Nada personal, señor Montalbán Capítulo 10
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Capítulo 10

Arai

A la mañana siguiente, Lola no estaba en mi casa.

Lo comprobé con tal prudencia que habría resultado humillante si alguien me hubiera visto.

Abrí primero un ojo, luego el otro y miré hacia la puerta del dormitorio, esperando oír una voz educada desde el pasillo.

No pasó nada. Ni una sombra. Ni un carraspeo fantasmal.

Ni una señora muerta opinando sobre mi forma de despertar.

Me incorporé despacio.

—¿Lola?

Silencio.

Durante unos segundos no me moví, por si el universo estaba esperando a que me confiara para soltarme otra sorpresa. Pero el piso siguió siendo solo mi piso: el ruido de la calle, el vecino de arriba arrastrando algo y la planta junto a la ventana sobreviviendo con más dignidad que yo.

—Vale —murmuré—. Bien.

Me duché, me vestí y preparé café con una sensación bastante peligrosa: alivio.

Durante veinte minutos casi me sentí una persona normal.

Casi, porque la cafetera hizo un ruido raro y pegué un salto, la nevera crujió y me giré de golpe, y el móvil vibró sobre la encimera justo a tiempo para demostrar que mi sistema nervioso iba por libre.

Era mi amiga.

Yaiza: ¿Sigues viva después de tu CEO guapo?

Miré el mensaje, luego la cocina vacía y luego la planta.

Arai: Sí. Mucho trabajo. Luego te cuento.

La respuesta de inmediato.

Yaiza: Ese «luego te cuento» huele a hombre.

—Ojalá —dije en voz alta.

Me arrepentí al instante, porque hablar sola había dejado de ser una rareza inofensiva en mi vida.

Llegué a la oficina a las ocho y media y agradecí la acumulación de tareas con una intensidad poco sana.

Había que cerrar la logística del hotel rural, revisar habitaciones, confirmar horarios, mandar a administración la lista definitiva de asistentes y conseguir que tres jefes de departamento dejaran de comportarse como si elegir entre piscina climatizada o paseo a caballo fuera una decisión estratégica de alto impacto.

Bendito caos de oficina.

Antonio apareció poco antes de las nueve, con una carpeta bajo el brazo y esa calma suya que a veces tranquilizaba y otras daban ganas de sacudirlo un poco.

—Buenos días, Arai.

—Buenos días, Antonio.

—¿Tenemos lo del hotel?

—Tenemos una versión bastante decente. No prometo milagros, pero sí camas, comida y actividades sin demanda judicial.

Antonio sonrió apenas.

—Eso ya es mucho.

Dejó la carpeta sobre mi mesa y miró la pantalla, donde tenía abierto el documento de distribución.

—Bruno quiere revisar las actividades.

—Bruno quiere revisar muchas cosas.

—Está tomando el pulso.

—Pues tiene buen agarre.

Antonio me miró por encima de las gafas.

—Arai.

—¿Qué?

—Paciencia.

—De eso tengo bastante, lo que pasa es que si la uso, se gasta.

Esta vez sí sonrió.

—Necesita encontrar su sitio.

—Lo sé.

Y lo sabía. Ese era el problema. Una parte de mí entendía perfectamente que Bruno hubiera aterrizado en la empresa familiar con un padre que todavía ocupaba demasiado espacio incluso cuando fingía apartarse.

Pero otra parte, la que tenía que arreglar agendas, rehacer documentos y explicar a media oficina por qué el nuevo director quería cambiar cosas que llevaban años funcionando, estaba menos dispuesta a abrazar su proceso personal.

—No se lo pongas muy difícil —dijo Antonio.

—¿A él?

—A los dos.

Antes de que pudiera responder, una voz sonó a mi espalda.

—Tu jefe te conoce bien.

Me quedé inmóvil.

Antonio frunció un poco el ceño.

—¿Todo bien?

Yo cerré los ojos un segundo.

Lola estaba junto a la fotocopiadora, impecable, serena y completamente incumplidora de acuerdos.

—Sí —dije, procurando no mirar hacia ella—. Todo bien.

—Te has puesto blanca.

—Es la iluminación.

Antonio miró hacia el techo, como si valorara si los fluorescentes podían provocar un cambio de color tan evidente en una persona.

—Luego hablamos con Bruno —dijo—. A las diez.

—Perfecto.

Cuando se fue, giré despacio la silla hacia la fotocopiadora.

—No.

Lola ladeó la cabeza.

—Buenos días.

—No me digas buenos días. Te dije que hoy no venías.

—Técnicamente, no he venido contigo.

—No empieces con tecnicismos de ultratumba.

—He aparecido aquí.

—Eso no lo mejora.

Lola se acercó a mi mesa con una naturalidad que me puso de los nervios.

—Necesitaba ver a Antonio.

—Ya lo viste ayer.

—Y no me oyó.

—Hoy tampoco va a oírte si me haces perder el trabajo antes del desayuno.

—No quiero complicarte la vida.

La miré.

—Lola.

—Más.

—Eso sí me lo creo.

Se le escapó una sonrisa pequeña. Después miró hacia el pasillo por donde Antonio se había marchado, y la sonrisa desapareció.

—Solo necesito intentarlo.

Aquello me pinchó donde no debía. Porque no era justo. Nada de aquello era justo. Ni para ella, ni para Antonio, ni para mí, que había pasado de gestionar reuniones a gestionar apariciones.

—No puedo hacerlo aquí —dije más bajo—. No mientras trabajo.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Bruno ya me mira como si estuviera a dos pasos de pedir cita con un especialista.

—Quizá solo te mira.

