Nada personal, señor Montalbán Capítulo 2
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Capítulo 2

Bruno

Aterricé en Barcelona poco después de las nueve de la noche y, aunque había hecho aquel trayecto muchas veces durante los últimos años, aquella vez no se pareció a ninguna de las anteriores.

Normalmente, volvía para reuniones puntuales, comidas familiares o visitas breves que terminaban antes de que pudiera acostumbrarme del todo a estar de regreso.

Esa noche, en cambio, venía para quedarme, y la diferencia era pequeña sobre el papel, pero enorme en la práctica.

Mientras el taxi abandonaba el aeropuerto y se incorporaba a la ronda, observé la ciudad a través de la ventanilla.

Barcelona seguía teniendo ese movimiento constante que nunca había terminado de parecerme cómodo después de vivir en Hamburgo.

Allí todo era más ordenado, más silencioso, más fácil de entender.

Durante años había construido una vida que funcionaba: un trabajo exigente como director de operaciones, un equipo competente, amigos, rutinas y la distancia suficiente para no mirar demasiado hacia atrás cada mañana.

Había sido feliz en Alemania. No de una forma espectacular, pero sí con esa felicidad práctica que se instala cuando todo encaja y no hace falta preguntarse demasiado por qué.

Aun así, mientras el coche avanzaba hacia Pedralbes, tuve que admitir algo que llevaba meses apartando con bastante disciplina: Barcelona seguía siendo mi sitio.

No porque volver me entusiasmara, ni porque fuera más sencillo, sino porque había responsabilidades que no podían delegarse eternamente.

La empresa familiar se había dedicado durante décadas a la inversión inmobiliaria en zonas donde casi nadie podía permitirse equivocarse.

Comprábamos pisos, locales, edificios antiguos en áreas privilegiadas, los reformábamos con criterio y los devolvíamos al mercado con un valor muy distinto al de entrada.

Era un negocio exigente, preciso, con mucho margen si sabías leer bien la oportunidad y bastante riesgo si confundías una ruina con una joya esperando pulido.

Mi padre había levantado Montalbán después me fijé en las ojeras, en el cansancio contenido y en la forma en que apoyaba una mano en el marco antes de apartarse para dejarme entrar.

—Has llegado.

—Eso parece.

—Empiezas a parecerte demasiado a mí.

—Eso llevo oyéndolo desde los dieciocho años.

—Y sigue siendo verdad.

Nos estrechamos la mano y después nos abrazamos, breve, torpe y suficiente para nosotros.

Nunca habíamos sido especialmente expresivos.

No por falta de cariño, sino porque los Montalbán teníamos una capacidad bastante limitada para convertir lo que sentíamos en frases útiles.

Algunas familias heredaban ojos claros, talento musical o recetas de cocina.

La mía parecía haber transmitido la habilidad de transformar emociones en gestos prácticos y conversaciones incómodas en silencio bien vestidos.

Entrar en casa me obligó a pensar en mi madre antes de lo que habría querido.

Todo seguía teniendo algo de Lola: los cuadros, las lámparas, los libros colocados con un criterio que nadie se había atrevido a cambiar y esa sensación absurda de que podía aparecer por el pasillo en cualquier momento para decirme que habíamos dejado una chaqueta en el sitio equivocado.

Hacía tres años que había muerto en un accidente tan inesperado como absurdo, uno de esos golpes de mala suerte que parten una vida por la mitad sin darte tiempo a hacer una sola pregunta.

Algunas ausencias no desaparecen; solo aprenden a ocupar espacio de otra manera.

Mi padre debió notar que me había quedado demasiado quieto en el recibidor, porque cogió una de mis maletas y echó a andar hacia la escalera.

—He dejado preparada tu habitación.

—Gracias.

No hablamos de ella. Ninguno de los dos lo hizo.

Cenamos algo ligero en la cocina y mantuvimos la conversación en terrenos seguros: el vuelo, Hamburgo, un par de nombres del equipo que debía recordar y la agenda del día siguiente.

Mi padre evitaba cargar las cosas de solemnidad, y yo se lo agradecí, pero había algo en la forma en que se movía por la casa que no me pasó por alto.

Estaba cansado. Más de lo que había admitido por teléfono.

Cuando terminamos de recoger, se apoyó en la encimera y me miró con una seriedad tranquila.

