Capítulo 10 #2
Esto no resuelve el problema , escribió en uno de los márgenes.
Respondí:
Porque no es un problema, Bruno. Es una parte del programa que a ti no te gusta.
Tardó menos de un minuto.
Las preferencias también pueden mejorar un programa.
Tecleé con más fuerza de la necesaria.
Y también pueden estropearlo si llegan tarde.
Su respuesta apareció casi al instante.
A las cuatro lo vemos.
Miré la pantalla con ganas de discutir con el cursor.
A las cuatro menos cinco, cogí la tableta y me levanté. Bruno estaba en su despacho, de pie junto a la ventana, hablando por teléfono en un tono bajo. Al verme, terminó la llamada con una frase breve y dejó el móvil sobre la mesa bocabajo.
Tenía la mandíbula tensa, la mirada seria y cero pinta de venir dispuesto a facilitarme la tarde, así que aquella reunión prometía.
—Pasa —dijo.
Entré y me senté frente a él.
—Tienes media hora —dije.
—Buenas tardes a ti también.
—Las buenas tardes dependen mucho de lo que hagas con el bloque del viernes.
—Siempre tan abierta al diálogo.
—Estoy aquí, ¿no?
—Casi por obligación.
—Sin el casi.
Bruno se sentó, abrió el documento y durante unos minutos trabajamos. No de forma amable, desde luego. Él defendía estructura; yo defendía supervivencia. Él hablaba de objetivos; yo de personas concretas con nombres, manías y una capacidad sorprendente para complicar cualquier plan sencillo.
Lo irritante fue que, cuando dejaba de intentar ganar, Bruno escuchaba.
Y lo peor fue que, cuando yo dejaba de ponerme a la defensiva, algunas de sus propuestas tenían sentido.
—El bloque del viernes puede funcionar si lo planteamos como una reunión de proyectos, no como una actividad de equipo —dije.
Bruno apoyó los antebrazos en la mesa y miró el documento.
—Eso no cambia demasiado el fondo.
—Cambia cómo lo recibe la gente, que en este caso importa bastante.
—¿Porque si lo llamamos reunión protestarán menos?
—Porque si lo llamamos actividad de equipo, media plantilla pensará que alguien va a obligarla a compartir emociones con contabilidad antes del café.
Bruno bajó la vista al programa. No sonrió, pero vi que la idea le había entrado.
—Podemos dividirlos por proyectos reales —dijo—. Nada de grupos al azar.
—Eso sí tiene sentido.
—Gracias por tu entusiasmo.
—No confundas prudencia con falta de entusiasmo. Bastante generosa estoy siendo para alguien que ha visto cómo intentabas tocar también la cena del jueves.
—Sigo pensando que esa cena podría aprovecharse mejor.
—Y yo sigo pensando que hay batallas que no conviene empezar con el primer plato.
Bruno me miró un momento, serio, cansado y todavía un poco picado.
—De acuerdo. Viernes por proyectos. La cena se queda como está.
—Qué detalle.
—No te acostumbres.
—Tranquilo. No estaba en mis planes.
A las cuatro y treinta y cinco teníamos una propuesta razonable, lo cual me molestó porque habría preferido salir de allí con la certeza de que él era un cabezota sin remedio. La realidad, como de costumbre, tuvo la poca delicadeza de complicarlo todo.
—Se la enviaré a Antonio —dijo Bruno.
—Bien.
Me levanté.
—Arai.
Me detuve.
—¿Sí?
—Lo de Hamburgo no era un argumento de superioridad.
Lo miré. Había cansancio en su cara, pero también algo parecido a una disculpa sin envolver del todo.
—Ha sonado a eso.
—Lo sé.
No dijo más. Y precisamente por eso no supe qué hacer con la respuesta.
—Yo tampoco quería sonar como si todo lo que vienes a tocar estuviera mal por principio —dije.
—Ha sonado a eso.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio un segundo. Justo lo suficiente para que la tensión cambiara de forma y se volviera un poco menos cómoda todavía.
—Buenas tardes, Bruno.
—Buenas tardes, Arai.
Salí de su despacho antes de que aquella conversación encontrara un lugar raro donde quedarse.
Cuando llegué a casa, eran casi las ocho.
Entré, dejé el bolso en una silla y me quité las sandalias con un cansancio que me llegaba hasta los huesos.
El piso estaba en silencio, pero esa vez no me confié.
Había aprendido rápido. Dos días con Lola Montalbán en mi vida habían sido suficientes para entender que el silencio no significaba ausencia; significaba que el susto todavía no había elegido esquina.
—Lola —llamé desde la entrada.
No hubo respuesta.
Dejé las llaves en el cuenco, fui a la cocina y abrí la nevera.
No tenía hambre exactamente, pero mi cuerpo reclamaba algo frío, con azúcar y sin implicaciones paranormales.
Saqué una lata de refresco, la abrí y bebí directamente porque vivir sola tenía esas pequeñas ventajas que ninguna fantasma elegante iba a quitarme.
Me apoyé en la encimera, cerré los ojos un segundo y solté el aire.
Había sobrevivido a Bruno Montalbán, a Antonio mediando como si aquello fuera una cumbre internacional y a un documento compartido con más tensión que algunas rupturas sentimentales. Solo quería ducharme, ponerme el pijama y no hablar con nadie vivo ni muerto.
—He estado pensando —dijo Lola a mi espalda.
Esta vez el grito no se quedó atascado en mi garganta.
No salió un gritito fino, ni una exclamación discreta, ni un sobresalto con dignidad.
Grité como si acabara de ver a un asesino con motosierra en mi cocina.
La lata salió disparada de mi mano, chocó contra la puerta de la nevera, rebotó en la encimera y terminó en el suelo dando vueltas, esparciendo refresco por todas partes.
—¡Pero tú estás mal de la cabeza! —chillé, aunque la frase tenía sus complicaciones lógicas.
Lola apareció junto a la mesa, con cara de haber cometido un error administrativo menor.
—He carraspeado.
—¡Mentira!
—Muy bajo, quizá.
—¡Eso no cuenta como carraspear! ¡Eso cuenta como susurrarle al aire antes de provocarme un infarto!