Capítulo 3
Arai
A las cinco menos diez ya tenía claro que la reunión con Bruno Montalbán iba a salir regular.
No por intuición femenina, ni por ninguna de esas frases que la gente suelta cuando quiere parecer profunda sin hacer el esfuerzo de pensar.
Era pura estadística. Él llevaba toda la mañana haciendo preguntas con esa calma tan suya; yo llevaba toda la mañana contestando correos mientras intentaba no imaginar cuántas cosas querría tocar antes de aprender dónde estaba la máquina de café, y Antonio llevaba desde primera hora mirándome como si temiera que fuera a convertir la transición empresarial en un deporte de contacto.
No iba a hacerlo.
Probablemente.
Antes de entrar en el despacho principal, revisé por última vez la documentación que había preparado: agenda de las próximas semanas, listado de reuniones externas, llamadas filtradas, prioridades de dirección y notas internas.
Todo ordenado, todo claro y todo bastante más útil de lo que a Bruno le daría tiempo a reconocer en media hora.
Llamé con los nudillos y esperé su respuesta.
—Adelante.
Entré.
El despacho seguía siendo el de Antonio, pero ya empezaba a parecer menos suyo.
Bruno no había cambiado gran cosa, y quizá por eso me molestó más.
La chaqueta estaba colgada en el perchero con una percha, el portátil estaba abierto sobre la mesa y varias carpetas ocupaban un espacio que, hasta el día anterior, yo había sabido describir con los ojos cerrados.
No era una invasión. Era peor. Era una toma de posesión civilizada.
—Buenas tardes —dije.
Bruno levantó la vista de la pantalla.
—Buenas tardes, Bethencourt.
Me senté frente a él sin pedir permiso. Si íbamos a empezar con apellidos, al menos que quedara claro que la cortesía no implicaba sumisión.
—Tengo veinte minutos.
—Lo sé.
—Bien. Me gusta que empecemos por algo en lo que estamos de acuerdo.
Algo cruzó la mirada, apenas una sombra. No llegó a ser una sonrisa, pero estuvo cerca. Lo bastante cerca para que me irritara un poco.
—Necesito entender cómo está organizada la agenda real de dirección —dijo, cerrando el portátil—. No la oficial. La que funciona.
Dejé la tableta sobre la mesa y abrí el documento.
—La oficial funciona porque yo me encargo de que se parezca a la real.
—Eso no responde a ninguna pregunta.
—No has hecho ninguna.
Esta vez sí se quedó mirándome un segundo más de lo necesario.
—De acuerdo. ¿Qué reuniones son imprescindibles y cuáles se mantienen por costumbre?
Empezamos por ahí. Le expliqué qué llamadas no se podían mover, qué clientes necesitaban contacto directo con Antonio, qué visitas eran más políticas que útiles y qué reuniones se mantenían porque cancelarlas daría más trabajo que celebrarlas.
Bruno escuchaba sin interrumpir demasiado, lo cual habría agradecido si no fuera por su manera de escuchar; se parecía mucho a desmontar mentalmente cada frase para ver si encajaba en su sistema.
—Esto puede optimizarse —dijo al cabo de un rato, señalando la agenda del jueves.
—Funciona.
—No es lo mismo.
—Cuando deje de funcionar, lo optimizamos.
—Esa no es una estrategia.
—Es experiencia.
Bruno apoyó la espalda en la silla y me observó con una calma que empezaba a resultarme peligrosamente familiar, teniendo en cuenta que lo conocía desde hacía menos de ocho horas.
—¿Siempre defiendes así cada proceso?
—Solo los que tienen sentido.
—¿Y quién decide cuáles lo tienen?
—De momento, la persona que lleva años evitando que esto se convierta en una verbena.
—Mi padre confía mucho en ti.
—Tu padre es un hombre inteligente.
—No he dicho lo contrario.
—Bien. Otro punto en común.
Ahí sí sonrió. Poco. Lo necesario para que se le notara y desapareciera antes de que pudiera decidir si me molestaba o no.
Para ser justos, Bruno no estaba siendo desagradable.
Eso era parte del problema. Si hubiera llegado imponiendo ideas absurdas, habría sido más sencillo colocarlo en la categoría de jefe nuevo con exceso de autoestima.
Pero preguntaba con criterio, escuchaba las respuestas y no parecía interesado en cambiar por cambiar.
