Capítulo 15
Bruno
Arai miraba a la recepcionista como si aquella mujer acabara de anunciarle que el hotel no tenía habitaciones, ni paredes, ni intención de sobrevivir al día.
—¿Cancelada? —repitió.
La recepcionista asintió con una sonrisa pequeña, de esas que no solucionan nada pero intentan no empeorarlo.
—Eso me aparece en el sistema, sí.
Arai dejó el listado sobre el mostrador con mucho cuidado. Demasiado cuidado. Como si estuviera intentando no cometer un delito.
—Vale. Respiremos todos.
Mi padre frunció el ceño.
—No entiendo cómo ha podido pasar.
—Yo tampoco —dijo la recepcionista—. La reserva estaba confirmada, pero aquí figura una anulación esta mañana.
Arai cerró los ojos.
—Esta mañana.
—Sí.
—Qué madrugador el desastre.
Me acerqué al mostrador.
—Tiene que haber alguna habitación libre.
—El hotel está completo, señor Montalbán. Su grupo ocupa prácticamente todo el alojamiento y esta noche tenemos también una boda pequeña en el edificio anexo.
Arai abrió los ojos.
—Perfecto. Si hace falta, me cuelo con la novia. Igual ni se nota.
Mi padre la miró.
—Arai.
—Perdón. Estoy gestionando la noticia con madurez.
—No lo parece.
—Porque la madurez, en mi caso, va por dentro.
La recepcionista volvió a mirar la pantalla.
—Tenemos una opción.
Arai levantó una mano.
—No me gusta cómo ha sonado eso.
—Aún no sabes qué voy a decir.
—Por eso precisamente.
La chica me miró a mí, luego a mi padre y por último a Arai.
—La suite del señor Montalbán dispone de dos habitaciones independientes.
Durante un segundo no se oyó nada. Ni los empleados entrando, ni las ruedas de las maletas, ni el murmullo de recepción.
Arai giró la cabeza muy despacio hacia mí.
—No.
—Yo no he dicho nada.
—Lo has pensado.
—No he tenido tiempo.
—Pues no empieces.
Mi padre se aclaró la garganta.
—Si son dos habitaciones independientes, puede ser una solución temporal.
—Antonio, con todo mi cariño profesional, no digas temporal cuando todos sabemos que temporal significa «hasta que no quede más remedio que aceptar la desgracia».
—Dramatizas un poco.
—Se me ha cancelado la habitación en un hotel completo y la única alternativa es dormir pared con pared con su hijo. Creo que estoy siendo elegantísima.
Yo intenté no sonreír.
No lo conseguí del todo.
Arai lo vio.
—Ni se te ocurra.
—No he hecho nada.
—Tienes cara de estar a punto.
La recepcionista consultó algo en la pantalla.
—La suite tiene dos dormitorios, dos baños y una zona común. Pueden cerrarse las puertas.
—Maravilloso —dijo Arai—. Un piso compartido con vistas al Pirineo y conflicto laboral incluido.
Mi padre me miró.
—Bruno.
—Por mí no hay problema.
Arai giró hacia mí con los ojos muy abiertos.
—¿Perdón?
—He dicho que por mí no hay problema. Son dos habitaciones.
—Eso lo dices tú porque no has visto mi semana.
—Arai, no podemos inventar una habitación.
—Yo no descarto nada. A estas alturas, igual abro un armario y aparece una cama.
La recepcionista tragó saliva. Mi padre parecía debatirse entre intervenir o marcharse antes de que aquello empeorara. Yo, por mi parte, estaba empezando a notar que había algo más debajo de la reacción de Arai. No solo incomodidad. No solo vergüenza.
Era como si estuviera enfadada con alguien que no estaba allí.
—Podemos revisar si hay alojamientos cerca —propuse.
Arai respiró, y por un momento pareció recuperar algo de control.
—Eso. Alojamientos cerca. Me vale una casa rural, una pensión, una tienda de campaña con dignidad.
—Estamos a cuarenta minutos del pueblo más cercano con plazas disponibles —dijo la recepcionista—. Y por la tarde hay previsión de tormenta.
—Claro. Tormenta. Faltaba el toque de realismo mágico.
Mi padre miró el reloj.
—La reunión de bienvenida empieza en cuarenta minutos. No podemos tener a todo el grupo esperando por esto.
Arai lo miró como si acabara de traicionarla.
—Antonio.
—Lo siento, pero ahora mismo es la solución más práctica.
—La practicidad está sobrevalorada.
—No cuando tienes a sesenta empleados hambrientos en un vestíbulo.
Eso sí era difícil de discutir. Detrás de nosotros, Beatriz preguntaba a alguien dónde estaba el baño, Mario intentaba conectar el móvil al wifi del hotel y dos personas de contabilidad abrían una bolsa de patatas como si estuvieran en una estación de autobuses.
