Nada personal, señor Montalbán Capítulo 18
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Capítulo 18

Arai

La silla estaba vacía.

Vacía para todo el mundo, claro.

Para mí, no.

Lola Montalbán estaba sentada al lado de Antonio como si aquello fuera lo más normal del mundo. Con la espalda recta, las manos sobre el regazo y una expresión suave que no le había visto desde que apareció en mi vida para convertirla en un expediente psiquiátrico con vistas al Pirineo.

Antonio, que no podía verla, tenía la mirada puesta en el plato vacío.

Y yo, que sí podía verla, estaba intentando no poner cara de estar viendo a una mujer muerta ocupando el sitio más incómodo de la mesa.

Bruno me observaba a mi derecha.

—¿Seguro que estás bien?

Le lancé una mirada.

—Como me lo preguntes una vez más, voy a empezar a contestarte cosas raras.

—Ya lo haces.

—Pues más raras.

—Me arriesgo.

Me senté porque no podía quedarme de pie toda la cena mirando una silla como si esperase que me pidiera el pan.

Bruno ocupó el sitio a mi lado. Antonio estaba enfrente, con Beatriz a su derecha y Mario, de operaciones, explicándole a alguien que había encontrado cobertura solo en la esquina del baño del primer piso, junto al secador.

Lola giró la cabeza hacia mí.

—Está más delgado.

Apreté la servilleta sobre las piernas.

No, no, no.

No iba a empezar la cena haciendo de intérprete sentimental entre una muerta y su viudo. Yo había ido allí a trabajar, a sobrevivir a una suite compartida y, con suerte, a no hablar sola delante de sesenta personas.

—¿Qué? —preguntó Bruno.

Me giré hacia él.

—¿Qué de qué?

—Tienes una expresión rara.

—Es mi cara. En general.

—No, era algo concreto.

—¿Ahora vas a hacer inventario?

—Si sigues así, quizá.

Antonio levantó la vista.

—¿Va todo bien?

—Sí —respondí demasiado rápido.

Lola suspiró.

—Dile que ha cenado poco últimamente.

Cogí el vaso de agua y bebí un trago largo. Muy largo. Tanto que Bruno acabó mirándome con preocupación real.

—Arai.

—Estoy hidratándome.

—Parece que estás intentando ahogar algo.

—La paciencia.

Beatriz, que estaba al otro lado, sonrió.

—Eso en estas jornadas va a hacer falta.

—Por fin alguien entiende el espíritu del evento —dije.

Un camarero empezó a servir el primer plato: una crema de verduras con un chorrito de aceite y unas semillas que seguramente tenían una explicación muy bonita en la carta.

Yo solo pensaba en que la cuchara era grande, el plato hondo y mis posibilidades de no mirar a Lola durante toda la cena, bastante pequeñas.

Antonio probó la crema y se quedó un segundo quieto.

—Está buena.

Lola se inclinó hacia él.

—No tanto como la mía.

Cerré los ojos.

—¿No te gusta? —preguntó Bruno.

Los abrí.

—¿Es a mí?

—¿Has hecho una mueca?

—No era por la crema.

—¿Entonces?

—Me ha parecido ver… cilantro.

Bruno miró mi plato.

—No lleva cilantro.

—Por eso he dicho que me ha parecido. Ha sido una falsa alarma herbácea.

Me miró como si estuviera a punto de pedirme que repitiera la frase para archivarla en algún rincón de su cerebro y usarla contra mí más adelante.

Lola se tapó la boca, divertida.

—Eres malísima mintiendo.

—No empieces —murmuré.

Bruno dejó la cuchara sobre el plato.

—¿Otra vez?

—Estoy repasando mentalmente el programa de mañana.

—¿Y has dicho que no empiece?

—A la parte del programa que incluye rafting.

—Eso sí tiene sentido.

—Gracias.

—No he dicho que tengas razón.

—No abuses.

Antonio nos miraba con una expresión tranquila. Demasiado tranquila. Como si, por primera vez en mucho tiempo, estuviera viendo algo que le resultaba familiar y no terminara de saber si le dolía o le gustaba.

—Mañana el rafting será por grupos —dijo.

—Qué pena —respondí—. Yo pensaba fingir una lesión de tobillo.

—Puedes fingirla igual —dijo Bruno—, pero vamos a notarlo.

—No subestimes mi lado dramático.

—No lo hago. Lo estoy sufriendo desde que llegamos.

—Perdona, pero si alguien aquí tiene motivos para dramatizar, soy yo. Me han cancelado la habitación.

—No la hemos cancelado nosotros.

Lola levantó una ceja.

Miré mi crema con absoluta concentración.

—No —dije—. Claro que no.

Bruno entrecerró los ojos.

—¿Por qué dices «claro que no» así?

—¿Así cómo?

—Como si supieras algo.

—Sé muchas cosas. La mayoría, inútiles.

—Arai.

—Bruno.

Antonio carraspeó, pero no para cortarnos. Más bien para esconder una risa.

Lola lo miró de inmediato. La expresión se le ablandó tanto que me dio un pellizco en el pecho.

—Ahí está —dijo en voz baja.

Yo bajé la mirada.

No quería escuchar eso. No porque fuera desagradable, sino porque era demasiado íntimo.

Estaba sentada en una mesa, rodeada de compañeros, con Bruno rozándome el codo cada vez que movía el brazo, y aun así, de pronto, todo lo que veía era a una mujer muerta emocionada porque su marido había vuelto a reír, aunque fuera un poco.

La cena avanzó entre platos, copas de vino y conversaciones cruzadas.

Alguien de finanzas contó una anécdota larguísima sobre una impresora que solo tenía gracia si se había vivido desde dentro; Beatriz preguntó por la agenda del día siguiente y Mario insistió en que el hotel tenía un problema serio con el wifi.

