Capítulo 12
Arai
Me desperté con la sensación de haber dormido encima de una lavadora en centrifugado.
Abrí un ojo, luego el otro.
Mi dormitorio seguía en su sitio. Mi armario también. La silla con la ropa del día anterior continuaba pareciendo una acusación silenciosa, y por un momento tuve la esperanza absurda de que todo hubiera sido una pesadilla.
Entonces Lola asomó la cabeza por la puerta.
—Buenos días.
Grité.
No mucho, porque a aquellas alturas mi cuerpo ya debía haber gastado la cuota de sustos para toda la semana, pero lo suficiente para que la vecina golpeara la pared.
—¡No hagas eso! —susurré, llevándome una mano al pecho.
Lola se quedó en el umbral, muy digna.
—No he entrado.
—Has asomado la cabeza por la puerta como si esto fuera lo más normal del mundo.
—Solo quería saber si estabas despierta.
—Ahora ya lo estoy. Y posiblemente también la vecina.
—Lo siento.
—No lo sientas, avisa. Haz un ruido, tira una cucharilla, canta un villancico; ya sé que las coplas no están en tu repertorio, lo que sea antes de aparecer ahí.
—Estamos en agosto.
—El susto también está fuera de temporada y mira.
Me tapé la cara con la almohada y suspiré.
—Necesito despertarme y fingir durante cinco minutos que mi vida es normal.
—Eso va a estar complicado.
Bajé la almohada.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Ese «nada» no me gusta.
—Bruno se va hoy a Milán con Carla.
Me incorporé tan rápido que casi me mareé.
—No. Ni se te ocurra. No voy a hablar de Bruno antes del café.
—Solo te lo he dicho.
—Pues no me digas cosas que llevan nombre propio, novia italiana y billete de avión antes del café.
—No sabía que había una norma.
—La hay desde ahora.
Me levanté arrastrando la dignidad hasta la cocina. Lola me siguió como si aquello fuera una convivencia perfectamente normal y no la prueba definitiva de que yo necesitaba vacaciones, terapia o un exorcista con referencias.
Preparé café mientras ella observaba mi planta.
—Tiene mejor cara que ayer.
—No te encariñes con el ficus. No estamos para ampliar la familia.
—No es un ficus, por cierto.
La miré.
—¿También vas a corregirme eso?
—Solo digo que, si le vas a coger manía, al menos que sea con su nombre correcto.
Cerré los ojos.
—Necesito silencio.
—Yo necesito ir a la oficina.
Abrí los ojos de golpe.
—Ni de coña.
—Arai…
—No. Ayer apareciste en mi salón. Hoy no vienes conmigo al trabajo como si fueras una becaria invisible.
—Ya he estado en la oficina muchas veces.
—Sí, y yo he comido patatas de bolsa para cenar, pero no lo pongo como ejemplo de buena decisión.
Lola me observó con esa serenidad suya que empezaba a parecerme peligrosísima.
—Necesito ver a Antonio.
Se me aflojó un poco el enfado. Muy poco, pero lo suficiente para odiarme por ello.
—No puedes hablarle.
—Lo sé.
—Ni tocar cosas.
—Haré lo que pueda.
—Esa frase me da pánico.
—No prometo lo que no sé si voy a cumplir.
—Estupendo. Una fantasma honesta. Justo lo que me faltaba.
Llegué a la oficina con Lola a mi lado y el convencimiento de que en cualquier momento alguien iba a preguntarme por qué miraba tanto al vacío. Ella, por supuesto, caminaba encantada, saludando a gente que no podía verla y opinando sobre la decoración.
—Han cambiado las lámparas.
—No me hables en recepción.
—Las de antes eran más bonitas.
—Lola…
—Estas son frías.
—Estoy entrando en mi puesto de trabajo hablando sola. ¿Podemos dejar las lámparas para cuando no haya testigos?
—De acuerdo.
Duró siete segundos.
—Antonio está arriba.
Me paré en seco.
—¿Cómo lo sabes?
—Acaba de pasar hacia los ascensores.
—¿Y por qué no lo he visto?
—Porque estabas muy concentrada en parecer normal.
—Pues gracias por valorar mi esfuerzo.
Subí a mi planta con el pulso en la garganta. Me senté frente al ordenador, abrí un documento cualquiera y fingí leerlo mientras Lola se acomodaba en la silla de enfrente.
—Ahí no.
—¿Qué pasa?
—Que si alguien entra, voy a estar mirando una silla vacía con cara de discutir con ella.
—Puedo ponerme detrás de ti.
—Peor.
—Al lado.
—Mucho peor.
—Entonces, ¿dónde me pongo?
—En otra dimensión, si hay hueco.
—No seas desagradable.
—No seas visible solo para mí.
A las diez y cuarto apareció Antonio.
No llamó. Los Montalbán debían de traerlo en el ADN.
—Arai, ¿tienes un momento?
