Nada personal, señor Montalbán Capítulo 11
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Capítulo 11

Bruno

El viernes por la tarde, Carla me llamó tres veces.

La primera no pude contestar porque estaba en una reunión. La segunda la dejé sonar mientras mi padre me hablaba de Sarrià. La tercera llegó cuando estaba solo en mi despacho, mirando un correo que llevaba diez minutos sin leer.

Respondí.

—Por fin —dijo ella.

No sonó enfadada. Sonó cansada, que era bastante peor.

—Perdona. Ha sido un día complicado.

—Todos tus días son complicados desde que llegamos a Barcelona.

Me recliné en la silla y me pasé una mano por la cara.

—Carla…

—No empieces con ese tono. Solo necesito una respuesta: Milán.

Cerré los ojos un segundo.

—No lo sé.

Hubo un silencio.

—Bruno, te lo he preguntado de todas las formas posibles.

—Tengo las jornadas del hotel rural la semana que viene, varias reuniones pendientes y mi padre quiere cerrar Sarrià antes de…

—Tu padre, Sarrià, la empresa, las jornadas… —me interrumpió—. Siempre hay algo en la lista antes que yo.

—Eso no es justo.

—Puede. Pero empieza a parecerlo.

Al otro lado del cristal, Arai pasó con una carpeta bajo el brazo. Iba hablando con alguien de administración, seria, rápida, como si supiera dónde estaba cada problema antes de que el problema se atreviera a aparecer.

—¿Sigues ahí? —preguntó Carla.

Aparté la mirada del cristal.

—Sí.

—Entonces responde. ¿Vienes a Milán o no?

No quería decir que no. Tampoco quería decir que sí.

—Voy —dije al fin.

Carla tardó un segundo en responder.

—¿De verdad?

—Sí.

—No quiero que vengas como si te estuviera arrastrando.

—No me estás arrastrando.

—A veces parece que tengo que convencerte para que quieras pasar tiempo conmigo.

Aquello me molestó porque era bastante exacto.

—Carla, he dicho que voy.

—Vale.

No sonó satisfecha.

—Te mando los detalles —dijo—. Y esta noche podríamos cenar.

Miré la agenda.

—Hoy no puedo.

El silencio volvió. Esta vez fue más frío.

—Claro.

—Mañana.

—No. Déjalo. Nos vemos en Milán.

—Carla.

—Buenas noches, Bruno.

Colgó.

Dejé el móvil sobre la mesa y me quedé mirándolo unos segundos. La mayor parte de lo que empezaba a desordenarse en mi vida no podía arreglarse apagando una pantalla.

Alguien llamó a la puerta.

—No —dije.

La puerta se abrió igualmente.

Nicolás entró en mi despacho con una chaqueta oscura sobre el brazo y la sonrisa de quien venía dispuesto a molestar.

—Qué recibimiento tan cálido.

—Estoy ocupado.

—Eso dices siempre.

—Porque suele ser verdad.

—No. Sueles usarlo como escondite.

Se dejó caer en la silla frente a mí sin pedir permiso.

—Levántate —dijo.

—No.

—Vamos a salir.

—No.

—Has dicho dos veces «no» en menos de diez segundos. Tengo que intervenir.

—Tengo trabajo.

—Tienes cara de hombre que lleva tres días acumulando cosas y llamándolo trabajo.

—Estoy trabajando.

—Estás evitando pensar. No es lo mismo.

—No estoy de humor.

—Precisamente por eso. Una copa. Solo una. Sales, tomas aire y finges durante un rato que no estás casado con tu agenda.

—No estoy casado con mi agenda.

—Peor. Tenéis una relación tóxica y encima no lo admites.

Miré el reloj. Eran las ocho y veinte.

Si me iba a casa, acabaría abriendo el portátil sin avanzar nada y mirando el móvil cada cinco minutos. Una copa con Nicolás no iba a arreglarme la noche, pero al menos me sacaba del despacho.

—Solo una —dije.

Nicolás sonrió.

—Sabía que seguía habiendo una persona debajo del director general.

—No te emociones.

—Tarde.

El sitio se llamaba Sombra y estaba en una calle del Eixample en la que yo habría pasado de largo sin mirar dos veces. Desde fuera no parecía gran cosa: una puerta oscura, un portero con auricular y una placa pequeña junto a la entrada.

Dentro había luz baja, música alta sin llegar a ser insoportable, sofás oscuros y varios reservados desde los que se veía la pista sin tener que mezclarse demasiado.

—No está mal —dije.

