Capítulo 10 #3
La lata seguía rodando por el suelo, dejando un rastro pegajoso que avanzaba peligrosamente hacia la alfombra del salón. Salí detrás de ella con el mismo nivel de coordinación que un cervatillo recién nacido, pisé un charco de refresco y estuve a punto de abrirme la cabeza contra la mesa.
—Cuidado —dijo Lola.
—¡No me digas cuidado después de haber convertido mi cocina en una fuente pública!
Conseguí atrapar la lata con el pie, demasiado tarde para salvar nada, y me quedé de pie en medio del desastre, con un calcetín empapado, la encimera salpicada y una gota de refresco bajando por la puerta de la nevera con una calma insultante.
Lola miró el suelo.
—Lo siento.
—No lo sientas. Coge una fregona.
Hubo un silencio.
La miré.
Ella me miró.
—Ah, claro —dije—. Perdón. Qué fallo el mío. La muerta no friega.
—A veces puedo mover objetos pequeños.
—Pues empieza por desarrollar una relación seria con la bayeta.
Lola bajó la vista hacia el rollo de papel de cocina. Durante unos segundos no pasó nada. Luego una hoja se desenrolló muy despacio, tembló, se soltó y cayó al suelo como si acabara de morir también ella.
La miré.
—Impresionante.
—Estoy practicando.
—No me cabe duda. En dos o tres siglos igual puedes limpiar una encimera.
Cogí el papel, la fregona y un trapo, y empecé a limpiar con movimientos bruscos. Lola permaneció junto a la mesa, prudente por primera vez desde que la conocía. Eso ya era bastante decir.
—Te dije que hicieras ruido antes de hablar —murmuré.
—Lo sé.
—Ruido normal.
—Lo sé.
—Carraspear, toser, cantar una copla. Te di opciones.
—No me sé ninguna copla.
—Pues aprendes. YouTube está lleno de recursos.
—No puedo usar YouTube.
—Lola, ahora mismo ese es el menor de nuestros problemas.
La lata, traicionera hasta el final, soltó un último chorro cuando la levanté para tirarla a la basura.
Me cayó en la mano y en la manga de la camisa.
Cerré los ojos, conté hasta tres y decidí que no iba a llorar por una bebida carbonatada porque todavía me quedaba algo de orgullo, aunque cada vez menos.
—Arai —dijo Lola.
—Como lo siguiente que digas no sea «he venido con una empresa de limpieza», te aconsejo prudencia.
—He estado pensando en lo del hotel.
Me quedé quieta, con el trapo en una mano y la lata vacía en la otra.
—No.
—Aún no sabes qué voy a decir.
—Lo sé perfectamente.
—Creo que debería ir.
Solté la lata en la basura con más fuerza de la necesaria.
—Por supuesto que lo crees. Porque una persona normal aparece de golpe en una cocina, provoca una catástrofe con refresco y luego decide que es buen momento para proponer una excursión de empresa.
Lola no respondió con humor esta vez. Se quedó muy quieta junto a la mesa, y esa quietud me apagó un poco el cabreo.
—Antonio estará allí.
—Antonio también estará en la oficina mañana, y ya has visto lo bien que funciona tu plan.
—En la oficina hay demasiada gente.
—En el hotel habrá toda una empresa.
—Pero será diferente.
—Lola, no puedes venir conmigo a unas jornadas de empresa en un hotel rural.
—Puedo.
—No era una duda técnica.
—Arai.
—No.
—Necesito intentarlo.
Me dejé caer en el sofá y la miré con agotamiento.
—Yo necesito dormir, conservar mi trabajo y no acabar hablando sola en mitad de una actividad de equipo. Todos tenemos necesidades.
Lola no sonrió.
—No me queda mucho tiempo.
Aquella frase cambió el aire del salón.
Me incorporé despacio.
—¿Qué significa eso?
Lola bajó la mirada a sus manos.
—No lo sé. Pero cada vez me cuesta más aparecer donde quiero. Y a veces… a veces siento que me voy.
No dije nada. No porque no quisiera, sino porque no encontré una sola respuesta que no sonara inútil.
Lola levantó la vista.
—Si hay una posibilidad de que Antonio me oiga, aunque sea pequeña, tengo que intentarlo.
La parte sensata de mí tenía muchas razones para negarse. Muchísimas. Razones laborales, psicológicas, logísticas y alguna relacionada con mi dignidad personal. Pero la parte sensata de mí llevaba dos días perdiendo terreno frente a una mujer muerta que solo quería hablar con su marido.
—Una condición —dije al fin.
Lola se enderezó.
—La que quieras.
—No hablas en las reuniones.
—De acuerdo.
—No opinas de Bruno.
—Eso será complicado.
—Lola.
—De acuerdo.
—No apareces en mi habitación.
—Jamás.
—Y si te digo que desaparezcas, desapareces.
—Si puedo.
—No me gusta ese matiz.
—Es el único que tengo.
Me pasé una mano por la cara.
—Esto es una pésima idea.
—Probablemente.
—No deberías estar tan de acuerdo.
—La honestidad ayuda.
—No en mi caso.
Lola sonrió un poco.
Yo miré hacia el techo, como si pudiera explicarme en qué momento exacto mi vida había pasado de organizar unas jornadas de empresa a negociar condiciones de viaje con una fantasma.
—Vale —dije—. Pero como Bruno Montalbán piense que he perdido la cabeza, te juro que pienso culparte en voz alta.
—Me parece justo.
—No, Lola. No lo es. Nada de esto lo es.
Ella me sostuvo la mirada, y por primera vez en todo el día no vi a la señora elegante, mandona y sarcástica que se colaba en oficinas y opinaba de barandillas. Vi a una mujer asustada.
—Lo sé —dijo.
Y esa fue, precisamente, la razón por la que no pude decirle que no otra vez.