Nada personal, señor Montalbán Capítulo 9
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Capítulo 9

Bruno

Casi no dormí.

No lo suficiente como para que al día siguiente resultara evidente, pero sí lo justo para notar la cabeza más pesada de lo habitual y esa sensación desagradable de haber pasado la noche rozando una idea sin llegar a atraparla.

La culpa, en teoría, la tenía el libro de mi madre.

En la práctica, quizá era más fácil culpar a un objeto que admitir que la casa llevaba dos noches comportándose de una manera que no terminaba de gustarme.

El libro seguía sobre la mesa de mi habitación cuando me levanté.

No lo había vuelto a tocar desde la noche anterior, después de leer aquella frase subrayada: «Hay casas a las que uno vuelve mucho antes de estar preparado» .

Era una frase cualquiera. Una línea de una novela.

Algo que mi madre pudo haber marcado años atrás por motivos que no tenían nada que ver conmigo, con mi vuelta a Barcelona ni con la puerta de su dormitorio abriéndose sola.

Esa era la explicación razonable.

También era la explicación que menos me tranquilizaba.

Me vestí, bajé a desayunar y encontré a mi padre en la cocina, leyendo el periódico con la taza de café junto al plato.

Tenía esa expresión de concentración tranquila que podía aplicar tanto a una crisis empresarial como a una tostada demasiado hecha.

A veces pensaba que mi padre había perfeccionado el arte de parecer sereno hasta el punto de que ni él mismo sabía cuándo dejaba de estarlo.

—Buenos días —dijo sin levantar la vista.

—Buenos días.

Me serví café y me quedé un momento junto a la encimera, dudando. No era una conversación que quisiera tener, pero la pregunta llevaba toda la noche ocupándome un espacio incómodo.

—¿Entraste ayer en la habitación?

Mi padre levantó la mirada.

—No.

—¿Seguro?

—Bastante.

—Había un libro sobre la cama.

—¿Un libro?

—De mamá.

Algo cambió en su cara. Muy poco. Apenas una tensión breve en la mandíbula, pero lo suficiente para que yo supiera que el tema había tocado un punto sensible.

—¿Cuál?

Le dije el título. Mi padre dejó el periódico a un lado.

—Era uno de sus favoritos.

—No lo recordaba.

—Tu madre tenía muchos favoritos. Era poco fiable con eso.

La frase casi le hizo sonreír, aunque no llegó a hacerlo. Yo bebí un sorbo de café y dejé la taza sobre la encimera.

—No sé cómo llegó a mi habitación.

Mi padre sostuvo mi mirada un segundo más de lo normal.

—Quizá lo subiste sin darte cuenta.

—No.

—Entonces lo habrá dejado alguien.

—¿Quién?

No contestó enseguida. Miró hacia el pasillo, como si la casa pudiera ofrecerle una respuesta práctica. Por supuesto, no lo hizo.

—Preguntaré a Carmen —dijo al fin.

Carmen era la mujer que ayudaba en casa dos veces por semana desde hacía años. La explicación tenía sentido. También tenía un problema: Carmen no había ido el día anterior.

—No estuvo ayer.

Mi padre volvió a coger el periódico, aunque no lo abrió.

—Entonces no lo sé.

Eso fue todo. En boca de mi padre, aquellas tres palabras eran casi una rendición. No insistí. Si lo hacía, la conversación podía acabar en sitios que ninguno de los dos tenía ganas de pisar antes de las ocho de la mañana.

—Hoy revisaremos Sarrià con Arai —dije, cambiando de terreno.

—Bien.

—El informe está bastante claro.

—Ella suele serlo.

Lo dijo con naturalidad, sin énfasis, como quien habla de una herramienta fiable o de una puerta que siempre cierra bien. Aun así, noté algo más debajo. Agradecimiento, quizá. O esa forma de afecto seco que mi padre reservaba para las personas que habían estado más cerca de él de lo que admitía.

—Confías mucho en ella.

—Me ha dado motivos.

—Eso ya lo dijiste.

—Y sigue siendo verdad.

No añadí nada. Mi padre tampoco. Desayunamos en silencio, y por primera vez en años tuve la sensación extraña de que el silencio no era solo nuestro. Como si hubiese una tercera ausencia sentada a la mesa, ocupando el lugar que nadie se atrevía a mirar demasiado.

Llegué a la oficina antes de las nueve.

La mañana ya estaba en marcha en la Diagonal, con el tráfico acumulándose cerca de Francesc Macià y los bares llenos de gente que parecía resolver media vida con un café rápido.

Al entrar en mi despacho, encontré el informe de Sarrià sobre la mesa.

Arai lo había dejado ordenado, con dos pestañas adhesivas y una nota breve.

«Revisado. Sin milagros, pero con opciones. A.»

Me quedé mirando la nota más tiempo del necesario. No porque me hiciera gracia, por supuesto. Solo porque era una forma bastante precisa de resumir aquella operación.

Arai apareció diez minutos después.

Llevaba una blusa azul claro, el pelo recogido y la expresión de quien había decidido funcionar a pesar de lo que fuera que tuviera encima.

Había algo en ella que seguía sin encajar.

No era cansancio sin más. Era una atención partida, como si una parte de su cabeza estuviera en la reunión y otra pendiente de algo que podía ocurrir en cualquier momento.

—Buenos días —dije.

—Buenos días.

—Gracias por el informe.

—No quería que te enfrentaras al propietario armado solo con optimismo.