Arai pasó una mano por la frente.
—Vale. Bien. Perfecto. La suite . Pero con normas.
La recepcionista nos entregó dos tarjetas.
—Por supuesto.
—No se lo decía a usted. Se lo decía a él.
Yo cogí mi tarjeta.
—¿Ya tengo normas?
—Vas a tener un manual.
—Qué ilusión.
—Primera: la zona común se usa solo para trabajo.
—¿Y si quiero leer?
—Lees en tu habitación.
—¿Y si quiero tomar café?
—Te lo llevas a tu habitación.
—¿Y si quiero respirar?
—Depende del aire que cojas.
Mi padre hizo un sonido sospechosamente parecido a una risa. Arai lo miró con decepción.
—No te pongas de su parte.
—No me he puesto de parte de nadie.
—Estás disfrutando.
—Un poco.
Aquello me pilló desprevenido. Mi padre casi nunca entraba en ese tono. O quizá hacía años que yo no lo veía.
Arai también lo notó, porque su expresión se aflojó apenas un segundo.
—Vale —dijo, más baja—. Pues suite . Pero si esto sale mal, constará en acta que yo propuse el maletero.
—Constará —respondí.
Subimos juntos porque mi padre se quedó resolviendo un problema con las acreditaciones.
Arai caminaba a mi lado con la maleta, la carpeta pegada al pecho y una tensión visible en los hombros.
Yo llevaba mi equipaje y las dos tarjetas.
Cada vez que el ascensor emitía un sonido, ella miraba hacia un lado concreto, como si esperara que alguien le dijera algo.
—¿Seguro que estás bien? —pregunté.
Se giró hacia mí.
—Te lo voy a decir con cariño: si vuelves a preguntarme eso, te cambio la habitación por la mía y duermo yo en la suite sola.
—Eso no tiene sentido.
—Nada de mi vida lo tiene desde el miércoles. No me exijas coherencia ahora.
El ascensor llegó y entramos en silencio. Cuando las puertas se cerraron, el espacio pareció encogerse de golpe, demasiado estrecho para dos personas, dos maletas y todo lo que ninguno de los dos estaba diciendo.
Arai apretó la carpeta contra el pecho.
—¿Qué pasó el miércoles?
—Nada.
—Acabas de decir que tu vida no tiene sentido desde el miércoles.
—Era una forma de hablar.
—Muy concreta.
—Soy una mujer de formas concretas.
—Eso ya lo sabía.
Me miró de reojo.
—¿Vas a interrogarme en un ascensor?
—Estoy intentando entenderte.
—Pues te deseo suerte. Yo llevo treinta y dos años y voy justa.
Las puertas se abrieron antes de que pudiera contestar.
La suite estaba en la última planta. La recepcionista no había exagerado: era enorme. Un salón con chimenea, ventanales hacia la montaña, dos puertas a cada lado y una terraza que, en cualquier otra circunstancia, habría sido un buen lugar para respirar.
Arai entró detrás de mí y se quedó quieta.
—No.
Dejé mi maleta junto al sofá.
—¿Qué pasa ahora?
—Esto es demasiado bonito.
—¿Y eso es malo?
—Sí. Las desgracias deberían ocurrir en sitios feos. Ayuda a mantener la indignación.
—Puedo quejarme del sofá si quieres.
Lo miró.
—No te esfuerces. Tiene pinta de costar más que mi primer coche.
Me acerqué a una de las puertas.
—Elige habitación.
—La más lejos de ti.
—Están una frente a la otra.
—Pues mal diseño.
Casi sonreí otra vez. Arai me señaló con la tarjeta.
—Cuidado.
—No he dicho nada.
—Pero estás acumulando.
—¿Son normas o amenazas?
—Conmigo casi siempre son híbridos.
Dejó la maleta en la habitación de la derecha y abrió la puerta del baño. Después volvió al salón y revisó la terraza, las ventanas y hasta el minibar con una seriedad absurda.
—¿Qué haces?
—Comprobar que no haya más sorpresas.
—¿En el minibar?
—Nunca se sabe dónde se esconde una catástrofe.
Mi móvil vibró. Carla.
Arai lo vio en la pantalla antes de que yo pudiera guardarlo.
—Puedes contestar.
—Luego.
—Bruno.
No me gustó cómo dijo mi nombre. No fue una broma. No fue defensa. Fue algo más parecido a una advertencia tranquila.
—Le escribiré cuando baje.
—Hazlo ahora.
—No hace falta.
Arai dejó la carpeta sobre la mesa.
—Sí hace falta. Porque si no lo haces, después será tarde, luego tendrás una reunión, luego una cena, luego otro incendio, y al final esa mujer tendrá razón en cosas que yo no tendría ni que saber.
Me quedé mirándola.
Arai se dio cuenta demasiado tarde.
—Quiero decir… supongo que te diría cosas. No sé. Por lógica.
