Nada de promesas (Reglas rotas nº 3) Epílogo Feierabend
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Epílogo Feierabend

FEIERABEND (alemán).

el momento en que se acaba la jornada de trabajo y empieza la vida de verdad; la hora de volver a casa.

Viñeta de mi cuaderno: un tren que avanza de derecha a izquierda; en la ventanilla, una mujer con un lápiz amarillo detrás de la oreja; en el andén, un hombre con una pancarta que dice, en letra de arquitecto, «JUEVES». Pie de dibujo: «Vuelvo».

Marzo.

Si me hubieran dicho en septiembre que en marzo estaría sentada en el tren de las 17:20 con un ordenador en las rodillas, tres láminas de erizo a medio entintar y un bocadillo de tortilla de patatas de verdad (comprada, no hecha por mí, que somos de fiar), me habría reído en la cara del mensajero.

Pero ahí estaba yo. Martes y miércoles en Madrid, con Núria.

Jueves por la tarde de vuelta, con Ignasi esperándome en Sants.

Viernes de dibujar en la mesa de la cocina, con un gato gris al lado que ha decidido, sin que nadie se lo pidiera, que mis láminas necesitan supervisión felina.

Fines de semana de domingo largo en casa de mi madre, con canelones de dos familias que compiten en silencio y un arquitecto que ha aprendido a decir «están buenísimos, Roser» en el tono exacto para que nadie salga herido.

El primer libro de la colección, el del erizo en el cobertizo, sale en septiembre. Núria dice que el segundo, el de la despensa, será el mejor. Yo digo que primero hay que sobrevivir al erizo.

El tren entró en Sants a las 20:40, con retraso, como todos los jueves.

Ignasi estaba en el andén.

No llevaba pancarta. Eso lo inventé yo para la viñeta.

Llevaba el abrigo gris, una bufanda que le regalé en enero y esa manera suya de esperar con las manos en los bolsillos, de lado, como quien está posando para una fotografía de arquitectura.

Cuando me vio bajar, no corrió. Levantó la mano.

Y se le movió la ceja izquierda, apenas, solo una vez.

No me importó en absoluto.

—Hola.

—Hola.

—¿Cómo ha ido?

—Núria dice que el erizo tiene demasiada barba.

—¿El erizo tiene barba?

—Ahora sí. —Me abracé a su cuello—. Te he echado de menos.

—Dos días.

—Un siglo.

—Figura retórica.

—Cuenta triple. Y tres cuartos.

Nos besamos en el andén. Ya ni nos miran.

* * *

La boda de Berta fue el sábado, en una masia del Penedès con viñedos, un campanario y un cielo de un azul casi insolente.

No voy a describirla entera. No me corresponde.

Diré que Berta estaba radiante, de un vestido sencillo de color marfil, con el pelo suelto y los ojos brillantes de quien hace lo que quiere.

Diré que su marido, Pau, un hombre tranquilo de manos grandes y sonrisa fácil, lloraba ya antes de que sonara la música.

Diré que Ignasi, sentado a mi lado en el segundo banco, se mantuvo muy digno hasta el momento en que ella dijo «sí, quiero».

Entonces se llevó la mano a la boca y fingió un ataque de tos que no engañó a nadie.

—Es la emoción —me susurró.

—Es la alergia al polen —le contesté.

—En marzo.

—En marzo.

Berta me abrazó a la salida, con perfume de jazmín y un nudo en la garganta.

—Gracias por venir.

—Gracias por invitarme.

—Y gracias por —bajó la voz— hacerle reír así.

No supe qué decir. Me limité a apretarle la mano. Ella me guiñó un ojo, como a Ignasi, y se fue a posar con su familia.

El banquete fue largo y ruidoso, de esos con una mesa para cada primo y un orador por cuarto de hora.

Clara iba con Julián, radiantes. Lucía y Nils, en la mesa de al lado, discutían en voz baja sobre el reparto de los postres, «si eres sueco, coémelos con método».

