Capítulo 19
Bruno
A las ocho de la mañana, el comedor del hotel estaba lleno de gente con café en la mano y cara de estar arrepintiéndose de haber marcado «sí» en la actividad de rafting.
Había café, tostadas, fruta, bollería y sesenta personas intentando parecer deportistas mientras preguntaban si el neopreno iba incluido, si el agua estaría muy fría y si alguien sabía si el seguro cubría «arrepentimiento de última hora».
Arai estaba sentada al fondo, con una taza entre las manos y una cara que no anunciaba espíritu de equipo. Anunciaba, como mucho, una negociación con la vida.
Me acerqué con mi café.
—Buenos días.
Levantó la vista.
—No.
—¿No qué?
—No empieces con energía.
—Solo he dicho buenos días.
—Exacto. Muy pronto.
Me senté frente a ella.
—¿Has dormido?
—He compartido pared contigo, con la lluvia y con mi capacidad para tomar malas decisiones. Dormir, lo que se dice dormir, ha sido una actividad secundaria.
—No sabía que hacía tanto ruido.
—No lo hacías.
—Entonces no entiendo la queja.
—No todo en esta vida necesita que tú lo entiendas, Montalbán.
Bebió café como si le fuera la reputación en ello.
No había forma humana de saber qué le pasaba exactamente, pero desde la noche anterior la notaba más alerta.
Más pendiente de cosas que no estaban a simple vista.
Durante la cena había mirado varias veces la silla vacía junto a mi padre.
En la suite había dado un respingo sin motivo.
Y ahora, cada dos minutos, miraba hacia la puerta del comedor como si esperara que alguien entrara tarde.
—¿Buscas a alguien? —pregunté.
—No.
—Has mirado la puerta tres veces.
—Estoy valorando vías de escape.
—La actividad es fuera.
—Ya. Por eso me preocupa.
Mi padre apareció junto a la mesa con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa demasiado animada para aquella hora.
—¿Preparados?
Arai lo miró.
—Antonio, te tengo cariño, pero no abuses.
—Será divertido.
—La gente dice eso de muchas cosas antes de arrepentirse.
Mi padre sonrió más.
—El autobús sale en veinte minutos. Allí os dividirán por balsas.
—Yo solicito formalmente una balsa con gente tranquila, obediente y con baja tendencia a gritar.
—Eso no depende de mí.
—Qué conveniente.
Mi padre me miró.
—Bruno, vendrás en mi grupo.
—Claro.
Arai pareció relajarse un poco.
Solo un poco.
Hasta que la vi mirar hacia mi izquierda, justo al espacio vacío que había entre mi padre y una planta enorme junto al ventanal.
Su expresión cambió.
—No —murmuró.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Perdona?
—Nada. Que no. Que no creo que llueva.
Miré por la ventana. Había sol.
—No parece.
—Pues eso.
Mi padre se fue a revisar no sé qué con Recursos Humanos y Arai apretó la taza con las dos manos.
—¿Seguro que estás bien?
—Si vuelves a preguntarme eso, te meto en el río antes de llegar.
—Entonces entiendo que no.
—Entiende lo que quieras, pero en silencio.
El trayecto hasta el centro de actividades duró veinte minutos.
Veinte minutos en los que Mario explicó que si moría, quería que alguien borrara el historial de su navegador, Beatriz repartió caramelos de jengibre contra el mareo y Arai se sentó junto a la ventana con la dignidad de quien acude a una cita judicial.
Cuando llegamos, nos esperaba un grupo de monitores con cascos, chalecos y neoprenos colgados en una estructura metálica. El río se oía cerca, rápido pero no salvaje, y el paisaje era tan bonito que casi resultaba molesto. Como si la naturaleza estuviera empeñada en vendernos la experiencia.
—Buenos días —dijo el monitor principal—. Soy Dani. Vamos a hacer un tramo sencillo, apto para principiantes. No es peligroso si escucháis las instrucciones.
Arai levantó la mano.
—¿Y si escuchamos las instrucciones, pero nuestro cuerpo decide otra cosa?
Dani sonrió.
—Para eso estamos nosotros.
—Respuesta optimista. Me preocupa.
Nos repartieron el material. Arai sostuvo el casco delante de ella como si fuera una ofensa personal.
—Esto no puede favorecer a nadie.
—No estamos en una sesión de fotos.
—Eso lo dices porque a ti te queda bien todo.
No supe qué contestar. Y, como últimamente me pasaba demasiado con Arai, eso ya era un problema.
Se puso el casco torcido.
—Al revés —le dije.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—Estaba probando tu nivel de atención.
Me acerqué para ayudarla, pero se apartó medio paso.
—Yo puedo.
—No lo dudo.
—Pero vas a hacerlo igualmente, ¿no?
—Solo si quieres poder ver por dónde vas.
Me dejó ajustar la correa con una mirada de resignación. Fue un gesto práctico, sin más, pero al tenerla tan cerca noté que contenía la respiración. O quizá la contenía yo. No lo tuve claro.
—Ya está —dije.
—Gracias.
Lo dijo en un susurro, casi sin mirarme.
Entonces Dani empezó a leer los grupos.
—Balsa uno: Antonio, Beatriz, Mario, Carmen, Paula y Rodrigo.
Arai levantó la cabeza.
—¿Perdón?
Mi padre miró el papel.
—Creía que Bruno venía conmigo.
—Pues a mí me aparece en la balsa dos.
Arai cerró los ojos.
—Claro.
Dani siguió.
—Balsa dos: Bruno, Arai, Nicolás, Irene, Sergio, Silvia.
Arai abrió los ojos muy despacio y miró hacia un punto detrás de mí.
—Te voy a matar.
Me giré. No había nadie.
—¿A mí? —pregunté.
—No. A la vida.
