Nada personal, señor Montalbán Capítulo 21
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Capítulo 21

Bruno

Arai se quedó mirando la litera del fondo como si acabara de ver escrita allí la sentencia de la noche.

Yo miré la chimenea apagada, la caja de leña y el armario metálico medio oxidado junto a la pared.

El refugio no era cómodo, ni bonito, ni especialmente tranquilizador, pero tenía techo, puerta y cuatro paredes.

Después de una tarde de bosque, batería muerta y señales que parecían haber sido colocadas por alguien con muy mala idea, aquello ya era bastante.

—Voy a intentar encender el fuego —dije.

Arai seguía mirando la litera.

—Yo voy a intentar no perder la fe en la humanidad, pero lo tuyo parece más fácil.

—Eso no dice mucho de mi plan.

—Dice muchísimo del estado de mi fe.

Dejó la mochila sobre uno de los bancos y se quitó la chaqueta húmeda. Tenía los puños del jersey mojados, el pelo algo revuelto y esa cara suya de estar cansada, enfadada y a punto de discutir con cualquier objeto que respirara. O que no respirara. Con Arai nunca se sabía.

Se giró de golpe hacia la chimenea.

—No digas nada.

Yo me quedé con un tronco en la mano.

—No he dicho nada.

—No era para ti.

Miré la chimenea.

—¿Era para la chimenea?

—Sí. Las chimeneas antiguas son muy suyas.

—Cada vez entiendo menos cosas.

—Bienvenido a mi vida.

Decidí dejarlo ahí. En parte porque estaba empezando a aprender que insistir con Arai solo conseguía que inventara respuestas más raras, y en parte porque necesitábamos fuego antes de que el frío nos ganara la discusión.

Encender la chimenea me llevó más tiempo del que me habría gustado reconocer. La leña estaba seca a medias, el mechero que encontré sobre la repisa funcionaba cuando quería y Arai observaba desde el banco con una mezcla de escepticismo y ganas de opinar.

—¿Seguro que sabes hacer eso? —preguntó.

—Sí.

—Lo dices con mucha confianza para alguien que lleva tres intentos.

—Estoy creando base.

—Claro. Una base de humo.

Al cuarto intento, la llama prendió. Pequeña, pero suficiente.

—Bien —dijo—. Punto para ti.

—¿Solo uno?

—No te emociones. Estoy generosa porque tengo frío.

Me levanté y noté el escozor en el pulgar.

—Mierda.

Arai se puso de pie enseguida.

—¿Qué?

—Nada. Me he quemado un poco.

—Enséñame.

—No es nada.

—Bruno.

Me señaló el banco como si fuera una orden judicial. Me senté porque, sinceramente, discutir con ella por una quemadura mínima me pareció una pérdida absurda de energía. Arai sacó de su mochila un paquete de pañuelos, una tirita y un gel pequeño.

—¿Llevas botiquín?

—Llevo mochila de mujer canaria criada por una madre previsora. Siempre hay tiritas, caramelos y alguien diciendo que te pongas una chaqueta.

—Eso último no cabe en la mochila.

—Porque no conoces a mi madre.

Me limpió el dedo con cuidado. Demasiado cuidado para lo poco que era. Yo miré sus manos porque era más fácil que mirarla a la cara y preguntarle por qué llevaba toda la tarde hablando con chimeneas, señales, árboles y cosas que yo no veía.

—Ya está —dijo, colocando la tirita.

—Gracias.

—No te emociones. Es una tirita, no una promesa.

—No había pensado eso.

—Mejor.

La chimenea empezó a calentar despacio, así que revisé el armario. Encontré tres latas: fabada, lentejas y una tercera sin etiqueta.

—Tenemos cena.

Arai se acercó, miró las latas y señaló la sin etiqueta.

—Esa no. En mi estado actual no puedo asumir misterio gastronómico.

—¿Lentejas?

—Me parece la opción menos peligrosa.

—Muy específico.

—Soy una mujer práctica.

Calentamos las lentejas en una olla pequeña que había junto a la chimenea y comimos sentados en los bancos, con la mesa entre los dos.

