Capítulo 20
Arai
Después de caerme a un río, descubrir que el agua de montaña no tenía ninguna intención de ser amable y volver al hotel envuelta en una manta térmica como si me hubieran embalado para transporte urgente, pensé que el día solo podía mejorar.
Fue un error por mi parte.
Uno muy básico, además.
A esas alturas ya debería haber aprendido que, cuando una fantasma Montalbán ande cerca, la vida no mejora. La vida organiza una reunión interna, revisa opciones y elige la más absurda.
La comida fue un desfile de gente preguntando si estaba bien.
—Estoy bien —dije por quinta vez, sentada en el comedor con un plato de pasta delante y el pelo todavía medio húmedo.
—Te caíste al río —insistió Beatriz.
—Sí, pero he vuelto. Eso debería cerrar el expediente.
Mario, desde el otro lado de la mesa, levantó el tenedor.
—Yo creo que deberíamos hacerte una placa.
—¿Por caerme?
—Por inaugurar oficialmente el apartado de incidencias.
—Muy amable, Mario. Te recordaré en mi discurso.
Nicolás, que estaba sentado a mi izquierda, sonrió como si aquella mañana hubiera sido la mejor experiencia de su vida.
—Yo sigo pensando que lo vuestro ha tenido algo de cinematográfico.
Bruno, frente a mí, levantó la vista del plato.
—Nicolás.
—¿Qué? No digo nada malo. Ella perdió el equilibrio, él saltó; había río bravo, barro, tensión…
—Y frío —añadí—. No olvides el frío porque fue el protagonista.
—Sí, bueno, pero eso en pantalla no queda bien.
—Tú necesitas ver menos películas y remar mejor.
Nicolás se llevó una mano al pecho.
—He remado con pasión.
—Ese fue el problema.
Bruno bebió agua para esconder una sonrisa. Lo vi. Claro que lo vi. También vi cómo apartó la mirada cuando yo lo pillé mirándome.
Desde el rafting todo estaba raro.
No raro de «he visto una señora muerta en mi salón», que ese nivel ya era una categoría aparte.
Rado de verdad. De esos silencios pequeños que se cuelan entre dos frases normales.
De ese cuidado suyo al pasarme la taza de chocolate.
De su mano sujetándome en la orilla. De mi cuerpo recordándolo con una falta de profesionalidad bastante grave.
Y, por si todo eso fuera poco, Lola estaba de pie junto a la mesa de los postres, observando a Bruno con una satisfacción que me daba ganas de esconderme dentro de la jarra del agua.
—Ha saltado detrás de ti sin pensarlo —dijo.
Yo pinché la pasta con más fuerza de la necesaria.
—¿Arai? —preguntó Bruno.
—¿Qué?
—Lo estás pagando con los macarrones.
—Podrán sobrellevarlo.
Lola sonrió.
—Ha sido muy bonito.
—No —murmuré.
Nicolás se giró hacia mí.
—¿No qué?
—No quiero más pan.
—No te he ofrecido.
—Pero ibas a hacerlo.
—En realidad, no.
—Pues mejor para todos.
Bruno me miró como si estuviera tomando notas mentales otra vez. Últimamente, tenía esa costumbre, y yo no sabía cuánto tiempo más iba a poder esquivar preguntas sin acabar fingiendo una alergia al aire.
La reunión de la tarde fue en una sala con ventanales, sillas incómodas y un proyector que decidió funcionar cuando ya todos habíamos perdido la fe.
Antonio habló de objetivos, de coordinación entre áreas y de una nueva fase de crecimiento que, en otras circunstancias, me habría interesado bastante.
En aquel momento, lo único que mi cuerpo quería era una ducha, una cama y una orden judicial que prohibiera cualquier actividad relacionada con agua, montaña o confianza entre compañeros.
Bruno estaba sentado dos filas delante de mí. Se había cambiado de ropa, igual que todos, pero seguía teniendo el pelo un poco húmedo en la nuca. Un detalle absurdo. Un detalle que no debería haber notado.
Lo noté, igual que noté a Lola sentada en una silla vacía junto a la ventana, como si aquella reunión también fuera asunto suyo.
—No lo mires tanto —me dijo.
Yo clavé la vista en la libreta.
—Estoy mirando la presentación —murmuré.
—La presentación está a la izquierda.
—La miro en diagonal.
Yaiza, si hubiera estado allí, me habría dado una colleja. O dos. Una por mentir mal y otra por hacerlo delante de una muerta que no tenía nada mejor que hacer que comentar mi vida sentimental.
Bruno se giró justo entonces.
Yo bajé la cabeza tan rápido que casi me di con la frente en el boli.
Genial.
Discreción nivel señora escondiendo un jamón debajo del abrigo.
La reunión terminó con una ronda de preguntas que nadie quería hacer, pero que Recursos Humanos animó con una frase tan peligrosa como «no os cortéis». Se cortaron todos. Gracias a Dios.
Cuando salimos, pensé que por fin tendría una hora de paz antes de la cena.
Otra vez: error.
Beatriz apareció junto a la puerta con una sonrisa y una lista en la mano.
—A las seis salimos a hacer la ruta corta.
Me quedé quieta.
—¿Qué ruta corta?
—Senderismo. Está en el programa.
—No puede estar en el programa. Yo habría percibido esa amenaza.
Bruno apareció a mi lado.
—Está en el programa.
—Tú no ayudes.
—Es una ruta sencilla.
—Eso mismo dijeron del rafting y acabé negociando con una rama.
Beatriz se rio.
—No es obligatoria, pero Antonio quiere que vaya alguien de coordinación para comprobar tiempos y señalización.
