Capítulo 18 #2
No fue nada. Una mano en la cintura para evitar que me llevara por delante a media empresa, nada más. Pero mi cuerpo, que últimamente iba por libre, decidió hacer sus propias interpretaciones.
Bruno retiró la mano enseguida, como si también se hubiera dado cuenta.
—Perdón.
—No me has hecho nada.
—Ya.
—Solo me has salvado de morir arrollada por operaciones.
—Mario está dando lo mejor de sí.
—Mario lleva toda la tarde buscando cobertura. Esto es libertad acumulada.
A Bruno se le escapó una sonrisa.
Lola pasó por detrás de él como si bailara sola, con los ojos brillantes.
—Hacéis buena pareja.
—No —dije en voz baja.
Bruno se detuvo un segundo.
—¿Qué?
—Que no mires ahora, pero Mario viene otra vez.
Mario no venía, claro, pero Bruno miró hacia otro lado y yo aproveché para respirar justo antes de que cambiara la canción.
La siguiente era más lenta.
No lenta de película, gracias, porque tampoco hacía falta que el hotel rural se convirtiera en un videoclip. Pero sí lo bastante como para que varias parejas se quedaran en la pista y el resto buscara excusas en la barra.
Yo di un paso atrás.
—Hasta aquí mi aportación cultural.
Bruno no se movió.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Por miedo a Mario?
—Por respeto a mí misma.
—Qué pena. Se te daba bien.
Solté una risa.
—No.
—Sí.
—Bruno, he movido los brazos y he esquivado a un señor con entusiasmo. No confundas supervivencia con talento.
—A veces se parecen.
La frase era bastante normal. Su forma de mirarme, no tanto.
Y Lola, que debía de tener un radar para los momentos incómodos, apareció justo a mi lado.
—Quédate.
—No.
—Una canción.
—Lola.
Bruno oyó mi susurro.
Esta vez no pude arreglarlo tan rápido.
—¿Has dicho Lola?
Me quedé quieta.
La música seguía, la gente seguía moviéndose y yo sentí que la sangre me subía a la cara a una velocidad bastante humillante.
—Laura —dije.
—Has dicho, Lola.
—He dicho Laura.
—No hay ninguna Laura aquí.
—La recepcionista.
—La recepcionista está en recepción.
—De ahí su nombre profesional.
Bruno me miró sin apartar los ojos.
—Arai.
—¿Qué?
—No pasa nada si no quieres bailar.
Ah. Por una vez, parecía que no estaba intentando pillarme en nada, y eso me desinfló un poco.
—No es eso.
—¿Entonces?
Lola me miró, expectante.
Yo miré a Bruno. Luego a Antonio, que seguía junto a la barra sin saber que su mujer estaba a pocos metros de él intentando meterse en una conversación que ya era bastante difícil sin intervención paranormal.
—Es que estoy cansada —dije.
Bruno asintió.
—Vale.
No insistió. Y mira que habría sido más fácil si lo hubiera hecho.
Volvimos hacia la barra, pero Beatriz nos interceptó con dos copas.
—Una para cada uno. Y no discutáis, que os veo venir.
—No discutimos —dijo Bruno.
—No —añadí—. Nosotros intercambiamos puntos de vista con tensión facial.
Beatriz nos miró a los dos.
—Pues relajaos un poco. Dais estrés.
Se fue antes de que pudiéramos responder.
Bruno me tendió una copa.
—Por la tensión facial.
—Por sobrevivir al primer día.
Chocamos los vasos.
No fue un brindis bonito. Fue un gesto pequeño, de esos que en teoría no significan nada y luego te fastidian la cabeza durante horas.
Antonio se acercó a nosotros.
—Mañana salimos temprano.
—Rafting —dije, con la ilusión de una persona camino del dentista.
—Será divertido.
—Antonio, tú y yo tenemos conceptos muy distintos de diversión.
—Te vendrá bien.
—¿El agua helada?
—Salir de la oficina.
