Nada personal, señor Montalbán Capítulo 4
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Capítulo 4

Bruno

Carla llegó a la empresa a media mañana con unas gafas de sol enormes, un vestido blanco y la naturalidad de quien podía entrar en cualquier sitio convencida de que, si algo no encajaba con ella, el problema lo tenía el sitio.

Yo estaba revisando unos informes cuando Elena me avisó de que había subido.

No me sorprendió. Carla llevaba dos días en Barcelona y era cuestión de tiempo que apareciera por la oficina, aunque solo fuera para verme, sacar alguna conclusión rápida del lugar y decidir si la luz del despacho favorecía o no en una fotografía.

La conocía bastante como para saber que había parte de broma en ese pensamiento, pero no toda.

—Amore —dijo al entrar, sin esperar a que terminara la llamada que yo acababa de cerrar.

Me levanté y la recibí con un beso breve.

—Pensaba que hoy tenías una sesión.

—La tengo después. Quería ver cómo sobrevivías a tu segundo día de CEO.

—Técnicamente, todavía no soy CEO.

—Técnicamente, eres insoportable cuando corriges detalles.

Sonreí, porque aquello era verdad y porque Carla tenía esa manera de decir las cosas con ligereza suficiente para que no parecieran reproches.

Se quitó las gafas, miró alrededor y paseó por el despacho con una curiosidad que nunca sabía si era auténtica o escénica.

A veces sospechaba que para ella ambas cosas eran lo mismo.

—Es muy serio —comentó, pasando un dedo por el borde de la mesa—. Muy tu padre.

—Es el despacho de mi padre.

—Ya, pero tú tienes que hacerlo un poco más tuyo. Una planta grande, quizá. Algo con diseño. Y una lámpara mejor. Esta parece de médico privado.

Miré la lámpara. Llevaba allí más años de los que podía recordar.

—No me había fijado en la lámpara.

—Eso dice mucho de ti.

—No sé si quiero saber qué.

—Que necesitas una planta, una lámpara y, probablemente, salir más.

Carla se sentó en una de las butacas y cruzó las piernas con esa elegancia despreocupada que tanta gente confundía con falta de esfuerzo.

La primera vez que la vi, en aquella fiesta en Milán a la que Nicolás me arrastró casi a la fuerza, pensé que era demasiado distinta a mí para que pudiéramos mantener una conversación de más de diez minutos.

Cuatro años después, seguía en mi vida. Quizá porque era distinta.

Quizá porque nunca me había pedido que le explicara demasiadas cosas.

—¿Y cómo va? —preguntó—. ¿Muchos dramas?

—Menos de los esperados.

—Qué decepción. Yo pensaba que los cambios de poder eran más cinematográficos.

—Esto es una empresa de inversión inmobiliaria, no una serie.

—Pues deberías intentarlo. Comprar edificios viejos, convertirlos en joyas de lujo y venderlos por el triple tiene bastante más glamur del que tú le das.

No le faltaba razón. Montalbán & Soler Inversiones tenía una parte atractiva desde fuera: inmuebles antiguos en zonas privilegiadas, reformas elegantes, operaciones discretas y mucho dinero moviéndose sin necesidad de hacer demasiado ruido.

Por dentro era otra cosa. Números, riesgos, permisos, retrasos, contratistas, clientes con exigencias absurdas y decisiones que podían salir muy caras si alguien se dejaba impresionar por una fachada bonita.

—No todo es glamur.

—Qué frase tan tuya.

Me apoyé en el borde de la mesa.

—¿Eso es bueno o malo?

—Depende del día.

Carla sonrió, y durante un momento todo fue sencillo.

Ella allí, hablando de decoración, de una campaña que tenía esa tarde y de una cena a la que quería que fuéramos después.

La escuché mientras revisaba mentalmente los tiempos del día, aunque sabía que eso era precisamente lo que a veces nos separaba sin que ninguno lo dijera.

Carla vivía en escenas. Yo vivía en estructuras.

Ella buscaba ligereza donde yo buscaba control, y durante años había pensado que ese equilibrio nos venía bien a los dos.

El problema era que la comodidad, cuando dura lo suficiente, puede parecerse mucho a una respuesta.

—Esta tarde no puedo —dije cuando mencionó la cena.

—Bruno.

—Tengo reuniones hasta tarde.

—Llevas cinco días aquí.

—Por eso mismo.

Carla dejó caer la cabeza hacia atrás con un suspiro.

—Vas a convertir Barcelona en Hamburgo.

—Barcelona sobrevivirá.

—Yo no estoy tan segura.

