Nada personal, señor Montalbán Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Se lo diré.

—Pero también que no hacía falta montar una escena de película.

—La próxima vez te mando un correo.

—Mucho mejor. Con copia a Recursos Humanos.

Nos quedamos sentados en una especie de playita mínima, rodeados de ramas, piedras húmedas y barro. La balsa ya no se veía. Tampoco la otra. Solo se oía el río, algún pájaro y nuestra respiración todavía acelerada.

—¿Estás bien de verdad? —pregunté.

—Sí.

—Arai.

—Estoy helada, mojada, llena de barro y he perdido una discusión con un remo. Pero estoy bien.

Me acerqué un poco para revisarle el brazo, porque había visto que se lo llevaba al pecho al trepar.

—¿Te has hecho daño?

—No.

—Déjame ver.

—Bruno, estoy bien.

Me miró como si fuera a discutir, pero debió verme la cara, porque al final levantó el brazo. Tenía un arañazo superficial cerca del codo.

—Es nada —dijo.

—Es un arañazo.

—Lo sé. Técnicamente, sigo teniendo ojos.

Saqué una pequeña bolsa impermeable que Dani nos había dado para cosas básicas. Dentro había un pañuelo seco, una botella de agua y un mini botiquín que parecía pensado para personas optimistas.

—No me digas que llevas un botiquín —dijo.

—Lo llevaba la bolsa.

—Claro. Tú solo has venido con vocación de jefe socorrista.

—Siéntate y estate quieta.

—Qué mandón te pones cuando una casi se ahoga.

—No has estado a punto de ahogarte.

—Déjame exagerar. Me he ganado el derecho.

Le limpié el arañazo con cuidado. Arai dejó de hablar, que en ella era una señal más preocupante que cualquier queja. Cuando levanté la vista, me estaba mirando.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Eso suele significar algo.

—Hoy significa eso: nada. No lo estropees.

No lo hice.

Le puse una tirita absurda, demasiado pequeña para la situación y demasiado grande para el arañazo.

Arai la miró.

—Preciosa. Muy discreta.

—Te salva el brazo.

—Me da un aire de niña que se ha caído en el patio.

—Has caído a un río. Es más interesante.

—No pienso ponerlo en LinkedIn.

El frío empezó a notarse de verdad. Los neoprenos ayudaban, pero estábamos empapados, quietos y a la sombra de varios árboles. Arai se abrazó a sí misma.

—Ven —dije.

—¿Perdón?

—Tienes frío.

—Tú también.

—Sí. Por eso.

Me miró como si acabara de proponer una fusión empresarial ilegal.

—No voy a acurrucarme contigo en una orilla.

—No he dicho acurrucarte.

—Lo has pensado.

—He pensado que si nos sentamos cerca, conservamos calor.

—Eso suena a programa de supervivencia.

—Pues haz caso al programa.

Chasqueó la lengua, pero se movió un poco hacia mí. No mucho. Apenas lo suficiente para que nuestros hombros se tocaran.

—Esto no cuenta como nada —dijo.

—De acuerdo.

—Es gestión térmica.

—Totalmente.

—No lo digas con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de estar aprendiendo términos para usarlos luego.

No sonreí.

O no mucho.

Nos quedamos así, hombro contra hombro, con el río delante y el resto del mundo bastante lejos. Era absurdo, incómodo y, de alguna manera que no convenía analizar, mucho mejor que seguir en la balsa.

—Te has tirado sin pensarlo —dijo al cabo de un rato.

—Ya hemos hablado de eso.

—No, has esquivado eso.

—No sé qué quieres que diga.

—Nada. Solo… lo he visto.

Su voz sonó más baja.

Yo miré el agua.

—No iba a quedarme en la balsa mirando.

—La gente normal espera instrucciones.

—Nunca he sido tan obediente.

Arai soltó una risa pequeña.

—Mentira. Tú de pequeño seguro que pedías turno para levantar la mano.

—Eso no es verdad.

—Seguro que organizabas los lápices por colores.

—Eso sí puede ser.

—Lo sabía.

Me reí.

Ella también, y el sonido me dejó más tranquilo de lo que quería admitir.

Tardaron unos cuarenta minutos en encontrarnos. Primero oímos un motor, luego voces, y al final aparecieron dos monitores por una pista lateral con mantas térmicas y cara de estar intentando no disfrutar demasiado de la escena.

Uno de ellos nos miró a los dos, empapados, sentados juntos sobre una piedra, con barro en las piernas y el casco de Arai otra vez torcido.

—Bueno —dijo uno de los monitores—. Al menos habéis elegido una zona cómoda para esperar.

Arai levantó un dedo.

—Eso es injusto. Yo no he elegido nada desde que me han puesto este casco.

—Pero bastante preciso —añadí.

Me miró, traicionada.

—No te pongas de su parte.

—Estoy valorando los datos.

—Pues valóralos en silencio.

El monitor se rio y nos entregó las mantas. Arai se envolvió en la suya con la dignidad de una reina destronada.

Nos llevaron en una furgoneta hasta el punto de recogida, donde ya estaban todos los demás. Mi padre vino hacia nosotros en cuanto nos vio bajar.

—¿Estáis bien?

—Sí —dije.

—No —dijo Arai al mismo tiempo.

La miré.

—Estás bien.

—Estoy viva. No es lo mismo.

Mi padre soltó aire, aliviado, y luego intentó no sonreír.

—Me han dicho que te caíste.

—El remo me traicionó.

Mario apareció con una taza de chocolate caliente.

—Desde la otra balsa parecía muy épico.

—Desde el río parecía muy frío —respondió Arai.

Nicolás, envuelto en una toalla, se acercó con una sonrisa enorme.

—Yo lo he visto todo. Bruno ha saltado como si estuviera en una película.

—Nicolás —dije.

—¿Qué? Ha sido bonito. Peligrosamente bonito, pero bonito.

Arai se tapó la cara con la manta.

—Quiero irme a vivir a un sitio sin agua.

Le dieron chocolate caliente. Yo cogí otra taza y me quedé a su lado mientras los demás comentaban la jugada con demasiado entusiasmo. Arai bebió un sorbo y cerró los ojos.

—Vale. Esto ayuda.

—¿El chocolate?

—El chocolate siempre ayuda. Es de primero de supervivencia.

Mi móvil vibró dentro de la bolsa impermeable que nos habían devuelto. Era Carla, y el nombre en la pantalla llegó con una puntualidad bastante incómoda.

Arai lo vio también. No dijo nada, pero su expresión cambió lo justo para que yo lo notara.

—Contesta —dijo.

—Es un mensaje.

Lo abrí.

Carla: Espero que la actividad haya ido bien. Hablamos cuando puedas.

No era un reproche. No hacía falta.

Tecleé una respuesta sencilla.

Bruno: Ya hemos terminado. Todo bien. Luego te llamo.

Todo bien.

Miré a Arai, envuelta en la manta térmica, con el casco bajo el brazo, el pelo húmedo y esa cara suya de «aquí no ha pasado nada» que cada vez le salía peor.

Técnicamente, todos estábamos vivos, la balsa no se había roto y nadie había acabado en urgencias. Para una actividad de empresa, casi podía considerarse un éxito.

El problema era que lo mío con Arai empezaba a parecerse demasiado a ese río: cuanto más intentaba controlarlo, más claro tenía que me estaba llevando igual.