Capítulo 9 #2
—Dudaba del concepto «dos decisiones incompatibles» aplicado a Antonio.
—Te ha hecho caso.
—A ti.
—A los dos.
Arai me miró como si aquella precisión le importara más de lo que habría querido admitir.
—A los dos —aceptó.
El teléfono de mi mesa sonó antes de que pudiera decir nada más. Era Carla.
Vi su nombre en la pantalla y, por alguna razón, Arai también lo vio. No hizo ningún gesto raro. Solo cerró la carpeta con un poco más de cuidado.
—No te entretengo —dijo.
—Arai.
Se detuvo en la puerta.
—¿Sí?
No sabía por qué la había llamado. Ese fue el problema. Había algo en su forma de irse que me había dado la impresión de estar cerrando una puerta antes de que yo supiera si quería cruzarla.
—Buen trabajo.
Su expresión cambió apenas. Casi nada.
—Gracias.
Salió del despacho y respondí la llamada.
—Amore —dijo Carla en cuanto descolgué—. Dime que hoy comes conmigo.
Miré la agenda abierta en la pantalla.
—Tengo una reunión en media hora.
Hubo un silencio breve al otro lado. No fue dramático, pero sí lo bastante largo para que entendiera que aquella respuesta no había caído bien.
—Perfecto —dijo—. Cuando termines, comemos.
—Carla…
—No, Bruno. No me digas, Carla, con esa voz. He dejado Hamburgo por ti, llevo días en Barcelona y me tienes como si hubiera venido a pasar un fin de semana largo.
Me quedé quieto.
—No te tengo abandonada.
—¿No? Porque yo he tenido que preguntar en recepción si estabas en la oficina o si seguías en una visita. A tu novia. En la recepción de tu empresa.
—He estado en Sarrià.
—Ya lo sé. Con Arai.
El nombre quedó entre los dos con más intención de la necesaria.
—Era una visita de trabajo.
—No he dicho lo contrario.
—Entonces no lo digas así.
—¿Así cómo?
Cerré los ojos un segundo. Aquello no iba a resolverse con una frase práctica, y esa era precisamente la clase de conversación para la que yo nunca encontraba el tono correcto.
—Estoy en plena transición, Carla. Hay muchas cosas que cerrar.
—Y yo estoy intentando encajar en una vida que, por ahora, parece no tener sitio para mí.
No respondí enseguida.
—Además —continuó—, tengo que confirmar lo de Milán. Te lo he recordado tres veces y tú sigues haciéndote el sueco.
—No me estoy haciendo el sueco.
—Bruno, vivías en Hamburgo. No me obligues a hacer el chiste fácil.
A pesar de todo, casi sonreí.
—No sé si puedo ir.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo ahora.
—Pues necesito una mejor. Es importante para mí.
Aquello sí me golpeó. No porque Carla levantara la voz, que no lo hizo, sino porque por primera vez en días dejó de sonar ligera. Debajo del vestido bonito, los eventos y las frases dichas como si todo pudiera arreglarse con una lámpara nueva, había una mujer que empezaba a sentirse fuera de sitio.
—Lo sé —dije.
—No, no lo sabes. O no lo estás demostrando.
Miré hacia la puerta cerrada del despacho. Pensé en mi padre, en la empresa, en el libro de mi madre sobre la mesa de mi habitación y en Arai saliendo de mi despacho como si yo acabara de tocarle un nervio.
—Comemos cuando termine la reunión —dije al fin.
—Bien.
—Y hablaremos de Milán.
—Eso espero.
Colgó sin despedirse con su habitual «amore», y por primera vez desde que Carla había llegado a Barcelona, sentí que lo cómodo entre nosotros empezaba a exigir algo que yo no sabía si podía darle.
La reunión se alargó veinte minutos más de lo previsto. Cuando salí, Carla ya estaba en recepción.
No esperaba sentada. Esperaba de pie, con el bolso colgado del antebrazo, las gafas de sol en la mano y esa sonrisa perfecta que, en ella, podía significar muchas cosas distintas. A primera vista parecía tranquila. Yo, que la conocía mejor, supe que no lo estaba.
—¿Has terminado? —dijo.
—Sí.
—Qué suerte.
—Carla.
—No empieces otra vez con esa voz, por favor.
Se acercó, me besó en la mejilla y miró por encima de mi hombro hacia la zona de despachos. Arai estaba en su mesa, hablando por teléfono, con la espalda recta y el bolígrafo en la mano. No miraba hacia nosotros, pero tampoco hacía falta. La tensión se notaba igual.
—Vamos —dije.
Bajamos a la cafetería de la esquina. Carla pidió un café con leche vegetal y una ensalada que después apenas tocó. Yo pedí algo rápido porque tenía otra reunión a primera hora de la tarde y porque, en realidad, no tenía hambre.
—No vas a comerte eso —dijo ella.
—Sí.
—Bruno.
—Tengo poco tiempo.
—Ya. Ese es exactamente el problema.
Dejé los cubiertos sobre el plato.
—Estoy intentando organizarme.
—No. Estás intentando seguir como si todo fuera igual, pero no lo es. Yo ya no estoy en Hamburgo, tú ya no estás en Hamburgo, y lo nuestro no puede vivir de llamadas a última hora y huecos entre reuniones.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Lo dices porque es lo que toca decir.