El comentario salió ligero, pero algo en su expresión me hizo apartar la vista del informe y prestarle atención de verdad.

—¿Te molesta que haya vuelto?

—No. Me molesta que hayas vuelto y ya parezca que llevas seis meses encerrado aquí.

No supe qué responder a eso de inmediato. Antes de que pudiera hacerlo, llamaron a la puerta. Arai apareció con una carpeta en la mano y se detuvo apenas un segundo al ver a Carla. No lo bastante para parecer sorprendida, sí lo suficiente para que yo notara que la había reconocido.

—Perdona —dijo—. Elena me ha dicho que podía pasar.

—Pasa.

Carla se incorporó con una sonrisa perfecta.

—Tú debes de ser Arai.

Arai cambió la carpeta de mano.

—Eso parece.

—Bruno me ha hablado de ti.

No lo había hecho. No demasiado, al menos. Arai lo supo, yo lo supe y Carla probablemente no necesitaba saberlo para decirlo.

—Espero que bien —respondió Arai.

—Claro.

El silencio posterior fue breve, educado y bastante informativo. Carla observó a Arai con interés rápido, de arriba abajo, sin llegar a ser grosera. Arai, por su parte, hizo algo mucho peor: la miró como si estuviera tomando nota sin mover un músculo.

—Traía los cambios de la agenda —dijo Arai, dirigiéndose a mí—. La reunión con Vidal pasa al jueves y la visita al edificio de Sarrià se adelanta a mañana.

—¿Sarrià? —preguntó Carla—. ¿El edificio antiguo?

—Uno de ellos —respondí.

—Ese sí es bonito. El de las molduras en la entrada, ¿no?

La miré con cierta sorpresa.

—Sí.

Carla sonrió, satisfecha.

—¿Ves? Algo sé.

—Nunca he dicho lo contrario.

—Lo piensas a veces.

Arai bajó la vista a la carpeta de una forma muy profesional, aunque sospeché que estaba haciendo un esfuerzo por no sonreír. Aquello no debería haberme resultado entretenido.

—Te he dejado también el resumen de los asistentes a la reunión de las doce —añadió—. Y la propuesta del hotel rural para las jornadas de septiembre.

—¿Qué hotel rural? —preguntó Carla antes que yo.

Arai abrió la carpeta y señaló una página.

—Antonio organiza todos los años unas jornadas internas con dirección y responsables de área. Este año se había pensado en mantenerlas porque coinciden con la transición.

—Mi padre no me lo había dicho —dije.

—Porque todavía no habías preguntado.

La respuesta fue inmediata. Carla soltó una risa suave.

—Me gusta.

Arai la miró, y por primera vez desde que había entrado pareció no tener claro qué hacer con ese comentario.

—Gracias.

—¿Dónde es? —pregunté, volviendo al documento.

—En el Pirineo. Zona de Aigüestortes. Hotel rural exclusivo, piscina exterior, piscina cubierta, spa , actividades de montaña, ruta a caballo y posibilidad de rafting para quien tenga ganas de complicarse la vida voluntariamente.

Carla abrió mucho los ojos.

—¿Rafting?

—Eso pone.

—¿Y es obligatorio?

—Para dirección, sí —respondió Arai—. Para lanzarse a un río, espero que no.

Esta vez fui yo quien tuvo que contener una sonrisa.

—Revisaré la propuesta.

—Está marcada con prioridad media, pero Antonio quería cerrarlo esta semana.

Arai dejó la carpeta sobre mi mesa y dio un paso atrás.

—Si no necesitas nada más…

—Mañana a las ocho cuarenta.

—Me alegra ver que recuerdas los acuerdos.

—Los que me interesan.

—Qué selectivo.

—Eficiente.

—Claro.

Se despidió con un gesto educado hacia Carla y salió del despacho. Cuando la puerta se cerró, Carla se quedó mirándome con una sonrisa extraña.

—Es intensa.

—Es eficiente.

—Eso también.

Me senté de nuevo y abrí la carpeta para revisar la propuesta del hotel. Carla se levantó y rodeó la mesa para inclinarse sobre mi hombro. Olía a perfume caro y a verano, una mezcla que en otro momento me habría resultado familiar y cómoda.

—Pirineos, caballos, spa … —leyó—. Tu padre sabe más de planes que tú.

—Mi padre sabe delegar.

—En Arai, por lo visto.

No había reproche claro en su voz, pero sí algo parecido a una observación con filo. La miré.

—Lleva años trabajando con él.

—Ya me he dado cuenta.

