Capítulo 6 #2
Entonces recordé la sartén en el fuego, el aceite calentándose y la cebolla esperando en la tabla, y el pánico cambió de forma.
—¡MIERDA!
Abrí la puerta de golpe, olvidando por completo que, al otro lado, seguía existiendo una señora muerta en mi pasillo. Eso fue un error. El susto de verla otra vez ahí, plantada con toda su elegancia fantasmal, me hizo retroceder medio paso y tropezarme con la alfombrilla del baño.
No caí al suelo de milagro.
O porque me agarré al marco con una mano y al toallero con la otra, llevándome por delante una toalla, un bote de crema hidratante y un neceser que cayó abierto, dejando esparcidas un montón de horquillas, pinturas y hasta un tampón.
Lola miró el desastre.
—No quería alterarte.
—¡Tarde!
Salí como pude, con una toalla arrastrando detrás de mí y una horquilla clavándoseme en la planta del pie, porque por lo visto la noche había decidido no dejar ningún género sin tocar.
Pasé junto a Lola intentando no rozarla, aunque no tenía claro si eso era posible, si era peligroso o si mi cerebro iba a terminar apagándose por exceso de información.
—A la izquierda —dijo ella.
Me detuve en seco.
—Sé dónde está mi cocina.
—Lo digo porque ibas hacia el dormitorio.
Miré alrededor.
Efectivamente, iba hacia el dormitorio.
—¡No me des indicaciones siendo fantasma!
—Estoy intentando que no ardas.
—¡Pues hazlo en silencio!
Llegué a la cocina justo cuando el aceite empezaba a humear de una forma bastante poco prometedora. Apagué el fuego, retiré la sartén y abrí la ventana con tanta prisa que casi me pillé los dedos.
Me quedé allí, apoyada en la encimera, descalza, con el pijama torcido, el pelo mojado, una toalla colgando y el corazón haciendo méritos para sacar número en urgencias.
Lola apareció en el umbral.
—Bueno —dijo—. Podría haber sido peor.
La miré despacio.
—Lola.
—¿Sí?
—Estoy hablando con una muerta, mi cena acaba de convertirse en una amenaza doméstica y hay un tampón en el pasillo. No sé cuánto margen queda para empeorar.
Lola guardó silencio un momento.
—Visto así, poco.
Me entró una risa nerviosa, desastrosa y muy poco digna. No quería reírme. De verdad que no. Pero la imagen de mí misma huyendo del baño, peleando con la alfombrilla y siendo dirigida por una fantasma como si estuviera en una evacuación de emergencia, superó cualquier capacidad de resistencia.
Y me reí.
Me reí tanto que tuve que apoyar las dos manos en la encimera para no doblarme del todo.
Lola me observó en silencio, hasta que no pudo hacerlo más.
—Bien —dijo—. Ya respiras.
—No estoy respirando. Estoy perdiendo la cabeza.
—Puede ser, pero con mejor color.
La risa se me fue apagando poco a poco, hasta que el silencio volvió a ocupar la cocina.
El olor a aceite quemado seguía flotando en el aire, la ventana estaba abierta de par en par y yo continuaba apoyada en la encimera con la sensación cada vez más clara de que acababa de reírme en medio de una crisis.
Porque la sartén ya no estaba a punto de incendiar mi casa, de acuerdo. Eso era una mejora. Pero Lola Montalbán seguía en el umbral de mi cocina, muerta desde hacía tres años y mirándome con una paciencia que empezaba a parecerme personal.
—Esto no puede estar pasando de verdad —dije.
—Sí está pasando.
—No.
—Arai…
—No me digas Arai como si estuvieras a punto de ofrecerme una tila. Tú estás mu-er-ta.
Lola aceptó el dato con una inclinación mínima de cabeza.
—Soy consciente de ello, te lo aseguro.
—Y estás en mi casa.
—Sí.
—Y yo estoy hablando contigo.
—Eso parece.
—Pues no me parece un detalle menor.
—No he dicho que lo sea.
Me aparté de la encimera y señalé a mi alrededor, aunque no sabía exactamente qué estaba señalando. La cocina, el humo, el pasillo, mi vida entera cayéndose por un barranco.
—Antes has dicho que esto era incómodo.
—Lo he dicho porque intentaba no empeorarlo.
—Incómodo no es la palabra, Lola. Incómodo es que te pille el jefe comprando compresas. Incómodo es saludar con dos besos a alguien que iba a darte la mano. Incómodo es darte cuenta de que llevas la camiseta del revés cuando ya estás en el metro. Esto es otra cosa.
Lola me observó con mucha atención.
—¿Y qué palabra usarías?
Abrí la boca, la cerré y volví a abrirla, porque había tantas opciones que ninguna parecía suficiente.
—No lo sé. Terrorífico. Imposible. Ilegal.
—No creo que exista legislación al respecto.
—No me lleves la contraria con tecnicismos fantasmales.
—Perdón.
Me pasé una mano por la frente, agotada de golpe.
—No puedo con esto.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Tú llevas tres años muerta, quizá has tenido tiempo de adaptarte. Yo llevo quince minutos intentando no quemar una tortilla mientras una señora fallecida me da indicaciones desde el pasillo.
—Visto así, entiendo que el proceso puede ser brusco.
—¿Brusco? Lola, me he encerrado en el baño, casi me mato con una alfombrilla y hay un tampón en el pasillo que ahora mismo sabe más de esta situación que yo.
Lola miró hacia el pasillo.
—Sigue ahí.
—No me informes.
—Perdón.
Respiré hondo y apoyé las dos manos en la encimera. Necesitaba orden. Una lista. Un protocolo. Cualquier cosa que pudiera convertir aquello en un problema con pasos, aunque fuera el problema más absurdo de mi vida.
—Vale —dije—. Vamos a empezar por lo básico.
—Me parece sensato.
—No uses esa voz de señora tranquila. Me pone peor.
—Intentaré usar otra voz.
—No uses otra voz. Eso me pondría muchísimo peor.
Por primera vez, Lola sonrió de verdad.
—Entiendo.
—No entiendes nada, pero gracias por fingir.
Se produjo un silencio extraño. Menos terrorífico que antes, pero todavía cargado de una realidad que no sabía dónde colocar. Lola seguía en el umbral, sin invadir la cocina, y yo agradecí ese detalle más de lo que quería admitir.
—Necesito que me expliques qué haces aquí —dije al fin—. Y necesito que lo hagas despacio, sin frases raras y sin aparecer de golpe en otra habitación, porque mi sistema nervioso está ahora mismo trabajando sin contrato.