No me gustó oírlo, quizá porque una parte de mí sospechaba que tenía razón.
—Carla, llevo tres días en la empresa.
—Y yo llevo tres días esperando a que me mires como algo más que una complicación añadida.
Aquello sí me hizo levantar la vista.
—No eres una complicación.
—Pues a veces lo parece.
Durante unos segundos solo se oyó el ruido de la cafetería, las tazas, las conversaciones de otras mesas y una máquina de café funcionando al fondo. Carla respiró hondo y se tocó el pendiente, un gesto suyo cuando intentaba no perder la paciencia.
—Tengo que confirmar nuestra asistencia al evento de Milán hoy —dijo—. No mañana. Hoy.
—¿Cuándo es?
Me miró como si acabara de confirmar todo lo que sospechaba.
—Te lo he dicho tres veces.
—Lo siento.
—El viernes de la semana que viene.
—Estamos fuera con las jornadas del hotel rural.
—Las jornadas acaban antes.
—No sé cómo va a quedar la agenda.
—Siempre hay agenda, Bruno. Siempre hay algo. Tu padre, la empresa, Sarrià, el hotel, una reunión, otra reunión, una llamada, Arai…
—No metas a Arai en esto.
—Yo no la estoy metiendo. Está metida.
—Es trabajo.
—Entonces dime que no estoy compitiendo con tu trabajo.
Abrí la boca, pero no contesté lo bastante rápido.
Carla sonrió sin ganas.
—Eso pensaba.
—No estás compitiendo con nadie.
—No me mientas para quedar bien. Lo odio.
—No te estoy mintiendo.
—Entonces ven a Milán conmigo.
La petición quedó encima de la mesa con una sencillez incómoda.
—No puedo confirmártelo ahora.
—Claro.
—Carla…
—No. Ya está. Lo confirmaré yo. Como siempre.
—No he dicho que no vaya.
—Tampoco has dicho que sí.
Se levantó, cogió el bolso y se puso las gafas de sol aunque estábamos dentro.
—No quiero montar una escena.
—No la estás montando.
—Lo sé. Por eso me voy antes de hacerlo.
Dejé dinero sobre la mesa y salí detrás de ella. En la calle, Carla se detuvo un momento, más seria de lo que solía mostrarse en público.
—Yo también he cambiado cosas por ti, Bruno.
—Lo sé.
—Pues empieza a comportarte como si lo supieras.
Me besó en la mejilla, esta vez sin suavidad, y se marchó antes de que pudiera decir nada útil.
Volví a la oficina con la sensación incómoda de haber perdido una discusión sin haber llegado a empezarla. Al entrar, vi a Arai en su mesa, concentrada en una lista del hotel rural. Parecía completamente metida en el trabajo. También parecía agotada.
No me detuve.
A veces, por respeto, uno tenía que no preguntar. Y a veces, por cobardía, uno llamaba respeto a no saber qué hacer con lo que estaba viendo.
La tarde avanzó con llamadas, firmas y una reunión con el equipo financiero que consiguió alargar cuarenta minutos lo que podría haberse resuelto en diez. Al salir, pasé junto a la mesa de Arai. Seguía allí, revisando un contrato.
—Deberías irte a casa —dije.
Levantó la vista.
—Qué curioso. Iba a decirte lo mismo.
—Yo soy tu jefe.
—Y yo soy quien tiene acceso real a tu agenda. No subestimaría mi poder.
—No lo hago.
—Bien.
Se produjo un silencio breve. No incómodo del todo, pero tampoco fácil.
—¿Sarrià queda cerrado por hoy? —pregunté.
—Por hoy sí. Mañana el propietario puede levantarse melancólico y arruinarlo todo.
—Entonces disfrutemos de estas horas de paz.
—Qué optimista.
—Estoy probando métodos nuevos.
Arai sonrió. Fue rápido, casi involuntario, pero real. Después volvió a la pantalla, como si hubiera decidido que aquello era suficiente.
—Vete, Bruno.
Era la primera vez que me llamaba por mi nombre sin que sonara a desafío.
Me quedé un segundo más de lo necesario.
—Buenas noches, Arai.
—Buenas noches.
Volví a casa con esa despedida dando vueltas en la cabeza, lo cual era una estupidez. Un nombre. Dos palabras. Nada que mereciera análisis. Aun así, la mente tiene formas muy poco dignas de elegir sus propios asuntos.
La casa estaba en silencio cuando entré. Mi padre no estaba en el salón ni en la cocina. Subí despacio, sin saber por qué bajé el ritmo al acercarme al pasillo. La puerta del dormitorio de mi madre estaba cerrada.
Me quedé frente a ella.
No la toqué.
En mi habitación, el libro seguía sobre la mesa. Lo abrí por la página marcada y miré de nuevo la frase subrayada. Luego pasé una página, casi sin pensarlo.
Había otra línea marcada a lápiz.
A veces, lo que se queda pendiente encuentra la forma de llamar a la puerta.
Cerré el libro despacio.
Me quedé un rato con el libro cerrado entre las manos, sin saber muy bien qué esperaba que pasara después. La casa no hizo nada raro. No se abrió ninguna puerta, no cayó ningún objeto y no apareció otro libro en mitad de la habitación.
Y, aun así, me costó bastante apagar la luz.