Capítulo 24 Meraki
MERAKI (griego moderno).
poner en lo que haces el alma, la creatividad y el cariño; dejar un pedazo de ti en cada trazo, en cada gesto, en cada firma.
Viñeta de mi cuaderno: una mesa de cocina con ocho sillas que no caben; sobre la mesa, un bolígrafo, un lápiz amarillo y una taza de café que alguien ha traído de otra casa. Pie de dibujo: «Firma de una autora, con testigos y croquetas».
El treinta de noviembre amaneció con una luz limpia y fría, de esas que hacen que la ciudad parezca dibujada con tinta china.
Me levanté a las seis y cuarenta, porque Le Corbusier tenía hambre y yo, desde la noche del baño, había adquirido ciertas obligaciones.
Le sirví la comida en el cuenco. Él la olisqueó, me miró y, tras una pausa de pura cortesía, empezó a comer a mi lado en lugar de huir a su rincón. Me sentí condecorada.
Había dejado el contrato sobre la mesa de la cocina la noche anterior, junto a un bolígrafo negro que Ignasi me había regalado en octubre y que yo no había estrenado nunca.
Cinco páginas. La nueva cláusula nueve, redactada por Núria y refrendada por el departamento jurídico de Luciérnaga, decía ahora, sencilla y limpia: La autora residirá donde estime oportuno.
Se compromete a asistir presencialmente a la editorial los martes y miércoles de cada semana de trabajo, con gastos de transporte y alojamiento a cargo de la editorial.
Lo leí otra vez. Y otra. Después apoyé los codos en la mesa y me tapé la cara con las manos.
No era miedo. Era otra cosa. Era la sensación de estar a punto de hacer algo que quieres con todas tus fuerzas y que tardaste cuarenta y seis años en atreverte a querer.
—¿Marta?
Ignasi estaba en la puerta de la cocina, en camiseta y pantalón de pijama, con el pelo despeinado y los ojos entrecerrados por el sueño. Tenía una arruga de la almohada en la mejilla.
—No me agobies —dije—. Estoy teniendo un momento.
—No te agobio. —Se acercó y me puso una mano en el hombro—. ¿Necesitas que me vaya?
—No. Necesito… —Levanté la cara—. Necesito que no me digas qué hacer.
—No pensaba hacerlo.
—Lo sé. —Sonreí—. Es que me gusta decirlo en voz alta.
Él se sentó en la silla de enfrente y me miró sin hablar. Pasó un minuto. Después dos. Fuera, un camión de basura vaciaba un contenedor y las palomas del patio se pelearon por una corteza.
—He invitado a gente —dije al fin.
—¿A quién?
—A todos.
—¿A todos?
—Clara, Julián, Lucía, Nils. A Núria, por videollamada, desde Madrid. A mi madre. —Hice una mueca—. Mi madre ha insistido. Dice que si alguien va a firmar un contrato en su familia por primera vez en treinta y cinco años, ella tiene que estar presente y llevar croquetas.
—¿En tu familia hay contratos?
—Ahora sí.
Ignasi se rió. Y se quedó mirándome con una expresión que ya conocía: la de un hombre que comprende algo grande y no quiere asustarlo con palabras.
—Sabes por qué los he invitado —dije.
—Para no firmar sola.
—Para firmar sabiendo que no estoy sola. Hay una diferencia.
—La hay —dijo—. Tardas poco en enseñármelas todas.
* * *
A las doce y cuarto, mi cocina contenía a ocho personas, un gato, un portátil y una bandeja de croquetas que mi madre defendía con la ferocidad de una leona.
Clara había llegado la primera, con una botella de cava y una tarjeta que decía Felicidades por el contrato y por la valentía, escrita con la letra minúscula de correctora.
Julián la seguía llevando una bolsa de pan y una expresión de hombre feliz que se ha perdido en un piso ajeno.
Lucía y Nils habían aparecido a las doce en punto, ella con un tarro de galletas de canela, él con una caja de bombones y la seriedad de quien asiste a un acto oficial.
—Nils ha ensayado un discurso —avisó Lucía al entrar.
—No es un discurso —dijo Nils—. Es una nota de apoyo.
—Son dos folios.
—Por una cara.
Mi madre, sentada a la cabecera de la mesa como la presidenta de un tribunal, miró a Nils de arriba abajo con un interés científico.
—¿Es el sueco?
—Soy el sueco —confirmó Nils—. Mucho gusto, señora.
—Qué alto. —Mi madre se volvió hacia Lucía—. ¿Come?
—Come bien, Roser.
—Pues que coma croquetas.
Nils comió croquetas. Con solemnidad. Mi madre asintió con aprobación. Clara tuvo que salir un momento al pasillo a respirar.
El portátil estaba encendido sobre un taburete, con la cara de Núria Casals ocupando toda la pantalla: gafas redondas, jersey mostaza, una taza de té en la mano y una sonrisa que le subía hasta los ojos.
—Se me oye perfectamente —dijo—. Os veo a todos. Parecéis una familia de cuadro flamenco.
—Es nuestra mejor virtud —respondió Ignasi, que estaba apoyado en la encimera con una taza en las manos, algo apartado, dejando que me rodeara la gente que tenía que rodearme.
Puse el contrato sobre la mesa. Cogí el bolígrafo negro. El silencio que se hizo fue sorprendente: dejó de oírse hasta el ronroneo del frigorífico.
—Perdonad la solemnidad —dije—. Yo no iba a hacer esto en público. Pero me he dado cuenta de que lo he hecho todo en privado durante cuarenta y seis años. Mis miedos, mis condiciones, mis listas. Y que quizá era hora de hacer una cosa a la vista.