—¿Por lógica?
—Por novia. Las novias tienen tendencia a decir cosas cuando sus novios se van a hoteles rurales con compañeras de trabajo sin avisar correctamente.
—No me voy contigo. Coincidimos en una solución logística.
—Eso suena tan sexi que casi me mareo.
Solté una risa. No pude evitarlo.
Arai se quedó mirándome, y durante un segundo se le olvidó discutir. Fue muy breve, pero estuvo ahí.
Luego apartó la vista y señaló el móvil.
—Escríbele.
Esta vez la obedecí. Mandé un mensaje sencillo a Carla.
Bruno: Ya hemos llegado. Ha habido un problema con las habitaciones. Luego te llamo y te explico.
No añadí nada más porque, sinceramente, no sabía qué añadir. Arai miró hacia la terraza, como si fuera muy urgente comprobar que las montañas seguían en su sitio.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Adulto funcional. Me gusta verlo de vez en cuando.
—Gracias por tu aprobación.
—No te acostumbres.
Alguien llamó a la puerta.
Arai se tensó.
—Si es la recepcionista diciendo que ahora solo queda una cama, me tiro por la terraza.
Abrí.
Era un botones con nuestras acreditaciones y el programa de actividades. También traía una cesta de bienvenida con fruta, una botella de vino y una tarjeta manuscrita.
—De parte del hotel —dijo.
—Gracias.
Cuando cerré, Arai cogió el programa.
—A ver qué maravillas nos esperan.
Leyó en silencio durante tres segundos.
—No.
—¿Otra vez no?
—Actividad de bienvenida: dinámica por parejas.
Miré el papel por encima de su hombro.
—Es una búsqueda de pistas por el hotel.
—Por parejas.
—No dice que tengamos que ir juntos.
En ese momento, mi móvil vibró con un mensaje de mi padre.
«Cambio de última hora. Tú y Arai haréis pareja para revisar que la dinámica funciona antes de la cena.»
Arai leyó el mensaje al mismo tiempo que yo.
Muy despacio, dejó el programa sobre la mesa.
—Bruno.
—No he sido yo.
—Ya. Claro.
—Te lo juro.
—Pues entonces dile a tu padre que no.
—¿Por qué no se lo dices tú?
—Porque si hablo ahora con Antonio, igual acabo pidiéndole que me adopte para desheredarte.
Me pasé una mano por la cara.
—Solo es una dinámica.
—No, Montalbán. Una dinámica es cuando alguien te pide que digas tu color favorito en una formación de empresa. Esto es pasar una tarde contigo, en una suite compartida y buscando pistas como si fuéramos dos adolescentes en un campamento caro.
El móvil de Arai sonó. Miró la pantalla.
—Yaiza.
—Contesta.
—No.
—¿Por qué?
—Porque huele el drama a kilómetros.
Contestó de todos modos.
—No puedo hablar.
La voz de Yaiza se oyó desde el otro lado, alta y clara.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—No me mientas. Te noto la frente sudada por teléfono.
Arai cerró los ojos.
—Estoy en una suite con Bruno.
Silencio.
Luego Yaiza gritó:
—¿Con el vivo?
Arai bajó el volumen a toda prisa.
—¡Yaiza!
Yo la miré.
—¿Con el vivo?
Arai se puso roja.
—Es una expresión nuestra.
—Rara.
—No juzgues nuestras expresiones.
Yaiza seguía hablando.
—¿Y la señora? ¿Está ahí?
Arai me miró. Luego miró hacia el sofá vacío.
—No lo sé.
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
—La señora de recepción —improvisó—. Yaiza pregunta por la señora de recepción.
—No he preguntado eso. —Se oyó al otro lado.
Arai colgó.
Durante un segundo nos quedamos mirándonos.
—Arai.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Pero ibas.
—Sí.
—Pues no.
El programa seguía sobre la mesa. Mi padre esperaba respuesta. Carla también esperaba una explicación. Y Arai Bethencourt estaba de pie en mitad de la suite , con cara de querer incendiar el hotel entero y salir corriendo al mismo tiempo.
Debería haberme parecido un desastre.
Quizá lo era.
Pero entonces volvió a sonar su móvil, probablemente Yaiza insistiendo, y Arai lo metió dentro de un cojín del sofá para amortiguar el ruido.
—Eso no va a servir de nada —dije.
—Me da igual. Necesito sentir que tengo el control de algo.
Y me reí. De verdad, además, con una falta de prudencia bastante notable para alguien que acababa de aceptar compartir suite con Arai Bethencourt.
Ella me miró como si mi risa fuera una complicación más que añadir a la lista.
—No tiene gracia.
—No estoy de acuerdo.
Arai intentó mantenerse seria, pero la comisura de la boca le tembló.
Solo un poco.
Lo suficiente para que el día, que había empezado mal, se volviera de pronto peligrosamente soportable.