden. Yo llevaba la manta sobre los hombros, la mochila colgando de un brazo y la sensación de que, si alguien me hacía una foto, tendría que abandonar el país.

Bruno caminaba a mi lado, muy correcto, pero pendiente de cada piedra, cada raíz y cada curva del sendero. No de forma exagerada. Solo lo justo para colocarse un poco delante cuando el terreno bajaba, o para frenar el paso cuando yo tropezaba.

Eso me molestaba, no porque estuviera mal, sino porque no estaba mal. Y eso era bastante peor.

—Puedo caminar sola —murmuré.

—Lo sé.

—Pues deja de hacer de barandilla humana.

—Yo no hago eso.

—Estás a medio paso de ofrecerme el brazo.

—No quiero arriesgarme a que me lo muerdas.

—Buena decisión.

Sonrió.

Y yo aparté la vista, porque ya era suficiente para una mañana.

Cuando llegamos al hotel, confirmé mis peores sospechas: nos estaban esperando.

No todos, gracias a Dios, pero sí demasiada gente para mi gusto.

Beatriz estaba en la entrada con cara de haber envejecido tres años desde el desayuno.

Mario sujetaba un café como si aquello fuera una retransmisión deportiva.

Antonio estaba un poco más apartado, serio, con los brazos cruzados y una preocupación tan clara que me dio un golpe directo en el pecho.

Lola apareció a su lado.

Feliz.

Preocupada, sí. Pero feliz. Como si en vez de dos empleados perdidos y congelados estuviera viendo a una pareja regresar de su luna de miel en condiciones ligeramente mejorables.

—Voy a matarla —susurré.

Bruno me oyó.

—¿A quién?

—A la próxima persona que me pregunte si estoy bien.

Llegamos a la entrada y Beatriz fue la primera en acercarse.

—Arai, por Dios. ¿Estáis bien?

—Sí. Entera, mojada y con una opinión nueva sobre el senderismo.

—Nos teníais preocupadísimos.

—Lo siento.

Lo dije de verdad.

Porque una cosa era estar harta de la atención y otra ver la cara de Beatriz, de Antonio, incluso de Mario, y entender que aquello no había sido divertido para los demás.

Antonio se acercó entonces. Primero miró a Bruno. Luego a mí.

—¿Seguro que estáis bien?

Bruno contestó antes de que yo pudiera hacerlo.

—Sí. Nos desviamos, se nos hizo tarde y encontramos el refugio. No había cobertura.

—Yo me quedé sin batería —añadí—. Y él había dejado el móvil cargando.

—Fue culpa mía —dijo Bruno.

Lo miré.

—No fue culpa tuya.

—Era mi móvil.

—Y el mío estaba sin batería. Si empezamos a repartir culpa, acabamos haciendo un Excel.

Mario levantó la mano.

—Yo puedo hacerlo.

—¡Mario! —dijo Beatriz.

—Perdón.

Antonio no sonrió. Me habría gustado que lo hiciera, pero seguía demasiado serio.

—Subid, duchaos y descansad un rato. La reunión de esta tarde se cancela.

—Antonio, no hace falta…

—Arai.

Ese tono suyo.

El de jefe. El de padre sin ser padre. El de persona que no aceptaba réplica porque ya había decidido protegerte aunque tú no lo hubieras pedido.

Cerré la boca.

—Vale.

Lola miró a Antonio con una ternura insoportable.

—Siempre igual —dijo—. Mandando cuando está preocupado.

Tragué saliva y aparté la vista.

Bruno dio un paso casi imperceptible, colocándose entre mí y el grupo. No de forma evidente. No como si quisiera marcar territorio ni nada parecido. Solo un movimiento pequeño, suficiente para que algunas miradas dejaran de caer directamente sobre mí.

Lo noté.

Y lo peor fue que se lo agradecí.

—Vamos —dijo en voz baja.

Asentí.

Subimos en el ascensor sin hablar. Yo miraba mis botas embarradas. Bruno miraba la puerta. Lola, por supuesto, apareció en una esquina, encantada de la vida.

—Ha sido muy bonito cómo te ha tapado de todos.

—Lola —murmuré.

Bruno giró la cabeza.

—¿Qué?

—Nada. Que huele a humedad.

—Sí.

