Capítulo 18 #3
Me llevé una mano al pecho.
—Nada. Que… he pisado mal.
—Estás quieta.
—Por dentro.
Lola sonrió.
—Perdón.
—No lo sientas, desaparece —murmuré.
Bruno dio un paso hacia mí.
—¿Estás segura de que estás bien?
—Sí. Solo necesito dormir.
—Vale.
Lola se levantó del sofá y fue hacia la terraza, muy digna.
—Yo no molesto.
—Mentira —dije.
Bruno parpadeó.
—¿Mentira?
Cerré los ojos.
—Mentira que no necesite dormir. O sea, sí lo necesito. Mucho. Demasiado. Estoy tan cansada que ya ni sé ordenar frases.
—Eso sí me lo creo.
—Gracias.
—No era un ataque.
—Contigo nunca se sabe.
Se hizo un silencio. Bruno seguía cerca. No demasiado, pero lo suficiente para que yo notara el calor de su cuerpo y el olor suave de su colonia mezclado con el de la lluvia que entraba por alguna rendija de la terraza.
Lola, desde el cristal, nos miraba con una discreción inexistente.
—Voy a mi habitación —dije.
—Arai.
Me detuve.
—¿Qué?
Bruno dudó un segundo.
—Lo de hoy… gracias.
—Has dicho gracias muchas veces esta noche. Empieza a preocuparme.
—Me refiero a mi padre.
La broma se me quedó a medias.
—No he hecho nada.
—Sí. Le haces bien.
Miré hacia la terraza, donde Lola había dejado de sonreír.
—Tu padre me hizo bien a mí primero —dije antes de poder pensarlo demasiado.
Bruno se quedó callado.
Yo me arrepentí al instante, no porque no fuera verdad, sino porque la verdad a esas horas y en esa suite no era buena idea.
—Buenas noches —añadí rápido.
—Buenas noches.
Entré en mi habitación, cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella. Apenas me dio tiempo a respirar dos veces antes de que Lola atravesara la puerta como si aquello fuera perfectamente aceptable.
—¡No! —susurré—. Puertas. Hemos hablado de esto.
—No he querido molestarte.
—Has atravesado una puerta, Lola. Eso, por definición, molesta.
—Solo quería decirte que ha sido una noche bonita.
La miré.
Seguía emocionada. Menos desbordada que antes, pero con los ojos brillantes y esa ternura tan suya que me hacía imposible enfadarme del todo.
—Ha sido una noche rarísima.
—También.
Me quité los zapatos y los dejé junto a la cama.
—No puedes seguir empujando cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas. Habitaciones. Coches. Dinámicas. Sillas. Bailes. Todo.
Lola se llevó una mano al pecho.
—Yo no he empujado ningún baile.
—Lola.
—Solo he sugerido con energía.
—Eso en tu caso es manipular.
Se sentó en el borde de la cama.
—No quiero hacer daño.
La frase me quitó un poco las ganas de discutir.
Me senté frente a ella.
—Lo sé.
—Solo quiero que estén bien.
—También lo sé.
—Antonio ha sonreído esta noche.
—Sí.
La voz me salió más baja.
Lola miró hacia la puerta, como si pudiera ver a través de ella y encontrar a su hijo al otro lado.
—Y Bruno también.
—Bruno sonríe a veces.
—No así.
No contesté. Darle la razón a Lola era una mala costumbre que no pensaba empezar esa noche, aunque quizá la tuviera.
Lola me miró con demasiada intención.
—Te mira de una forma muy bonita.
—No empieces.
—Solo digo…
—No. No solo dices. Tú dices, mueves señales, cancelas habitaciones y conviertes un fin de semana laboral en un escape room sentimental. Así que no, no solo dices.
Lola bajó la vista, aunque no parecía arrepentida del todo.
—Puede que me haya pasado un poco.
—¿Un poco?
—Bastante.
—Gracias.
—Pero no me digas que no está funcionando.
La miré.
—¿Tú sabes que Bruno tiene novia?
—Sí.
—¿Y sabes que Carla no es mala?
—También.
—Pues entonces deja de actuar como si esto fuera tan fácil.
Lola se quedó callada.
Por fin.
—Tienes razón —dijo.
Me sorprendió tanto que tardé en reaccionar.
—¿Perdón?
—Que tienes razón. Carla parece buena chica. No quiero hacerle daño.
—Pues empieza por no meterte.
—Lo intento.
—Mentira.
—Lo intentaré.
Eso ya sonaba un poco más realista.
Me metí en la cama sin cambiarme todavía, solo para sentarme bajo la manta y fingir que así el día podía terminar.
Lola se levantó.
—Descansa.
—Lola.
—¿Sí?
—Mañana no la líes.
Me miró con demasiada inocencia.
—¿En el rafting?
—En nada.
—Intentaré portarme bien.
—Esa frase no me tranquiliza.
—No debería.
Desapareció antes de que pudiera lanzarle una almohada que, además, habría atravesado su cabeza y me habría dejado con menos dignidad de la que ya tenía.
Me quedé sola.
O todo lo sola que podía estar una mujer que compartía suite con su jefe, escondía a la madre muerta de su jefe y al día siguiente tenía que meterse en un río a fingir espíritu de equipo.
Me quité la ropa, me puse el pijama y apagué la luz. Durante unos minutos, solo escuché la lluvia.
Luego oí un ruido al otro lado de la pared. Un cajón, unos pasos, el agua del baño de Bruno.
Cerré los ojos con fuerza.
No pienses.
No pienses en la cena, ni en el baile, ni en su mano en mi cintura, ni en cómo me había mirado cuando dijo que le hacía bien a su padre.
No pienses.
Funcionó fatal.
Me giré hacia el otro lado, abracé la almohada y suspiré contra la tela. Al día siguiente tocaba rafting: agua fría, casco ridículo y un grupo de compañeros con ganas de aventura.
¿Qué podía salir mal?
En mi vida, últimamente, la respuesta era bastante sencilla: todo.