—Qué emoción. Casi pido que te traigan una tarta con bengalas.

Nos sentamos. Nicolás pidió dos copas sin preguntarme y me miró con demasiadas ganas de meterse donde no le llamaban.

—Venga —dijo—. Suelta.

—No hay nada que soltar.

—Bruno.

—Estoy cansado.

—Eso ya lo veo. También veo que has aceptado lo de Milán con la misma alegría con la que uno acepta una colonoscopia.

Lo miré.

—Qué imagen tan necesaria.

—Es viernes. Estoy inspirado.

Bebí un trago y dejé el vaso sobre la mesa.

—Carla necesitaba una respuesta.

—Carla necesitaba sentir que no tenía que arrancártela con alicates.

Bebí un trago.

—No empieces.

—Tarde. El problema no es Milán.

—¿Ah, no?

—No. El problema es que te cuesta más irte dos días con tu novia que discutir con Arai Bethencourt por una cena de empresa.

Lo miré.

—No metas a Arai.

Nicolás sonrió.

—Qué rápido.

—Es trabajo.

—Claro.

—No voy a hablar de ella.

—Perfecto —dijo, cogiendo su copa—. Entonces no hablemos de la mujer que acabas de mencionar tú solo.

No respondí, porque justo en ese momento miré hacia la entrada.

Y la vi.

Arai acababa de entrar en el local con una mujer morena, de pelo largo, vestido negro y expresión de venir bastante más preparada para la noche que ella.

Arai no llevaba ropa de oficina. Eso fue lo primero que noté y lo que más me descolocó.

Vaqueros oscuros, top color vino, blazer negra y pelo suelto.

Parecía ella, pero fuera del sitio donde yo sabía discutir con ella.

Nicolás siguió mi mirada.

—Ah —dijo.

—No.

—Solo he dicho ah.

—Ese ah no me ha gustado.

—Normal. Era un ah con intención.

Arai aún no me había visto. Su amiga le decía algo al oído mientras señalaba hacia la barra. Arai respondió con una sonrisa rápida, más abierta que las que solía usar en la oficina. Aquello me molestó de una forma absurda.

—¿La conoces? —preguntó Nicolás.

—Sí. La del top es Arai.

—La amiga tiene pinta de ser peligrosa.

—No la conozco.

—Yo tampoco, pero eso tiene fácil arreglo.

—No.

Arai se giró entonces y nuestros ojos se encontraron.

Fue un segundo. Lo suficiente para que su sonrisa desapareciera y su amiga siguiera su mirada hasta nuestro reservado.

La amiga sonrió.

Mucho.

—Nos vamos —dije.

Nicolás se acomodó mejor en el sofá.

—Ni hablar. Esto acaba de ponerse interesante.

Arai dijo algo entre dientes. Su amiga le contestó con entusiasmo y empezó a caminar hacia nosotros antes de que Arai pudiera frenarla.

—Buenas noches —dijo la amiga, mirando primero a Nicolás y luego a mí—. Qué casualidad más interesante.

Arai la fulminó con la mirada.

—Yaiza.

—¿Qué? He saludado.

Me levanté por educación. Nicolás hizo lo mismo, aunque en su caso la educación parecía mezclada con otros intereses.

—Bruno Montalbán.

—Yaiza Santana. Amiga, asesora moral y, en ocasiones, testigo de malas decisiones.

—Nicolás Morelli. Amigo, asesor inmoral y, en ocasiones, mala decisión.

Yaiza lo miró un instante.

—Tú y yo vamos a llevarnos fatal.

—Esto promete.

Arai suspiró.

—Esto era evitable.

—Casi todo lo interesante lo es —dijo Nicolás.

Un camarero apareció junto al reservado, y Yaiza aprovechó aquel gesto como si hubiera recibido una invitación oficial.

—¿Nos sentamos?

—No —dijo Arai.

—Sí —dijo Nicolás.

Arai podría haberse marchado. Debería haberse marchado. Pero al final se sentó en el borde del sofá contrario, a una distancia prudente de mí y con toda la intención de no parecer incómoda.

Le salió regular.

—No sabía que venías a sitios así —dije.

Arai levantó una ceja.

—¿A sitios con puertas, música y gente?

—A discotecas.

—Qué raro. Juraría que mi contrato no incluía una cláusula de confinamiento.

Nicolás soltó una risa baja. Yaiza miró a Arai con orgullo descarado.

—No quería decir eso.

—Entonces quizá deberías probar a decir lo que quieres decir.

—Contigo eso no suele salir bien.