No estaban mal. O quizá el hambre era más fuerte que el criterio.

Fuera ya era de noche y el viento movía las ramas contra la pared de piedra.

Dentro, el fuego iba cogiendo cuerpo y el refugio dejaba poco a poco de parecer un sitio donde alguien encontraría nuestros nombres escritos en un periódico local.

Arai comía en silencio. Eso era raro. Con ella, el silencio podía significar muchas cosas, pero después del rafting, el sendero y aquella llegada al refugio, empecé a sospechar que estaba agotada de verdad.

—Antes, en el camino, estabas nerviosa —dije.

Levantó la mirada.

—Estábamos perdidos.

—Antes de saberlo.

—¿Tú siempre observas tanto o solo cuando no tienes móvil y te aburres?

—Contigo cuesta no hacerlo.

La frase salió antes de que pudiera pensarla.

Arai bajó la vista al cuenco.

—Pues practica menos.

—Lo intento.

—No se nota.

Se hizo un silencio. Esta vez no sonó incómodo, sino cansado. El fuego crujió, Arai dejó la cuchara en el cuenco y se frotó las manos despacio.

—No me gusta perder el control —dijo.

No contesté enseguida. Me dio la impresión de que no era una frase para llenar el hueco.

—Lo he notado.

—No lo digo por hoy.

Dejé mi cuenco sobre la mesa.

Arai miró la chimenea. La luz le daba en la cara y le suavizaba algo que normalmente llevaba muy protegido.

—Cuando vivía en Canarias salí con alguien —empezó—. En la universidad. Al principio fue bonito. Muy bonito. De esas cosas que una cree que sabe manejar porque tiene veinte años y se piensa que con querer mucho ya está todo hecho.

No me moví.

—Luego empezó a cambiar —siguió—. O quizá no cambió.

Quizá yo empecé a ver cosas que antes no quería ver.

Primero eran bromas: con quién hablas, por qué tardas en contestar, ese amigo te mira raro.

Después fueron enfados. Mensajes. Llamadas.

Aparecer donde yo estaba. Esperarme a la salida de clase. Decir que lo hacía porque me quería.

Se me tensó la mandíbula.

—Arai…

—No digas nada todavía, por favor.

Asentí.

Ella tragó saliva.

—Cuando intentaba dejarlo, se venía abajo. Lloraba, prometía que iba a cambiar, decía que no podía vivir sin mí. Y yo volvía porque pensaba que igual exageraba, que igual era culpa mía, que igual si lo hacía todo un poco mejor, él estaría tranquilo.

Le miré las manos. Las tenía entrelazadas sobre la mesa.

—Hasta que dejó de darme pena y empezó a darme miedo —añadió.

La frase pesó más que todo lo anterior.

—No hubo una gran escena —continuó—. Eso era parte del problema. No había una cosa enorme que enseñar. Eran muchas pequeñas: mensajes, llamadas, seguirme, hacerme sentir que estaba perdiendo la cabeza. Si lo contaba, sonaba menos grave de lo que era. Y eso te hace dudar de ti misma.

—No suena poco grave —dije.

Me miró un segundo, como si necesitara comprobar que no lo decía por decir.

—La policía no podía hacer gran cosa. Mis padres estaban asustados. Yo también, aunque me costó admitirlo. Al final, mi madre me dijo que a veces, para salvar una planta, hay que cambiarla de sitio.

Pensé en esa analogía. En su forma de mencionarla como si fuera una broma y, al mismo tiempo, algo más.

—Barcelona —dije.

—Sí. Barcelona. Yaiza no me soltó. Me acompañó, me buscó piso, me obligó a comer, a salir, a respirar. Y después apareció Antonio.

—Mi padre.

Asintió.

—Tu padre me dio trabajo cuando yo necesitaba estructura. No me trató como si estuviera rota. No me preguntaba todo el rato si estaba bien. Me daba tareas, me corregía, me exigía. Y eso, aunque suene raro, me ayudó más que muchas frases bonitas. Me hizo sentir útil. Segura. Normal.

