Capítulo 13
Bruno
Volví de Milán con una maleta pequeña, dos horas de sueño y la sensación bastante incómoda de haber dejado una conversación a medias en demasiados sitios.
Carla no vino conmigo al aeropuerto.
No discutimos por eso. Ni siquiera hizo falta.
A primera hora, mientras yo cerraba la cremallera de la maleta, ella salió del baño ya vestida, maquillada y perfectamente entera.
Eso era muy de Carla. Podía estar dolida, enfadada o a punto de romperse, pero siempre encontraba la forma de parecer recién colocada en el mundo.
—Tengo una reunión a las diez —dijo.
—Puedo pedir un coche para los dos y te dejo de camino.
—No hace falta.
Dejé la camisa que estaba doblando sobre la cama.
—Carla.
Ella se giró hacia mí.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Decir mi nombre como si con eso ya estuvieras haciendo algo.
Me quedé callado.
No porque no tuviera respuesta, sino porque todas sonaban mal.
Carla cogió su bolso y se acercó a la mesa para revisar que no olvidaba nada. No miró el móvil. No miró la cama. No me miró a mí.
—Ayer no tenía que haberte dicho algunas cosas delante de Marco y Alessia —dijo.
—No pasa nada.
—Sí pasa. Me comporté fatal.
—Estabas enfadada.
—Estaba cansada. No es lo mismo, pero se parece bastante.
Me acerqué un paso.
—Podemos hablarlo cuando vuelva del hotel rural.
Carla soltó una risa pequeña, sin ganas.
—¿Ves? Eso es justo.
—¿Qué?
—«Cuando vuelva del hotel rural». Siempre hay algo antes.
—Es trabajo.
—Ya lo sé. Lo sé de verdad, Bruno. No soy una niña caprichosa que no entiende que tengas responsabilidades.
—No he dicho eso.
—No. Tú no dices casi nada. Ese es parte del problema.
Aquello me llegó más hondo de lo que habría querido.
Carla se colocó la correa del bolso al hombro y respiró despacio, como si eligiera las palabras para no lanzármelas a la cara.
—No quiero que te quedes conmigo por costumbre.
—No es costumbre.
—Entonces dime qué es.
La miré.
Era la pregunta más sencilla del mundo y, aun así, no supe contestar.
Carla asintió despacio, como si mi silencio le confirmara algo que llevaba tiempo intentando no ver.
—Buen viaje, Bruno.
—Carla, espera.
—No. Ahora no. Ahora te vas a Barcelona, organizas tus jornadas, resuelves lo de tu padre, haces lo que tengas que hacer. Y cuando tengas un rato de verdad, no uno de esos que me concedes entre llamada y llamada, hablamos.
—No quiero dejarlo así.
—Pues no lo dejes así mucho tiempo.
Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Su perfume se quedó un segundo en el aire, elegante y conocido. Luego se fue.
La puerta de la habitación se cerró con un golpe suave.
Suave, pero definitivo.
En el avión intenté dormir. No pude. Abrí el portátil, revisé dos informes, respondí tres correos y releí un mensaje de Arai sobre la salida hacia el hotel rural más veces de las necesarias.
No era un mensaje especial.
Ni siquiera era amable.
«Tu padre ha cambiado de opinión con la distribución de las habitaciones. Otra vez. Antes de que preguntes: sí, ya he respirado hondo. Dos veces.»
Lo leí en Barajas, durante la escala. Lo leí en el embarque. Lo leí antes de poner el modo avión.
Y sonreí como un imbécil las tres veces.
Aquello no ayudaba a mi situación.
Llegué a Barcelona cerca del mediodía. Desde el aeropuerto fui directo a la oficina, porque aparentemente mi instinto de supervivencia consistía en meterme en lugares donde nadie me dejara pensar demasiado.
Mi padre estaba en la sala pequeña de reuniones con Arai, dos carpetas abiertas y una expresión que no prometía nada bueno.
Arai, sentada frente a él, tenía un bolígrafo en la mano, el pelo recogido de cualquier manera y esa cara de concentración peligrosa que ponía cuando estaba a medio minuto de decir algo inconveniente.
No estaba sola.
Yaiza Santana ocupaba la silla de al lado, con una libreta que no parecía corporativa y una bolsa de patatas abierta entre las dos.
Me detuve en la puerta.
—¿Interrumpo algo?
Arai levantó la vista.
—Depende. ¿Vienes a cambiar otra habitación?