—Porque normalmente lo que quieres decir viene con instrucciones.

Yaiza se inclinó hacia Nicolás.

—¿Ves? Este es el tono del que te hablaba.

Arai giró la cabeza.

—No has hablado de ningún tono porque acabas de conocerlos.

—Me refería al tono de tu cara cuando mencionas al CEO guapo.

—Yaiza.

Nicolás casi se atragantó con su copa.

—¿CEO guapo?

—No —dijo Arai.

—Sí —dijo Yaiza.

Yo miré a Arai. Ella no me miró a mí, lo que confirmó bastantes cosas y no aclaró ninguna.

—Interesante —dijo Nicolás.

—No lo es —respondió Arai.

—Para mí sí —dije, antes de pensarlo.

Arai giró la cabeza despacio.

—No te vengas arriba.

—No he hecho nada.

—Todavía.

Yaiza pidió una copa y se acomodó junto a Nicolás como si aquel reservado hubiera sido suyo desde el principio.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó Arai, mirándome de nuevo.

—Nicolás me ha obligado.

—Qué capacidad de liderazgo.

—No soy fácil de obligar.

—Eso me cuesta creerlo. Tienes cara de discutir hasta con el GPS.

—Solo cuando se equivoca.

—Claro.

Nicolás levantó su vaso.

—Por las personas que siempre tienen razón, especialmente cuando nadie se la ha pedido.

—No brindes por él delante de mí —dijo Arai.

—Yo hablaba de los dos.

Yaiza asintió.

—Empiezo a entender por qué os lleváis así.

—No nos llevamos de ninguna manera —dijimos Arai y yo al mismo tiempo.

El silencio fue breve, incómodo para nosotros y muy divertido para los otros dos.

—Precioso —dijo Yaiza.

Arai cogió su copa.

—Necesito beber.

—Yo también —dije.

—Tú no. Tú necesitas relajarte.

—No sabes si estoy relajado.

—Bruno, estás sentado en una discoteca como si fueras a evaluar la acústica para una junta de accionistas.

Nicolás se llevó una mano al pecho.

—Me cae bien.

—No la animes —dije.

—Tarde —respondió Arai.

La conversación se abrió durante un rato. Yaiza habló de un cliente que había intentado ligar con ella usando una frase sobre inversiones emocionales, y Nicolás declaró que ciertos hombres deberían firmar una renuncia voluntaria al flirteo. Arai se rio. No mucho, pero se rio de verdad.

Me gustaba discutir con ella porque sabía dónde colocar la distancia.

No sabía qué hacer cuando se reía.

—¿Bailas? —preguntó Yaiza a Nicolás.

—Depende.

—Mala respuesta.

—¿Es una invitación o una amenaza?

—Una amenaza.

Nicolás se levantó.

—Entonces sí.

Arai abrió los ojos.

—¿Me vas a dejar aquí?

—Por supuesto —dijo Yaiza—. Tienes compañía ejecutiva.

—Te odio.

—Luego me lo agradeces.

Nicolás me lanzó una mirada rápida antes de irse con Yaiza hacia la pista. No necesitó decir nada. Sabía cuándo largarse y dejar un desastre detrás.

Arai y yo nos quedamos solos en el reservado.

La música llenó el hueco al principio. Ella removió la pajita de su copa sin beber. Yo miré hacia la pista, donde Yaiza ya estaba diciéndole algo a Nicolás con un dedo levantado y él parecía encantado de que lo regañaran.

—Tu amiga es intensa —dije.

—Tu amigo parece disfrutarlo.

—Nicolás disfruta casi cualquier cosa que no le obligue a hablar de sus sentimientos.

—Qué cómodo.

—Dice lo mismo de mí.

Arai me miró.

—No me sorprende.

—A ti tampoco te gusta mucho hablar de los tuyos.

—Yo no he venido a hablar de mis sentimientos. He venido a bailar, beber algo y no pensar en habitaciones, bloques de viernes ni personas que corrigen documentos a deshoras.

—¿Personas?

—No quería señalar.

—Me has mirado.

—Ha sido un fallo técnico.

Bebió un poco y apartó la vista.

—¿Qué tal Carla? —preguntó de pronto.

La pregunta me sentó fatal.

—Bien.

—Qué respuesta tan amplia.

—¿Qué esperabas?

—Nada. Solo preguntaba.

—No suele ser solo eso contigo.

Arai soltó una risa sin humor.

—Mira quién habla de preguntas con doble fondo.

—Carla está bien —dije, quizá demasiado seco—. Vamos a Milán.