Y en una mesa del fondo, solos en las dos puntas, estaban Bea y Óscar.

La vi primero a ella. Bea tiene una manera de mirar a la gente con la barbilla un poco alta, como quien se ha preparado mucho para no dejarse sorprender.

Óscar, enfrente, tiene el gesto contrario: relajado, desordenado, con la corbata aflojada desde antes del aperitivo.

No se hablaban. Pero cada vez que uno miraba a otro lado, el otro miraba.

—Mira —le dije a Clara, discretamente—. Mira a los dos del fondo.

—Ya los he visto —dijo Clara sin mover los labios—. Llevan veinte minutos sin mirarse a la vez. Es una coreografía.

—¿Les hacemos algo?

—No. —Clara dio un sorbo de vino—. Esas cosas se hacen solas. Y si se tienen que hacer, ya les caerá alguna condición encima.

En ese momento, Bea se levantó, se alisó el vestido, y caminó con paso decidido hacia la barra. Óscar se levantó un segundo después, como movido por un resorte. Coincidieron frente a las botellas. Se miraron. Bea dijo algo, él contestó, ella ladeó la cabeza.

—No sé qué han dicho —murmuró Lucía, aparecida a mi lado sin que nadie la oyera—. Pero acabo de ver cómo Bea se mordía el labio.

—Esto va a ser un problema.

—Esto va a ser un libro —dijo Clara.

Nos echamos a reír las tres.

* * *

El móvil de Lucía sonaba desde hacía un rato dentro del bolso. Lo sacó, miró la pantalla, y puso una cara que no supe interpretar.

—Es la vecina. La que cuida a Subjuntivo cuando no estamos.

Contestó con el móvil pegado a la oreja, saltó de la silla, y la oyeron media docena de mesas.

—¿Cómo que cuatro?

Silencio.

—¿Y de qué color?

Silencio.

—¿Todos?

Colgó. Se quedó de pie, con la mano en la boca y los ojos como platos. Nils la miró con una expresión de enorme prudencia.

—¿Lucía?

—Subjuntivo ha tenido gatitos. Cuatro. —Se volvió despacio hacia nuestra mesa—. Y son todos grises. Grises como…

Todos nos giramos, a la vez, hacia Ignasi.

Él, que se estaba llevando una copa a los labios, se detuvo a medio camino.

—No —dijo.

—Sí —dijo Lucía.

—No puede ser.

—Hubo un pacto bilateral, ¿os acordáis? —Tuve que taparme la boca—. Alguien lo firmó sin nuestra autorización.

—Le Corbusier no sale de casa.

—Le Corbusier salió a principios de enero —dijo Nils, con gran solemnidad—. Hay testigos. Un jueves. Subió por la escalera de incendios.

Ignasi dejó la copa sobre la mesa con una lentitud de hombre que acepta una condena.

—Cuatro gatitos.

—Cuatro.

—Grises.

—Grises.

—Y yo soy…

—El abuelo —dijo Clara, que no podía respirar de risa—. El abuelo adoptivo, al menos.

—Es el padre —corrigió Julián—. Pero si quieres lo llamamos «don Le Corbusier».

—Voy a necesitar una copa más fuerte.

—Voy a por ella —dije yo, y me levanté, con las lágrimas en los ojos, y recorrí el salón entero hasta la barra, donde Bea y Óscar ya estaban hablando de verdad, sin mirarse, con las cabezas muy juntas, y no me atreví a interrumpir.

Pedí dos orujos al camarero. Cuando volví a la mesa, Ignasi me miró con los ojos llenos de resignación y cariño.

—Quiero un gatito.

—Ya tenemos un gato.

—Quiero un gatito gris.

—Marta.

—Es una petición. No una promesa.

Suspiró. Se bebió el orujo de un trago. Y asintió con la cabeza, despacio, derrotado y feliz.