Me puse de pie tan rápido que la silla casi salió disparada.
—Sí, claro. Momentos tengo. Muchísimos. Para repartir.
Antonio me miró raro.
Lola, a su lado, suspiró.
—Disimulas peor que Bruno cuando rompió el jarrón azul.
—No he dicho nada —murmuré.
Antonio frunció el ceño.
—¿Perdón?
Me quedé helada.
—No. Que digo que no he dicho… nada raro. Nada. ¿Qué necesitas?
Lola ladeó la cabeza.
—Te estás hundiendo tú sola.
—Lola —solté entre dientes.
Antonio abrió mucho los ojos.
—¿Cómo?
El alma se me salió del cuerpo, dio una vuelta por la oficina y volvió porque debía de tener asuntos pendientes.
—Lo… lo de Lola —improvisé—. La carpeta. La carpeta Lola.
Antonio miró mi mesa.
—¿Qué carpeta, Lola?
—La de logística… operativa… laboral… administrativa.
—¿Administrativa?
—Sí.
—¿Y por qué se llama Lola?
—Porque… las siglas.
Antonio me observó como si estuviera reconsiderando varias decisiones laborales a la vez.
—¿Te encuentras bien?
—No he dormido mucho.
—Eso explica algunas cosas.
—Ojalá las explicara todas.
Lola se tapó la boca para no reírse.
Antonio dejó unos papeles sobre mi mesa.
—Bruno se marcha esta tarde a Milán y quiero revisar contigo el último listado del hotel rural antes de que salga.
—Claro. Bruno. Milán. Carla. El listado. Perfecto. Todo muy cómodo.
—¿Cómodo?
—Quería decir claro. He dicho cómodo porque… porque estoy cómoda con el listado.
—Ya.
Lola se acercó a Antonio. Se quedó a su lado, mirándolo con una ternura tan íntima que tuve que apartar la vista.
—Lleva mal la corbata —murmuró.
—Llevas mal la corbata —dije sin pensar.
Antonio bajó la mirada a su nudo.
Lola abrió los ojos.
Yo también.
—Perdón —añadí—. Eso no tenía que salir de mi boca.
Antonio se tocó la corbata, incómodo.
—Lola siempre me lo decía.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Lola no dijo nada. Solo lo miró, y durante unos segundos la situación dejó de ser graciosa. Hasta que Antonio carraspeó y yo, en mi intento desesperado por no llorar ni ingresar voluntariamente en ningún sitio, cogí el listado al revés.
—Vamos con las habitaciones —dije.
Lola se inclinó sobre el papel.
—La veintidós está duplicada.
—La veintidós está duplicada —repetí.
Antonio bajó la mirada.
—Es verdad.
—Y Beatriz no puede compartir con María. No se soportan.
—Beatriz no puede compartir con María porque no se soportan —repetí, ya metida en el desastre.
Antonio me miró.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Soy observadora.
—Eso fue hace cinco años.
—Soy observadora a largo plazo.
Cuando Antonio salió de mi despacho, cerré la puerta y me apoyé contra ella.
—Como vuelvas a usarme de walkie-talkie emocional, te juro que me mudo.
—Ha salido bastante bien.
—He inventado una carpeta llamada Lola por sus supuestas siglas.
—Ha sido rápido.
—Ha sido lamentable.
—Pero rápido.
A mediodía, Bruno apareció en mi despacho con una carpeta en la mano y la chaqueta colgando del brazo.
—Venía a despedirme antes de irme.
—¿A Milán?
—Sí.
—Qué considerado. No hay nada más romántico que empezar un viaje pasando por administración.
—No vengo a administrar nada, vengo a coordinar.
—Perdón. Coordinación con ojeras.
Bruno me miró un segundo más de la cuenta.
—¿Estás bien?
—Esa pregunta está empezando a perseguirme.
Lola apareció a mi lado y lo observó en silencio.
—Está nervioso —murmuró.
—No empieces —dije entre dientes.
Bruno frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Nada. Que no empieces tú con cambios de última hora.
—No venía a cambiar nada.
—Milagro.
Él casi sonrió.
—Me voy en una hora.
—Pues buen viaje.
—Gracias.
Se quedó un segundo más. Demasiado poco para justificarlo, demasiado para que no se notara.
—Nos vemos a la vuelta —dijo.
—Si sobrevives a Milán.
—Haré lo posible.
Cuando salió, Lola no se movió.
—No.
La miré.
—¿No qué?
—No me gusta cómo se va.
—Se va andando, Lola.
—No me refiero a eso.
—No empieces.
—Tengo que ir.
—¿A dónde?
—A Milán.
—Ni se te ocurra.
Pero Lola ya no estaba.
Desapareció sin humo, sin música dramática y sin dejar una nota. Un segundo estaba junto a mí y al siguiente yo estaba sola, plantada en mitad del despacho, mirando el pasillo como una imbécil.
Respiré.
Por primera vez en casi veinticuatro horas, respiré de verdad.