—Mario —dijo Bruno—, estamos aquí para desconectar.

—Yo desconecto cuando quiero, no porque el hotel lo decida.

—Tiene un punto —dije.

Bruno me miró.

—No lo animes.

—No lo animo. Reconozco su sufrimiento digital.

—Gracias, Arai —dijo Mario, muy serio.

—De nada. Mantente fuerte.

Bruno negó con la cabeza, pero estaba sonriendo. Poco, porque él sonreía como si tuviera que pedir permiso antes, pero lo hacía.

Y yo lo vi.

Qué rabia.

Porque una cosa era admitir que Bruno Montalbán era atractivo, que eso lo podía admitir cualquiera con ojos y un mínimo de honestidad. Otra muy distinta era que empezara a parecerme gracioso en momentos puntuales. Eso ya era bastante más peligroso.

Lola, por supuesto, no perdió detalle.

—Te gusta cuando sonríe.

Casi me atraganté con el agua.

—¿Estás bien? —preguntó Antonio.

—Sí. Se me ha ido, por otro lado.

—¿El agua? —preguntó Bruno.

—La vida.

Beatriz soltó una risa.

—Eso nos pasa a todos.

—A mí últimamente demasiado.

El postre llegó con una mousse de chocolate que hizo que la mesa guardara un silencio bastante respetuoso. Incluso Lola se quedó mirando los platos con una tristeza nueva.

—Echo de menos el chocolate —dijo.

Se me apretó algo por dentro.

Cogí la cuchara y empujé mi plato un poco hacia la silla vacía, por puro instinto. Una estupidez, porque Lola no podía comer. Pero lo hice.

Bruno lo vio.

Claro que lo vio.

—¿No te gusta?

Retiré el plato enseguida.

—Sí.

—Lo has apartado.

—Porque estaba calculando si me cabía otro.

—Eso no tiene sentido.

—En mi relación con el chocolate no todo tiene que ser matemático.

Lola me miró con una ternura que no me ayudó nada.

—Gracias.

Yo fingí que se me había caído la servilleta para agacharme un segundo y respirar sin que nadie me estudiara la cara. Cuando volví a incorporarme, Bruno seguía mirándome, pero esta vez no había burla. Solo atención.

Eso era peor.

Después del postre, el hotel abrió una pequeña sala contigua con música. Lo llamaron «copa informal de bienvenida», que era una forma muy elegante de decir que Recursos Humanos había decidido que después de encerrarnos en un hotel rural, también teníamos que fingir espontaneidad.

—No —dije en cuanto vi a la gente entrando.

Bruno caminaba a mi lado.

—¿No qué?

—No bailo.

—Nadie te ha pedido que bailes.

—Lo digo por si el universo está cogiendo ideas.

Lola apareció al otro lado de Bruno, encantada.

—A mí me gustaba bailar.

—Qué sorpresa —murmuré.

Bruno me miró.

—¿El universo otra vez?

—Está muy activo hoy.

La sala tenía luces cálidas, una barra pequeña y un hombre del hotel poniendo música desde una mesa con más cables que criterio. Al principio todo fue bastante digno: gente con copas, grupos charlando, algún valiente marcando el ritmo con el pie.

Luego sonó una canción conocida.

Y ahí se acabó la dignidad.

Beatriz arrastró a dos compañeras al centro, Mario dejó el móvil por primera vez desde que llegamos y Antonio se quedó cerca de la barra, mirando la escena con una copa en la mano y esa sonrisa pequeña que a Lola le rompió la cara de amor.

—Baila con él —me dijo.

—No.

Bruno se inclinó hacia mí.

—¿Has dicho algo?

—He dicho que no.

—¿A qué?

—A la vida social en general.

—Estamos de acuerdo.

—Bien. Qué bonito momento de unión.

Íbamos a quedarnos los dos junto a la pared, perfectamente cómodos en nuestra antipatía compartida, cuando Beatriz apareció delante de nosotros con esa energía peligrosa de las personas que ya llevan una copa y creen que todo el mundo necesita divertirse.

—Vosotros dos, al centro.

—Ni loca —dije.

—Soy tu responsable directo —dijo Bruno.

Lo miré.

—¿Perdón?

—Técnicamente, no. Pero sonaba convincente.

—No vuelvas a usar tu cargo para acercarme a una pista de baile.

Beatriz se rio.

—Vamos, solo una canción. Antonio dice que hay que participar.

Miré a Antonio. Y él levantó las manos desde la barra, fingiendo inocencia.

Lola estaba a su lado con cara de haber participado bastante en aquella decisión.

—Traidores —dije.

—Plural interesante —comentó Bruno.

—No empieces.

Beatriz me cogió de la mano y me empujó hacia el centro. Yo tiré de Bruno porque, si iba a caer, no pensaba hacerlo sola.

—Esto es culpa tuya —le dije.

—¿Mía?

—Sí.

—Yo estaba quieto en una pared.

—Pues haberla defendido mejor.

La canción no era lenta. Gracias a Dios.

Era una de esas que todo el mundo conoce aunque finja que no, y eso ayudaba a que el ridículo estuviera repartido.

Bruno no bailaba mal. Tampoco bien de una forma ofensiva, que habría sido peor.

Se movía lo mínimo, con una seriedad absurda, como si estuviera negociando con su propio cuerpo.

—Estás muy concentrado —dije.

—No quiero pisarte.

—Qué considerado.

—No te acostumbres.

—No pensaba.

Me giré para evitar a Mario, que había decidido que la pista era suya, y acabé demasiado cerca de Bruno. Su mano rozó mi cintura para apartarme antes de que chocara con una compañera.