Capítulo 17
Bruno
Arai dijo que no pasaba nada.
Lo dijo con la cara de una persona a la que claramente le pasaba algo.
No era la primera vez desde que la conocía que me encontraba con aquella contradicción, pero allí, en mitad del pasillo de un hotel rural, con la lluvia golpeando los cristales y mi padre cruzando la recepción al fondo, resultaba bastante más difícil dejarlo pasar.
—¿Seguro? —pregunté.
Arai no me miró. Seguía con la vista puesta en mi padre, o quizá en algún punto cercano a él.
—Sí.
—No lo parece.
—Pues será que tengo una cara muy expresiva.
—Ahora mismo tienes cara de haber visto algo.
—He visto a Antonio.
—Mi padre no suele provocar ese efecto.
—Eso lo dices tú.
La respuesta habría podido sonar normal si no hubiera estado tan tensa. Arai apretaba el sobre de la dinámica con demasiada fuerza y tenía la mandíbula rígida, como si estuviera intentando sujetar algo que no quería decir.
Mi padre nos vio en ese momento y cambió de dirección para acercarse.
—¿Todo bien?
—Perfectamente —respondió Arai demasiado rápido.
Mi padre se detuvo frente a nosotros y miró primero a Arai, luego a mí.
—¿Seguro? Me han dicho que se había quedado encallada la puerta de la bodega con vosotros dentro.
—Solo han sido cinco minutos —dije—. No ha sido para tanto.
—Bien. La tormenta está complicando un poco la llegada de algunos proveedores, pero nada grave.
Arai seguía callada y eso sí era grave.
Mi padre pareció notarlo.
—Arai, ¿de verdad estás bien?
Ella parpadeó, como si acabara de volver al pasillo.
—Sí. Solo estaba pensando en la cena.
—No tienes que ocuparte de eso ahora.
—Ya. Pero alguien tendrá que hacerlo si el proveedor decide que una tormenta es motivo suficiente para abandonar a sesenta personas con hambre en medio del Pirineo.
Mi padre sonrió apenas.
—Vuelves a sonar como tú.
—No sé si eso es bueno.
—Es práctico.
—Me conformo.
La vi respirar un poco mejor. Solo un poco. Después miró hacia la recepción con una expresión extraña, casi triste, y volvió a bajar la vista al programa de actividades.
—Tenemos que terminar esto —dijo—. Si no, tu padre seguirá mandándonos misiones como si fuéramos becarios con botas de montaña.
—Yo no he mandado ninguna misión —protestó mi padre.
—Antonio, has creado una dinámica por parejas en un hotel rural. Eso cuenta como misión.
—La creó Recursos Humanos.
—Peor. Entonces cuenta como amenaza.
Mi padre soltó una risa breve, más cansada que divertida, pero real.
Últimamente me estaba acostumbrando a verlo así con Arai, menos cerrado, menos pendiente de medir cada gesto.
No sabía si me gustaba porque era bueno para él o si me inquietaba porque ella parecía provocar en todos nosotros cosas que no teníamos previstas.
—Os dejo terminar —dijo mi padre—. En media hora empieza la bienvenida.
—Estaremos —respondió Arai.
Cuando se alejó, Arai se quedó mirando su espalda un segundo más de lo normal.
—Le tienes cariño —dije.
Se giró hacia mí.
—A tu padre lo conoce mucha gente en la empresa desde hace años.
—Eso no responde.
—No pretendía responder. Pretendía esquivar.
—Al menos lo reconoces.
—Estoy creciendo como persona.
Empezamos a caminar hacia el salón principal, donde, según la última pista, había que encontrar algo «bajo el lugar donde todos miran y nadie observa» .
Arai dijo que aquello solo podía haberlo escrito alguien con una agenda nueva y demasiada confianza en sí mismo.
Yo habría discutido, pero probablemente tenía razón.
El salón estaba lleno de empleados que habían ido llegando de sus habitaciones.
Algunos llevaban ya la acreditación colgada del cuello, otros tenían el pelo húmedo por la lluvia, y Mario, de operaciones, intentaba convencer a la recepcionista de que el wifi no podía llamarse «HotelMirador_Invitados» si luego no invitaba a conectarse.
—Esto va bien —dijo Arai.
—¿Eso es ironía?
—¿Por quién me tomas?
—Bueno, ¿dónde buscarías?
