Nada personal, señor Montalbán Capítulo 1
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Nada personal, señor Montalbán

Nada personal, señor Montalbán

Por Aitor Ferrer

© inepub.com

Capítulo 1

Arai

Llegué a la oficina antes de las ocho, como hacía casi todas las mañanas, y agradecí esos minutos en los que el edificio todavía parecía un lugar razonable.

No porque lo fuera, claro. Una oficina solo parece razonable antes de que empiecen a sonar los teléfonos, a entrar correos marcados como urgentes por personas que no entienden el concepto de urgencia y a aparecer compañeros con frases tipo «solo será un segundo», que casi siempre significan veinte minutos, tres favores y una llamada que nadie quiere hacer.

A esa hora, en cambio, todo seguía donde yo lo había dejado el día anterior.

La sala de reuniones estaba preparada, la agenda de Antonio Montalbán no había sufrido ningún atentado de última hora y mi mesa mantenía ese orden que algunos confundían con obsesión, cuando en realidad era pura supervivencia.

Si alguien ha intentado coordinar durante años la vida profesional de un hombre como Antonio, sabe que el orden no es una virtud: es un arma defensiva.

Dejé el bolso en el cajón, encendí el ordenador y revisé la carpeta que había preparado para la reunión de las diez.

Informes, previsiones, el contacto actualizado de Aranda y una nota al margen para recordar a Antonio que revisara la página cuatro antes de que alguien intentara venderle como oportunidad lo que, en realidad, tenía más pinta de gasto que de inversión.

Todo estaba listo. Todo funcionaba. O, al menos, todo fingía funcionar, que a veces era lo máximo que se podía pedir un lunes por la mañana.

Desde que Antonio anunció su jubilación, aquella oficina tenía algo distinto en el aire.

Nadie se había puesto dramático, porque trabajábamos en una empresa y no en una telenovela, pero el cambio se notaba en los pasillos, en las conversaciones a media voz y en esa manera tan poco disimulada que tenía la gente de callarse cuando yo aparecía.

Como si por trabajar directamente con Antonio me hubiera convertido en alguien capaz de saberlo todo antes que los demás.

O peor, en la persona a la que podían acudir para cualquier cosa porque, total, seguro que yo tenía la respuesta.

El problema no era solo que Antonio se marchara. Bastante tenía yo con encajar eso sin admitir que me dolía más de lo prudente. El verdadero problema era quién iba a ocupar su sitio.

Bruno Montalbán.

El hijo que llevaba años fuera. El que algunos describían como brillante y otros como demasiado seguro de sí mismo, que venía a ser lo mismo dependiendo de quién lo contara.

El que, según Beatriz, de recursos humanos, traía «una visión muy actualizada de la empresa», frase que a mí me provocaba el mismo entusiasmo que una auditoría sorpresa.

A las ocho y media exactas, la puerta principal se abrió y Antonio entró con el abrigo doblado sobre el brazo, el móvil en la mano y esa calma suya de hombre que podía estar a punto de cambiarte la vida laboral sin alterar el tono de voz.

Antonio no necesitaba imponerse para que una sala se ordenara a su alrededor.

Tenía ese tipo de presencia que no hacía ruido, pero pesaba.

—Buenos días, Arai.

—Buenos días, Antonio.

Se detuvo delante de mi mesa y miró la taza que acababa de dejar sobre mi mesa.

—Café otra vez.

—Lo dices como si no llevaras años viendo el mismo escenario.

—Algún día vas a desayunar algo sólido y me preocuparé.

—No pienso darte ese disgusto.

Sonrió apenas y siguió hacia su despacho.

La puerta quedó entornada, así que esperé un par de minutos antes de entrar con la carpeta.

Cuando llamé con los nudillos, Antonio estaba de pie junto a la ventana, mirando la calle con una expresión que no le veía a menudo.

No era tristeza. Antonio no era de los que se permitían algo tan evidente.

Era más bien cansancio. Uno de hacía tiempo, acumulado.

—Pasa.

Dejé la carpeta sobre su mesa.

—Tienes lo de las diez. He añadido el informe de Aranda porque llegó anoche y viene envuelto en optimismo sospechoso.

—¿Optimismo sospechoso?

—El peor tipo. El que suele preceder a una petición de dinero.

Antonio abrió la carpeta y revisó las primeras páginas. No dijo nada al principio, pero tampoco hacía falta. Llevábamos demasiados años trabajando juntos; a veces una inclinación de cabeza suya equivalía a un discurso entero.

—Sabía que lo tendrías preparado —dijo al fin.

Lo dijo sin adornos, como si fuera una evidencia, y quizá por eso me tocó más de lo que habría reconocido en voz alta. Antonio no era generoso con los halagos. Cuando valoraba algo, lo hacía porque lo pensaba.

—Bruno llega hoy —añadió.

