Capítulo 8 #3
—Que ni se te ocurra olvidarte de que el propietario es sensible con el edificio. —Improvisé—. Si entramos hablando solo de números, se cerrará en banda.
Bruno asintió, serio.
—Lo tendré en cuenta.
Lola me sonrió con una satisfacción insoportable.
—¿Ves? Si hasta le eres útil cuando hablas conmigo.
Fuimos en el coche de Bruno. Yo habría preferido ir andando, en metro o arrastrándome por la Diagonal si hacía falta, pero Sarrià no estaba precisamente a la vuelta de la esquina y Bruno ya tenía las llaves en la mano antes de que pudiera inventarme una excusa digna.
Lola se sentó detrás.
No necesitó abrir la puerta. De repente estaba allí, en el asiento trasero, muy recta, muy elegante y muy muerta.
—No hagas eso —susurré mientras me abrochaba el cinturón.
Bruno, sentado al volante, giró apenas la cabeza.
—¿El qué?
—Nada. Hablaba conmigo.
—¿Te das órdenes en voz baja?
—A veces funciona.
—Interesante.
Lola se inclinó entre los dos asientos.
—Conducía mejor de joven.
Apreté los labios.
—No voy a contestar a eso.
Bruno me miró de reojo.
—¿A qué?
—A nada.
—Has dicho que no ibas a contestar.
—A un pensamiento.
—¿Tus pensamientos suelen exigir respuesta?
—Últimamente sí.
Lola observó a Bruno con una mezcla de orgullo y tristeza que me apretó algo en el pecho.
—Tiene la misma forma de sujetar el volante que Antonio. Demasiado fuerte, como si el coche fuera a discutirle algo.
Solté una tos rara para no reírme.
—¿Estás bien? —preguntó Bruno.
—Sí. Alergia.
—¿Otra vez?
—Es una semana muy alérgica.
Lola miró por la ventanilla.
—Y esa camisa le queda demasiado seria.
—Por favor —murmuré.
—¿Por favor qué? —preguntó Bruno.
—Por favor, aparca cerca si puedes. Hace calor.
—Claro.
Lola sonrió.
—Mientes bastante bien bajo presión.
—No me ayudes —dije entre dientes.
Bruno frenó en un semáforo y me miró con más atención.
—Arai, ¿seguro que estás bien?
Yo sonreí con una naturalidad que probablemente habría asustado a cualquiera que me conociera de verdad.
—Perfectamente. Solo necesito que esta visita salga rápida, limpia y sin sorpresas.
Desde el asiento trasero, Lola suspiró.
—Qué poca fe tienes en la vida.
No contesté, porque si lo hacía, Bruno iba a aparcar el coche y llamar a recursos humanos antes de llegar a Sarrià.
La visita al edificio fue, objetivamente, bien. Subimos escaleras, revisamos humedades, hablamos de licencias, del propietario, de la reforma y de todas esas cosas que en mi vida anterior habrían ocupado el centro de mi atención.
En mi vida nueva, el centro de mi atención era Lola Montalbán opinando desde una esquina.
—Esta barandilla es preciosa.
—No digas nada.
Bruno, dos escalones por delante, se volvió.
—¿Decías?
—Que la barandilla es preciosa —respondí.
Lola sonrió.
—Lo es.
Bruno miró la barandilla, luego me miró a mí.
—Sí. Puede conservarse.
—Eso mismo iba a decir.
—Ya.
Su tono no fue de sospecha, pero tampoco de absoluta confianza.
En algún momento de la visita, Bruno empezó a mirarme como si intentara decidir si yo estaba cansada, distraída o directamente necesitada de una intervención suave.
No podía culparlo. Desde fuera, yo debía de parecer una mujer muy competente atravesando una pequeña avería interna.
Cuando volvimos a la oficina, Carla estaba en recepción. Bruno la vio primero, y yo vi a Lola verla a ella.
Eso, por desgracia, fue mucho peor.
—Ah —dijo Lola.
—No —susurré.
—Solo he dicho ah.
—Ese ah no me gusta.
Bruno se detuvo a mi lado.
—¿Qué?
—Nada.
Carla sonrió al vernos.
—Amore.
Lola ladeó la cabeza.
—Conque esta es Carla.
Yo apreté la carpeta contra el pecho y recé por no contestar en voz alta.
—No te entretengo —dije, dando un paso atrás.
Carla me miró con interés.
—Puedes venir. Así me cuentas cosas de Bruno en la oficina.
—No creo que Recursos Humanos recomiende ese tipo de intercambio.
Carla rio.
—Me gusta mucho.
Lola, a mi lado, no apartaba los ojos de ella.
—Es guapa.
—Luego revisamos lo de Sarrià —dijo Bruno.
—Claro —respondí.
—Pero no es para él —añadió Lola.
Me fui hacia mi mesa sin mirar atrás, porque si me quedaba un segundo más, iba a contestarle a una muerta delante de la novia italiana de mi jefe, y había límites que incluso mi nueva vida paranormal debía respetar.
Al llegar, dejé la carpeta de Sarrià sobre el escritorio de Bruno y respiré como si acabara de sobrevivir a una prueba física. Lola apareció a mi lado, serena y satisfecha.
—Ha ido bastante bien.
La miré.
—Lola, Bruno cree que he dejado la medicación; Carla acaba de conocerme mientras yo discutía mentalmente contigo y tú has decidido que su novia no es para él después de verla tres segundos.
—No he decidido nada.
—Has dicho que no es para él.
—Eso no es decidir. Es observar.
Me senté, abrí el correo y apoyé las manos sobre el teclado.
—Mañana no vienes.
—Arai…
—Mañana no vienes.
Lola miró hacia el despacho de Bruno y después hacia el pasillo por donde Antonio había desaparecido un rato antes.
—Ya veremos.
Y entonces entendí que mi problema no era haber conocido a una fantasma, sino que aquella fantasma tenía agenda propia.