Nada personal, señor Montalbán Capítulo 5
11%

Capítulo 5

Arai

A las ocho y cuarenta de la mañana entré en el despacho de Bruno Montalbán con una puntualidad tan exacta que casi me molestó a mí misma.

No porque llegar a la hora acordada fuera un defecto, sino porque había una parte infantil de mí que había querido aparecer a las ocho y cuarenta y uno solo para ver si le temblaba un párpado.

No lo hice, claro. Yo era una profesional adulta, con una agenda que mantener y muy poco tiempo para pequeñas guerras absurdas.

Bueno, con algo de tiempo, pero no a primera hora.

Bruno estaba de pie junto a la ventana, con una taza de café en la mano y el móvil sobre la mesa.

Llevaba el traje impecable, como el día anterior, pero tenía algo distinto en la cara.

No mucho. Solo lo suficiente para que yo lo notara y para que me molestara notarlo.

Ojeras, el gesto un poco más serio y pinta de haber dormido bastante peor de lo que quería admitir.

—Buenos días —dije.

—Buenos días, Arai.

El nombre, sin apellido, me hizo levantar apenas la vista. No iba a darle importancia porque eso habría significado reconocer que me había fijado.

—Veo que hoy hemos abandonado el protocolo militar.

—Estoy probando métodos nuevos.

—Qué atrevido.

Se sentó y señaló la silla frente a él. Yo ocupé mi sitio, abrí la tableta y dejé sobre la mesa una copia impresa de la agenda del día, porque una nunca sabe cómo un jefe nuevo va a decidir que el papel es más fiable que un enlace compartido.

—Tenemos veinte minutos —le recordé.

—Treinta.

—Tenemos veinte.

—He bloqueado hasta las nueve y diez.

Lo miré.

—Eso significa que has movido mi siguiente reunión.

—He pedido a Elena que la retrasara diez minutos.

Respiré hondo y despacio, con una dignidad bastante discutible, pero dignidad al fin y al cabo.

—Bruno.

—¿Sí?

—Si vuelves a tocar mi agenda sin decírmelo, voy a asumir que quieres vivir peligrosamente.

No sonrió, pero la comisura de la boca le hizo algo sospechoso.

—Quería comprobar si era cierto que todo pasaba por ti.

—¿Y?

—Lo es.

—Maravilloso. Ahora que has resuelto el misterio, no lo repitas.

Empezamos la revisión con una tensión bastante razonable para dos personas que llevaban menos de cuarenta y ocho horas trabajando juntas y ya habían conseguido negociar horarios como si estuvieran en una cumbre internacional.

Le expliqué las reuniones de la mañana, el cambio con Vidal, el adelanto de la visita al edificio de Sarrià y los puntos que Antonio quería dejar cerrados antes del viernes.

Bruno escuchó con atención, hizo dos preguntas útiles y una innecesaria, aunque tuve la elegancia de no señalar cuál era cuál.

A mitad de la reunión, dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—He visto la propuesta del hotel rural.

—Me alegra. Así no tengo que fingir que te la estoy descubriendo.

—¿Todos los años se hacen esas jornadas?

—Sí. Antonio las organizó por primera vez hace seis años. Al principio fueron dos días de reuniones intensivas con comidas de trabajo y caras largas. Luego alguien añadió una cata, otro sugirió actividades y ahora tenemos un retiro corporativo con spa y caballos.

—¿Caballos?

—Eso pone.

—¿Y rafting?

—Eso también pone.

Bruno apoyó la espalda en la silla y me observó como si sospechara que yo había tenido algo que ver con aquello.

—¿A quién se le ocurrió meter a dirección en un río?

—A recursos humanos, imagino. Son gente con una relación muy particular con el sufrimiento ajeno.

Esta vez sí sonrió. No mucho, pero lo suficiente para que el gesto le cambiara la cara. Tenía una sonrisa menos seria de lo que debería. Otro dato que no pensaba archivar en ningún sitio útil.

—¿Tú vas? —preguntó.

—Voy todos los años.

—No pareces entusiasmada.

—No confundas falta de entusiasmo con experiencia. El primer año un responsable de obra se cayó de una bicicleta eléctrica a veinte metros del hotel y tuvimos que hacer una reunión sobre prevención de riesgos durante la cena.

—Entiendo.

—No. Todavía no.

La sonrisa le duró un poco más, y yo bajé la vista a la agenda antes de que aquello empezara a parecer otra cosa.

No era otra cosa. Era trabajo. Un trabajo con un jefe nuevo, atractivo de una forma molesta, con novia italiana espectacular y una capacidad preocupante para escucharme sin perder la calma.

Nada más.

—Mi padre quiere mantener las jornadas —dijo Bruno.

—Antonio cree que salir de la oficina ayuda a que la gente hable de verdad.