Ahí estaba. La frase que llevaba toda la mañana esperando y evitando al mismo tiempo.

—Lo sé.

Antonio cerró la carpeta y me miró con esa paciencia suya que, según el día, podía ser una virtud o una provocación.

—Quiero que estés en la reunión.

—¿Dónde iba a estar?

—No lo digo por eso.

—Lo dices con voz de «por favor, compórtate».

—¿Vas a hacerlo?

—Depende de él.

Suspiró despacio, aunque no parecía sorprendido. Después de tantos años, Antonio sabía que pedirme entusiasmo ante un cambio impuesto era como pedirle a una grapadora que escribiera poesía: podía intentarse, pero no convenía esperar resultados.

—Bruno no viene a quitarte tu sitio.

—No he dicho que me preocupe mi sitio.

—No hace falta que lo digas para que yo lo sepa.

Me crucé de brazos y aparté la vista hacia la ventana. Y es que sí, me molestaba que me conociera tanto y todavía más que tuviera razón.

—No me gusta la incertidumbre —admití.

—A nadie le gusta.

—A mí menos que a la media.

—Eso también lo sé.

El silencio que quedó entre nosotros fue breve, pero denso.

Antonio no era solo mi jefe, aunque nunca le habíamos puesto otro nombre a lo que éramos.

No era familia, no era amigo exactamente, pero había sido una presencia estable durante demasiados años.

Alguien que confiaba en mí, que me dejaba trabajar y que entendía mi forma de ordenar el caos sin hacer demasiadas preguntas.

Perder eso, aunque fuera de manera progresiva, no era una simple transición empresarial.

Era otra cosa. Una que no me apetecía mirar de frente.

—Dale margen —dijo.

—Le daré el margen que se gane.

—Me temía esa respuesta.

—Entonces no te he decepcionado.

Antonio sonrió con cansancio.

—Intenta no morderlo en la primera reunión.

—No muerdo en horario laboral.

—Arai.

—Vale. Lo intentaré.

Salí de su despacho antes de que pudiera pedirme algo más complicado, como madurez emocional o confianza en el proceso.

La mañana empezó a moverse enseguida con ese nerviosismo mal disimulado de los días importantes.

Elena, de recepción, pasó dos veces junto a mi mesa sin necesidad real; Marcos, de financiero, apareció con un informe que no venía a cuento, y Beatriz soltó un «hoy promete» con una sonrisa demasiado amplia para mi gusto.

Todo el mundo quería ver al nuevo jefe. Todo el mundo quería saber qué iba a cambiar.

Yo también quería saberlo. La diferencia era que yo tenía la decencia de no parecer emocionada.

A las diez menos diez, cogí la tableta y fui hacia la sala de reuniones. Antonio ya estaba dentro, sentado en su lugar habitual. Me miró al entrar y levantó apenas una ceja, en un recordatorio silencioso de nuestra conversación. Qué poca fe tenía en mí un hombre que, supuestamente, me apreciaba.

Me senté a la derecha, abrí la agenda y esperé mientras los demás ocupaban sus sitios.

La sala olía a café, a perfume caro y a tensión contenida.

Había bromas pequeñas, saludos demasiado cordiales y muchas miradas hacia la puerta.

La gente intentaba parecer relajada con un esfuerzo tan evidente que casi daba ternura.

Bruno Montalbán llegó a las diez en punto. Ni un minuto antes, ni uno después. Aquella puntualidad exacta ya me cayó regular, porque solo hay dos tipos de personas que llegan así a una primera reunión: las muy educadas y las que disfrutan demostrando que controlan incluso el reloj.

Entró con un traje azul oscuro, camisa blanca sin corbata y una seguridad tranquila que no necesitaba presentación.

Era alto, serio y bastante más atractivo de lo que me convenía reconocer, aunque no de esa forma obvia que depende de una sonrisa fácil.

Lo suyo era presencia. Una manera de ocupar espacio sin pedir permiso y sin parecer consciente de estar haciéndolo.

No parecía arrogante, que habría sido mucho más cómodo. Parecía controlado.

Y la gente demasiado controlada siempre me ha parecido sospechosa.

Antonio se levantó.

—Bruno.

Padre e hijo se estrecharon la mano con una corrección que me llamó la atención.

No fue frío, pero tampoco cálido. Había una distancia educada en aquel gesto, algo que no supe colocar y que guardé sin querer en esa parte de la cabeza donde se acumulan detalles que más tarde suelen volverse importantes.

Antonio hizo las presentaciones. Bruno saludó a cada responsable con educación medida, recordando nombres, mirando a los ojos y sin gastar palabras de más. Cuando llegó a mí, Antonio se detuvo un poco más.

—Arai Bethencourt. Mi asistente. Lleva conmigo muchos años.

Bruno me tendió la mano.

—Encantado.

No sonaba encantado. Sonaba correcto.

