Nada personal, señor Montalbán Capítulo 6
13%

Capítulo 6

Arai

Dormí mal.

No fue una de esas noches en las que una se despierta cada hora, mira el móvil y calcula con dramatismo cuánto tiempo le queda antes de que suene el despertador.

Fue peor. Dormí de corrido, pero con esa sensación espesa de no haber descansado nada, como si mi cabeza hubiera seguido trabajando mientras mi cuerpo fingía colaborar.

Cuando abrí los ojos, tardé unos segundos en recordar por qué tenía el pestillo echado en la puerta del dormitorio.

La planta, la ventana y la hoja seca volvieron de golpe, y me quedé mirando el techo con la dignidad de una mujer adulta que estaba a punto de admitir que quizá había cerrado la puerta con pestillo por culpa de una planta.

No era mi mejor momento.

Me levanté con el mal humor justo para enfrentarme al día.

Me duché, preparé café y salí al salón con esa prudencia ridícula que una adopta cuando sabe que no hay nada raro en su casa, pero tampoco quiere comprobarlo demasiado deprisa.

La planta seguía junto a la ventana. El tiesto estaba en la misma posición que la noche anterior y la hoja seca, que había dejado sobre la mesa baja para analizarla con más calma al día siguiente —porque por lo visto ese era ahora mi nivel de vida—, seguía allí.

Me acerqué, la miré y solté el aire por la nariz.

—Muy bien —murmuré—. Seguimos todas en nuestro sitio.

No sé por qué hablé en plural. Preferí no pensarlo.

La mañana en la oficina no ayudó. Había días en los que todo parecía organizado para demostrarte que el universo tenía sentido del humor y muy mala leche.

Primero, un proveedor decidió que entregar «a primera hora» significaba aparecer a las once y media con cara de haber cumplido una misión histórica.

Después, Beatriz, de recursos humanos, envió un correo en el asunto «Actividades de cohesión» que consiguió que medio equipo empezara a hablar de rafting antes de haber terminado el segundo café.

Y, para rematar, Bruno Montalbán movió una llamada de las doce y diez a las doce menos cuarto sin avisarme.

Eso sí me despertó.

Entré en su despacho con la tableta en una mano y la paciencia en la otra, aunque esta última ya venía bastante dañada de casa.

—Buenos días —dijo él, levantando la vista del portátil.

—No lo sé todavía. Estoy evaluándolo.

—¿Ha pasado algo?

—Has movido la llamada con Requena.

Bruno miró la pantalla como si el problema estuviera ahí y no en su falta de instinto de conservación.

—Solo veinticinco minutos.

—Veinticinco minutos es tiempo suficiente para descompensar una agenda entera cuando el resto del día está metido con calzador.

—Puedo encargarme yo de la llamada.

—Ese no es el punto.

—¿Cuál es el punto?

Me quedé mirándolo un segundo. Tenía la habilidad de preguntar con calma justo cuando una necesitaba que al menos pusiera cara de culpable.

—El punto es que, si quieres cambiar algo, me lo dices antes. No cuando ya está hecho y tengo que encajar el resto del día como puedo.

Bruno apoyó la espalda en la silla. Llevaba dos días allí y ya empezaba a entender que, cuando hacía ese gesto, no estaba reculando; estaba eligiendo la siguiente frase con cuidado.

—Lo tendré en cuenta.

—Qué generoso.

—Arai.

—¿Qué?

—No pretendía pisarte terreno.

No esperaba esa frase. No así. Mi cerebro, que venía preparado para otra ronda de tira y afloja, tardó nada y menos en reorganizarse.

—Pues intenta no parecer tan bueno haciéndolo.

La comisura de su boca volvió a moverse. Esa casi sonrisa empezaba a ser un problema menor, pero problema al fin y al cabo.

—Haré lo posible.

—Me tranquiliza muchísimo.

Salí antes de que la conversación se volviera menos profesional de lo recomendable y pasé el resto del día intentando centrarme en cualquier cosa que no fueran plantas, hojas secas, ventanas de un quinto piso o el hecho de que Bruno, cuando bajaba un poco la guardia, resultaba bastante menos insoportable de lo que me convenía.

A media tarde, Antonio me pidió que revisáramos los últimos detalles del hotel rural. No había nada especialmente grave, solo ajustes de habitaciones, horarios y esa clase de decisiones pequeñas que siempre parecen inofensivas hasta que alguien las convierte en un problema.

—Esto se nos ha ido de las manos —dije, pasando página.

Antonio, sentado al otro lado de mi mesa, no pareció impresionado.

—Todos los años dices lo mismo.

—Todos los años tengo razón.

—Y todos los años sale bien.

—Porque yo estoy allí evitando que la gente convierta el trabajo en una despedida de soltero con facturas.

Antonio sonrió.

—Este año tendrás ayuda.

—¿Bruno?

—Bruno.

—Qué descanso.

—No le has dado margen.

—Le he dado dos días enteros de margen. En mi escala, eso ya cuenta como esfuerzo.

Mi respuesta le hizo gracia, aunque intentó disimularlo.

La conversación quedó ahí, pero me marché de la oficina con la sensación de que todo el mundo, incluido Antonio, esperaba que el viaje al hotel rural arreglara algo que ninguno sabía nombrar.