Su mano se detuvo sobre la copa.

—Ah.

—¿Ah?

—He dicho ah.

—Ese ah no me gusta.

—Ahora me copias las frases.

—Quizá eran útiles.

Arai sonrió apenas, pero la sonrisa no llegó a los ojos.

—Milán está bien.

—Sí.

—Carla estará contenta.

—Eso espero.

No sé por qué sonó como una confesión. Arai me miró un segundo más de la cuenta.

—¿Y tú? —preguntó al fin.

—¿Yo qué?

—¿Estás contento?

La pregunta quedó entre los dos de una forma demasiado directa para una discoteca.

—No lo sé —dije.

Arai bajó la mirada.

—Eso ya es una respuesta.

—No una buena.

—No todas lo son.

Me molestó la tranquilidad con que lo dijo.

—¿Por qué has preguntado?

—Curiosidad.

—No me mientas.

Su expresión cambió.

—No me hables así.

—No era una orden.

—Ha sonado a una.

—Entonces no me escondas la respuesta.

Arai dejó la copa sobre la mesa.

—Pregunto porque te pasas el día con cara de estar en un sitio por obligación. Y sí, ya sé que no te conozco lo suficiente para decir eso, así que puedes ahorrártelo.

Aquello fue demasiado lejos. Lo supe yo y lo supo ella.

—No tienes ni idea de dónde estoy —dije.

—Puede ser.

—Ni de lo que estoy intentando sostener.

—También puede ser.

—Entonces no hables como si lo supieras.

Arai asintió despacio.

—Tienes razón. Me he pasado.

La falta de réplica me dejó peor que cualquier discusión.

—Yo tampoco debería haberte dicho que mentías —admití.

—No. No deberías.

—Lo sé.

Arai cogió su copa otra vez, pero no bebió.

—Parece que esta noche estamos progresando.

—No demasiado. No vaya a ser que nos acostumbremos.

Esta vez sí sonrió un poco.

—Tranquilo. No estaba en mis planes.

Yaiza volvió con Nicolás detrás y una expresión triunfal.

—Vengo a rescatarte —dijo.

—Llegas tarde —respondió Arai.

—¿Ha sido horrible?

—Soportable.

—Eso parece casi una declaración —dijo Nicolás.

—No empieces —respondió Arai.

La noche no se alargó mucho más. Arai y Yaiza se marcharon antes de medianoche porque, según Arai, aún tenía cosas que preparar para el hotel rural y, según Yaiza, porque su amiga era incapaz de tener una vida social completa sin consultar la lista de pendientes.

Nos despedimos en la salida.

La calle estaba más fresca. Arai se puso la chaqueta y Yaiza pidió un coche desde el móvil. Nicolás se alejó unos metros para fingir que no estaba pendiente, cosa que hizo fatal.

—Buen viaje a Milán —dijo Arai.

—Gracias.

—Y suerte con el evento.

—¿Suerte?

—La gente que va a eventos siempre parece necesitarla.

Casi sonreí.

—Intentaré sobrevivir.

Yaiza llamó a Arai desde la acera.

—Nuestro coche.

Arai asintió y dio un paso atrás.

—Buenas noches, Bruno.

—Buenas noches, Arai.

Se dio la vuelta, pero antes de subir al coche, miró hacia mí una vez más. Fue rápido. Tan rápido que podría haber fingido que no ocurrió.

No lo hice.

El coche se alejó, y Nicolás apareció a mi lado con las manos en los bolsillos.

—Bueno —dijo.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo ibas a hacer.

—Sí. Iba a decir que estás metido en un lío precioso.

—No estoy metido en ningún lío.

Nicolás me miró con una compasión insoportable.

—Bruno, estás a punto de irte a Milán con tu novia y acabas de mirar cómo se iba otra mujer como si se llevara las llaves de tu casa.

—No digas tonterías.

—Ojalá fueran tonterías.

Empezamos a caminar hacia la esquina. Saqué el móvil. Tenía un mensaje de Carla con los datos del vuelo y del hotel en Milán.

Lo abrí.

Luego miré la calle por la que el coche de Arai ya había desaparecido.

—Vamos —dije.

—¿A dónde?

—A casa.

Nicolás me dio una palmada en el hombro.

—Pues mañana haz bien la maleta para Milán. Y procura no meter también a Arai, porque no creo que a Carla le encaje demasiado bien.

No contesté.

No hacía falta.

Aquella noche, por primera vez desde que Carla había llegado a Barcelona, ir a Milán no me pareció una solución.

Me pareció una distancia.