—La empresa está preparada.

—Eso espero.

—No lo digo por la empresa.

Entendí lo que quería decir antes de que añadiera nada más. También entendí que no estaba de humor para un discurso paternal, aunque mi padre nunca había sido amigo de los discursos.

—Prepararse y hacerlo son cosas distintas —respondí.

—Lo sé. Por eso lo digo.

No insistió. Mi padre tenía esa virtud: sabía cuándo una conversación había llegado al límite de lo que dos hombres como nosotros éramos capaces de sostener sin buscar una excusa para hablar de otra cosa.

Me fui a dormir tarde, después de deshacer parte de la maleta, revisar unos documentos y repasar mentalmente una jornada que ya llevaba semanas ordenando en mi cabeza.

Aun así, cuando apagué la luz, tardé más de lo habitual en dormirme.

Me desperté antes de que sonara la alarma.

A las seis y media ya estaba en pie, no por nervios exactamente, sino porque mi cabeza siempre se adelantaba a las reuniones importantes.

Me duché, me afeité y bajé a la cocina cuando la casa seguía en silencio.

Preparé café, revisé el correo en el móvil y repasé por última vez los nombres de los responsables de área.

Siempre me había gustado llegar con el terreno estudiado.

Las improvisaciones podían ser útiles, pero solo cuando uno sabía de antemano qué margen tenía para permitírselas.

El móvil vibró sobre la encimera mientras la cafetera terminaba de funcionar. Era Carla.

Sonreí antes de descolgar. Llevábamos cuatro años juntos y, aunque nuestras vidas parecían construidas sobre escenarios completamente distintos, habíamos encontrado una forma sorprendentemente sencilla de encajar.

Carla era italiana, influencer y probablemente la última mujer que habría imaginado en mi vida antes de conocerla.

Nos presentó Nicolás durante una fiesta en Milán a la que me arrastró con la misma insistencia con la que llevaba años intentando convencerme de que trabajar menos no provocaba el colapso de la economía mundial.

Lo cierto era que aquella noche había ido con intención de marcharme pronto. Cuatro años después, seguía sin haberlo conseguido.

—Buenos días.

—¿Ya estás despierto? —preguntó con voz todavía espesa.

—Hace un rato.

—Eso es inhumano, Bruno.

—Son las siete.

—Exacto. Lo mantengo.

Me serví un café y me apoyé en la encimera.

—Algunas personas trabajan.

—Y otras tienen una relación sana con las sábanas.

Aquello me arrancó una sonrisa. Carla tenía facilidad para aligerar cualquier conversación, y a veces eso era justo lo que necesitaba.

No era una mujer complicada. Iba a lo suyo, me dejaba espacio y rara vez convertía mis silencios en interrogatorios.

Quizá por eso la relación había funcionado durante tanto tiempo.

O quizá porque yo había confundido esa ausencia de fricción con algo más profundo.

En aquel momento, por supuesto, no lo veía así.

Hablamos unos minutos, lo suficiente para que me preguntara si estaba nervioso, para que no se creyera mi primera respuesta y para que acabara arrancándome un «un poco» que pareció dejarla satisfecha. No hablamos de nada importante, y quizá por eso la llamada resultó cómoda.

Cuando colgué, me terminé el café y subí a vestirme.

Elegí un traje azul oscuro, camisa blanca y ninguna corbata.

Formal, pero sin pasarme. Cercano sin fingir una cercanía que aún no existía.

Había aprendido que la primera impresión importaba, pero también que intentar gustar demasiado era una forma bastante eficaz de empezar perdiendo autoridad.

A las nueve y media salí de casa. Barcelona ya estaba completamente despierta, con el tráfico avanzando a trompicones y las aceras llenas de gente que parecía llegar tarde a alguna parte.

Al detenerse el coche frente al edificio de la empresa, cerca de la Diagonal y de Francesc Macià, me quedé unos segundos mirando la fachada.

Había entrado allí muchas veces de niño, de adolescente, incluso durante mis primeros años de trabajo.

Sin embargo, aquella mañana todo parecía diferente, supongo que porque ahora era mi responsabilidad.

Entré, pasé por recepción, saludé a quien correspondía y soporté las presentaciones, las miradas, sobre todo, muchas miradas. Nada inesperado. La gente siempre observaba al nuevo jefe como si intentara resolver un acertijo, y yo hacía exactamente lo mismo con ellos.