Arai observó la sala. Había una chimenea, una mesa con folletos turísticos, un plano antiguo y un gran reloj de pared que presidía el espacio.
—Bajo el reloj —dijo.
—¿Por qué?
—Porque «todos miran y nadie observa» suena a reloj. También suena a reunión de comité, pero no veo ninguna así.
Fuimos hacia allí. El sobre estaba pegado bajo una repisa, casi invisible.
—Bien visto.
—No pongas esa cara de sorpresa. Soy útil.
—No he dicho que no lo fueras.
—Lo has pensado con esa cara de empresario descubriendo el fuego.
—Esa cara no existe.
—En ti sí.
Abrí el sobre. Dentro había una tarjeta final.
—«Entregad estas pistas en recepción y habréis completado la prueba».
Arai me quitó la tarjeta de la mano.
—¿Ya?
—¿Decepcionada?
—Me preocupa. Cuando algo termina fácil, suele ser porque detrás hay una segunda parte con peor calzado.
—No siempre.
—Bruno, hoy me han cancelado una habitación, me han colocado en tu suite , me he quedado encerrada en una bodega y tu novia ha llamado por manos libres mientras yo estaba en el coche. Permíteme desconfiar de los finales sencillos.
No supe qué responder a eso porque, puesto así, sonaba bastante peor de lo que yo me había permitido ordenar en mi cabeza.
Entregamos las pistas en recepción. Arai aprovechó para preguntar por décima vez si había alguna habitación libre. La recepcionista, Laura, ya la miraba con esa compasión suave de quien sabe que no tiene una buena noticia y empieza a temer por su seguridad.
—Lo siento, de verdad —dijo—. Seguimos completos.
—¿Y si alguien se arrepiente de venir?
—Se lo comunicaré.
—¿Y si alguien ronca y su compañero lo abandona?
—Arai —dije.
—Estoy explorando vías.
—Lo sé.
Laura miró la pantalla.
—La tormenta ha obligado a retrasar un poco la llegada de dos personas, pero las habitaciones siguen asignadas.
Arai suspiró.
—Vale. Gracias, Laura.
Ella sonrió.
—De nada.
Arai se alejó conmigo hacia el comedor.
—¿Ves? Laura. No Laura Lola.
—No empieces.
—Solo estoy ordenando información.
—Pues ordénala en silencio.
—Eso se me da regular.
La bienvenida empezó con diez minutos de retraso y una bandeja de croquetas que desapareció en menos de tres.
Mi padre habló primero. Agradeció el esfuerzo de todos, explicó el objetivo del fin de semana y pidió que nadie interpretara «trabajo en equipo» como una invitación a tirarse por ningún barranco durante la actividad del sábado.
Arai, a mi lado, murmuró que era una pena que hubiera que aclararlo.
Después me tocó a mí.
Subí al pequeño estrado improvisado junto a la chimenea y miré a la sala.
Sesenta personas esperando algo que sonara firme, cercano y no demasiado largo.
Mi padre sentado en primera fila. Arai al fondo, junto a una columna, con los brazos cruzados y esa expresión suya de «te estoy escuchando, pero no te emociones».
Hablé del cambio, de la empresa, de la necesidad de entendernos mejor si queríamos que lo que estaba por venir no nos pasara por encima. Mientras lo decía, intenté no mirar demasiado hacia ella.
Fracasé un par de veces.
Arai no sonrió, pero levantó apenas las cejas cuando dije que esperaba un fin de semana útil y tranquilo. Incluso desde el estrado pude leerle la cara: tranquilo, dice.
Me dieron ganas de reírme.
No lo hice, porque aún me quedaba algo de juicio.
Cuando terminé, la gente aplaudió y empezó el movimiento hacia la cena. Mi móvil vibró en el bolsillo antes de que pudiera bajar del todo.
Miré la pantalla.
Carla: ¿Puedes hablar ahora?
Me quedé quieto un segundo, con el murmullo del comedor alrededor y el peso de una conversación pendiente metido en la mano.
Arai apareció a mi lado.
—Si es Carla, contesta.
—No he dicho que lo fuera.
—Tienes cara.
—Últimamente todo el mundo parece saber qué cara tengo.
—No todo el mundo. Yo soy especialmente observadora cuando alguien se queda mirando el móvil como si fuera una notificación de Hacienda.
Miré la pantalla otra vez.
—Tengo que llamarla.
—Sí.