Carla se enderezó y cogió las gafas de sol.

—Me voy, que llego tarde. Esta noche hablamos.

—Te llamo cuando salga.

—Si sales antes de convertirte en parte del mobiliario.

Me besó en la mejilla y se marchó dejando en el despacho una sensación que no supe colocar. No era incomodidad exactamente. Tampoco culpa. Más bien la impresión de que dos partes de mi vida acababan de cruzarse y ninguna había terminado de encajar con la otra.

El resto del día fue una sucesión de reuniones, cifras y decisiones pendientes.

Revisé informes de activos, la previsión de reformas en dos edificios del Eixample, una operación complicada en Sarrià y el estado de un local en Turó Park que podía convertirse en una oportunidad si el propietario dejaba de comportarse como si estuviera vendiendo el Taj Mahal.

La empresa estaba viva, en marcha, llena de piezas que conocía sobre el papel, pero que todavía tenía que tocar con las manos.

Arai volvió a aparecer dos veces más durante la tarde.

Una para corregir una hora que yo había movido sin avisarla y otra para dejarme claro, con una educación impecable, que si pretendía reorganizar llamadas, tenía que hacerlo antes de que ella cerrara el calendario del día siguiente.

No discutimos. Al menos, no oficialmente.

Pero empecé a entender que trabajar con ella iba a requerir algo más que autoridad.

A las ocho, cuando salí del edificio, la luz de Barcelona seguía teniendo ese tono dorado que hacía que incluso el tráfico pareciera menos hostil.

Carla me había enviado tres mensajes: una foto de la sesión, una queja sobre el calor y una nota de voz que escuché en el coche camino a Pedralbes.

Hablaba deprisa, mezclando italiano y español, contándome algo de una marca, un vestido y una invitación que le interesaba aceptar.

Respondí con un mensaje breve antes de guardar el móvil.

No estaba enfadada. Carla rara vez se enfadaba de verdad. Simplemente, seguía moviéndose en su mundo, igual que yo seguía intentando ordenar el mío.

Al llegar a casa, mi padre estaba en el salón con un libro abierto sobre las piernas y las gafas en la mano. La televisión estaba encendida sin sonido, una costumbre que nunca había entendido y que él defendía como si tuviera una lógica científica.

—Llegas tarde.

—Segundo día.

—Mala señal.

—Eso debería decirlo yo.

Se quitó las gafas y señaló la carpeta que llevaba en la mano.

—¿Has visto lo del hotel?

—Sí. Arai me lo ha pasado.

—Buen sitio. Tranquilo. Nos vendrá bien salir de la oficina.

—¿A todos o a ti?

—A todos.

Lo observé con cierta sospecha.

—¿Rafting?

—Eso fue idea de recursos humanos.

—Claro.

—Yo propuse la cata.

—Eso sí te lo creo.

Mi padre sonrió y volvió a mirar el libro.

Estaba cansado, pero parecía satisfecho.

Lo dejé en el salón y subí a mi habitación con la carpeta bajo el brazo.

Al pasar por el pasillo, me detuve frente a la puerta del antiguo dormitorio de mi madre.

Estaba cerrada, como casi siempre. No había motivo para abrirla.

Aun así, lo hice.

La habitación olía a limpio y a cerrado, no a ella.

Eso era lo más injusto de todo. Durante un tiempo había conservado su perfume, esa presencia ligera que parecía quedarse en las telas y en los libros.

Ahora solo quedaban objetos. La cómoda, el sillón, una caja de pañuelos sobre la mesilla y varias fotografías enmarcadas.

Me acerqué a una de ellas. Mis padres aparecían en una terraza, riendo por algo que quedaba fuera de plano. Mi madre llevaba un vestido azul y mi padre la miraba como si hubiera olvidado que existía una cámara delante.

No recordaba haber visto esa foto allí la noche anterior.

Quizá no me había fijado.

La dejé como estaba y apagué la luz antes de salir. Ya en mi habitación, abrí la carpeta del hotel y me obligué a centrarme en horarios, asistentes y actividades. Montaña, spa, cenas de trabajo, caballos, rafting y una convivencia que, sobre el papel, debía servir para alinear equipos.

Sobre el papel.

En la práctica, si Arai Bethencourt iba a estar allí, sospechaba que la palabra alinear se quedaba bastante corta.

Estaba leyendo la tercera página cuando escuché un golpe seco en el pasillo.

Me levanté y abrí la puerta.

No había nadie.

Al fondo, la puerta del dormitorio de mi madre estaba entreabierta.

Yo habría jurado haberla cerrado.