Nada personal, señor Montalbán Capítulo 8
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Capítulo 8

Arai

Lo primero que hice al abrir los ojos fue quedarme muy quieta.

No porque hubiera dormido bien ni porque el despertar invitara a la calma, sino porque mi cerebro recordó con bastante precisión que la noche anterior había dejado a Lola Montalbán en mi salón.

Lola, la mujer de Antonio. La madre de Bruno.

Una señora que llevaba tres años muerta y que, después de impedir que yo incendiara mi cocina con una tortilla, me había explicado lo mínimo para que mi vida dejara de tener cualquier lógica: llevaba meses intentando hablar con Antonio; él no la oía y, por algún motivo que ninguna de las dos entendía, yo sí podía verla.

Miré la puerta del dormitorio.

Seguía cerrada, aunque eso no significaba nada.

Durante la noche había llegado a la conclusión de que los pestillos eran más un concepto emocional que una defensa real contra personas fallecidas.

Aun así, me aferré a aquella puerta como si fuera la última frontera entre mi vida anterior y la nueva, que al parecer incluía fantasmas con buenos modales.

El piso estaba en silencio. Un silencio normal, de mañana entre semana, con el murmullo lejano del tráfico y el vecino de arriba arrastrando una silla como si intentara mover un piano sin ayuda.

Durante unos segundos casi conseguí convencerme de que todo había sido un sueño.

Uno muy elaborado, muy absurdo y con demasiada información empresarial, pero un sueño al fin y al cabo.

Entonces oí una voz al otro lado de la puerta.

—No he entrado.

Cerré los ojos.

—Joder.

—Lo aclaraste anoche.

—No he preguntado nada ahora.

—Pero estabas pensando en ello.

Me llevé las manos a la cara y respiré hondo.

No sabía si me daba más miedo que Lola siguiera allí o que hubiera empezado a contestar a pensamientos que yo no había pronunciado.

Abrí la puerta apenas unos centímetros, apenas para asomar la cabeza con la dignidad de quien intenta mantener algún tipo de autoridad en su propia casa.

Lola estaba en el pasillo, de pie, con el mismo aspecto impecable de la noche anterior y una tranquilidad que me pareció injusta en todos los sentidos posibles.

No parecía haber pasado la noche en vela.

Tampoco parecía haber dormido, claro, porque esa parte del funcionamiento fantasmagórico seguía pendiente de explicación.

—Buenos días —dijo.

—No.

—¿No qué?

—No empieces con buenos días como si esto fuera normal.

—Es una fórmula de cortesía.

—Tú eres una muerta en mi pasillo.

—También lo era anoche y aun así terminamos hablando.

—Anoche estaba en shock . Hoy todavía no he tomado café.

Lola inclinó la cabeza con una seriedad muy estudiada.

—Entiendo que eso empeora la situación.

—No sabes cuánto.

Fui al baño sin cerrar la puerta de golpe, más que nada porque no quería darle la satisfacción de parecer histérica dos días seguidos.

Me lavé la cara, me cepillé los dientes y me miré al espejo.

Tenía ojeras, el pelo con ideas propias y una expresión que habría preocupado a cualquier persona con un mínimo de empatía.

—¿Sigues ahí? —pregunté.

—Sí.

—Era una pregunta retórica.

—No estaba segura.

—Pues empieza a asumir que muchas cosas que diga a partir de ahora serán retóricas. Es un mecanismo de defensa.

—Lo tendré en cuenta.

Me vestí rápido, con la sensación de que, si me detenía demasiado, mi vida se desmontaría del todo. Blusa blanca, pantalón negro, sandalias cómodas, el pelo recogido y maquillaje mínimo, porque bastante tenía con parecer viva después de haber pasado la noche con una fantasma en el salón.

Cuando salí hacia la cocina, Lola me siguió a una distancia prudente.

—¿Tienes que caminar detrás de mí?

—No sé cuál es la distancia adecuada.

—La distancia adecuada sería tres años y un cementerio.

Lola se quedó callada. Me giré de golpe, arrepentida antes incluso de verle la cara.

—Perdón. Eso ha sido horrible.

Ella me miró con una mezcla de sorpresa y diversión suave.

—Ha sido bastante horrible, sí.

—No quería…

—Lo sé.

Aquella respuesta me dejó sin réplica. Lola tenía una forma de decir «lo sé» que no sonaba a reproche, como si entendiera incluso las cosas que una decía mal porque estaba asustada.

Eso era profundamente incómodo, porque me resultaba mucho más fácil enfrentarme a una aparición elegante y sarcástica que a una mujer muerta capaz de no enfadarse antes del café.

Me puse a preparar la cafetera con manos torpes.

—Necesito establecer normas.

—Me parece razonable.

—Primera norma: nada de aparecer en mi dormitorio. Segunda: nada de aparecer en el baño. Tercera: si vas a moverte por mi casa, haz algún ruido normal antes de hablar. Carraspea, tose, canta una copla, lo que sea, pero no me hables de golpe desde una esquina, porque me va a dar algo.

—No sé si puedo toser.

—Pues practicas.

Lola asintió con una seriedad que me habría hecho gracia si mi vida no acabara de convertirse en una cosa rarísima.

—Yo también estoy aprendiendo —dijo—. No siempre puedo tocar objetos. A veces sí, a veces no. Depende del objeto, del momento y, sospecho, de lo irritada que esté.