Me fastidiaba bastante que no me lo pusiera fácil.
—No quiero que interpretes esto como una crítica a tu trabajo —dijo.
—Qué alivio.
—Arai.
Mi nombre, dicho por él por primera vez sin apellido, me pilló con la guardia ligeramente baja. No se notó. O eso quise pensar.
—¿Qué?
—Necesito tener una visión completa antes de decidir qué cambios aplicar.
—Y yo necesito saber si vienes con intención de entender cómo funciona la empresa o de demostrar que puedes hacerla funcionar mejor que nadie.
Silencio.
No fue largo, pero sí distinto. Bruno bajó la mirada al documento, pasó una página y tardó un segundo en responder.
—Las dos cosas no son incompatibles.
—Depende de la humildad con la que se hagan.
—¿Me estás llamando arrogante?
—Estoy diciendo que todavía tengo datos suficientes.
Me miró de nuevo. Esta vez no había sonrisa, pero tampoco enfado.
—Los tendrás.
—Eso me temo.
La reunión duró cuarenta minutos, no veinte.
Me habría gustado fingir que fue culpa suya, pero lo cierto era que a mitad de la conversación los dos habíamos dejado de mirar el reloj.
Había demasiado que explicar y, por mucho que me incomodara admitirlo, Bruno hacía las preguntas adecuadas.
Cuando terminó, había anotado más cosas de las que esperaba y yo había cedido más información de la que pretendía.
Mala combinación.
—Quiero revisar contigo la agenda cada mañana esta semana —dijo, cerrando la carpeta.
—Con Antonio no lo hacía.
—Conmigo sí.
—Porque no sabes moverte todavía.
—Porque prefiero comprobar el terreno antes de pisarlo.
—Eso ha sonado muy preparado.
—Ha sido improvisado.
—Peor.
Se quedó callado un instante y luego negó apenas con la cabeza, como si no supiera si discutir conmigo o dar la reunión por terminada. Eligió lo segundo, que fue una decisión inteligente por su parte.
—Mañana a las ocho y media.
—Mañana a las ocho cuarenta y cinco.
—A las ocho y media.
—A las ocho y cuarenta. Es mi última oferta y ni siquiera sé por qué estoy negociando contigo mi propia agenda.
—Ocho y cuarenta.
Me levanté antes de que cambiara de opinión.
—Perfecto, señor Montalbán.
—Bruno.
—Ya veremos.
Salí del despacho con la sensación de haber ganado una batalla pequeña y perdido algo más difícil de identificar. Antonio estaba junto a la mesa de Elena, revisando unos documentos, y al verme pasar alzó las cejas con una pregunta silenciosa.
—Sigue vivo —dije.
—Me quedo más tranquilo.
—No cantes victoria. Mañana hay otra reunión.
Antonio bajó la vista para esconder una sonrisa, pero lo vi igual. Después de tantos años, había pocas cosas que pudiera disimularme del todo.
A las siete salí de la oficina con la cabeza llena y la paciencia en reserva.
El calor de Barcelona me recibió en la calle como una bofetada conocida.
En verano, la ciudad tenía esa manera tan suya de pegarse a la piel y recordarte que cualquier trayecto podía convertirse en una prueba de resistencia si elegías mal la acera.
Yaiza me esperaba en una terraza del Eixample, con una copa delante, las gafas de sol en la cabeza y la expresión de quien llevaba diez minutos preparando preguntas.
No había cambiado tanto desde que llegamos juntas a Barcelona hacía una década, aunque ella sostenía que la ciudad me había estropeado más a mí.
Según ella, yo hablaba más rápido, caminaba más deprisa y había desarrollado una relación preocupante con el calendario.
Según yo, aquello se llamaba adaptación.
Las dos habíamos salido de un pueblo de Tenerife con veintidós años, una maleta cada una y una confianza en la vida que hoy me parecía casi ofensiva.
Al principio, Barcelona nos arrolló un poco.
La gente hablaba deprisa, comía deprisa, caminaba como si alguien le hubiera puesto una cuenta atrás en la espalda y tenía la costumbre de soltar tres planes en el tiempo que nosotras tardábamos en decidir si queríamos café o cortado.
En casa todo tenía otro ritmo, incluso las conversaciones.
A veces parecía que a la gente se le estaban agotando las pilas, pero en vez de moverse menos, hablaban más despacio.
—Tienes cara de haber conocido al heredero —dijo Yaiza en cuanto me senté.