—Acabo de aterrizar.
—Eso no responde.
Mi padre cerró una carpeta.
—Bruno, bien. Necesitábamos revisar contigo la salida de mañana.
—¿La salida o el desastre que habéis convertido en salida?
Yaiza levantó una mano.
—Yo solo estoy aquí como apoyo emocional y porque en recepción me han dejado subir.
Miré a Arai.
—¿Apoyo emocional?
—No preguntes.
—Voy a preguntar.
—Pues hazlo luego.
Mi padre miró a Yaiza con una educación algo desconcertada.
—Perdona, ¿tú eras…?
—Yaiza. Amiga de Arai. Testigo, acompañante y, si hace falta, persona que le recuerda que beber café no cuenta como comer.
—No necesitaba la presentación completa —murmuró Arai.
—Sí la necesitabas. Llevas dos días con cara de expediente paranormal.
Arai se quedó quieta al oírlo. No fue un gesto exagerado, pero sí lo bastante claro para que yo notara que aquella palabra le había tocado algún nervio que no entendía.
—¿Expediente qué?
—Nada —dijo Arai demasiado rápido.
Yaiza metió una patata en la boca y fingió mirar la libreta.
—He dicho personal. Expediente personal.
—Has dicho paranormal.
—Bueno, depende del departamento.
Mi padre me miró.
—¿Siempre trabajan así?
—Estoy empezando a preguntármelo.
Arai me señaló con el bolígrafo.
—No me mires como si aquí el raro fueras tú. Tú has llegado de Milán y vienes con cara de no haber dormido ni en el avión.
—He dormido algo.
—¿Cinco minutos o seis?
—Siete. Soy ambicioso.
Yaiza levantó las cejas.
—Mira, si también sabe bromear. Esto mejora.
Arai la fulminó con la mirada.
—Tú no ayudes.
—Yo estoy ayudando muchísimo. Estoy creando clima.
Mi padre carraspeó. Tenía esa cara de hombre que había visto muchas cosas en la empresa, pero quizá no tantas a la vez en una sala de reuniones.
—Si podemos volver al hotel rural…
—Por favor —dije.
Arai abrió una carpeta y empezó a repasar el plan de salida.
Autobuses, coches privados, horarios, distribución de habitaciones, llegada de proveedores, actividad de bienvenida y cena.
Lo explicaba rápido, con seguridad y sin mirar demasiado a ningún punto fijo.
Había algo raro en ella. No era cansancio, o no solo.
Era como si estuviera pendiente de una conversación que los demás no oíamos.
En un momento dado, se giró hacia la silla vacía junto a la ventana.
—No —dijo en voz baja.
Mi padre levantó la cabeza.
—¿Perdón?
Arai parpadeó.
—No… hace falta cambiar eso.
—Nadie ha dicho nada —respondí.
—Lo he pensado yo.
Yaiza soltó una tos tan poco convincente que hasta mi padre, que no la conocía de nada, la miró como si acabara de pillarla robando material de oficina.
—Arai piensa en voz alta cuando está cansada —dijo.
—Arai no suele pensar en voz alta —contesté.
—Pues hoy innova.
Arai cerró los ojos un segundo.
—¿Podemos terminar con esto?
Mi padre consultó el reloj.
—Tengo otra reunión en diez minutos. Bruno, necesito que mañana estés pendiente de la llegada. Arai coordinará recepción, habitaciones y actividades.
—Perfecto.
—Y, por favor, procurad no mataros antes de llegar.
—Papá.
—Lo digo como petición logística, no como juicio personal.
Yaiza sonrió.
—Me cae bien tu padre.
Arai volvió a quedarse rígida.
No entendí por qué.
Cuando mi padre salió, la sala quedó en un silencio incómodo. Yaiza recogió la bolsa de patatas con demasiada rapidez.
—Yo voy a… hacer una llamada.
—No tienes a quién llamar —dijo Arai.
—Pues voy a fingirla con mucha dignidad.
Yaiza salió antes de que Arai pudiera retenerla con la mirada. Nos quedamos solos, y ella bajó enseguida la vista a los papeles, como si el listado de habitaciones acabara de volverse mucho más interesante que cualquier cosa que pudiera pasar entre nosotros.
—¿Qué tal Milán? —preguntó, sin levantar demasiado la vista.
Lo dijo como quien pregunta por el tiempo, pero le salió demasiado pendiente para ser solo educación.
—Bien.
Arai asintió, aunque no pareció tragárselo.
