Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Capítulo 24 Meraki #2
97%

Capítulo 24 Meraki #2

—En el pasillo. Debajo de la lista. —Le mordió el labio—. Quiero que la lista nos vea.

—La lista tiene mala fama. Ya nos vio una vez y casi la tiramos.

—Pues que aprenda.

Ignasi se rió en voz baja y la levantó en vilo, y ella le rodeó la cintura con las piernas, y la apoyó con cuidado contra la pared, justo debajo del marco que ahora estaba sobre el aparador.

Había luz amarilla en el pasillo, la de la lámpara del salón, y sombras largas sobre el suelo de madera.

Desde la cocina llegaba el goteo del grifo mal cerrado. Desde el salón, el ronroneo del gato.

Le desabrochó la camisa del todo. La quitó ella, la dejó caer.

Él le quitó el jersey, la camiseta, el sujetador, con la ternura de quien abre un regalo que lleva meses esperando, y bajó la boca a su pecho, y la oyó suspirar.

Las manos de ella se hundieron en su pelo. Su espalda se arqueó contra la pared.

—Ignasi…

—Estoy aquí.

—Ya lo sé. —Jadeó—. Dilo otra vez.

—Estoy aquí. No me voy a ninguna parte.

La desnudó con una lentitud ritual. Cada prenda cayó al suelo como una condición abolida.

Se arrodilló delante de ella, le besó el vientre, la cara interna de los muslos, y Marta soltó un gemido ronco, hondo, y le agarró el pelo.

La sostuvo con las manos firmes mientras la llevaba con la boca hasta el borde, despacio, escuchando cada respiración, cada temblor, cada palabra a medias.

Ella se corrió con un grito bajo y un estremecimiento largo que le recorrió el cuerpo entero, y él la sostuvo hasta que dejó de temblar, con la mejilla apoyada en su muslo.

Se incorporó. Ella lo miró con los ojos brillantes y la boca húmeda, y lo atrajo para besarlo, y probó el sabor de sí misma en sus labios con un gemido satisfecho.

—Ahora tú —dijo.

Le desabrochó el pantalón con dedos seguros.

Lo tomó en la mano, lo acarició hasta que él tuvo que apoyar una palma contra la pared para no perder el equilibrio, y después lo guió hacia ella.

Entró despacio, con los ojos fijos en los suyos, y los dos soltaron el aire a la vez, un suspiro compartido que resumió todo lo que no habían dicho en el día.

Se movieron juntos. Primero con calma, con un ritmo hondo, de olas largas.

Ella le sujetaba la cara con las dos manos y le decía cosas al oído, tonterías, nombres, fragmentos de frases: «quédate», «así», «no pares».

Él la sostenía por los muslos, besaba su cuello, su mandíbula, su boca.

Cada embestida era una afirmación. Cada gemido de ella, una firma.

La prisa llegó sola. El ritmo se hizo más urgente, más húmedo. La espalda de ella golpeaba suavemente la pared, y el marco de otro cuadro, más lejos, se movió con un golpecito leve. Se les escapó una risa, entrecortada, y la risa se les convirtió en jadeo.

—Dilo —susurró ella, a un centímetro de su boca.

—¿Qué?

—Lo que no es una promesa.

Ignasi la miró. Respiraba entrecortado, con la frente empapada, con el corazón golpeándole las costillas. Y supo con una claridad absoluta que no había nada más verdadero que aquello.

—Te quiero —dijo—. Hoy. Ahora. Como se dice que hace frío.

—Hoy no hace frío.

—Hace un calor tremendo.

Ella estalló en una carcajada que acabó en un gemido y en un temblor, y él se dejó ir con ella, con el rostro hundido en su cuello, con un sonido ronco que pareció romperse en mil pedazos y recomponerse.

Sintió su cuerpo contraerse alrededor del suyo, su aliento caliente en la oreja, sus uñas marcándole la espalda.

Se quedaron así, sin moverse, empapados, abrazados, sujetándose mutuamente.

Le Corbusier apareció en el pasillo. Los miró, uno por uno. Se sentó. Y emitió un maullido corto, grave, que Ignasi interpretó, tras meses de convivencia y mucha paciencia, como el equivalente felino de «ya era hora».

—Nos aprueba —dijo Marta, sin aliento.

—Nos tolera.

—Es lo mismo.

Se quedaron un rato largo en el suelo del pasillo, desnudos, con la ropa dispersa y la espalda contra la pared, mirando el techo.

Ignasi sacó del bolsillo del pantalón, que colgaba a medias de su tobillo, la llave vieja de Vilassar.

La levantó entre los dos. El óxido le dejó una raya oscura en la yema del dedo.

—Quiero ponerla en el marco —dijo—. Con tu lista. Colgada de un clavo.

—¿En la lista?

—Es la condición que me falta. —La miró—. Se puede soltar una casa y conservar la llave.

Marta le cogió la llave y la contempló un buen rato. Después sonrió con una dulzura inmensa.

—Y cuando encontremos la casa que quieras tú…

—Que quiera yo no. —Le cogió la mano libre—. Que quieras tú también. Con despensa.

—Con despensa grande.

—Con una despensa en la que quepan dos personas y un gato.

—Ignasi.

—Dime.

—Cuarenta y tres años, un arquitecto, y esto es lo más romántico que has dicho.

—Es un informe técnico.

Ella se rió con la cabeza en su hombro. Fuera, en la calle, empezó a llover con ese ruido manso de las noches de invierno.

Dentro, entre las condiciones y el gato, la llave vieja y el lápiz amarillo, dos personas que habían escrito durante meses una lista de reglas para no enamorarse descubrieron que el único artículo que importaba no había estado nunca en la lista.

Quedarse.