No había reproche en su voz, y eso me incomodó más que si lo hubiera habido.
—¿Te importa encargarte de que la gente entre al comedor?
—Estoy aquí por trabajo, no como acompañante sentimental de tu caos.
—No he dicho eso.
—Bien. Porque como acompañante sentimental de tu caos cobro bastante más.
Me salió una sonrisa.
—Gracias.
Arai se encogió de hombros.
—Ve.
Salí a la terraza cubierta, donde la lluvia caía con fuerza sobre el tejado de madera. Marqué.
Carla contestó al segundo tono.
—Hola.
—Hola. Perdona, acaba de terminar la bienvenida.
—Ya.
Respiré despacio.
—Ha sido una tarde complicada.
—Eso me ha parecido.
—Lo de la habitación de Arai ha sido un error del hotel.
—Bruno, no te he llamado para que me expliques la logística de tu compañera.
Me quedé callado.
Tenía razón.
—Lo sé.
—No estoy enfadada porque haya ido contigo en el coche. Ni siquiera porque compartáis suite si no hay otra solución. Estoy enfadada porque me he enterado de todo después, como si yo fuera una molestia que hay que gestionar cuando hay un hueco.
Aquello dolió porque no era injusto.
—No eres una molestia.
—A veces actúas como si lo fuera.
—Carla…
—No quiero discutir ahora. Estás trabajando y yo tampoco tengo ganas de hacer esto por teléfono.
Miré hacia el cristal. Desde allí podía ver parte del comedor. Arai hablaba con Beatriz, señalando una mesa. Mi padre estaba cerca, escuchando a un empleado de contabilidad. Todo parecía normal desde fuera.
—Cuando vuelva, hablamos —dije.
—Sí. Cuando vuelvas.
—Lo digo en serio.
—Yo también. Por eso quiero que hablemos.
Hubo un silencio.
—¿Estás bien? —pregunté.
Carla tardó un poco en responder.
—No mucho. Pero no pasa nada.
—Sí pasa.
—Entonces haz algo con eso, Bruno.
No supe qué decir.
Ella soltó aire al otro lado.
—Escríbeme cuando termines la cena. Buenas noches.
—Buenas noches.
Colgó.
Me quedé un momento bajo la terraza, con el teléfono en la mano y la lluvia delante. No había habido gritos. Ni reproches exagerados. Ni una escena que pudiera usar para sentirme menos culpable. Solo Carla diciendo cosas que yo no podía negar.
Cuando volví al comedor, Arai estaba de pie junto a la puerta, revisando una lista. Al verme, no preguntó nada.
—Tu padre quiere que te sientes en la mesa central —dijo.
—¿Y tú?
—Yo quiero sentarme cerca de una salida, pero parece que hoy nadie está interesado en mis necesidades básicas.
—Arai.
Levantó la vista.
—¿Qué?
Iba a decirle algo. No sabía muy bien qué, solo que tenía que ver con Carla, conmigo haciendo las cosas regular y con Arai estando demasiado cerca para no complicarlo todo.
No dije nada de eso.
—Gracias por encargarte.
—De nada.
—Y por decirme que llamara.
Arai bajó la vista a la lista.
—No era tan difícil.
—A veces sí.
Su expresión cambió apenas, lo suficiente para que supiera que había entendido más de lo que yo había dicho.
—Pues que no lo sea —respondió—. Hay cosas que, si se dejan mucho rato, luego pesan más.
La frase quedó entre nosotros con demasiada claridad.
En ese momento, mi padre nos llamó desde la mesa central y Arai se movió antes de que yo pudiera contestar.
—Vamos, Montalbán. Si no cenamos pronto, Recursos Humanos empezará a hacer dinámicas con panecillos.
La seguí hacia la mesa, intentando convencerme de que esa era la parte fácil de la noche. Solo tenía que sentarme, cenar, hablar de trabajo y fingir normalidad, que en teoría eran cosas que sabía hacer.
Pero entonces Arai se detuvo de golpe junto a una silla vacía al lado de mi padre. Miró la silla. Luego miró a mi padre. Después volvió a mirar la silla con una expresión que no supe descifrar.
—¿Arai? —pregunté.
Ella tragó saliva y forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Nada. Solo estaba pensando que esta mesa está muy llena.
Miré alrededor. Había una silla libre, solo una, pero Arai la miraba como si aquel sitio ya estuviera ocupado.