Capítulo 16
Arai
Bruno se rio.
De verdad.
No una risa educada, ni esa media sonrisa suya de hombre que cree tenerlo todo bajo control aunque esté claramente a dos decisiones malas de meterse en un lío. Se rio con ganas, como si lo de meter mi móvil dentro de un cojín para no escuchar a Yaiza fuera objetivamente gracioso.
Y lo peor era que tenía razón, pero yo no pensaba darle esa alegría.
—No tiene gracia —dije, intentando sacar el teléfono del cojín con la dignidad que todavía me quedaba.
—Tiene bastante.
—No te vengas arriba, Montalbán. Acabamos de descubrir que vamos a compartir suite . Mi tolerancia hacia tu felicidad está bajo mínimos.
—No era felicidad. Era supervivencia.
—Pues sobrevive más bajo.
Volvió a sonreír y tuve que mirar hacia otro lado. No necesitaba que encima me pareciera simpático en una tarde en la que ya tenía bastante con compartir suite , esquivar preguntas y fingir que la llamada de Carla no había dejado el ambiente del coche para abrir ventanas.
Mi móvil volvió a vibrar.
Yaiza, por supuesto.
Lo saqué del cojín, contesté y, antes de que pudiera decir nada, su voz salió disparada.
—¿Sigues viva?
—Depende de cómo definamos viva.
—Arai.
—Estoy bien.
—No estás bien. Estás en una suite con Bruno Montalbán y has colgado después de decir «con el vivo». Eso no es estar bien, eso es el resumen de una crisis.
Bruno levantó una ceja.
Yo bajé el volumen.
—Estoy ocupada.
—¿Haciendo qué?
Miré el programa sobre la mesa.
—Una dinámica por parejas.
Hubo un silencio.
—¿Con el vivo?
—Yaiza.
—Perdón, es que necesito ordenarme. En tu vida ahora mismo hay vivos, muertos y hombres que no deberían gustarte. Tengo que clasificar.
Bruno seguía mirándome con una mezcla de curiosidad y ganas de intervenir. Le señalé con un dedo para que ni se le ocurriera.
—Te llamo luego.
—No. Dime solo una cosa: ¿la señora está allí?
Miré alrededor y no vi a Lola. En otra vida aquello me habría tranquilizado; en esta, solo significaba que una señora muerta andaba suelta por un hotel rural con demasiado tiempo libre.
—Ahora mismo no.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Con Lola nunca se sabe.
Bruno frunció el ceño.
—¿Lola?
Cerré los ojos un segundo. Perfecto. Acababa de soltar el nombre de Lola delante de Bruno con la naturalidad de quien no está ocultando absolutamente nada.
—La señora de recepción —improvisé—. Se llama Lola.
—La recepcionista llevaba una placa que ponía Laura.
Yaiza soltó un ruido al otro lado que sonó peligrosamente parecido a una carcajada ahogada.
—Tengo que colgar —dije.
—Claro que tienes que colgar. Te estás hundiendo sola.
—Adiós.
Colgué y dejé el móvil bocabajo sobre la mesa, como si así también pudiera tapar mi falta de autocontrol.
Bruno cruzó los brazos.
—¿La recepcionista se llama Laura o Lola?
—Laura Lola.
—¿Laura Lola?
—Hay padres muy creativos.
—Arai.
—¿Qué? ¿Ahora vamos a juzgar nombres compuestos? Muy feo por tu parte.
Me miró unos segundos más, pero tuvo la decencia de no insistir. O quizá estaba guardando las preguntas para un momento en el que yo tuviera menos escapatoria, lo cual era una estrategia muy suya y muy poco conveniente para mi salud mental.
Cogí el programa.
—Vamos a acabar con esto.
—¿Con la dinámica?
—Con mi paciencia. La dinámica es solo el método.
La primera pista estaba, según el papel, en la biblioteca del hotel.
Bajamos por una escalera de madera que crujía lo justo para recordarme que el edificio era precioso, antiguo y probablemente lleno de rincones perfectos para que una fantasma se sintiera inspirada.
Bruno caminaba a mi lado a esa distancia absurda en la que no puedes quejarte, pero tampoco respirar del todo tranquila.