—Está siendo un día largo para ser tan temprano.
—Ni te imaginas.
Cinco minutos después estábamos en la orilla, subiendo a la balsa dos. Dani nos dio instrucciones claras: remar adelante, remar atrás, agacharse, agarrarse a las cuerdas laterales y no levantarse bajo ningún concepto.
—¿Y si se cae un remo?
—No se os va a caer.
—Me encanta la fe de la gente que no me conoce.
Yo me senté detrás de ella. Nicolás y Sergio al otro lado. Irene y Silvia delante. Dani iba atrás, dirigiendo.
—Arai —dije.
—¿Qué?
—No se te va a caer el remo.
—¿Ahora también das charlas motivacionales?
—Intento que no empieces la actividad enfadada con un objeto.
—Voy a hacer lo que pueda, pero el remo tiene mala actitud.
La primera parte del recorrido fue tranquila.
El agua estaba fría, eso quedó claro en cuanto una ola pequeña nos salpicó y Mario, desde la otra balsa, gritó como si acabara de perder una guerra.
Arai se rio, y verla reír con un casco rojo torcido otra vez hacia un lado fue una imagen bastante difícil de gestionar con normalidad.
—¿Qué miras? —preguntó sin girarse.
—Tu casco.
Se lo tocó.
—¿Otra vez?
—Un poco.
—Esto es acoso del material.
—Es falta de ajuste.
—No defiendas al casco.
Dani nos hizo remar hacia la derecha para entrar en una zona con más corriente. No era peligrosa, pero sí lo bastante movida para que la balsa empezara a botar y todos dejáramos de bromear.
—¡Adelante! —gritó Dani.
Remamos.
—¡Más fuerte a la izquierda!
Nicolás remó como si estuviera excavando.
—¡Nicolás, menos entusiasmo! —gritó Arai.
—¡No sé hacerlo peor!
—¡Pues invéntatelo!
La balsa giró más de la cuenta. Una ola nos golpeó de lado y Arai perdió el equilibrio. Durante un segundo pensé que se agarraría a la cuerda, pero el remo se le escapó de las manos, golpeó contra el lateral y salió disparado al agua.
Arai intentó sujetarlo por puro reflejo.
—¡No! —gritó Dani.
Demasiado tarde.
La balsa se ladeó justo cuando ella se inclinaba y Arai cayó al río.
No pensé.
Ni siquiera sé si solté el remo o lo tiré. Solo recuerdo el golpe del frío cuando me lancé detrás de ella.
El agua me dejó rígido todo el cuerpo. Salí a la superficie casi al instante, con el chaleco empujándome hacia arriba y el casco ladeado sobre la frente. Arai estaba a pocos metros, boqueando, con los ojos muy abiertos y una mezcla de susto y cabreo que, incluso en mitad del río, era muy suya.
—¡Arai!
—¡Estoy bien! —gritó, aunque sonó bastante poco convencida.
La corriente nos arrastraba hacia un lateral, lejos del centro del cauce, pero la balsa seguía avanzando. Dani gritaba desde atrás, con medio cuerpo inclinado hacia nosotros.
—¡Agarrad una rama! ¡Hacia la orilla! ¡No luchéis contra la corriente!
Arai intentó girarse y tragó agua.
Llegué hasta ella y la agarré del chaleco.
—Mírame.
—¡No me des órdenes ahora!
—Arai.
Me miró.
—No pelees contra el agua. Déjate llevar hacia ese lado.
—Odio esta frase.
—La odias después.
—La odio ya.
Una rama baja asomaba desde la orilla, no demasiado lejos. La corriente nos empujaba justo hacia allí. Arai iba tensa como una tabla, así que la sujeté con un brazo y extendí el otro.
—Cuando te diga, agárrate.
—¿Y si no llego?
—Llegas.
—Estás muy seguro para alguien que también flota sin dignidad.
—Ahora, Arai.
Extendió el brazo y agarró la rama. Yo la sujeté justo detrás. La rama crujió, pero aguantó lo suficiente para que nos acercáramos a la orilla, donde había piedras, barro y raíces.
—¡Eso es! —gritó Dani desde la balsa, que ya se alejaba—. ¡Quedaos ahí! ¡En cuanto lleguemos al final del tramo, aviso al equipo para que vengan a por vosotros!
—¡Perfecto! —gritó Arai—. ¡Un plan comodísimo!
No sé si Dani la oyó. Probablemente no.
Conseguí apoyar un pie en una piedra y empujar a Arai hacia la orilla. Ella trepó como pudo, resbalando una vez, insultando a la piedra y agarrándose a una raíz con la determinación de quien acaba de romper toda relación con la naturaleza.
Subí detrás y me dejé caer a su lado.
Durante unos segundos no dijimos nada, solo respiramos.
El río seguía bajando delante de nosotros, como si no acabara de escupirnos a una orilla cualquiera.
Arai se quitó agua de la cara con las dos manos.
—Voy a matar al remo.
—Creo que el remo ya se ha ido.
—Pues lo encontraré y haré una hoguera con él.
Me salió una risa breve, medio por alivio, medio porque verla empapada, furiosa y viva me hizo notar de golpe todo el susto que acababa de pasar.
Ella me miró.
—¿Te ríes?
—Un poco.
—He caído a un río.
—Lo sé.
—Tú te has tirado detrás.
—También lo sé.
—¿Por qué?
La pregunta no sonó como una broma.
Me quedé mirándola. Tenía el pelo pegado a la cara, las mejillas rojas del frío y el casco torcido otra vez, porque aquel casco parecía tener objetivos propios.
—Porque te caíste.
—Eso no es una explicación. Es una descripción.
—Fue instinto.
Arai apartó la vista hacia el agua.
—Pues dile a tu instinto que se lo agradezco.