Capítulo 7
Bruno
La puerta del dormitorio de mi madre seguía entreabierta cuando salí al pasillo a la mañana siguiente. Durante un segundo pensé en llamar a mi padre, aunque no habría sabido qué decirle. Que aquella puerta parecía empeñada en abrirse sola no era exactamente un motivo razonable para empezar el día.
Me detuve frente a ella con la camisa a medio abrochar y la sensación incómoda de que una parte de mí esperaba encontrar una explicación razonable solo por mirar más tiempo.
No la había. La noche anterior la había cerrado, de eso estaba seguro.
No de forma distraída ni mecánica, sino con esa precisión absurda que uno adopta cuando hace algo que le remueve más de lo que quiere admitir.
Había apagado la luz, había salido y había cerrado la puerta.
Ahora estaba abierta, no mucho, apenas lo suficiente para que desde el pasillo pudiera verse una línea de claridad gris sobre la alfombra.
Cualquier otra persona habría pensado en una corriente, en una ventana mal ajustada o en una bisagra vieja.
Yo también lo pensé, porque la alternativa era darle demasiada importancia a un detalle doméstico antes de las siete de la mañana y no tenía ninguna intención de empezar el día pareciéndome más a mi padre de lo estrictamente necesario.
Empujé la puerta con dos dedos y miré dentro.
La habitación estaba igual que la noche anterior: la cómoda, el sillón junto a la ventana, las fotografías, la colcha clara sobre la cama.
Todo en orden. Demasiado en orden, quizá.
Desde la muerte de mi madre, aquella estancia había quedado suspendida en el tiempo.
No era un santuario, porque mi padre no era hombre de santuarios, pero tampoco una habitación viva.
Era un espacio conservado con cuidado, como si tocar demasiado pudiera interpretarse como una falta de lealtad.
Me acerqué a la cómoda y observé la fotografía que había visto la noche anterior.
Mis padres aparecían en una terraza, mi madre riéndose de algo que no recordaba y mi padre mirándola de una forma que jamás le vi sostener en público.
Aquella imagen seguía allí, en el mismo lugar.
No había señales de nada fuera de sitio.
Aun así, me quedé varios segundos frente a ella, con la sensación absurda de estar esperando que alguien me diera una explicación.
—Buenos días —dijo mi padre desde el pasillo.
Me giré. Estaba apoyado en el marco de la puerta, ya vestido, con una taza de café en la mano y la mirada puesta primero en mí y después en la habitación. No preguntó qué hacía allí, seguramente porque lo sabía o porque tampoco él quería decirlo en voz alta.
—La puerta estaba abierta —dije.
Mi padre miró la hoja de madera, luego la bisagra, y asintió como si acabara de resolver algo.
—Debe de no cerrar bien.
No pude evitar una sonrisa breve.
—Claro.
—Puedo pedir que la miren.
—No hace falta.
—Si se queda abierta, es porque algo falla.
Lo dijo con una seguridad tan suya que, por un momento, pensé que mi madre habría puesto los ojos en blanco de haberlo escuchado. La idea me llegó de golpe, inesperada, y casi me hizo sonreír de verdad.
—Probablemente —respondí.
Mi padre bebió un sorbo de café.
—¿Has dormido?
—Algo.
—Eso significa que no.
—Significa que no lo suficiente.
—Segundo día. Todavía puedes culpar al viaje.
—Lo haré mientras me sirva.
Salimos de la habitación y cerré la puerta con más cuidado del necesario.
Esta vez comprobé el pomo. Encajó bien. Mi padre no comentó nada, pero noté que miraba el gesto.
Después bajamos a desayunar en una de esas conversaciones silenciosas que siempre se nos habían dado mejor que las otras.
La cocina olía a café y a pan tostado. Durante unos minutos hablamos de asuntos prácticos: la visita al edificio de Sarrià, la llamada con Vidal, la confirmación del hotel rural y el estado de una operación en Turó Park que llevaba semanas atascada.
Montalbán había dejado una nota junto a la cafetera con la dirección del edificio de Sarrià, como si no supiera que Arai me habría enviado la ubicación tres veces antes de que terminara el café.
Y, efectivamente, al abrir el correo, allí estaba. Enviado a las 07:52. Asunto: Visita Sarrià / documentación y acceso.
Bethencourt tenía la desagradable costumbre de hacer difícil quejarse de ella.
A las nueve entré en la oficina. La zona de Diagonal estaba ya en plena actividad, con el tráfico acumulándose cerca de Francesc Macià y los bares de alrededor llenos de gente que parecía resolver media vida con un café de pie.
Al llegar a mi despacho, encontré sobre la mesa una carpeta impresa, una copia de las llaves de acceso al edificio de Sarrià y una nota adhesiva con una letra ordenada.
«Por si decides improvisar, al menos que sea con información. A.»