Capítulo 14
Arai
A las seis y media de la mañana, mi móvil sonó con un mensaje.
Yaiza: ¿Sigue la señora en tu casa o ha vuelto al más allá?
Lo leí desde la cama, con un ojo abierto, la cara pegada a la almohada.
Lola estaba en el salón. Lo sabía porque había dejado la puerta entreabierta, no por confianza, sino porque si una muerta iba a moverse por mi casa, al menos quería tener control visual.
Arai: Sigue aquí.
Respondió al segundo.
Yaiza: Vale. Pregúntale si ronca.
Miré hacia el pasillo.
—Yaiza pregunta si roncas.
—No duermo.
Volví a escribir.
Arai: Dice que no duerme.
Yaiza: Qué cómodo para ella. Qué desgracia para ti.
Me incorporé con un gemido y fui hacia el salón. Lola estaba sentada en la butaca.
Me paré en seco.
—¿Por qué tienes mi vestido?
—Porque no estaba en la maleta.
—Exacto. Por eso pregunto.
—Debería estar.
—No debería.
—Te favorece.
—Lola, voy a unas jornadas de empresa, no a seducir a nadie entre una charla de liderazgo y una visita a las cuadras.
Ella levantó la vista con una calma insultante.
—Yo no he dicho seducir.
—Lo has pensado tan fuerte que casi se ha movido la lámpara.
—Arai.
—No.
—Solo digo que una nunca sabe cuándo puede necesitar un vestido bonito.
—Yo sí lo sé: nunca delante de Bruno Montalbán, su padre y un PowerPoint sobre objetivos trimestrales.
Cerré la maleta con más fuerza de la necesaria.
—¿Eso es todo lo que vas a llevar?
—Voy dos noches a un hotel rural, no a refundar una civilización.
—Has metido tres camisetas negras.
—Son distintas.
—Son negras.
—Exacto. Distintas dentro de un concepto.
El móvil volvió a sonar.
Yaiza: Voy contigo hasta la salida. No me fío de que llegues sola con la difunta.
Lola leyó la pantalla por encima de mi hombro.
—Tu amiga es muy considerada.
—Mi amiga está disfrutando demasiado de mi caída libre.
—También.
Una hora después, Yaiza apareció en mi portal con dos cafés, un cruasán en una bolsa de papel y unas gafas de sol enormes que no se quitó ni dentro del edificio.
—¿Dónde está? —susurró nada más verme.
—Buenos días a ti también.
—Buenos días. ¿Dónde está?
Lola, muy digna, estaba junto al ascensor.
—Aquí.
Yaiza dio un respingo aunque no pudiera verla.
—No hagas eso. No la oigo, pero me ha dado algo igual.
—Dice que está aquí.
—Pues dile que no se coloque cerca de mis órganos vitales. Soy nueva en esto.
—Lo tendré en cuenta —respondió Lola.
—Dice que lo tendrá en cuenta —traduje.
Yaiza señaló el aire, sin acertar demasiado.
—Gracias, señora. Muy amable, pero lejos de mi bazo.
—Esto es una locura.
—Sí.
—¿Y tú vas a irte dos días a un hotel con tu jefe, su padre y su madre muerta?
—Gracias por resumirlo así. Ahora suena mucho mejor.
—No, si mejor no suena. Suena a que tendrías que firmar una autorización antes de subir al autobús.
Bajamos a la calle entre cafés, maleta, cruasán y una fantasma que miraba Barcelona como si no terminara de acostumbrarse a poder estar en todas partes y en ninguna.
El trayecto en taxi hasta la oficina fue un ejercicio de autocontrol.
Yaiza no dejaba de mirar por el retrovisor y Lola, sentada entre las dos, opinó tres veces sobre el tráfico, dos sobre el peinado del conductor y una sobre el escaparate de una tienda que, según ella, tenía «más luces que criterio».
Cuando llegamos, la entrada de Montalbán & Soler Inversiones era un pequeño caos organizado.
Había maletas, mochilas, gente con café, gente con cara de no haber dormido, dos autobuses aparcados y Antonio Montalbán hablando con un conductor como si estuviera revisando la compra de una empresa entera.
Bruno estaba junto a la puerta principal.
Con camisa blanca, chaqueta azul oscuro, maleta de cabina y esa cara de hombre que había dormido poco y estaba fingiendo que no se notaba.
Se notaba.
Muchísimo.
—Ahí está —dijo Yaiza.
—Lo veo.
—Lo digo por si la señora quiere ir haciendo calentamiento.
—Yaiza.
Lola se quedó mirando a Bruno.
—Tiene peor cara que ayer.
—Todos tenemos peor cara que ayer —murmuré.
Bruno me vio entonces. Su mirada pasó de mi cara a la maleta, luego a Yaiza y finalmente volvió a mí.
—Buenos días.
—Eso dicen.
—¿Problemas?