Levanté el bolígrafo. Me temblaba un poco la mano.
—Es normal —dijo Nils, desde el fondo, con voz profunda y ceremoniosa—. En mi país hay un refrán: la mano que tiembla antes de firmar es la que sabe lo que firma.
Todos lo miramos.
—¿Es verdad? —preguntó Julián.
—No —admitió Nils—. Me lo he inventado. Pero suena bien.
Hubo una carcajada general que me rompió la tensión por la mitad. Mi madre se santiguó de risa. Lucía se tapó la cara con las manos. Y yo, en medio, con el bolígrafo en el aire, sentí que se me deshacía el nudo del pecho.
Firmé.
La primera página, la segunda, la tercera.
Con mi nombre entero, el que escribí en el primer libro y en el segundo, el que mi madre me puso en una pila bautismal y mi padre, desde un domingo de 1991, no había vuelto a pronunciar.
Mi firma saltó en la cuarta página, torcida, con la raúda de la M un poco larga.
En la quinta página, ya no tembló. Fue una firma normal. Una buena firma.
Dejé el bolígrafo.
Nadie dijo nada. Después Clara empezó a aplaudir, y Lucía la siguió, y Julián, y Nils con las manos grandes y lentas, y mi madre llorando sin disimulo, y la voz de Núria desde el portátil: «Enhorabuena, Marta.
Bienvenida». Y ahí estaba yo, sentada en una cocina diminuta rodeada de gente que me quería, con un contrato firmado y los ojos llenos de lágrimas.
Ignasi se acercó y se arrodilló junto a mi silla. No dijo nada. Me tomó la mano que había firmado, la mano derecha, y se la llevó a los labios. Después, delante de todos, delante de mi madre, de su amigo Julián, de la pantalla donde Núria sonreía, dijo, no muy alto:
—Estoy orgulloso de ti.
—Gracias.
—Y quiero que sepas una cosa. —Su voz sonaba firme, sin temblor—. Que no me da miedo ser el hombre al que le toca esperarte los jueves.
Mi madre soltó un sollozo audible. Clara tuvo que salir al pasillo otra vez. Y yo, que he sido siempre una persona de respuestas rápidas, no tuve ninguna. Me limité a besarlo, en mitad de la cocina, delante de ocho personas y un gato.
—¡Que se besen otra vez! —gritó Julián.
—Julián, cállate —dijo Clara desde el pasillo.
—¡Que se besen otra vez!
Y nos besamos otra vez.
* * *
Se fueron pasadas las seis. Fue una de esas sobremesas que se estiran como un chicle, con café y orujo y la segunda botella de cava, con los platos amontonados y las conversaciones saltando de un tema a otro sin red.
Hablamos de Madrid, de gatos, de la boda de Berta, a la que Clara se apuntó inmediatamente como acompañante honoraria.
Hablamos de una cosa que Lucía mencionó al pasar, y que me dejó pensativa: que Bea había estado «funcionando mal» las últimas semanas, «sonriendo sola», y que alguien debería investigar.
—Alguien —dijo Clara con intención.
—Alguien —coincidió Lucía.
—Yo no tengo nada que ver con eso —dijo Julián, y nadie le creyó.
Mi madre se quedó hasta el final y se marchó en el coche de Julián, que se ofreció a llevarla porque ella «no quería dar trabajo» y lo dijo cuatro veces. Al despedirse, en la puerta, me abrazó con fuerza y me susurró al oído:
—La mesa del domingo está puesta para tres.
—Para tres.
—Para cuatro, si trae al gato.
—Mamá…
—Es una broma, mujer. —Sonrió—. Más o menos.
Cuando el último abrigo desapareció escaleras abajo, la casa se llenó de ese silencio denso y tibio de después de las fiestas.
Me quedé en el recibidor, mirando la lista enmarcada en el pasillo.
Las condiciones de febrero, de marzo, de abril.
Los cambios a lápiz. Las tachaduras. El encabezado: Marta Y NADA MÁS.
Cogí el lápiz amarillo del cuenco de las llaves. Descolgué el marco de la pared. Lo apoyé sobre el aparador. Y en la parte inferior del papel, bajo la última condición, escribí:
Condición final: Nada de promesas. Sólo presencia.
La miré. Taché el encabezado antiguo. Y escribí, encima, con trazo firme:
NADA DE PROMESAS (Marta e Ignasi).
Entonces sentí una mano en la cintura.
* * *
Ignasi
Ignasi no había planeado nada. Eso era lo extraordinario.
Se quedó detrás de ella, en el pasillo, viendo cómo escribía con el lápiz amarillo en el borde de aquella lista que había sido, durante meses, una especie de fortaleza.
Leyó por encima de su hombro el título nuevo, la letra torcida y segura.
Notó que algo se le abría en el pecho con un crujido suave de madera vieja.
Le puso las manos en la cintura. Ella no se sobresaltó. Inclinó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en su hombro.
—Te he visto firmar —dijo él.
—Y yo a ti.
—Fue distinto.
—Sí. —Ella sonrió—. La mía era más bonita.
—Mucho más.
La giró despacio hasta tenerla de cara. Le tomó la barbilla y la besó, un beso largo, tranquilo, sin hambre ni prisa, de los que se dan cuando uno sabe que hay mañana. Sintió que ella le desabrochaba un botón de la camisa con la punta de los dedos, y otro, y otro.
—Condición final —murmuró ella contra su boca.
—Dime.
—Quiero hacerlo aquí.
—¿Aquí?