—No tienes que hacerlo si te incomoda —dijo.
—¿La dinámica?
—Compartir suite .
—Ah, eso. Llegas tarde. Ya he pasado por incomodidad, cabreo, negociación interna y aceptación con rencor.
—¿Aceptación con rencor?
—Es mi estado natural.
—Empiezo a verlo.
—No empieces a verme demasiado, que luego vienen los problemas.
Lo dije sin pensar.
Bruno bajó la mirada hacia mí.
Yo seguí caminando, muy interesada de pronto en una lámpara de pared que no tenía nada de especial, salvo estar ahí, salvándome de mi propia boca.
La biblioteca era pequeña, con estanterías hasta el techo, butacas de cuero y una chimenea apagada que alguien había decorado con velas. Olía a madera, a papel viejo y a hotel caro intentando parecer casa de campo sin renunciar al minibar.
—Aquí —dijo Bruno, señalando una mesa.
Había un sobre cerrado con el logo del hotel.
Lo abrí antes de que él pudiera hacerlo, porque si íbamos a ser pareja en una dinámica absurda, al menos pensaba conservar el control de los sobres.
Dentro había una tarjeta.
Leí en voz alta:
—«Donde los huéspedes brindan por lo que no se atreven a decir, encontraréis la siguiente señal.»
Bruno se apoyó en el respaldo de una butaca.
—El bar.
—O cualquier reunión familiar de Navidad.
—El bar parece más probable.
—Eso es porque no conoces a mi familia.
Entonces la vi.
Lola estaba junto a la estantería del fondo, hojeando un libro como si hubiera pagado la suite , el hotel y parte de la montaña.
Me quedé quieta.
—¿Qué pasa? —preguntó Bruno.
—Nada.
Lola levantó la vista.
—Qué biblioteca tan mona. Un poco de decoración de catálogo, pero mona.
Apreté los labios.
—¿Seguro? —insistió Bruno.
—Sí. Solo estaba pensando que el bar es una opción demasiado obvia.
—A veces las opciones obvias son correctas.
Lola cerró el libro.
—A veces las opciones obvias son aburridísimas.
La miré mal.
Bruno siguió mi mirada, claro, y encontró una estantería perfectamente normal.
—¿Buscas algo?
—Oxígeno.
—Hay bastante.
—No del que necesito.
Lola vino hacia nosotros con una tranquilidad ofensiva.
—Yo diría que es la terraza del comedor. Allí sirven el aperitivo y hay unas vistas estupendas para que la gente diga cosas que luego niega.
—No —murmuré.
Bruno ladeó la cabeza.
—¿No?
—No al bar. Vamos a la terraza del comedor.
—¿Por qué?
—Intuición.
—Hace dos minutos decías que necesitabas oxígeno.
—Mi intuición funciona con poco aire.
Bruno me sostuvo la mirada, y por un segundo pensé que iba a discutir. En vez de eso, cogió el sobre, se lo guardó en el bolsillo y señaló la puerta.
—Después de ti.
—Qué obediente.
—No te acostumbres.
—No pensaba.
Lola sonrió al pasar a mi lado.
—Me gusta cuando os coordináis.
—Cállate —dije entre dientes.
Bruno se detuvo.
—¿Perdón?
—Que qué detalle —corregí—. He dicho qué detalle.
—No ha sonado a eso.
—La acústica rural engaña mucho.
La terraza del comedor estaba llena de mesas preparadas para la cena, con manteles blancos, copas alineadas y un camarero colocando panecillos con la concentración de quien desactiva explosivos.
Al fondo, las nubes empezaban a cubrir las montañas.
Parecía que iba a llover, porque por lo visto al día todavía le quedaba margen de mejora.
—Allí —dijo Bruno.
Sobre una mesa lateral, junto a una cubitera vacía, había otro sobre.
Lo cogió él esta vez.
—Estás cogiendo confianza con los sobres —le dije.
—Trabajo en una empresa. He abierto cosas más peligrosas.
—Como correos de proveedores.
—Exacto.
Leyó la tarjeta.
—«Bajad donde el vino duerme y las verdades esperan.»