—Son las ocho de la mañana y hay dos autobuses llenos de empleados que creen que esto es una excursión escolar con nómina. Dame margen.
Yaiza levantó su café.
—Yo solo vengo a entregarte el paquete.
Bruno la miró.
—¿El paquete?
—Ella —dijo, señalándome—. Y viene frágil.
—No soy frágil.
—Llevas hablando sola desde ayer, cariño. Vamos a no ponernos finas.
Bruno frunció el ceño.
—¿Hablando sola?
—Es una forma de hablar —dije rápido.
Yaiza sonrió con toda la inocencia que no tenía.
—Sí. Una forma muy suya. Creativa.
Antonio se acercó a nosotros con una carpeta en la mano.
—Arai, al final necesito que vayas en el coche de Bruno.
Yo parpadeé.
—¿Perdón?
—Hay que revisar el orden de llegada con el hotel y los autobuses van completos.
—Puedo ir en el maletero de uno de ellos. Soy flexible.
Bruno me miró.
—No vas a ir a un maletero.
—Era una opción logística.
—Era una estupidez.
—También bastante logística.
Lola, a mi lado, sonrió de una forma que no me gustó nada.
—Esto viene bien.
—No —dije entre dientes.
Antonio levantó la mirada.
—¿No?
—No… hay problema —corregí, deseando desaparecer dentro de mi propia maleta.
Yaiza se acercó a mi oído.
—¿La señora está contenta?
—Mucho.
—Pues miedo.
—Mucho también.
Bruno cogió mi maleta antes de que yo pudiera reaccionar.
—Vamos.
—Puedo llevarla yo.
—Lo sé.
—Entonces no la lleves tú.
—Arai, son las ocho y media. Discutimos en el coche.
Yaiza se llevó una mano al pecho.
—Ay, qué bonito. Ya tienen agenda de pareja.
—Cállate —murmuré.
—Te quiero.
—Yo ahora mismo no.
Me despedí de Yaiza con una mirada de auxilio que ella ignoró con bastante descaro. Subí al coche de Bruno con la sensación de estar entrando en un sitio demasiado pequeño para tanta tensión. Él dejó mi maleta en el maletero, se sentó al volante y revisó el navegador.
Lola apareció en el asiento trasero.
—Ni una palabra —susurré.
Bruno me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Has dicho algo.
—He dicho que… qué día tan largo.
—Acaba de empezar.
—Pues imagina mi entusiasmo.
Arrancó.
Durante los primeros minutos, ninguno dijo nada. Barcelona fue quedándose atrás entre semáforos, motos y gente que tenía la indecencia de vivir una mañana normal. Yo miraba por la ventanilla. Bruno conducía con las dos manos en el volante. Lola, detrás, iba demasiado callada, y eso era casi peor.
—¿Has dormido algo? —pregunté al final.
Bruno no apartó la vista de la carretera.
—Algo.
—Eso es una respuesta de hombre que no ha dormido nada.
—¿Y tú?
—Yo estoy estupenda. Fresca como una lechuga.
Lola se inclinó hacia delante.
—Una lechuga con ojeras.
Apreté los dientes.
Bruno me miró de reojo.
—¿Qué pasa?
—Nada. He recordado que odio el campo.
—No odias el campo.
—No lo odio cuando está lejos y no lleva actividades programadas.
—Hay rutas, una visita a las cuadras y una cena.
—Qué bien. Naturaleza con horarios. Mi sueño.
Bruno casi sonrió. Lo vi, y me molestó más de lo que debería.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Ese casi. O sonríes o no sonríes, pero no dejes la sonrisa en prácticas.
Esta vez sí sonrió un poco.
—Estás muy intensa para ser tan temprano.
—He tomado mucho café.
—¿Cuántos?
—No hagas preguntas personales.
Lola soltó una risa desde atrás.
Yo cerré los ojos un instante.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Bruno.
—Como vuelvas a preguntármelo, me bajo en marcha.
—Iba a frenar.
—No me robes dramatismo.
Antes de que Bruno pudiera replicar, el manos libres del coche emitió un pitido.
—Es Nicolás —dijo, pulsando el botón del volante—. Dime.
La voz de su amigo llenó el coche con esa alegría irritante de quien no tiene ningún problema serio a la vista.
—Voy en camino. Si el GPS no decide arruinarme la mañana, llego antes que vosotros.
—Milagro.
—No te pongas borde, que bastante hago con ir a unas jornadas de empresa sin trabajar en tu empresa.
Miré a Bruno.
Él lo notó.
—Nicolás está colaborando conmigo en una parte del proyecto de expansión —dijo, sin apartar la vista de la carretera—. Mi padre ha aceptado que venga como apoyo externo.
—Traducido —intervino Nicolás—, me han dado acreditación para que parezca legal.
—No ayudas —dijo Bruno.
—Yo siempre ayudo. Otra cosa es que no os guste el formato.