—La oficina no intenta volcarme en un río.
Bruno bebió de su copa para esconder una sonrisa.
—¿A qué hora? —preguntó.
—A las nueve. Desayuno a las ocho. Luego, reunión breve con los monitores.
—Perfecto —dijo él.
—Perfecto, no —lo corregí—. Madrugar para meterse en un río nunca puede ser perfecto.
Lola apareció junto a Antonio.
—A Bruno le encantaba el agua de pequeño. Aunque luego se ponía muy serio porque no quería que nadie supiera que se lo estaba pasando bien.
Miré a Bruno sin querer.
—¿Qué? —preguntó él.
—Nada.
—Has sonreído.
—No.
—Sí.
—Es el cansancio. Me mueve los músculos sin permiso.
Antonio observó a su hijo un momento.
—Es verdad que de pequeño eras igual de serio.
Bruno frunció el ceño.
—No era serio.
—Bruno, con siete años organizabas los cubos de playa por tamaño.
Lola soltó una carcajada y a mí se me escapó otra antes de poder frenarla.
Bruno me miró con una mezcla de ofensa y resignación.
—¿Tú también?
—Perdón, pero eso es muy tú.
—Tenía un sistema.
—Claro que tenías un sistema. Seguro que también hacías reuniones con las palas.
Antonio sonrió más abiertamente.
—No reuniones, pero sí discutía con otros niños si mezclaban arena seca con mojada.
—Era importante —dijo Bruno.
Me tapé la boca con la mano.
—No puedo.
—Arai.
—No puedo, de verdad.
Lola miraba a Antonio como si aquella risa fuera un regalo. Y quizá lo era.
La música siguió, la gente empezó a dispersarse y la noche fue bajando de intensidad poco a poco.
Yo no sé en qué momento exacto pasó, pero de pronto ya no estaba tan tensa.
Seguía teniendo una fantasma al lado, una suite compartida esperándome arriba y una atracción bastante inconveniente hacia mi jefe, pero al menos nadie había volcado una mesa ni me habían pillado hablando con una silla.
Para mis estándares recientes, aquello era casi una victoria.
Cuando Antonio se retiró, Lola fue detrás de él unos pasos y luego se quedó quieta. No podía tocarlo. No podía llamarlo. No podía hacer nada más que mirarlo marcharse hacia el ascensor con la copa vacía en la mano.
La vi apretar los labios.
Y se me borró la sonrisa.
—Voy a subir —dije.
Bruno dejó su copa en la barra.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—Dormimos en la misma suite .
—Gracias por recordármelo. Casi había conseguido bloquearlo.
—Puedo subir más tarde.
Lo dijo en serio, que era justo el tipo de detalle que últimamente me dejaba sin respuesta.
—No hace falta —repetí, pero esta vez más suave—. Vamos.
Subimos en silencio. Un silencio menos incómodo que el del ascensor de la tarde, pero no exactamente tranquilo. Era otro tipo de silencio. Uno que venía con cansancio, vino, música y demasiadas cosas sin decir.
Al llegar a la suite , abrí con mi tarjeta porque necesitaba hacer algo con las manos.
El salón estaba oscuro, salvo por la luz suave que entraba desde la terraza. Fuera seguía lloviendo, aunque más flojo.
—Bueno —dije, dejando el bolso sobre una silla—. Primera noche de convivencia laboral forzosa.
—Suena terrible.
—Lo es. Pero estoy gestionándolo con una elegancia que nadie está valorando lo suficiente.
Bruno dejó su móvil sobre la mesa.
—Yo lo valoro.
Lo miré.
—No digas cosas raras.
—No era rara.
—En ti sí.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo del sofá. Yo aparté la vista demasiado rápido, porque al parecer mi cerebro había decidido que Bruno sin chaqueta era información relevante.
Lola apareció sentada en el sofá.
—Bueno, qué noche tan bonita.
Pegué un respingo.
—¡Joder!
Bruno se giró de golpe.
—¿Qué pasa?