—No necesito que comentes eso.

—No lo he comentado.

—Lo ibas a hacer.

—Es posible.

Apreté los labios para no reírme, porque no pensaba darle esa victoria.

—Desaparece. Por favor.

Lola me sostuvo la mirada un segundo; después asintió.

—Intentaré volver luego.

—No. Esa no era la idea.

Pero ya no estaba.

Me quedé mirando el hueco junto a la fotocopiadora con una mezcla de alivio y cabreo. Después respiré hondo, abrí el documento del hotel rural y decidí que, si el universo quería seguir poniéndome pruebas, al menos podía hacerlo por orden de prioridad.

A las diez, entré en la sala de reuniones con la tableta, la carpeta del hotel y una paciencia que empezaba a parecerse peligrosamente a una amenaza.

Antonio ya estaba sentado. Bruno llegó un minuto después, portátil en mano, camisa blanca, americana azul y cara de haber dormido peor de lo que admitiría bajo tortura.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —respondí.

Fue una respuesta correcta. Educada. Casi civilizada.

No duró.

Bruno abrió el documento en la pantalla.

—He revisado el plan de actividades.

—Qué sorpresa —dije.

Antonio me miró.

—Arai.

—Perdón. Continúa.

Bruno no pareció especialmente dispuesto a pasar por alto el comentario.

—Creo que está demasiado disperso.

—Está diseñado para que la gente pueda elegir.

—Y precisamente por eso no funciona como jornada de equipo.

—No todo el mundo quiere hacer equipo tirándose por un río o fingiendo entusiasmo en una actividad obligatoria.

—Nadie ha hablado de obligar a nadie.

—Todavía.

Bruno apoyó las manos sobre la mesa.

—La idea no debería ser solo sacar a la gente de la oficina. Deberíamos crear espacios donde se mezclen departamentos que normalmente no hablan entre sí.

—Eso ya está previsto en las comidas y en las reuniones cruzadas.

—No basta.

—¿Según qué criterio?

—Según el de alguien que ha visto cómo funcionan equipos en más de un país.

La frase cayó sobre la mesa con más peso del que quizá él pretendía.

Yo dejé el bolígrafo despacio.

—Qué suerte tenemos entonces.

Bruno apretó la mandíbula.

—No era un ataque.

—No. Era una postal de Hamburgo con sello de superioridad.

Antonio suspiró.

—Me gustaría llegar al hotel con la plantilla tranquila y con vosotros dos hablándoos.

—Nos hablamos —dijo Bruno.

—Muchísimo —añadí.

Antonio no pareció impresionado.

—Bruno, explícanos qué cambiarías.

Bruno giró el portátil hacia nosotros.

—Tocaría el bloque del viernes por la mañana y la actividad del sábado. El viernes podemos trabajar por grupos mezclados y el sábado plantear una actividad común.

—El sábado no —dije.

—Es el bloque más flexible.

—Es el único en el que la gente puede respirar sin sentir que está siendo evaluada.

—No se trata de evaluar.

—Eso lo sabemos tú, yo y, con suerte, Antonio. La plantilla oye «actividad común» y empieza a fingir alergias.

Antonio se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.

—No le falta razón.

Bruno lo miró.

—¿Solo a ella?

—A los dos. Y ese es el problema.

Me recosté en la silla.

—Podemos tocar el viernes.

—Y la cena del jueves —dijo Bruno.

—No.

—Arai.

—No. La cena del jueves se queda como está. Si mezclas mesas el primer día, antes de que la gente haya dejado la maleta, vas a tener a media empresa intentando negociar cambios como si fueran prisioneros de guerra.

Antonio hizo un ruido extraño, entre tos y risa.

Bruno no se rio.

—Exageras.

—Organizo. La exageración viene sola cuando trabajas con personas.

—La empresa necesita que algunos departamentos se relacionen mejor.

—La empresa necesita muchas cosas. Entre ellas, no provocar una guerra fría con menú degustación.

Durante unos segundos nos miramos en silencio. Había cansancio, tensión y esa irritación particular que aparece cuando dos personas están convencidas de tener razón y, para empeorarlo todo, quizá la tienen.

—Tocamos el viernes —dijo Bruno al fin.

—Y dejamos la cena.

—Por ahora.

—No, por ahora no. Dejamos la cena.

—Lo veremos.

—No, Bruno. No todo lo que no te gusta queda en revisión permanente.

Antonio levantó una mano.

—Viernes. Solo viernes —dijo Antonio—. Arai prepara una propuesta y Bruno la revisa.

—La tendrás esta tarde —respondí.

—Prefiero que la veamos juntos antes de enviarla —dijo Bruno.

Lo miré.

—¿Antes de enviarla o antes de que pueda llamarse propuesta?

—Antes de que perdamos tiempo corrigiendo algo que quizá no encaje.

—Qué considerado.

Antonio levantó una mano.

—A las cuatro. Los dos. Media hora.

Miré a Antonio con traición en los ojos.

—¿En serio?

—Muy en serio.

Bruno cerró el portátil.

—A las cuatro, entonces.

—Perfecto —dije, en un tono que no tenía nada de perfecto.

La reunión terminó con un acuerdo mínimo, que era la forma elegante de decir que Bruno había conseguido tocar el programa y yo había conseguido evitar que lo desmontara entero.

Salí de la sala con la tableta pegada al pecho y la sensación de haber estado negociando un tratado internacional sobre sillas, cenas y actividades de empresa.

El resto del día fue una sucesión de correos, llamadas, cambios pequeños y comentarios en el documento compartido que Bruno respondía con una rapidez irritante.