Nada personal, señor Montalbán Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Seguí a Bruno por el sendero estrecho. Durante los primeros diez minutos intenté convencerme de que quizá Lola no la había liado tanto. El camino existía, había huellas, no estábamos atravesando maleza ni escalando una pared. Solo era un sendero secundario.

El sendero empezó a subir, luego se estrechó y, al cabo de un rato, ya no estaba tan claro que aquello siguiera siendo un camino.

—Bruno.

Él se detuvo.

—Sí.

—¿Tú ves camino?

Miró alrededor.

—Menos que antes.

—Respuesta incorrecta.

Sacó el mapa de papel que nos había dado Beatriz.

—Deberíamos haber llegado al mirador hace cinco minutos.

—Qué bien. Me encanta cuando el mapa también nos juzga.

Bruno giró sobre sí mismo.

—Podemos volver.

—Eso habría sido una frase preciosa hace diez minutos.

—Aún podemos.

Mi móvil vibró y miré la pantalla: 10% de batería.

—Mi teléfono acaba de mandarme sus últimas voluntades.

Bruno metió la mano en el bolsillo por puro reflejo, recordó que no tenía móvil y me miró con una culpa bastante evidente.

—No digas nada —dije.

—No iba a decir nada.

—Tu cara está redactando un informe.

—Tienes razón. Tendría que haber subido a por el móvil.

—Gracias por el informe.

Intentamos volver sobre nuestros pasos. Digo «intentamos» porque, al parecer, los caminos de montaña tienen la mala costumbre de parecer todos iguales cuando una fantasma ha decidido hacer bricolaje con las señales.

Al cabo de quince minutos, llegamos a una bifurcación que ninguno de los dos recordaba.

—Esto no estaba —dije.

—Sí estaba.

—No.

—Arai.

—No me digas «Arai». Si esto hubiera estado, yo lo habría mirado con odio al pasar.

Bruno respiró hondo.

—Vamos por la izquierda.

—¿Por qué?

—Porque baja.

—También baja una montaña rusa y no por eso me subo.

—¿Prefieres derecha?

Miré a la derecha. Más árboles. Más piedras. Más posibilidades de acabar en una noticia local.

—Prefiero una cafetería.

—Izquierda entonces.

Seguimos bajando. La luz empezó a cambiar: más gris, más fría. El bosque se cerraba un poco y yo ya no veía el hotel entre los árboles.

A mi móvil le quedaba un 6%.

Abrí la aplicación de mapas. Tardó una eternidad. Luego enseñó un punto azul moviéndose con una alegría que no correspondía a mi estado emocional.

—No hay cobertura suficiente —dije.

—¿Puedes llamar?

Probé, y el móvil decidió que tampoco estaba para colaborar.

—No.

Bruno se pasó una mano por el pelo.

—Vale. Paramos un momento.

—No me gusta el «vale» de los hombres cuando claramente no está nada vale.

—Necesito pensar.

—Pues piensa rápido antes de que mi móvil muera y yo tenga que orientarme por musgo, cosa que solo sé hacer en teoría y por culpa de internet.

Lola apareció entonces junto a un árbol, sin molestarse siquiera en fingir que había llegado caminando. Como si el bosque fuera suyo y nosotros estuviéramos molestando.

—Arai…

—Ni se te ocurra.

Bruno levantó la vista.

—¿Qué?

—Nada. Estoy hablando conmigo misma.

—Últimamente lo haces mucho.

—Soy una compañía excelente.

Lola parecía menos segura que antes.

—Creo que igual nos hemos desviado un poco.

La miré muy despacio.

—¿Igual?

—El bosque cambia mucho de noche.

—No es de noche.

—Está anocheciendo.

—Lola.

Bruno se acercó.

—Arai, dime qué está pasando.

Durante un segundo estuve a punto.

A punto de decirle: «Tu madre muerta ha girado un cartel porque tiene complejo de agencia matrimonial y ahora estamos perdidos en el Pirineo con un 5% de batería».

Pero, curiosamente, no encontré una forma profesional de expresarlo.

—Que nos hemos desviado —dije.

—Eso ya lo sé.

—Pues eso está pasando.

El cielo empezó a cubrirse. No llovía, pero el aire se enfrió de golpe. Caminamos otros diez minutos hasta que el sendero se abrió en una zona más alta. Desde allí vimos, a lo lejos, una pequeña construcción de piedra con tejado de madera.

—Allí —dijo Bruno.

—¿Qué es?

—Parece un refugio.

—¿Refugio de los de películas o refugio de los de «luego lo cuentan en un pódcast»?

—Vamos a comprobarlo.

—No me tranquiliza.

—No era mi intención. Era dirección.

El móvil bajó al 2%.

Intenté mandar un mensaje a Beatriz con nuestra ubicación, pero se quedó pensando. La barra de envío no avanzó.

—Vamos, cariño —murmuré—. Tú puedes.

La pantalla se apagó.

—No puede —dije.

Bruno me miró.

—¿Batería?

—Muerta. Como mi paciencia.

Llegamos al refugio cuando ya casi no quedaba luz entre los árboles. La puerta estaba cerrada, pero no con llave. Bruno empujó despacio y la madera cedió con un quejido.

Dentro olía a polvo, leña vieja y humedad. Había una mesa, dos bancos, una chimenea apagada y, al fondo, una litera estrecha con mantas dobladas. No era bonito. No era cómodo. No era el hotel con suite , minibar y baños separados.

Pero tenía techo.

Y en aquel momento, techo era una palabra preciosa.

—Vale —dijo Bruno—. Nos quedamos aquí hasta que puedan encontrarnos o hasta que amanezca.

Lo miré.

—¿Hasta que amanezca?

—Si no tenemos cobertura y se hace de noche, es más seguro esperar.

—Claro. Perfecto. Una noche en un refugio, con frío, sin batería y contigo. Justo lo que había puesto en mi lista de objetivos del día.

Bruno dejó la mochila sobre la mesa.

—Podía ser peor.

En ese momento, Lola apareció junto a la chimenea con cara de haber perdido bastante seguridad en su propio plan.

La señalé.

—No digas nada.

Bruno siguió mi gesto, como siempre, y vio una chimenea apagada.

—¿La chimenea?

—Sí. Que no diga nada. Las chimeneas antiguas son muy suyas.

Lola levantó una mano.

—Puede que haya calculado mal.

Solté una risa sin humor.

—¿Puede?

Bruno me miró con preocupación.

—Arai.

Me senté en uno de los bancos, cansada, helada y con ganas de reírme o llorar; todavía no lo tenía claro.

—Montalbán, si salimos de esta, recuérdame que pida vacaciones. Muchas.

—Lo haré.

—Y que no vuelva a confiar en una flecha de madera.

—Eso también.

Fuera, el bosque se quedó oscuro del todo.

Dentro, Bruno empezó a buscar leña seca junto a la chimenea, Lola intentaba parecer arrepentida y yo me quedé mirando la litera del fondo con una única certeza.

Aquella noche iba a ser larguísima.