No supe qué decir.

O sí, pero todo sonaba demasiado poco.

Mi padre llevaba años encerrado en su propio dolor, caminando por la empresa como si cada pasillo le recordara algo que no quería mirar demasiado. Y, aun así, para Arai había sido un sitio firme. Una persona que había sabido ayudarla sin invadirla.

—Por eso le tengo cariño —dijo—. Porque en una época en la que yo no sabía muy bien dónde ponerme, él me hizo sitio sin preguntarme demasiado.

Respiré hondo.

De pronto entendí muchas cosas de golpe. Su forma de anticiparse a todo. Su rechazo a que alguien decidiera por ella. Su humor rápido. Su necesidad de tener siempre una salida. Y también el modo en que miraba a mi padre, con un cariño discreto, de los que no se anuncian pero están.

—Gracias por contármelo —dije.

Arai se encogió un poco de hombros.

—No sé por qué lo he hecho.

—Yo tampoco. Pero me alegro.

—No quiero que ahora me mires raro.

—No te miro raro.

—Sí.

—Te miro entendiendo mejor algunas cosas.

—Eso también es raro.

—Puede ser.

Soltó una risa pequeña.

—Fatal respuesta.

—Estoy improvisando.

—Se nota.

Después de eso recogimos como pudimos. No había mucho que recoger, pero los dos necesitábamos movernos un poco. Revisé la litera. La de arriba tenía varias tablas rotas y una inclinación bastante poco compatible con sobrevivir a la noche.

—Arriba no duerme nadie —dijo Arai desde detrás.

—Puedo dormir en el banco.

Miró el banco, luego me miró a mí.

—No cabes.

—Ya me las arreglaré.

—No voy a dejarte dormir sentado después de que te hayas tirado a un río por mí, hayas encendido fuego y hayas cenado lentejas sin quejarte.

—Esto último ha sido lo más difícil.

—Lo sé. Por eso cuenta.

—La cama de abajo es estrecha.

—Ya lo veo.

—Podemos turnarnos.

—No seas ridículo. Dormimos los dos abajo, cada uno en su lado, vestidos, con mantas y con una frontera clara.

—¿Una frontera clara?

Pasó la mano por el centro del colchón.

—Aquí. Línea imaginaria. Esto es Andorra.

—¿Andorra?

—Neutral, pequeña y respetable.

—De acuerdo.

—Nada de invadir Andorra.

—No invadiré Andorra.

—Ni con el brazo.

—Ni con el brazo.

—Ni con una pierna accidental.

—Tampoco.

—Ni con excusas térmicas.

—Arai.

—Hay que aclararlo. Luego vienen los conflictos internacionales.

Se me escapó una sonrisa.

—Aclarado.

Nos tumbamos vestidos, con las mantas hasta el cuello y una distancia tan correcta que parecía preparada para una inspección. Arai se puso de lado, dándome la espalda. Yo me quedé bocarriba, mirando el techo, escuchando el fuego y los ruidos pequeños del refugio.

—Bruno —dijo al cabo de un rato.

—¿Sí?

—Lo de antes no se lo digas a nadie.

—No lo haré.

—Ni a tu padre.

—A nadie.

—Gracias.

—Arai.

—¿Qué?

—No fue culpa tuya.

Se quedó quieta.

Demasiado.

Durante unos segundos pensé que me había equivocado, que había dicho algo que no debía. Luego la oí respirar despacio.

—Ya lo sé —respondió.

Pero no sonó del todo cierto.

No insistí.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches.

Tardé en dormirme. El colchón era duro, hacía frío en la parte de la espalda que no cubría bien la manta y tenía a Arai a pocos centímetros, después de haberla visto contarme una parte de sí misma que no le enseñaba a cualquiera.

No había nada sencillo en eso. Tampoco había nada que yo pudiera ordenar con facilidad.

No supe en qué momento me dormí.

Pero sí supe en qué momento desperté.

Fue por un peso cálido sobre el pecho, una pierna enganchada a la mía y una respiración lenta contra mi camiseta.

Abrí los ojos.