Le estreché la mano con la misma cortesía.

—Igualmente.

Tampoco yo sonaba encantada. Así nos ahorrábamos malentendidos.

Se sentó frente a mí y la reunión empezó.

Antonio habló de la transición, de la continuidad de los proyectos y de la confianza en el equipo.

Usó palabras tranquilas y necesarias, pero ninguna consiguió tapar del todo que la empresa acababa de cambiar de eje.

Cuando cedió la palabra a Bruno, la sala se quedó un poco más quieta.

—Sé que mi llegada puede generar dudas, y me parece lógico —dijo él, apoyando las manos sobre la mesa—. No he venido a cambiar por cambiar, pero tampoco tiene sentido asumir esta responsabilidad sin revisar cómo estamos trabajando.

»Durante los próximos días quiero reunirme con cada responsable de departamento para entender los procesos, detectar margen de mejora y asegurar que la transición sea útil, no solo ordenada.

Fue un discurso sobrio, bien construido y sin una sola frase de manual barato. Me fastidió no poder odiarlo con comodidad.

La reunión avanzó entre informes, preguntas y aclaraciones.

Bruno hablaba poco, pero cuando lo hacía iba directo al punto que necesitaba tocar.

No interrumpía por lucirse ni corregía para imponerse.

Escuchaba, tomaba notas y dejaba silencios lo bastante largos como para que el otro terminara explicándose solo.

Era eficaz. Mucho. Y eso me irritó más que si hubiera llegado comportándose como un imbécil.

Cuando llegó el turno de la agenda de dirección, Antonio me cedió la palabra y expliqué los compromisos de la semana, las reuniones que se habían movido y los filtros habituales para que no todo acabara convertido en una urgencia.

Lo hice sin adornos, porque llevaba años encargándome de aquello y no necesitaba demostrarlo.

Al terminar, Bruno levantó la vista.

—¿Toda la agenda de dirección pasa por ti?

—Sí.

—¿También el filtro de reuniones externas?

—También.

—Entonces tendremos que sentarnos esta tarde.

No fue una pregunta.

Respiré hondo sin que se notara demasiado.

—Depende de la hora.

Antonio se movió apenas a mi lado. Su versión silenciosa de «por favor, no empieces».

Bruno no pareció captar la advertencia o decidió ignorarla.

—A las cinco.

—A las cinco tengo veinte minutos.

—Los aprovecharé.

El silencio que siguió fue pequeño, pero suficiente para que yo entendiera una cosa: acabábamos de inaugurar algo. No sabía si una dinámica de trabajo, una «guerra fría» o una relación profesional de esas que terminan con alguien buscando en internet cómo esconder un cadáver en un Excel compartido.

—Perfecto —dijo.

No lo era.

La reunión terminó poco después. Los demás salieron con discreción apresurada, deseando comentar lo ocurrido sin parecer demasiado evidentes. Yo recogí la tableta y me levanté, pero no llegué a la puerta.

— Bethencourt.

Me detuve.

Bruno estaba junto a la mesa, con la carpeta en una mano y la mirada puesta en mí. El apellido, dicho así, sonó a distancia impuesta. A línea marcada. A territorio.

Me giré despacio.

—Señor Montalbán.

Algo casi imperceptible le cruzó la mirada. No una sonrisa, pero sí la conciencia de que había entendido perfectamente el gesto.

—Envíame antes de las cinco la agenda completa de las próximas dos semanas.

—La tienes en tu correo desde las ocho y doce.

Esta vez sí lo sorprendí. Apenas, pero lo suficiente para alegrarme la mañana.

—Bien.

—Eso intento.

Antonio apareció a nuestro lado justo antes de que aquello siguiera creciendo con la elegancia de dos adultos dispuestos a caerse mal de forma profesional.

—Arai, ¿puedes reenviarme el contacto actualizado de Aranda?

Lo miré. Él me miró. Bruno nos miró a los dos.

—Te lo envié anoche.

Antonio parpadeó con suspiro incluido.

—Reenvíamelo, por favor.

—Claro.

Salí de la sala, volví a mi mesa y reenvié el contacto con el asunto «por segunda vez», porque incluso en los días complicados una tiene derecho a pequeñas satisfacciones.

Después miré hacia el despacho principal.

Bruno Montalbán no me gustaba. No todavía. No en ese sentido práctico y laboral, que era el único que importaba. Tenía demasiada calma, demasiada seguridad y una forma demasiado precisa de observar las cosas, como si pudiera desmontarlas sin romperlas y volver a montarlas a su manera.

Y lo peor era que, seguramente, podía hacerlo.

Tenía correos que contestar, llamadas que filtrar y una reunión a las cinco con mi nuevo jefe. Lo normal habría sido pensar que aquello era solo trabajo.

Pero algo en Bruno Montalbán me dijo que, con él, lo normal iba a durar bastante poco.