—Tengo cara de necesitar alcohol.
—Eso también, pero no me cambies de tema.
Pedí una copa de vino blanco y dejé el bolso en la silla libre. Yaiza esperó exactamente lo que tardó el camarero en alejarse.
—¿Y?
—Y nada.
—Arai.
—Ha llegado, ha hablado, ha preguntado y ha decidido que mañana quiere revisar conmigo la agenda a primera hora.
—¿Guapo?
La miré.
—¿Esa es tu conclusión empresarial?
—Es una pregunta preliminar.
—Es mi jefe.
—No te he preguntado si te vas a casar con él. Te he preguntado si es guapo.
Bebí un trago de agua para ganar tiempo. Mala señal.
—Es atractivo de esa forma molesta de los hombres que lo saben, pero no hacen nada evidente con ello.
Yaiza abrió mucho los ojos.
—Madre mía.
—No empieces.
—No he empezado. Estoy archivando información.
—Archívala lejos.
—¿Y te cae mal?
—Todavía estoy reuniendo pruebas.
—Eso significa que sí.
—Eso significa que no me gustan los hombres que llegan a una empresa como si fueran a reorganizar hasta las plantas.
—Tú reorganizas plantas.
—Porque la gente las coloca mal.
Yaiza sonrió con esa cara de satisfacción que me daba ganas de tirarle una aceituna.
—Te va a caer fatal.
—Eso espero.
—¿Por qué?
—Porque si no, me cae fatal, me complica la vida.
La frase salió antes de que pudiera detenerla. Yaiza dejó la copa sobre la mesa y me miró con una atención menos burlona.
—¿Te preocupa lo de Antonio?
Miré hacia la calle. Un autobús pasó demasiado cerca de la acera, una pareja discutía con el móvil entre las manos y un camarero cruzaba la terraza con una bandeja llena de vasos que parecía un acto de fe.
—Me preocupa todo —admití—. Antonio se jubila, su hijo llega con ganas de revisar cada rincón y yo no sé dónde quedo cuando empiecen a mover piezas.
Yaiza no hizo bromas. A veces tenía ese talento: sabía cuándo dejar de pinchar.
—Tú quedas donde te dé la gana, mi niña.
—Eso suena muy bonito, pero no es tan fácil.
—No he dicho que sea fácil. He dicho que no eres una figurita que alguien pueda cambiar de estantería.
La miré y sonreí a medias.
—Eso casi parece una frase de taza.
—Con lo bonita que me había quedado.
—Preciosa.
La conversación siguió más ligera después.
Yaiza me contó un drama absurdo con una clienta que quería «algo sencillo» y llevaba tres semanas cambiando de opinión; yo le resumí la reunión de las cinco con la cantidad justa de detalles para que pudiera indignarse conmigo y, por primera vez en todo el día, sentí que el aire volvía a entrar con normalidad a mis pulmones.
Hasta que lo vi.
Bruno salió del edificio justo cuando nos levantábamos para irnos.
No venía solo. Una mujer rubia, altísima y vestida como si la calle fuera una sesión de fotos, caminaba hacia él con una sonrisa perfecta.
Llevaba unas gafas enormes, un vestido claro y esa seguridad de quien sabe que la miran incluso antes de girarse.
Bruno la vio, y su expresión cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
—¿Esa es…? —preguntó Yaiza.
—Supongo.
Carla, la novia italiana, la influencer que, por lo visto, encajaba en la vida de Bruno Montalbán sin hacer demasiado ruido.
No sentí celos. Habría sido ridículo sentirlos por un hombre al que conocía desde esa mañana y que ya me había provocado más dolor de cabeza que interés real.
Lo que sentí fue otra cosa. Una especie de confirmación incómoda, como si al verlos juntos el día terminara de colocar cada pieza en su sitio.
Bruno levantó la vista entonces y me vio. Durante un segundo, solo uno, su mirada se quedó en mí. Después volvió a Carla.
—Vámonos —dije.
Yaiza me miró con una sonrisa peligrosa.
—Claro.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Por si acaso.
Eché a andar antes de darle oportunidad de compartirlo. Mientras nos alejábamos, intenté convencerme de que aquel cruce no significaba nada. Solo era el nuevo jefe, su novia y un final de día demasiado largo.
Nada más.
Lo repetí dos veces.
A la tercera, empezó a sonar poco convincente.