—¿Y funciona?

—A veces. Otras solo ayuda a que la gente beba vino y diga cosas que luego intenta olvidar en el ascensor del lunes.

—Entonces puede ser útil.

—Depende de quién hable.

Pasamos al resto de la agenda y conseguimos terminar sin que ninguno de los dos necesitara mediación externa. Cuando me levanté, Bruno cogió la carpeta del hotel rural y la dejó sobre el montón de documentos prioritarios.

—Cierra la reserva.

Me detuve.

—¿Ya?

—Sí.

—¿Sin revisar otras opciones?

—Esta funciona. Mi padre la conoce, el equipo también y la zona encaja con lo que necesitamos.

—¿Y qué necesitamos exactamente?

—Que la gente salga de la oficina unos días y hable sin una mesa de reuniones delante.

La frase quedó en el aire un momento. No era una frase de taza, gracias a Dios, pero tenía algo de intención que no supe colocar.

—Qué tranquilizador —dije al fin.

—No pretendía serlo.

—Pues lo has conseguido.

Salí del despacho con la carpeta del hotel y la sensación desagradable de que Bruno Montalbán, cuando dejaba de medir cada palabra, podía resultar todavía más peligroso que cuando lo hacía.

El resto de la mañana avanzó con ese ritmo de oficina que solo parece monótono si no eres la persona encargada de evitar que todo se desmorone.

Confirmé la reserva del hotel rural en la zona de Aigüestortes, pedí el listado actualizado de asistentes, revisé las actividades disponibles y marqué con un interrogante enorme lo del rafting, porque no tenía claro que ver a medio equipo directivo empapado y gritando en un río ayudara realmente a la transición empresarial.

A media mañana, Antonio apareció junto a mi mesa con una carpeta bajo el brazo y una expresión demasiado inocente para resultar creíble.

—Bruno me ha dicho que ya habéis hablado del hotel.

—Bruno habla mucho para ser tan contenido.

—Eso ha sonado a crítica.

—Era una observación con posibilidades.

Antonio dejó la carpeta sobre mi mesa.

—Quiero que vayas.

—Voy todos los años.

—Quiero decir que vayas de verdad. No solo a organizarlo todo desde una esquina.

Lo miré con recelo.

—No sé qué significa eso, pero ya me cae mal.

Antonio se apoyó en el borde de mi mesa con esa calma suya que siempre anunciaba conversación incómoda disfrazada de comentario casual.

—Este año es importante.

—Todos los años dices lo mismo.

—Este año lo es más.

No respondí enseguida. Lo conocía demasiado para no captar lo que había detrás.

No se trataba solo de las jornadas, ni del equipo, ni de que Bruno conociera a los responsables fuera de una sala llena de carpetas y planos.

Antonio quería que yo estuviera allí porque sabía que, si algo se torcía, sería más fácil corregirlo conmigo cerca.

—No soy un airbag empresarial —dije.

—No.

—Ni un traductor simultáneo entre tú y tu hijo.

—Tampoco.

—Antonio.

—Confío en ti.

Qué rabia daba cuando decía esas cosas sin dramatismo, como si no fueran a dejarte margen para negarte.

—Eso es chantaje emocional de baja intensidad.

—Pero efectivo.

—Muchísimo.

Antonio sonrió y se incorporó.

—Además, te vendrá bien salir de Barcelona.

—¿Ahora también eres mi médico?

—Soy tu jefe hasta que deje de serlo.

—Muy cómodo ese argumento.

Se marchó antes de que pudiera contestarle algo mejor, dejándome con la reserva abierta en la pantalla y la sospecha de que aquel viaje iba a dar más trabajo del que prometía el folleto.

Piscina exterior, piscina climatizada, spa, rutas a caballo, excursiones por la zona y actividades de aventura.

Todo muy exclusivo, muy bonito y muy poco compatible con mi deseo profundo de pasar desapercibida entre reuniones, horarios y café.

A la hora de comer, Yaiza llamó por videollamada mientras yo intentaba decidir entre un bocadillo triste y una ensalada que tampoco venía a mejorarme el día.

—Tienes cara de que alguien ha usado la palabra equipo —dijo en cuanto aparecí en pantalla.

—Peor. Hotel rural.

—Eso no suena peor.

—Con dirección.

—Ah.

—En los Pirineos.

—Eso suena bien.

—Con rafting.

Yaiza soltó una carcajada.

—Por favor, dime que vas a grabar a un señor con traje cayéndose de una barca.

—No voy a grabar a nadie.

—Qué desperdicio de oportunidad.

—También hay caballos.

—Mejor todavía.

La miré con cansancio.

—Tú disfrutas mucho con mi sufrimiento laboral.

—Solo cuando incluye animales grandes y ejecutivos fuera de contexto.