* * *

Pasamos la noche en la masia, en una habitación con vigas de madera, una cama enorme y una ventana que daba a los viñedos.

Subimos tarde, cogidos de la mano, con los zapatos en la mano y el aroma de los jazmines pegado a la ropa. Ignasi cerró la puerta con el pie. La luz de la luna entraba por la ventana y dibujaba un cuadrado plateado sobre las sábanas.

—Esta vez no hay pared fina —dijo.

—Ni sofá de la infancia.

—Ni despensa.

—Todavía.

Me acerqué a él y le desanudé la corbata. Despacio, con las dos manos, como se desata una cinta de un regalo. Le quité la chaqueta, la camisa. Él me miró sin moverse, como la primera vez que le dije que se quedara quieto.

—¿Sí? —preguntó.

—Siempre.

Me desnudó como se desnuda a alguien que se ha ganado, con el tiempo, el derecho a ser mirada.

Besó mis hombros, mi cuello, la curva del vientre.

Me tendió sobre las sábanas bajo la luz de la luna y se tumbó a mi lado, sin prisa, con la mano abierta sobre mi corazón.

Hicimos el amor lentamente, como quien vuelve a un sitio que conoce de memoria y sin embargo sigue descubriendo, con las bocas juntas y los ojos abiertos, con las manos de él recorriéndome entera y las mías aprendiéndolo de nuevo.

Fue dulce y fue profundo y fue nuestro. Cuando llegamos al final, los dos temblando, abrazados, él pronunció mi nombre al oído con la voz entrecortada, y yo le contesté con el suyo, y no hizo falta decir nada más.

Nos quedamos despiertos un buen rato. Yo tenía la cabeza en su hombro y los dedos enredados en el vello de su pecho. Por la ventana entraba el olor a tierra mojada de los viñedos.

—¿Sabes lo que pensé en la ceremonia? —dijo él—. Cuando Berta dijo que sí.

—La alergia al polen.

—Además de eso. —Sonrió en la oscuridad—. Que yo nunca me casé de verdad. Ni tampoco ella. Nos casamos con una idea. Con un plan.

—¿Y ahora?

—Ahora no tengo plan. —Giró la cabeza y me besó la frente—. Tengo una lista sin condiciones. Una llave vieja. Un piso con despensa que hemos visitado tres veces y que quizá compremos si el dueño baja diez mil euros. Un gato que va a ser abuelo. —Hizo una pausa—. Y a ti.

—No dices «te tengo».

—No. —Sintió que sonreía—. Te tengo cada jueves. Eso es distinto.

—¿Quieres saber qué pensé yo?

—Dime.

—Que mi madre tenía razón. —Cerré los ojos—. Una promesa no te protege. Lo que te protege es la gente que se queda. Y tú te quedas. Aunque a veces me vaya a Madrid. Aunque a veces me esconda en la despensa. Aunque haya una cláusula nueve.

—Siempre habrá una cláusula nueve.

—Lo sé.

—Y yo siempre estaré en el andén.

—No lo prometas.

—No lo prometo. —Me estrechó contra él—. Lo hago.

Se quedó dormido primero, con su respiración larga y tranquila. Yo lo escuché un rato, y después alargué la mano hacia mi bolso, que colgaba de la silla, y saqué el cuaderno. A la luz azulada de la luna, con el lápiz amarillo mordisqueado, dibujé una última viñeta.

Una casa con las ventanas torcidas, una despensa con dos siluetas dentro y un gato gris en el tejado, con cuatro gatitos detrás, formando una fila. En la puerta, una llave colgada de un clavo. Y debajo, con la letra apretada de siempre:

Nada de promesas. Vuelvo.

La miré un momento. Después cerré el cuaderno, apoyé la cabeza en el hombro de Ignasi, y me dormí oyendo cómo la casa, cualquier casa, la que fuera, empezaba a ser nuestra.

FIN