—Somos nosotros.

—Creo que sí.

Lola sonrió como si aquello fuera una escena preciosa.

Yo le lancé una mirada que habría tumbado a una persona viva.

En la suite , cada uno se fue directo a su habitación.

Me duché con agua caliente durante tanto rato que probablemente el hotel empezó a reconsiderar su política de sostenibilidad.

Me quedé bajo el agua hasta que dejé de tiritar y mi espalda empezó a perdonarme lo de la litera.

Me lavé el pelo, me puse ropa limpia y, durante cinco minutos, casi conseguí sentirme una persona funcional.

Casi.

Cuando salí al salón, Bruno ya estaba allí. También duchado, con el pelo húmedo y ropa limpia. Tenía su móvil en la mano.

Su expresión me dijo lo que pasaba antes de que sonara la llamada.

Carla.

El nombre apareció en la pantalla y el ambiente cambió.

No mucho.

Lo necesario para que yo recordara, de golpe, todo lo que había intentado no mirar desde la noche anterior.

Bruno apretó la mandíbula.

—Tengo que cogerlo.

—Claro.

Me di la vuelta para irme a mi habitación, pero él levantó una mano.

—No tienes que…

—Sí tengo.

No sonó borde. O al menos lo intenté.

—Es una conversación vuestra.

Bruno asintió, aunque parecía incómodo. Mucho.

Me metí en mi habitación y cerré la puerta, pero la suite era antigua y las paredes tenían esa maravillosa cualidad de dejar pasar justo lo que una no quería oír.

No escuché a Carla al principio. Solo la voz de Bruno, baja.

—Carla, lo siento. Sí. Lo sé.

Me quedé quieta junto a la cama.

No quería escuchar.

Tampoco quería ponerme a cantar para no hacerlo, porque ya bastante tenía encima.

Lola apareció sentada en el sillón de mi habitación.

—Esto va a ser difícil.

—No ayudes.

—No he dicho nada malo.

—Estás aquí. Eso ya cuenta.

Bruno volvió a hablar al otro lado.

—No pude llamarte. Dejé el móvil cargando antes de salir y luego nos perdimos. No, no es una excusa.

Al otro lado de la pared se hizo un silencio largo. Cerré los ojos, porque Carla tenía razón y eso era lo peor de todo.

Tenía razón en estar enfadada, en sentirse fuera, en pensar que todo aquello sonaba fatal. Si mi novio me dijera que había pasado la noche perdido en un refugio con una mujer con la que además compartía suite , yo no estaría exactamente preparando una cesta de comprensión emocional.

—Sí —dijo Bruno—. Pasé la noche con ella. En un refugio. No había otra opción.

Más silencio.

Lola bajó la mirada.

—Pobre chica.

La miré.

—Gracias por llegar a esa conclusión ahora.

—Arai…

—No. En serio. Ahora no.

Me senté en el borde de la cama y me pasé las manos por la cara.

Al otro lado, Bruno sonó más cansado.

—No te estoy pidiendo que no te duela. Sé cómo suena.

La voz de Carla subió un poco. No distinguí todas las palabras, pero sí el tono. Dolor. Enfado. Humillación.

Me encogí por dentro.

—No —dijo Bruno—. No ha pasado nada.

Otra pausa.

—No lo sé.

Aquello sí lo oí claro. Levanté la cabeza y Lola hizo lo mismo; seria por primera vez desde que habíamos vuelto al hotel.

—Carla, no lo sé —repitió Bruno, más bajo—. Y creo que ese es el problema.

Me quedé inmóvil.

No quería estar allí. No quería ser parte de eso. No quería que mi nombre existiera en aquella llamada, aunque no lo estuvieran diciendo.

Pero existía.

—No quiero mentirte —continuó él—. Ni hacer como si todo estuviera igual.

La respuesta de Carla debió de ser dura, porque Bruno no contestó enseguida.

Cuando lo hizo, su voz estaba rota de una forma tranquila. Peor que si hubiera gritado.

—No sé si nos estamos echando de menos o si llevamos tiempo echando de menos lo que éramos.

Me tapé la boca con una mano.

Lola cerró los ojos.

Durante unos segundos no se oyó nada. Luego Bruno dijo:

—Lo siento.

Otra pausa.