No pude evitar reírme. Yaiza tenía ese talento irritante de convertir cualquier drama en algo un poco menos pesado. Después me preguntó por Bruno, por Carla y por si había vuelto a mirarme de esa forma que ella había decidido inventarse la noche anterior.

—No me mira de ninguna forma.

—Claro.

—Es mi jefe.

—Eso lo dices mucho.

—Porque parece que no lo entiendes.

—Lo entiendo perfectamente. Por eso me divierte.

Colgué diez minutos después con mejor humor y la decisión firme de no darle a Yaiza más información sobre Bruno de la estrictamente necesaria. Era una decisión sensata. También era una decisión que probablemente incumpliría el viernes.

Por la tarde, la oficina se llenó de comentarios sobre el hotel.

Que si el spa , que si las excursiones, que si alguien pensaba hacer rafting, que si habría habitaciones individuales.

Lo habitual. La gente podía llevar años quejándose de las jornadas internas, pero bastaba mencionar piscina climatizada para que de repente todos recordaran que trabajar en equipo era precioso.

A última hora entré en el despacho de Antonio para dejarle unos documentos.

No estaba. La sala tenía la luz encendida, la chaqueta sobre el respaldo de la silla y una fotografía de Lola enmarcada sobre una estantería lateral.

La había visto muchas veces, aunque nunca me había detenido demasiado en ella.

Lola Montalbán sonreía en la imagen con una copa en la mano y un vestido azul que le daba un aire elegante sin parecer impostado.

Era una de esas mujeres que parecían estar cómodas en su propia piel incluso dentro de una foto.

Dejé la carpeta sobre la mesa y me giré para salir, pero un ruido seco a mi espalda me hizo volverme de golpe.

El marco estaba bocabajo sobre la estantería.

La ventana estaba cerrada, no había corriente y nadie había entrado.

Podría haber sido cualquier cosa, claro.

Un mal apoyo, una vibración, el edificio haciendo uno de esos ruidos absurdos que siempre suenan más inquietantes cuando una está cansada.

Aun así, tardé un instante en acercarme.

Levanté el marco y volví a colocarlo en su sitio. La sonrisa de Lola quedó otra vez frente a mí, tranquila, luminosa y extrañamente presente.

—Qué susto me has dado —murmuré.

Me sentí idiota en cuanto lo dije. Estaba hablando con una foto.

Apagué la luz y salí del despacho sin volver a mirar atrás.

Esa noche llegué a mi piso del Eixample con la cabeza saturada de horarios, habitaciones, caballos y una fotografía que no tenía ninguna razón de haberse caído.

Dejé las llaves en el cuenco de la entrada, me quité las sandalias y fui directa a la cocina.

Mi planta del salón, la única superviviente de una larga lista de intentos fallidos, estaba junto a la ventana, igual que siempre.

O casi.

El tiesto estaba girado hacia la luz.

Yo no lo había movido.

Me acerqué despacio, con esa prudencia absurda que una reserva para las cosas que no tienen sentido.

Toqué la tierra. Estaba seca, como siempre que se me olvidaba regarla.

Miré alrededor, esperando encontrar una explicación razonable escondida detrás del sofá, pero mi piso seguía exactamente igual que cuando me había ido por la mañana. Salvo por la planta.

Cogí la regadera del mueble bajo y eché agua en el tiesto, porque quizá la forma más digna de afrontar un misterio doméstico era convertirlo en una tarea pendiente.

—Ya está —dije en voz baja—. Feliz.

El piso permaneció en silencio, cosa que me pareció bastante razonable y, al mismo tiempo, menos tranquilizadora de lo que habría querido.

Dejé la regadera en su sitio, me serví un vaso de agua y decidí que estaba demasiado cansada para convertir una planta torcida en una señal de nada.

Al fin y al cabo, llevaba dos días con un nuevo jefe, una jubilación pendiente y un viaje de empresa a los Pirineos con rafting incluido.

Lo raro era que no hubiera empezado a mover muebles dormida.

Apagué la luz del salón y me fui al dormitorio.

Justo antes de cerrar la puerta, oí un golpe suave en la ventana, no fuerte ni dramático, solo un toque, como si alguien hubiera llamado desde fuera.

Me quedé inmóvil. Vivía en un quinto, así que cualquier explicación que implicara a alguien al otro lado del cristal era lo bastante grave como para no apetecerme en absoluto.

Respiré despacio, volví al salón y miré la ventana. No había nadie, claro. Lo que sí había, apoyada contra el marco por dentro, era una de las hojas secas de la planta.

La recogí con dos dedos y la miré como si fuera capaz de darme explicaciones. No lo hizo.

—Vale —murmuré—. Mañana compro abono.

Y, por primera vez en mucho tiempo, cerré la puerta del dormitorio con pestillo.