Capítulo 8 #2
Al salir, hice lo que llevaba años haciendo: sonreí, saludé, revisé mensajes y me senté en mi mesa como si mi vida no acabara de volverse incompatible con cualquier formulario de prevención de riesgos.
Lola se quedó a mi lado, observando la oficina con una emoción contenida que me hizo apretar los labios.
—No digas nada —susurré sin mirarla.
—No lo he hecho.
—Pero lo iba a hacer.
—Solo pensaba que han cambiado las plantas de recepción.
—Lola.
—Perdón.
Abrí el correo y empecé a responder mensajes con la determinación de una mujer que había decidido sobrevivir a base de tareas. Todo normal. Todo aburrido. Bendito aburrimiento.
Antonio llegó poco antes de las nueve.
El efecto en Lola fue inmediato.
Lo vi cruzar la oficina con su paso tranquilo, saludando a dos empleados y deteniéndose junto a mi mesa como hacía siempre. Llevaba una carpeta bajo el brazo y esa expresión suya de hombre que parecía tenerlo todo bajo control incluso cuando no recordaba dónde había dejado el móvil.
—Buenos días, Arai.
—Buenos días, Antonio.
Lola se había quedado a mi izquierda. Muy cerca. Demasiado cerca.
—¿Tienes un minuto? —preguntó él.
—Sí.
—Quería revisar contigo la lista definitiva del hotel antes de hablar con Bruno.
—Claro.
Antonio dejó la carpeta sobre mi mesa. Lola lo miraba como si el mundo se hubiera estrechado hasta dejar solo a ese hombre, sus manos, su voz y la arruga leve entre las cejas. Yo no sabía dónde mirar. A la pantalla. A la carpeta. A Antonio. A cualquier sitio que no fuera ella.
—Has dormido poco —dijo Antonio.
—Empieza a ser una observación muy popular.
—¿Todo bien?
Antes de que pudiera responder, Lola dio un paso hacia él.
—Antonio…
Fue apenas un murmullo, pero a mí me atravesó entera.
Él no se movió, no parpadeó ni levantó la vista. Solo abrió la carpeta y señaló el listado de asistentes.
—Beatriz ha incluido a los jefes de equipo de reformas. Me parece bien, pero no sé si el hotel tiene suficientes habitaciones individuales.
Yo tragué saliva.
—Lo compruebo ahora.
—Gracias.
Antonio siguió hablando de habitaciones, horarios y una posible cena con el equipo directivo. Yo asentía, apuntaba y respondía con una profesionalidad que merecía algún tipo de premio, porque a menos de medio metro su mujer muerta acababa de decir su nombre y él no había oído nada.
Cuando Antonio se marchó, Lola no lo siguió. Se quedó al lado de mi mesa, mirando el espacio por el que él había desaparecido.
—No me oye —dijo.
No era una pregunta.
—No.
—Ni siquiera aquí.
—Lola…
—Pensé que quizá en la oficina sería distinto.
La frase me dejó sin aire un segundo. Porque entendí entonces que para ella aquello no había sido solo acompañarme. Había sido una prueba. Una esperanza pequeña, absurda, pero esperanza al fin y al cabo.
—Lo siento.
Lola asintió despacio, sin mirarme.
—Yo también.
El teléfono de mi mesa sonó y las dos dimos un respingo. Bueno, yo di un respingo. Lola solo se sobresaltó con elegancia, que era bastante irritante.
Era Vidal, por supuesto. Quería adelantar la llamada, cambiar el enfoque de la reunión y comprobar si Bruno estaba disponible «un momento».
Le expliqué, con toda la calma que pude reunir, que Bruno no estaba disponible un momento, ni medio, ni un cuarto, y que la llamada se mantenía a la hora prevista.
Cuando colgué, había recuperado algo de color.
—Era Vidal —dije, no sé muy bien por qué.
—Nunca me cayó bien.
La miré.
—¿Conoces a Vidal?
—Claro. Una vez intentó explicarme durante veinte minutos que una terraza pequeña podía considerarse un espacio exterior de lujo si se decoraba bien.
—Sigue siendo él.
—Qué disgusto comprobar que algunas cosas no cambian.
La risa me salió sin permiso, breve y bajita. Una compañera de administración me miró desde su mesa, y yo fingí que estaba leyendo algo divertido en la pantalla.
—Cuidado con reírte sola —dijo Lola.
—Gracias por el aviso. No se me había ocurrido.
—Estoy ayudando.
—Estás complicando.
—También.
A las nueve y diez, Bruno apareció en la puerta de su despacho con la chaqueta puesta y la carpeta de Sarrià en la mano.
—¿Vamos?
Miré a Lola, que seguía junto a mi mesa con una tristeza demasiado reciente en la cara.
—Tú te quedas aquí —susurré.
—Arai…
—Aquí. Ni Bruno, ni coche, ni obra, ni comentarios maternales. Ahora no.
Lola abrió la boca como si quisiera discutir, pero al final miró hacia Bruno y se quedó callada.
—Está bien.
No me fie. Habría sido absurdo fiarme de una mujer muerta que llevaba menos de veinticuatro horas en mi vida y ya había conseguido meterse en mi casa, en mi ascensor y en mi oficina.
Me levanté con la carpeta contra el pecho y caminé hacia Bruno, intentando parecer una persona normal. No lo era, claro. Pero todavía confiaba en poder fingirlo durante una visita a Sarrià.
La confianza me duró hasta que entramos en el ascensor.
—No pienso quedarme aquí —dijo Lola a mi lado.
Cerré los ojos.
Bruno me miró.
—¿Todo bien?
—Perfectamente —respondí—. Solo estaba repasando mentalmente el orden de la visita.
—¿Con los ojos cerrados?
—Me ayuda a concentrarme.
Lola, muy digna, se colocó al otro lado de Bruno.
—Además, quiero ver cómo trabaja mi hijo.
—Ni se te ocurra —murmuré.
Bruno volvió a mirarme.
—¿Perdón?