Miré a Bruno, Bruno me miró a mí y mi cerebro entendió la amenaza antes de que nadie la dijera en voz alta.
—Yo no puedo —dije—. Tengo… cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó Bruno.
—Cosas de coordinación.
—Precisamente.
—Cosas privadas de coordinación.
Beatriz levantó la lista.
—Antonio ha dicho que vayáis vosotros dos. Es solo una hora. Subís por el sendero verde, llegáis al mirador pequeño y bajáis por el camino de la fuente.
—Una hora —repetí.
—Más o menos.
—Ese «más o menos» no me ha gustado como suena.
Bruno cruzó los brazos.
—Podemos hacerlo rápido.
—No me tranquiliza que tú y la palabra rápido aparezcáis junto a una montaña.
—No es una montaña. Es un sendero.
—La montaña siempre empieza siendo un sendero. Luego se crece.
Lola apareció detrás de Beatriz con una sonrisa demasiado satisfecha, y ahí supe que aquello iba a acabar mal. Conociéndola, seguramente también lejos del camino correcto.
—Lola —dije entre dientes.
Bruno ladeó la cabeza.
—¿Otra vez Laura?
—No. Lo lógico. He dicho lo lógico.
—¿Lo lógico?
—Que lo lógico sería no ir.
Beatriz me miró con paciencia.
—Arai, de verdad, es una ruta señalizada. No tiene pérdida.
Lola se llevó una mano al pecho, ofendidísima.
—Qué poca confianza.
La miré por puro reflejo, que fue una idea pésima, porque Bruno siguió mi mirada y solo encontró una pared, una planta y el vacío más sospechoso del mundo.
—¿Qué miras?
—La señalización —dije.
—Estamos dentro del hotel.
—Preparación mental.
Diez minutos después estaba en la entrada con botas de montaña, chaqueta cortavientos, una botella de agua y un móvil al 18% de batería. Bruno apareció sin móvil en la mano.
—¿Y tu teléfono?
—Cargándose arriba. No tenía casi batería.
Me quedé mirándolo.
—¿Has dejado el móvil en la suite ?
—Sí.
—Vamos a hacer senderismo y has dejado el móvil.
—Es una ruta de una hora al lado del hotel.
—También era un tramo sencillo de rafting y me recogieron en una orilla como a una bolsa del supermercado.
—Llevas el tuyo.
Le enseñé la pantalla.
—Dieciocho por ciento.
—Suficiente.
—Me encanta ese optimismo tuyo. Es como ver a alguien comprar un paraguas de papel antes de un diluvio.
Bruno suspiró.
—Si quieres, subo a por el mío.
Lola apareció a su lado.
—No hace falta. Llegaréis tarde.
—Sí hace falta —dije.
Bruno frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que sí hace falta revisar bien la ruta. Vamos.
No sé por qué dije vamos. Tal vez porque estaba cansada. Tal vez porque no quería parecer una histérica delante de Bruno. O tal vez porque Lola me miraba con esa cara de «confía en mí» que debería estar prohibida por ley.
Salimos.
El sendero verde empezaba detrás del hotel, junto a una valla de madera y un cartel con flechas de colores. Verde al mirador. Azul hacia la fuente. Rojo hacia una ruta larga que, según el mapa, no debíamos tocar ni con una pértiga.
—Verde —dijo Bruno.
—Gracias, Dora la exploradora.
—Solo confirmaba.
—Confirma en voz baja.
El camino era bonito, eso había que reconocerlo. Árboles altos, olor a tierra húmeda, luz de tarde entre las ramas. El tipo de sitio donde una persona equilibrada respiraría hondo y pensaría qué suerte estar aquí. Yo respiré hondo y pensé dónde demonios estaba Lola.
La respuesta llegó cinco minutos después.
Estaba junto a un cartel de madera, unos metros más adelante, mirándolo con demasiada atención.
—Lola.
Ella levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Aléjate del cartel.
—No he hecho nada.
Bruno se detuvo.
—¿Qué cartel?
Señalé hacia delante, intentando parecer normal.
—Ese. Solo digo que mejor no tocar nada.
—No iba a tocarlo.
—Tú no.
—¿Quién iba a tocarlo?
—Nadie. Es una frase general. De civismo.
Lola sonrió de una forma que no anunciaba nada bueno.
Seguimos caminando. Llegamos al cartel. Una flecha verde señalaba hacia la derecha. El sendero parecía claro, aunque algo más estrecho que el anterior.
—Por aquí —dijo Bruno.
Miré a Lola.
Ella miró el paisaje como si nunca hubiera visto un árbol en su vida.
—Lola.
—Había demasiada gente en el camino correcto.
Me quedé helada.
—¿Qué?
Bruno se giró.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Has dicho qué.
—Porque… qué bonito todo.
—No ha sonado así.
—Es que lo bonito me sale agresivo.
Bruno no parecía convencido, pero siguió andando.
Yo esperé a que diera unos pasos y me acerqué a Lola.
—¡Era el camino correcto por algo! —susurré.
—Solo he girado un poquito la flecha.
—¿Un poquito?
—Técnicamente, sigue señalando un camino.
—Lola, eso no es señalización, eso es sabotaje con madera.
—No quería que fuerais con todo el mundo.
—No íbamos con todo el mundo. Íbamos solos.
—Pero por el camino correcto.
La miré sin poder creérmelo.
—¿Tú te estás escuchando?
—Perfectamente.
—Pues hazlo con más vergüenza.
—Arai —llamó Bruno desde delante—. ¿Vienes?
Me di la vuelta.
—Sí.
Lola sonrió.
—Disfruta.
—Como aparezca un oso, te lo presento.
—No hay osos aquí.
—Me da igual. Lo importo.