Cuando llegué a la sala de reuniones, mi padre ya estaba dentro.

Y fue al entrar cuando lo vi. No fue la primera persona en la que me fijé, sino que lo hice con la única que no parecía pendiente de impresionarme.

Mientras los demás observaban, ella evaluaba; mientras los demás parecían esperar algo, ella analizaba.

Por alguna razón, aquello captó mi atención inmediatamente.

Arai Bethencourt.

Mi padre había mencionado su nombre más de una vez durante los últimos meses.

Arai esto, Arai aquello, Arai se encarga, Arai lo solucionará.

Después de verla, entendí por qué. No parecía una asistente intentando agradar, sino una profesional juzgando si el recién llegado estaba a la altura.

Y sospechaba que la nota inicial no era especialmente alta.

Me acerqué cuando llegó el momento de las presentaciones.

—Arai Bethencourt. Mi asistente. Ya sabes que lleva muchos años conmigo.

Le tendí la mano.

—Encantado.

—Igualmente.

Su tono fue impecable. Su entusiasmo, inexistente.

Curiosamente, lo agradecí. En una primera reunión solían sobrar las sonrisas profesionales, las frases preparadas y esa disposición exagerada a colaborar que desaparecía en cuanto empezaban los cambios reales.

Bethencourt no fingió nada de eso. No me dio calidez, pero me dio algo bastante más útil: una medida clara de resistencia.

La reunión confirmó varias sospechas. La empresa estaba mejor organizada de lo que esperaba; mi padre había construido un equipo sólido y, por la forma en que todos miraban a Arai antes de responder ciertas cuestiones prácticas, ella era mucho más que una asistente eficiente.

Había personas que ocupaban un cargo y personas que sostenían un sistema.

Bethencourt parecía pertenecer al segundo grupo.

Lo comprobé cuando explicó la agenda de dirección.

No consultó apenas sus notas, no se perdió en detalles irrelevantes y no necesitó adornar nada para dejar claro que conocía cada movimiento antes de que ocurriera.

Aquello era una ventaja para mí. También podía convertirse en un problema, porque las personas imprescindibles rara vez disfrutaban cuando alguien nuevo llegaba dispuesto a revisar el método que las había hecho imprescindibles.

—¿Toda la agenda de dirección pasa por ti? —pregunté.

—Sí.

—¿También el filtro de reuniones externas?

—También.

—Entonces tendremos que sentarnos esta tarde.

Vi cómo mi padre se movía apenas a mi lado, en una advertencia silenciosa que entendí demasiado tarde o decidí ignorar demasiado pronto. Arai, en cambio, no necesitó mirar a nadie para responder.

—Depende de la hora.

—A las cinco.

—A las cinco tengo veinte minutos.

—Los aprovecharé.

La respuesta fue rápida, precisa y lo bastante afilada como para confirmar algo que ya empezaba a sospechar: discutir con Arai Bethencourt no iba a ser complicado. Lo complicado iba a ser no hacerlo.

La reunión terminó poco después y esperé a que recogiera sus cosas antes de llamarla.

—Bethencourt.

Se giró despacio.

—Señor Montalbán.

Ahí estaba otra vez. La línea, la distancia y el desafío perfectamente educado.

Interesante.

—Envíame la agenda de las próximas semanas.

—La tienes en tu correo desde las ocho y doce.

Aquello sí logró sorprenderme. No mucho. Suficiente para que ella lo notara, cosa que me molestó más de lo razonable.

Cuando regresé al despacho, lo primero que hice fue comprobarlo.

Tenía razón.

Por supuesto.

Abrí el documento y encontré las dos semanas siguientes perfectamente organizadas: reuniones, llamadas, visitas, desplazamientos, notas de contexto y prioridades marcadas con un criterio que no parecía improvisado.

Todo estaba estructurado, pensado y preparado antes de que yo hubiera llegado siquiera a la sala.

Mi padre no había exagerado.

Arai Bethencourt tenía la desagradable costumbre de adelantarse a todo.

Aquello debería haberme tranquilizado. En cambio, mientras cerraba el documento y miraba por la ventana de mi nuevo despacho, me descubrí preguntándome cuánto tiempo tardaríamos en discutir por primera vez.

Sospechaba que no demasiado.