—Bien —repitió—. Qué derroche.
—¿Qué querías? ¿Un informe por apartados?
—No, hombre. Con que uses más de una palabra, ya me doy por satisfecha.
Me apoyé en el respaldo de una silla.
—Fue… correcto.
Levantó la mirada.
—Uf.
—¿Uf?
—Correcto es peor que mal.
—No siempre.
—Sí. Mal, al menos tiene sangre. Correcto, tiene mantel blanco y ganas de irse a casa.
No pude evitar mirarla un segundo más de la cuenta.
—Tienes una opinión muy concreta sobre la palabra correcto.
—Tengo una opinión muy concreta sobre muchas cosas.
—Eso ya lo había notado.
Arai bajó de nuevo la vista a los papeles, pero vi cómo apretaba un poco el bolígrafo.
—Pues entonces Milán fue correcto —dijo—. Entendido.
—¿Eso qué significa?
—Nada. Que correcto está bien. Correcto es… correcto.
—No suena a que te parezca bien.
—Es que cuando alguien vuelve de pasar dos días con su novia y lo mejor que se le ocurre decir es correcto, tampoco parece que haya que abrir champán.
Me quedé mirándola.
—¿Te importa?
Arai abrió la boca, la cerró y se recolocó en la silla.
—Me importa que vengas con esa cara a una reunión en la que dependemos de que sepas distinguir un autobús de una catástrofe.
—Gracias por la confianza.
—De nada.
—No has respondido.
—Sí he respondido. Otra cosa es que no te sirva.
Casi sonreí.
No debía, pero casi.
Arai lo vio. Y, por algún motivo, eso la puso más nerviosa.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Mirarme como si estuvieras pensando algo y luego decir nada.
—Tú lo haces todo el tiempo.
—Yo tengo motivos.
—¿Y yo no?
—Tú vienes de Milán. Tus motivos deberían estar allí.
La frase le salió demasiado rápido. Lo noté yo y lo notó ella, porque apartó la vista enseguida, como si quisiera recogerla del aire antes de que yo pudiera hacer nada con ella.
Yo sentí que el cansancio, Carla, el avión y toda la tensión acumulada se colocaban de golpe entre nosotros.
—Arai.
—Déjalo.
—No he dicho nada.
—Pero ibas a hacerlo.
—¿Y si quería hacerlo?
Ella me miró.
Ya no había humor en sus ojos. Tampoco distancia suficiente.
—Pues quizá no deberías.
La puerta se abrió de golpe y Yaiza asomó la cabeza.
—Perdón. Interrumpo tensión, ¿verdad?
Arai se levantó.
—No hay tensión.
Yaiza miró mi cara, luego la suya.
—Claro. Y yo soy discreta.
—¿Qué querías?
—Que nos vamos. He pedido un taxi porque, si sigues aquí diez minutos más, o te da algo o dices algo. Y cualquiera de las dos opciones me viene fatal.
Arai cogió sus papeles demasiado deprisa.
—Mañana a las ocho en la entrada —me dijo.
—A las ocho.
—No llegues tarde.
—No suelo llegar tarde.
—No. Sueles llegar complicado.
Yaiza la agarró del brazo.
—Vámonos antes de que eso pida explicación.
Las vi salir.
Arai caminaba deprisa, como si quisiera poner distancia. Yaiza hablaba a su lado sin parar, aunque por la cara de Arai estaba claro que no escuchaba la mitad.
Me quedé solo en la sala, con los papeles sobre la mesa y una frase de Carla dando vueltas en la cabeza.
No quiero que te quedes conmigo por costumbre.
Saqué el móvil; tenía un mensaje suyo.
Carla: Avísame cuando llegues al hotel rural. Aunque sea por educación.
Leí el mensaje dos veces y, antes de bloquear el móvil, abrí el chat de Arai sin saber muy bien qué esperaba encontrar allí.
No escribí nada, claro. No era el momento, ni el lugar, ni mucho menos la persona a la que debía buscar después de recibir un mensaje de Carla.
Pero cuando cerré la pantalla y miré hacia la puerta por la que Arai acababa de salir, entendí que saberlo no cambiaba demasiado las cosas.
Nada de aquello estaba bien. Yo tenía una relación que se me estaba deshaciendo en las manos, una culpa enorme metida en el pecho y, aun así, por primera vez desde que había vuelto a Barcelona, el problema no era no saber dónde quería estar. El problema era que empezaba a saberlo demasiado.