O quizá sí lo sabían, y yo era la única empeñada en fingir que aquello no iba conmigo.

Esa noche llegué a casa con la cabeza saturada de horarios, habitaciones y una fotografía que no tenía ninguna razón para haberse caído.

Dejé los zapatos en el zapatero de la entrada, fui directa al baño y me metí en la ducha con la intención de que el agua caliente me quitara de encima el cansancio del día y, de paso, cualquier pensamiento absurdo relacionado con marcos que se caían solos.

No funcionó del todo, pero ayudó.

Me puse el pijama, me recogí el pelo con una pinza y fui a la cocina con la dignidad de quien no piensa pedir comida a domicilio por tercer día consecutivo. Abrí la nevera, miré dentro con esperanza y encontré dos huevos, media cebolla y un trozo de queso que todavía parecía aprovechable.

Una tortilla era algo que podía hacer, fácil y rápida.

Batí los huevos, puse la sartén al fuego y empecé a cortar la cebolla mientras intentaba convencerme de que mi noche iba a consistir en cenar, ver cualquier serie sin pensar y acostarme pronto. Un plan adulto, sencillo y bastante necesario.

No fue un golpe claro ni una voz, sino un roce suave, como si alguien hubiera movido una tela o se hubiera acomodado en la butaca junto a la ventana.

Me quedé inmóvil, con el cuchillo en una mano y la media cebolla en la otra.

El aceite empezó a calentarse en la sartén.

—No —murmuré.

Porque una cosa era tener un día raro, y otra muy distinta era que mi piso decidiera participar.

Me dirigí al salón. Estaba en penumbra. Solo entraba la luz de la calle por el balcón, suficiente para distinguir el sofá, la mesa baja y la butaca junto a la ventana.

Y en la butaca había una mujer.

No grité.

Me habría gustado decir que no grité porque soy una persona serena, madura y capaz de gestionar situaciones extremas con elegancia, pero la verdad es bastante menos favorecedora: no grité porque el cuerpo se me bloqueó de tal manera que ni siquiera me salió el aire suficiente para respirar.

Me quedé clavada en la puerta, mirando aquella mujer sentada en mi salón como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí, con las piernas cruzadas, la espalda recta y una paciencia casi ofensiva.

La reconocí al instante, y ese precisamente fue el problema.

No era una intrusa. No era una vecina confundida. No era una señora que hubiera entrado por error y se hubiera sentado a esperar explicaciones.

Era Lola Montalbán.

Lola, la mujer de Antonio. Lola, la madre de Bruno.

Lola, la señora que había visto entrar más de una vez en el despacho de su marido con una bolsa porque «Antonio se olvida de comer cuando se mete en reuniones absurdas».

Lola, la que me había llamado alguna vez para preguntarme si Antonio se había dejado el móvil en la oficina cuando en realidad lo tenía en casa, debajo de una revista, porque el hombre era brillante para algunas cosas y un peligro con patas para otras.

Lola Montalbán, muerta desde hacía tres años y sentada en la butaca de mi salón.

El batidor que todavía llevaba en la mano se me cayó al suelo y di un paso atrás, golpeándome con el marco de la puerta.

—No —dije, o eso intenté, porque la palabra salió más parecida a un hilo de aire que a una negación convincente.

Lola inclinó ligeramente la cabeza, como si mi reacción le pareciera comprensible pero poco práctica.

—Buenas noches, Arai.

Aquello fue suficiente para que mi cerebro, que hasta ese momento había estado intentando buscar una explicación racional por algún rincón, decidiera dimitir.

Salí disparada hacia el baño.

No corrí con dignidad. Conviene dejarlo claro.

Tropecé con la bolsa del supermercado, casi me llevé por delante una estantería que tenía en el pasillo y cerré la puerta del baño con tanta fuerza que probablemente se enteraron todos los vecinos.

Una vez dentro, apoyé las manos en el lavabo y me miré en el espejo.

Estaba blanca, pero no un poco, no. Blanca de verdad.

No un pálido favorecedor de novela gótica. Blanca de «esta mujer está a punto de besar el suelo».

—Vale —murmuré, abriendo el grifo—. Vale. Esto no está pasando.

Me mojé la cara con agua fría. Una vez. Otra. Otra más, por si las dos primeras no habían llegado al nivel de realidad suficiente. Después cerré el grifo, levanté la cabeza y volví a mirarme en el espejo.

Seguía teniendo cara de haber visto a una muerta.

Lo cual era lógico, ¡porque acababa de ver una muerta!

—No —repetí, señalándome a mí misma como si pudiera imponer cordura a base de dedo—.

Has dormido mal. Has trabajado mucho. Has visto su foto en el despacho.

Te has sugestionado. Y ahora vas a salir ahí, no habrá nadie y vas a preparar una tortilla, porque si encima te desmayas con el estómago vacío, ya sería el remate.

Al otro lado de la puerta, la voz de Lola sonó con una claridad insultante.

—No hace falta una sesión de ouija para decirte que, como no salgas ya del baño, te vas a quedar sin casa.

Me quedé inmóvil.

—¿Perdona?

—La sartén sigue en el fuego.