—Bodega —dije.
—Sí.
—Esto lo ha escrito alguien que se toma demasiado en serio.
—Es una actividad de empresa en un hotel rural. El dramatismo viene incluido.
Lola apareció al otro lado de la mesa, mirando hacia el cielo.
—Va a llover.
—Ya lo veo.
Bruno miró también.
—Sí, bastante.
Me mordí la lengua.
Hablar con dos personas cuando una de ellas no existía oficialmente requería una capacidad de gestión que Recursos Humanos debería valorar con un plus.
—¿Vamos? —preguntó Bruno.
—Vamos.
La bodega estaba en la planta baja, al final de un pasillo de piedra que olía a humedad y a madera. La puerta estaba entreabierta. Dentro, las paredes estaban cubiertas de botelleros y había una mesa larga preparada para alguna cata posterior.
Un sitio precioso, sí. También el lugar exacto donde una no debería quedarse a solas con su jefe si está intentando conservar dos gramos de sentido común.
—No pongas esa cara —dijo Bruno.
—¿Qué cara?
—La de «esto va a salir mal».
—Es mi cara de reposo.
—No lo es.
—¿Ahora también sabes cuál es mi cara de reposo?
—Empiezo a distinguir algunas.
Lola suspiró detrás de mí.
—Ay.
Me giré.
—Ni una palabra.
Bruno, que ya estaba revisando una estantería, levantó la vista.
—¿Qué?
—Que ni una palabra de esto a los demás —dije, improvisando con la velocidad de una persona al borde del colapso—. Si alguien pregunta, la dinámica era normal.
—¿Y no lo es?
—Estamos en una bodega buscando pistas. Normal, lo que se dice normal, no.
Bruno sonrió de lado y siguió buscando.
Lola se acercó a la mesa y señaló una botella.
—Ahí.
Me incliné.
Había un sobre medio escondido detrás de una botella de garnacha.
—Lo tengo.
Bruno se acercó demasiado rápido. Nuestras manos coincidieron sobre el cuello de la botella y, durante un segundo absurdo, ninguno de los dos se movió.
No fue nada, solo el roce de su mano contra la mía, pero bastó para que mi cuerpo reaccionara antes que mi sentido común. Retiré la mano.
—Tuya —dije.
Bruno cogió el sobre, pero no lo abrió enseguida.
—Arai.
—¿Qué?
—Estás rara desde hace unos días.
Solté una risa seca.
—Bruno, desde que te conozco han pasado tantas cosas raras que ya no sé cuál es mi versión normal.
—El miércoles dijiste algo parecido.
—El miércoles estaba cansada.
—Hoy también.
—Mira qué continuidad tan bonita.
No sonrió.
Eso fue peor.
—No voy a presionarte —dijo—, pero si hay algo que te preocupa y afecta al trabajo, necesito saberlo.
Lola, que estaba detrás de él, puso cara de «este chico ha salido a su padre cuando se pone intenso».
Yo miré el sobre en sus manos.
—No afecta al trabajo.
—¿Seguro?
—Afecta a mi estabilidad emocional, a mis hábitos de sueño y a mi relación con las plantas, pero al trabajo todavía no.
Bruno parpadeó.
—¿Con las plantas?
—No preguntes.
—Cada vez que dices eso, me entran más ganas de preguntar.
—Pues trabaja ese impulso.
La puerta de la bodega se cerró de golpe y el sonido retumbó entre las paredes. Me sobresalté, Bruno se giró hacia la salida y Lola levantó las manos con una rapidez muy sospechosa para alguien que quería parecer inocente.
—Yo no he sido.
—No —dije.
Bruno me miró.
—¿No qué?
—No puede ser.
Fue hasta la puerta y tiró del pomo.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Nada.
—Se ha atascado.
—Claro —dije—. Porque faltaba esto.
—No pasa nada. Aviso a recepción.
Sacó el móvil, miró la pantalla y frunció el ceño.
—No tengo cobertura.
Yo saqué el mío.
Tampoco.
Lola miró alrededor con una calma insultante.
—Bueno, pues ya que estamos aquí, podríais hablar.
—No.
Bruno dejó de mirar el teléfono.