Aquella tarde trabajé sin que nadie me corrigiera plantas, corbatas ni parejas ajenas. Fue casi bonito. Inquietante, pero bonito.
Al salir, Yaiza me arrastró a una terraza.
—Tienes una cara horrible —dijo, sentándose frente a mí.
—Gracias, qué gusto tener amigas.
—No, horrible de verdad. Como de mujer que ha visto algo.
—He visto correos.
—No cuela.
Pedimos dos copas de vino y unas bravas. Yo estaba a punto de contarle una versión muy editada de mi vida cuando Lola apareció en la silla libre.
—A que no sabes de dónde vengo.
Se me cayó la servilleta al suelo.
Yaiza dio un respingo.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Has mirado esa silla como si te acabara de saludar.
Lola sonrió.
—Milán.
—No —susurré.
Yaiza entrecerró los ojos.
—¿No qué?
—No… quiero aceitunas.
—No hemos pedido aceitunas. Y no te gustan.
—Pues por eso. Me adelanto.
Lola se inclinó hacia mí, emocionadísima.
—El hotel, monísimo. Mucho beige, eso sí. Beige en paredes, beige en cortinas, beige emocional.
—No quiero saberlo.
—Carla le ha dicho que igual tendría que pedirte cita en la agenda para poder verlo.
Me atraganté con el vino.
Yaiza me dio una palmada en la espalda.
—¡Arai!
—Estoy bien.
—Y él ha mirado el móvil tres veces durante la cena —continuó Lola—. Tres. Las he contado.
—No me cuentes nada.
—¿Con quién hablas? —preguntó Yaiza.
—Con nadie.
—Arai.
—Con mi conciencia.
—Tu conciencia no sabe tanto de Milán.
Lola levantó un dedo.
—Luego ella le ha dicho que últimamente está más pendiente de Barcelona que de ellos.
—Normal —dije sin pensar.
Yaiza dejó la copa en la mesa.
—¿Normal?
—Nada. Que Barcelona engancha.
—¿Desde cuándo defiendes tú Barcelona como si fueras de turismo?
Lola se acercó más.
—Y te dijo una cosa: si esto es pasión, yo soy Rosalía.
Cerré los ojos.
—No puedo más.
Yaiza me agarró la mano.
—Vale, ya está. Me estás asustando. ¿Dónde estás?
Abrí los ojos.
—Aquí.
—No, aquí estoy yo. Tú estás mirando esa silla vacía, contestando frases que no he oído y hablando de aceitunas que nadie ha pedido. ¿Qué pasa?
Lola se quedó callada por primera vez.
Yo miré a mi amiga. A mi mejor amiga. A la única persona del mundo capaz de escuchar una locura y acompañarla con patatas bravas.
Respiré hondo.
—Prométeme que no vas a llamar a nadie.
Yaiza se puso pálida.
—Eso no se promete a ciegas.
—Estoy conviviendo con Lola Montalbán.
Yaiza se quedó callada durante unos segundos larguísimos. Primero miró la silla vacía, luego me miró a mí y después volvió a mirar la silla, con la cara exacta de quien acaba de entender que su amiga ha cruzado una frontera de la que quizá no se vuelve.
—Arai.
—Ya lo sé.
—¿Lola Montalbán?
—Sí.
—¿La madre muerta del CEO guapo?
—No le llames así en este contexto.
—¿Y en qué contexto se puede llamar guapo a un hombre cuya madre muerta se sienta con nosotras a tomar unas bravas?
Lola levantó la mano.
—A mí no me molesta.
—Dice que no le molesta —traduje.
Yaiza cerró los ojos.
—Necesito vacaciones.
—Yo también.
—No, tú necesitas un equipo médico.
—Yaiza.
Mi amiga abrió los ojos y señaló la silla vacía.
—A ver, Lola, si estás ahí, dame una señal.
—No —dije enseguida.
Lola sonrió y la copa de Yaiza se desplazó unos centímetros sobre la mesa.
—Me cago en mi vida —soltó Yaiza, apartándose de la mesa.
Lola juntó las manos, encantada.
—Me gusta tu amiga.
—Dice que le gustas —traduje.
Yaiza seguía mirando la copa, blanca como la pared.
—Ahora mismo mi prioridad no es caerle bien a una señora muerta, Arai.
—Ya.
—Mi prioridad es no desmayarme encima de las bravas.
Lola se rio.
—Tiene carácter.
—Dice que tienes carácter.
Yaiza señaló la silla sin apartar la vista de mí.
—Pues dile que ella tiene mucha facilidad para mover copas y muy poca para pagar rondas.
Yaiza cogió su copa con manos temblorosas, bebió un trago enorme y señaló la silla.
Lola se rio.
Yo también.
Y por primera vez desde que una muerta había aparecido en mi salón, pensé que quizá no estaba tan loca.
O que, si lo estaba, al menos ya no estaba sola.