—Eso explica la planta.

—La planta estaba pidiendo auxilio.

—La planta estaba sobreviviendo a su manera.

—Arai, esa planta no sobrevive; negocia con la muerte.

La miré con la taza en la mano.

—Mira quién fue a hablar.

Lola sonrió, y esta vez fui yo quien tuvo que esconder una risa detrás del primer sorbo de café. Estaba mal. Todo aquello estaba mal. Pero una parte de mí, la más insensata y quizá la más agotada, empezaba a aceptar que, si iba a perder la cabeza, al menos el delirio tenía buen ritmo.

—Tengo que ir a trabajar —dije.

—Lo sé.

—No puedes venir conmigo.

—Sí puedo.

Casi escupí el café.

—No era una invitación.

—Ya lo he entendido, pero necesito acercarme a Antonio.

—No.

—Arai.

—No me digas Arai con tono de señora que va a convencerme de algo, porque no va a funcionar.

—Necesito verlo.

—Y yo necesito conservar mi trabajo, mi cordura y, si puede ser, la capacidad de subir en un ascensor sin hablar sola delante de nadie.

Lola juntó las manos delante del cuerpo, elegante incluso en mitad de una negociación imposible.

—No tienes por qué hacerlo.

—Qué fácil lo ves desde tu lado del problema.

—Solo necesito estar cerca de él.

Me apoyé en la encimera. No quería entenderla. Entenderla era el primer paso para hacer alguna estupidez, y yo llevaba años construyendo una reputación basada precisamente en no hacer estupideces antes de las nueve de la mañana.

—Antonio no te ve —dije.

La expresión de Lola cambió apenas, pero bastó.

—Lo sé.

—Y si yo empiezo a decirle que su mujer muerta está siguiéndome por la oficina, no va a pensar que soy una intermediaria espiritual. Va a pensar que necesito vacaciones, medicación o ambas cosas.

—No te pido que se lo digas hoy.

—Eso implica que me lo vas a pedir otro día.

—Probablemente.

Me quedé mirándola, odiando un poco su honestidad y mucho más la punzada de pena que me provocaba.

Porque era terrible imaginar a Lola en aquella casa de Pedralbes, moviendo libros, apagando lámparas, intentando hacerse notar ante un hombre que no sabía escuchar ni cuando las señales venían del más allá.

Y era todavía peor porque conocía a Antonio.

Sabía que, si hubiera podido verla una sola vez, se habría roto por dentro con esa misma dignidad silenciosa con la que lo hacía todo.

—Solo vienes —dije al fin—. No hablas. No te sientas en mi mesa. No comentas nada. No me das sustos. No opinas de Bruno, ni de Carla, ni de nadie.

—Son muchas normas para alguien que no está organizada.

—Pues te organizas.

—Intentaré no ofenderme por lo de no opinar de nadie.

—Te ofenderías menos si no se te notaran las ganas.

—Es posible.

Terminé el café, cogí el bolso y comprobé que llevaba el móvil, las llaves y la carpeta del hotel rural. Después miré a Lola.

—¿Cómo funciona esto? ¿Vienes andando? ¿Te metes en el ascensor? ¿Atraviesas paredes? Necesito saber con qué nivel de ridículo voy a convivir.

—Puedo ir andando.

—Gracias a Dios.

—Aunque atravesar puertas resulta práctico.

—No lo hagas delante de mí.

—Lo tendré en cuenta.

El trayecto hasta la oficina fue un ejercicio de autocontrol.

En el ascensor de casa coincidimos con un vecino del tercero que llevaba una bolsa de basura y que no sospechaba que estaba compartiendo espacio con una mujer fallecida que había presidido más cenas de Navidad de Montalbán & Soler Inversiones que él reuniones de comunidad.

Cuando me saludó, respondí con demasiada energía.

—Estás muy rígida —dijo Lola.

—Estoy fingiendo que no voy acompañada de una muerta.

—Lo haces bastante bien.

—No me evalúes.

Después caminamos hasta la parada y subimos al autobús.

Pasé quince minutos mirando por la ventanilla mientras Lola observaba Barcelona con una atención que me descolocó.

No hizo comentarios. No preguntó nada. Solo miraba las calles, la gente, los escaparates, los árboles, como si llevara mucho tiempo sin poder recorrer la ciudad así.

Aquello me dio demasiada pena para la hora que era.

—¿Cuándo fue la última vez que saliste de casa antes de…? —Empecé, pero me detuve porque no sabía cómo terminar la frase.

—Antes de morirme —dijo ella con naturalidad.

—Podrías no decirlo así.

—Podría, pero no cambiaría nada. Salí el mismo día. Por eso resulta tan absurdo. Uno no piensa que la última vez que cierra una puerta es la última.

No supe qué responder. Por suerte, el autobús frenó, alguien pidió paso y la realidad cotidiana me dio una excusa para no abrir un hueco emocional tan temprano.

Llegamos a la oficina a las ocho y media.

Subí en el ascensor con tres personas de administración, un comercial que hablaba por teléfono y Lola, que miraba los botones como si estuviera valorando el diseño.

Yo mantuve la vista fija en la pantalla que marcaba los pisos y deseé con todas mis fuerzas que nadie notara que mi hombro derecho estaba tenso porque una fantasma estaba demasiado cerca.