—¿A quién le dices que no?
—A la situación.
—¿La situación te habla?
—Últimamente, demasiado.
Se oyó un trueno fuera. No fue muy fuerte, pero bastó para que las luces parpadearan una vez. Miré al techo.
—Te lo advierto, universo: no estoy de humor para simbolismos.
Bruno se rio casi para sí.
—¿Hablas mucho con el universo?
—Solo cuando se pone pesado.
—¿Y suele responder?
Miré a Lola.
—Por desgracia, sí.
Lola sonrió.
—Eso ha sido bonito.
—No ha sido para ti.
Bruno ya ni disimulaba su desconcierto.
—Arai.
—Mira, estoy intentando no perder la paciencia, no perder una reunión de bienvenida y no perder la cabeza. El orden puede variar.
—Vale.
La forma en que lo dijo me desarmó un poco. No sonó burlón. Ni impaciente. Solo… presente.
Eso también era un problema.
Bruno dejó el sobre sobre la mesa y se apoyó en ella.
—Podemos esperar unos minutos. Alguien bajará.
—¿Y si no?
—Entonces gritaremos.
—Gran plan empresarial.
—Tengo otros peores.
—No me sorprende.
Lola se sentó sobre una barrica como si aquello fuera un palco.
—Pregúntale por Carla.
—No.
—No tienes que decir mi nombre.
—He dicho que no.
Bruno ladeó la cabeza.
—¿Otra vez la situación?
—La situación está muy pesada hoy.
—Ya.
Hubo un silencio raro. No incómodo del todo, pero sí cargado de cosas que no estaban donde debían estar. Carla. La suite . La llamada del coche. La mano sobre la botella. Lola mirándonos como si aquello fuera una serie y ella tuviera el mando.
—Carla parecía molesta —dije al final, porque al parecer mi instinto de supervivencia había decidido tomarse un descanso.
Bruno bajó la mirada.
—Lo estaba.
—Tiene derecho.
—Lo sé.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Me tranquiliza saber que todavía distinguimos cosas básicas.
—No creas que siempre es tan fácil.
Aquello salió más honesto de lo que yo esperaba.
Lo miré.
—¿Qué no es fácil?
Bruno no respondió enseguida. Fuera volvió a tronar, y la bodega se llenó de ese silencio denso que llega antes de que la lluvia caiga de verdad.
—No hacer daño —dijo.
Se me apretó algo por dentro, y no fui la única en notarlo. Lola dejó de sonreír, mientras yo apartaba la vista hacia los botelleros para no seguir mirando a Bruno.
—Pues intenta no hacerlo.
—Eso hago.
—Ya.
—¿No me crees?
—Creo que intentarlo no siempre basta.
La frase salió sola, con más verdad de la que quería. Pensé en Carla, pero también en Antonio y en Lola, en todo lo que parecía haberse quedado atascado entre ellos sin que yo supiera todavía por qué.
Bruno me observó con una seriedad nueva.
—¿Hablamos de Carla?
—Hablamos de la vida en general. Me ha dado por lo filosófico. Será el encierro.
Iba a decir algo más, pero al otro lado de la puerta sonaron pasos.
—¿Hola? —gritó una voz.
—Aquí —respondió Bruno.
La puerta se abrió después de varios intentos y apareció un empleado de mantenimiento con cara de haber vivido ya demasiadas cosas para su sueldo.
—Perdón. Esta puerta se encalla a veces.
—Qué sorpresa —dije.
Bruno cogió el sobre de la mesa.
—Gracias.
Salimos al pasillo justo cuando la lluvia empezó a golpear los cristales del hotel con fuerza. Al fondo, vi a Antonio cruzar la recepción con el móvil en la mano y el gesto preocupado.
Lola también lo vio.
Toda la ligereza desapareció de su cara.
—Antonio —susurró.
No me dio tiempo a pensar. Caminó hacia él como si se le hubiera olvidado que no podía alcanzarlo, y yo sentí una punzada absurda, triste y muy humana.
Bruno me miró.
—¿Qué pasa?
Tragué saliva.
—Nada.
Pero esta vez ni siquiera yo me creí.