Capítulo 23 Saudade #2
Volví a casa a las ocho, ya de noche, caminando despacio por las calles de Gràcia, con una calma rara en el cuerpo, como si me hubieran vaciado un armario.
La luz de las farolas dibujaba círculos amarillos sobre el asfalto húmedo.
Había gente que salía de los bares, risas, un niño que lloraba y una guitarra en algún balcón.
Subí la escalera. Llegué al rellano. Y vi que la puerta del piso estaba entornada, un palmo, lo justo para que saliera la luz.
Me quedé un momento quieta, con la llave en la mano. Después sonreí y empujé.
Dentro, el recibidor estaba en penumbra. Olía a jabón, a vapor, a algo que parecía lavanda. Desde el fondo del pasillo, por la puerta del baño, llegaba un resplandor tembloroso de velas, y un sonido de agua.
—¿Ignasi?
—Estoy aquí —respondió su voz—. Ven.
Entré. El baño estaba lleno de pequeñas luces: velas en el borde del lavabo, en el estante, en el suelo.
La bañera, enorme, de patas, estaba llena de agua humeante con espuma blanca.
Y él, sentado en el borde, con una camiseta vieja y los pies descalzos, me miraba con una expresión tan abierta que me dieron ganas de llorar otra vez.
—Mi madre me ha contado cosas —dije.
—¿Malas?
—No. Las mejores. —Me apoyé en el marco—. Tengo que contártelas. Pero antes…
—Antes, baño —dijo Ignasi—. Con espuma. Sin condiciones.
—¿Ninguna?
—Una. —Sonrió—. Que te dejes cuidar.
Me dejé. Me desnudé delante de él, despacio, mientras él me miraba como siempre me miraba, y entré en el agua.
El calor me subió por las piernas, por la espalda, por los hombros.
Cerré los ojos. Cuando los abrí, Ignasi se había quitado la camiseta y estaba entrando detrás de mí.
Se sentó en la bañera, me atrajo hacia él, y me apoyé contra su pecho, con su respiración en mi nuca y sus brazos rodeándome la cintura.
Estuvimos así un rato largo, sin hablar, viendo cómo temblaban las velas.
Las manos de él se movieron despacio. Me lavaron los hombros con una esponja suave, el cuello, los brazos.
Después dejaron la esponja y siguieron con las yemas de los dedos, por el estómago, por las costillas, por debajo de los pechos.
Yo me arqueaba un poco, sin querer, buscando más contacto.
—Marta —murmuró contra mi oído.
—Dime.
—¿Sí?
—Sí. —Giré la cabeza y le busqué la boca—. Siempre sí.
Su mano bajó, bajo el agua, entre mis muslos.
Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, sobre su hombro, y un gemido bajo se me escapó de la garganta.
Los dedos de él me acariciaron con una paciencia infinita, trazando círculos lentos, dibujando, escribiendo.
Con la otra mano me sujetaba los pechos, el cuello, la mandíbula.
El agua se agitaba a nuestro alrededor, golpeando suavemente las paredes de la bañera, y yo me deshacía poco a poco, con la espalda contra su pecho duro y la voz de él diciéndome cosas al oído: que me quería, que me había echado de menos durante toda la tarde, que no podía creer que existiera algo tan bueno.
Me corrí con un temblor largo que hizo derramar agua sobre las baldosas, con su nombre en los labios y las manos agarradas a sus muslos. Me quedé lacia, sonriendo, sin fuerzas, y él me besó el hombro, la mejilla, el pelo.
Me di la vuelta, con cuidado, y me senté a horcajadas sobre él. Lo miré a los ojos: tenía la cara húmeda, el pelo pegado a la frente, los labios entreabiertos. La ceja izquierda estaba absolutamente quieta.
—Ahora yo —dije.
—Marta…
—Ahora yo.
Lo guié dentro de mí con una mano, despacio, y ambos contuvimos el aliento.
El agua se movía con nosotros. Me apoyé en sus hombros y me moví con un ritmo lento y profundo, mirándolo siempre, sin apartar los ojos.
Él me sujetaba por las caderas, ayudándome, y los dos nos besábamos entre jadeos, con la boca abierta, con el sabor de la sal y de la lavanda.
Las velas parpadeaban. Fuera, en la calle, alguien cerró una puerta de coche.
Dentro, el mundo era del tamaño exacto de aquella bañera.
Me aceleré. Noté cómo él se tensaba debajo de mí, cómo su respiración se rompía, cómo decía mi nombre con una voz casi desconocida.
Lo abracé con fuerza. Le mordí el cuello.
Y cuando llegó el temblor, el mío y el suyo al mismo tiempo, un estallido de calor que me cegó un instante, grité contra su hombro y él me sostuvo, empapado, jadeando, con una risa de pura felicidad que me contagió.
Nos quedamos abrazados, con el agua ya templada y la espuma casi deshecha.
—Mi madre dice que vuelva —murmuré contra su cuello—. Sin prometer nada.
—Tu madre es una mujer muy sabia.
—Quiere que vengas el domingo que viene a comer.
—Iré.
—Dice que sus canelones son mejores que los de la tuya.
Ignasi se rió, y la risa le sacudió el pecho y me hizo cosquillas en la mejilla.
—Eso lo tendremos que comprobar con rigor científico.
—Tres mesas, un panel de jueces…
—Y un gato.
—Imposible. No sale de casa.
Pero cuando salíamos del baño, envueltos en toallas, descalzos sobre el pasillo de madera, Le Corbusier estaba sentado ante la puerta, con las patas juntas y la cola enroscada, mirándonos con sus ojos verdes de juez.
Se levantó, dio una vuelta alrededor de mis tobillos, y se frotó contra mi pierna con un ronroneo grave, casi inaudible.
Fue la primera vez que lo hizo.
Me agaché, le rasqué detrás de la oreja, y levanté la vista hacia Ignasi, que nos miraba con una expresión incrédula.
—Mañana firmo —le dije al gato.
Le Corbusier parpadeó despacio. Y, por primera vez desde que lo conocía, me pareció entender perfectamente lo que quería decir.