Capítulo 7 #2
Me quedé mirando la nota un segundo más de lo necesario. Después la guardé dentro de la carpeta, no porque me hiciera gracia, sino por no dejarla tirada.
A las nueve y diez, Arai apareció en la puerta con una blusa clara, una falda azul marino y la misma expresión de alguien que no había venido a perder el tiempo.
Si había dormido mal, no se le notaba de forma evidente, aunque había algo en su cara, quizá en la tensión de la mandíbula o en la rapidez con la que miró alrededor, que no encajaba del todo.
—Buenos días.
—Buenos días —respondí—. Gracias por la documentación.
—No quería que sufrieras.
—Qué consideración.
—No te acostumbres.
Me levanté, cogí la chaqueta y la carpeta.
—¿Vamos?
—Vamos.
El trayecto hasta Sarrià fue menos incómodo de lo que esperaba, quizá porque Arai dedicó los primeros minutos a explicarme el historial del inmueble con una precisión que dejaba poco espacio para conversaciones innecesarias.
El edificio estaba en una calle tranquila, con fachada antigua, balcones de hierro forjado y ese aire de propiedad venida a menos que en nuestro sector podía significar una ruina carísima o una oportunidad excelente. A veces ambas cosas.
—El propietario heredó el edificio de su tía —explicó Arai mientras subíamos la escalera—. Quiere vender, pero cada vez que se acerca la firma decide que quizá debería conservarlo porque «ya no se hacen cosas así».
—¿Y tiene razón?
—Sí. Ese es parte del problema.
La miré.
—¿Parte?
—La otra parte es que cree que eso justifica pedir un veinte por ciento más de lo razonable.
—Eso es habitual.
—Lo habitual no siempre es soportable.
Durante la visita, Arai habló poco, pero intervino justo cuando hacía falta.
Conocía los puntos débiles, las dudas del propietario, las obras necesarias y las posibilidades reales del espacio.
No intentó impresionarme. Tampoco suavizó nada.
Cuando una pared tenía humedades, decía humedades.
Cuando una terraza podía convertirse en un argumento de venta, lo explicaba sin convertirla en un milagro arquitectónico.
Era directa, práctica y bastante más útil que la mitad de los informes que había leído desde mi llegada.
Al salir a la calle, el calor nos golpeó de lleno.
—¿Veredicto? —preguntó.
—Tiene potencial.
—Eso dicen todos antes de gastar más dinero del previsto.
—También tiene problemas.
—Me tranquiliza que los hayas visto.
—¿Dudabas de mí?
—Estoy intentando no convertirlo en costumbre.
No pude evitar mirarla con cierta diversión. Ella caminaba a mi lado con la carpeta pegada al cuerpo, el pelo recogido y la expresión de quien probablemente estaba funcionando con menos horas de sueño de las recomendables.
—¿Dormiste mal? —pregunté antes de pensarlo demasiado.
Arai me miró de reojo.
—¿Eso forma parte del análisis del edificio?
—No.
—Entonces no veo la relevancia.
—Pareces cansada.
—Qué habilidad para el cumplido, señor Montalbán.
—No era un cumplido.
—Eso ya lo había deducido.
Estuvimos a punto de cruzar la calle, pero un coche pasó demasiado rápido y Arai se detuvo en seco. Fue un gesto mínimo, instintivo, pero la vi tensarse durante una fracción de segundo. No supe si fue por el coche, por el cansancio o por algo que no tenía nada que ver conmigo.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Sí. Barcelona recordándome que la paciencia vial es un mito.
El tono fue normal, quizá demasiado normal. No insistí.
Volvimos a la oficina casi en silencio. Al llegar, Carla estaba en recepción.
La vi antes de que Arai dijera nada. Carla llevaba un vestido verde, gafas de sol sobre la cabeza y una bolsa de una tienda que probablemente no vendía nada que pudiera definirse como necesario. Al verme, sonrió. Al ver a Arai, sonrió más.
—Amore.
Se acercó y me besó en la mejilla.
—Pensaba que estabas en una sesión.
—He terminado antes. ¿Comemos?
—Tengo una reunión en veinte minutos.
—Entonces café.
Arai se quedó un paso atrás, en esa postura impecable que podía pasar por discreción profesional si uno no empezaba a conocerla.
—No te entretengo —dijo.
Carla la miró.
—Puedes venir. Así me cuentas cosas de Bruno en la oficina.
Arai parpadeó. Solo una vez.
—No creo que Recursos Humanos recomiende ese tipo de intercambio.
Carla rio.
—Me gusta mucho.
No supe si hablaba de la respuesta o de Arai. Sospeché que Arai tampoco, y quizá por eso su expresión fue todavía más neutra.
—Luego revisamos lo de Sarrià —dije.
—Claro.
Se marchó hacia los ascensores sin mirar atrás, aunque no hacía falta verla para saber que había captado cada detalle. Carla me cogió del brazo y tiró de mí hacia la salida.
—Tu asistente es divertida.
—No es mi asistente.
—¿No?
—Era la asistente de mi padre. Trabaja con dirección.
—Ajá.
La forma en que dijo «ajá» no me gustó especialmente.
—¿Qué?
—Nada. Solo que la corriges muy rápido.
—Porque no es exacto.
—Claro.
Nicolás habría disfrutado demasiado de aquella conversación. Por suerte, no estaba allí.
Comimos algo rápido en una cafetería cercana.
Carla habló de su sesión, de una marca que quería proponerle una colaboración y me recordó la invitación para un evento en Milán.
Yo escuché, respondí, comenté lo necesario.
Era fácil estar con ella. Eso siempre había sido parte de la explicación.
Carla no me pedía que abriera lugares que yo prefería mantener cerrados, no intentaba descifrar mis silencios y no convertía mi tendencia a ordenar el mundo en un defecto grave.
A veces pensaba que esa era una forma de amor. O quizá solo era descanso.
Cuando regresé a la empresa, Arai me había dejado el informe de Sarrià sobre la mesa sin nota, y casi me decepcionó.
El resto del día pasó entre reuniones y llamadas.
Al salir, ya tarde, volví a casa con la cabeza llena de cifras y de una imagen que no pertenecía a ningún informe: Arai deteniéndose en seco antes de cruzar, el coche pasando demasiado cerca y su expresión recuperándose tan deprisa que casi parecía no haber estado allí.
La casa estaba en silencio cuando llegué. Mi padre había salido a cenar con un antiguo socio, según una nota que dejó en la entrada. Subí a mi habitación, me quité la chaqueta y me quedé mirando la puerta cerrada del dormitorio de mi madre al otro lado del pasillo.
Me acerqué y comprobé el pomo; no se movió, y me sentí bastante estúpido por el alivio que eso me produjo.
Después entré en mi habitación, dejé la carpeta sobre el escritorio y encendí la lámpara. Sobre la cama había un libro que no recordaba haber sacado de ninguna estantería.
Lo reconocí al instante. Era de mi madre.
Una novela con el lomo gastado y un punto de lectura de tela azul asomando entre las páginas. La cogí despacio, como si pesara más de lo que debía. Al abrirla por el punto marcado, encontré una frase subrayada a lápiz que no recordaba haber visto antes.
Hay casas a las que uno vuelve mucho antes de estar preparado.
Cerré el libro con cuidado y miré hacia la puerta.
No había nadie, aunque por primera vez desde que había vuelto a Barcelona me costó bastante creerlo.