—No suelo llevar optimismo a las reuniones.

—Eso explica muchas cosas.

Entró y se sentó frente a mí, dejando la tableta sobre la mesa. La naturalidad con la que ocupaba el despacho empezaba a resultarme llamativa. No invadía, no se imponía, pero tampoco se comportaba como si aquel lugar pudiera intimidarla.

—He dejado dos estrategias marcadas —dijo—. Una para negociar precio y otra para introducir la conservación de elementos originales como parte del acuerdo.

—Si el precio sigue alto, hacemos una oferta por debajo y dejamos claro que no vamos a entrar en su juego.

Arai levantó la vista del informe.

—Si haces eso, se cerrará.

—O entenderá que no pensamos pagar nostalgia a precio de ático reformado.

—No es nostalgia. Es su edificio familiar.

—Es una operación.

—Para nosotros. Para él no.

Apoyé el bolígrafo sobre la mesa.

—No podemos dirigir la empresa en función de lo que cada propietario siente por sus molduras.

—Y tampoco podemos entrar como si todo el mundo estuviera esperando que Bruno Montalbán llegara de Hamburgo a explicarles cómo se hacen las cosas.

El silencio cayó de golpe.

Arai sostuvo mi mirada, consciente de que había ido demasiado lejos y, aun así, sin retroceder. Aquella era una de las cosas que más empezaban a irritarme de ella: no disparaba sin pensar, pero cuando lo hacía, no fingía que se le había escapado.

—Interesante —dije.

—¿El qué?

—Que creas que esto va de mí.

—¿Y no?

—Va de cerrar una operación.

—Entonces escucha a quien lleva meses tratando con el propietario.

—Te estoy escuchando.

—No. Estás esperando a que termine para decirme por qué lo harías diferente.

Tenía respuesta para eso. Varias, de hecho. El problema era que ninguna me dejaba en buen lugar.

—No he venido a deshacer todo lo que se ha hecho hasta ahora —dije.

—Pues a veces lo parece.

—Quizá porque hasta ahora nadie me ha dejado tocar nada sin ponerse en guardia.

—Quizá porque has llegado tocándolo todo como si hubiera una alarma de incendio y solo tú supieras dónde está la salida.

—Arai.

—¿Qué?

—Estamos hablando de Sarrià.

—No, Bruno. Estamos hablando de Sarrià con una capa bastante evidente de «yo necesito demostrar que puedo dirigir esto» y otra de «yo necesito que no me descoloquen todo lo que lleva años funcionando».

La precisión me molestó bastante más que el tono.

—Al menos reconoces tu parte.

—Soy muchas cosas, pero no ciega.

Durante unos segundos no dijimos nada. En el pasillo sonó un teléfono, alguien rio cerca de recepción y la oficina siguió funcionando con una normalidad que contrastaba demasiado con aquella tensión cerrada entre los dos.

—Bien —dije al fin—. Entonces hagamos algo útil con toda esta sinceridad. Explícame cómo negociarías tú.

Arai no sonrió, pero su postura cambió apenas, como si esa fuera la primera frase sensata que había oído desde que había entrado.

—Primero, no empezaría por el precio.

—Eso es justo lo que hay que cerrar.

—Sí, pero no lo que él necesita oír primero.

—¿Y qué necesita oír?

—Que entendemos lo que vende. Luego ya le recordamos, con mucho cariño, que lo que vende también tiene humedades, licencias pendientes y una reforma carísima.

—Mucho cariño.

—El justo para que no nos cueste cincuenta mil euros más.

A pesar de todo, casi sonreí.

—De acuerdo. Veamos tus dos opciones.

La reunión con mi padre fue media hora después.

Arai se sentó a mi derecha, con el informe abierto y esa profesionalidad afilada que parecía usar como escudo. Mi padre escuchó en silencio mientras le presentábamos las opciones para Sarrià. No interrumpió hasta el final, lo cual en él era señal de interés, no de acuerdo.

—Podríamos ofrecer conservar la escalera principal y, al mismo tiempo, esperar a que baje el precio —dijo.

Arai no me miró, pero noté la energía exacta de su «te lo dije» atravesando la mesa.

—Podríamos —respondí—, pero perderíamos fuerza en las dos direcciones.

Mi padre me observó.

—¿Por qué?

—Porque si el propietario entiende que estamos dispuestos a integrar elementos por valor sentimental, no tendrá prisa por bajar precio. Y si esperamos demasiado, puede aparecer otro comprador dispuesto a pagar por romanticismo mal calculado.

Arai bajó la vista al papel. Juraría que estaba conteniendo una sonrisa.

—Romanticismo mal calculado —repitió mi padre.

—Es una forma de decirlo.

—No es mala.

Arai intervino entonces, muy tranquila.

—La conservación de la escalera tiene sentido si se plantea como parte de la identidad del proyecto, no como una concesión emocional. Si lo vendemos bien, puede ayudarnos en la salida. Pero hay que cerrar precio antes de que el propietario lo convierta en un argumento para subirlo.

Mi padre asintió despacio.

—De acuerdo.

Solo eso.

De acuerdo.

Arai no celebró la victoria, pero su bolígrafo dejó de moverse entre los dedos. Era un gesto mínimo, y aun así me resultó absurdo fijarme en él.

Cuando mi padre salió, ella empezó a recoger las carpetas.

—Ha ido bien —dije.

—Ha ido sorprendentemente bien.

—¿Dudabas de nosotros?