Bruno cortó la llamada antes de que la cosa se alargara más de la cuenta y puso algo de música para llenar el silencio.
A mitad de camino, el nombre de Carla apareció en la pantalla del coche.
—Dime, Carla.
La voz de ella llenó el coche, clara y demasiado serena.
—¿Has llegado ya?
Bruno apretó un poco las manos sobre el volante.
—No. Todavía estamos en camino.
Hubo un silencio breve.
—¿Estamos?
Yo cerré los ojos.
Lola, desde el asiento trasero, se inclinó hacia delante con un interés indecente.
—Voy con Arai —dijo Bruno—. Estás en manos libres.
El silencio siguiente fue bastante peor.
—Genial —respondió Carla al fin.
No sonó genial. Sonó a todo lo contrario.
—Cuando llegue te mando un mensaje —añadió Bruno—. Era lo que habíamos quedado.
—Sí, claro. No quería molestar.
—No molestas.
—Ya.
Yo miraba por la ventanilla como si los árboles acabaran de volverse importantísimos.
—Bueno —dijo Carla—. Que vaya bien la llegada.
—Gracias. Te escribo luego.
—Eso espero.
La llamada se cortó.
Durante unos segundos, en el coche solo se oyó el motor y el aire acondicionado.
Lola suspiró desde atrás.
—Pues menos mal que no quería molestar.
Le lancé una mirada de soslayo.
Bruno me miró de reojo.
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto cara.
—Tengo muchas. Van saliendo según el nivel de incomodidad.
—Arai.
—¿Qué quieres que diga? Estoy aquí de copiloto involuntaria en una llamada de pareja que claramente no necesitaba público.
—No ha sido para tanto.
—No, claro. Ha sido una llamada comodísima. Yo casi he sacado unas palomitas.
Lola soltó una risa encantada.
Bruno apretó los labios, como si no quisiera sonreír.
—No era mi intención que la escucharas.
—Lo sé.
—Carla tampoco sabía que ibas conmigo.
—Eso también lo he notado. Soy muy intuitiva cuando una mujer dice «genial» y suena a «me estoy acordando de toda tu agenda familiar».
Bruno soltó aire por la nariz, esta vez sin poder evitarlo del todo.
—No estás ayudando.
—No era mi objetivo. Mi objetivo era llegar viva al hotel rural y ya vamos regular.
Lola suspiró en el asiento de atrás.
—Qué cabezotas sois los dos.
—No empieces —murmuré.
Bruno giró apenas la cabeza.
—¿Otra vez?
—Estoy hablando conmigo misma.
—Lo haces mucho últimamente.
—Porque me doy buenas respuestas.
—No lo dudo.
Llegamos al hotel rural poco antes de la una. Era más bonito de lo que esperaba y bastante más grande. Piedra clara, madera oscura, balcones con flores, montañas al fondo y esa calma que parecía diseñada para engañarte antes de que alguien sacara una carpeta.
Los autobuses llegaron un rato después. En cuestión de minutos, la entrada se llenó de empleados, maletas, comentarios sobre el paisaje y quejas sobre el hambre.
Antonio bajó de uno de los coches con el gesto satisfecho de quien considera que, si nadie ha perdido una maleta todavía, todo va razonablemente bien.
Yo entré directa a recepción con mi listado en la mano.
—Buenos días —dije a la recepcionista—. Grupo Montalbán & Soler Inversiones. Soy Arai Bethencourt. Teníamos las habitaciones reservadas.
La chica sonrió, tecleó mi nombre y frunció un poco el ceño.
Ese gesto, en recepción, nunca anuncia nada bueno.
—Un segundo, por favor.
Lola apareció a mi lado.
—Qué hotel tan bonito.
—Ahora no —susurré.
La recepcionista volvió a teclear.
—Perdona, ¿me repites el apellido?
—Bethencourt.
—Con th —añadió Lola.
—Con th —repetí sin pensar.
La recepcionista me miró.
—Sí, lo tengo. Pero aquí me aparece la reserva cancelada.
Noté cómo me bajaba toda la sangre a los pies.
—¿Cancelada?
Bruno, que acababa de entrar con Antonio, se acercó al mostrador.
—¿Qué pasa?
Me giré hacia él muy despacio.
—Mi habitación se ha cancelado.
Antonio frunció el ceño.
—Eso es imposible.
Lola se quedó mirando la pantalla del ordenador con una expresión demasiado inocente.
Demasiado.
—Lola —dije en voz baja.
Bruno me miró.
—¿Decías?
La recepcionista carraspeó.
—El hotel está completo, pero vamos a buscar una solución.
Lola sonrió apenas.
Yo cerré los ojos.
—Dime que no has sido tú —murmuré.
—Qué manía con acusar sin pruebas.
Y supe, con una claridad espantosa, que aquel fin de semana acababa de empezar de verdad.