Tardé unos segundos en entenderlo.

Luego bajé la mirada.

Arai estaba pegada a mí como si la frontera internacional que había trazado la noche anterior hubiera sido abolida durante la madrugada. Tenía la cara hundida en mi pecho, una mano sobre mi costado y el pelo revuelto por todas partes.

Yo, por mi parte, la tenía rodeada con un brazo.

Muy bien.

Gestión diplomática impecable.

Intenté moverme despacio, pero Arai murmuró algo incomprensible y se acomodó más contra mí.

Entonces noté la humedad en la camiseta.

Miré hacia abajo.

No podía ser.

Arai Bethencourt, la mujer que había establecido una frontera llamada Andorra en medio de una litera, me estaba babeando el pecho.

Me mordí el interior de la mejilla para no reírme, aunque no funcionó del todo. Arai se movió, abrió los ojos muy despacio y tardó un segundo en entender dónde estaba.

Cuando lo hizo, miró mi brazo, luego su mano sobre mi costado y, por último, la mancha en mi camiseta.

Se quedó inmóvil.

—No —dijo.

—Buenos días.

—No.

—Has dormido bien, por lo que veo.

Se incorporó de golpe y casi se cae de la litera.

—Esto no ha pasado.

—¿Qué parte?

—Ninguna.

—Andorra ha sido invadida.

—Tú la has invadido.

—Yo estaba dormido.

—Eso diría un invasor.

No pude aguantar más y me reí.

Arai me miró con una mezcla de horror y amenaza.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Te estás riendo.

—Muy poco.

—Bruno.

—Arai, me has babeado.

Se tapó la cara con las dos manos.

—Quiero morirme.

—Después de sobrevivir al río y al bosque, sería una pena.

—No hagas bromas.

—Estoy siendo delicado.

—Estás disfrutando.

—Un poco.

Apartó las manos y me señaló con el dedo.

—Esto no sale de aquí.

—Por supuesto.

—Ni a Nicolás.

—Especialmente a Nicolás.

—Ni a Antonio.

—Nunca.

—Ni a Lola.

Me quedé quieto.

Arai también.

—¿Lola?

Su cara cambió tan rápido que casi me confirmó que no había sido un error.

—La lona —dijo.

—¿La lona?

—Sí. La manta. La cosa. Acabo de despertarme, no me pidas vocabulario.

La miré.

—Claro.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras archivando rarezas.

—Estoy intentando no reírme.

—Pues inténtalo con más ahínco.

Fuera se oyó una voz.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Los dos giramos la cabeza hacia la puerta.

—Rescate —dije.

—Genial.

—Eso es bueno.

—No si entro en la historia oficial como la mujer que se perdió, cenó lentejas y babeó a su jefe.

Me levanté, todavía sonriendo.

—Podemos omitir la última parte.

—Podemos y vamos a hacerlo.

Abrí la puerta del refugio y la luz fría de la mañana entró de golpe. Dos monitores estaban fuera, con mochilas, chaquetas y cara de haber madrugado demasiado.

Uno de ellos nos miró a los dos. Luego miró la litera. Luego volvió a mirarnos.

—Vaya —dijo—. Pues sí que os habéis apañado.

Arai apareció detrás de mí envuelta en una manta, con el pelo imposible y la dignidad intentando recomponerse a toda prisa.

—Ni empieces.

El monitor levantó las manos.

—No he dicho nada.

—Pero ibas.

Yo me reí detrás de ella.

Arai me miró por encima del hombro.

—Y tú tampoco.

—Yo menos.

—No te creo.

—Haces bien.

Y allí estaba ella: despeinada, helada, enfadada con el mundo y tratando de sostener una dignidad que hacía diez minutos había muerto sobre mi camiseta.

Debería haber pensado en el hotel, en mi padre, en Carla, en la explicación que íbamos a tener que dar al volver.

Pero durante un segundo solo pensé una cosa.

Que Arai Bethencourt, incluso cuando amenazaba a un monitor de rescate envuelta en una manta vieja, era cada vez más difícil de sacar de mi cabeza.