Capítulo 23 Saudade
SAUDADE (portugués).
la presencia de una ausencia; el amor que queda cuando lo amado ya no está, y que duele y consuela a la vez.
Viñeta de mi cuaderno: una mesa para dos, con los cubiertos puestos y una silla vacía; la silla tiene un abrigo colgado que nadie ha tocado en años. Pie de dibujo: «Se puede poner la mesa sin esperar a nadie».
El notario de Sant Gervasi tenía un despacho en un edificio señorial de portal enorme y escalera de mármol, y una acera estrecha, con un banco de piedra y un plátano pelado que ya no tenía ni una hoja.
Me senté en el banco a las diez menos cinco, con un café para llevar en una mano y el lápiz amarillo en la otra.
No sé por qué lo llevaba. Quizá porque, desde hacía semanas, había dejado de ser un lápiz para convertirse en una especie de amuleto: algo que llevas encima cuando sabes que a otra persona le va a hacer falta una mano.
Ignasi había entrado con Roger a las diez menos tres. Antes de cruzar el portal se había vuelto, me había mirado, y me había hecho un gesto muy pequeño con la cabeza, como un buzo que se dispone a bajar. Yo le había levantado el pulgar. Qué gesto más estúpido, un pulgar. Pero no se me ocurrió otro.
Empezó a hacer frío de verdad. Me subí la bufanda hasta la nariz.
Un señor pasó con un perro, una señora con un carrito de la compra, dos niños con mochilas que iban a llegar tarde.
Miré el reloj: las diez y diez. Las diez y veinte.
Imaginé a Ignasi sentado frente a una mesa de caoba, con tres páginas ante él, y la ceja izquierda aleteando. Imaginé el bolígrafo. Imaginé su mano.
A las diez y media, el móvil vibró. Clara.
¿Cómo va?
Sigue dentro, escribí.
Estoy contigo. Sin avisar, que me conozco.
Gracias.
Te mando un abrazo con forma de mensaje.
—Qué tonta —murmuré, y me limpé una lágrima con el guante.
A las diez y cuarenta y siete, la puerta del portal se abrió.
Salió primero Roger, con la cartera bajo el brazo y una expresión muy neutra. Detrás salió Ignasi. Se detuvo en el umbral, miró la calle, el cielo gris, el plátano desnudo. Y entonces me vio.
No corrió. No sonrió enseguida. Se quedó un segundo quieto, como quien comprueba que sigue sosteniéndose en pie. Después bajó los cuatro escalones, cruzó la acera con paso tranquilo, y se paró delante de mí. Me tendió la mano derecha. En el pulgar tenía una mancha de tinta azul.
—He firmado —dijo.
Me levanté del banco.
—¿Y la ceja?
—Me ha temblado hasta la tercera página. —Se miró la mancha de tinta y la mostró con una especie de orgullo—. En la cuarta ya no. En la cuarta ha sido un trazo normal. Una firma normal.
—Eso es lo mejor que he oído en mi vida.
—Y la mano no ha temblado nunca.
—Ya lo sabía.
—No lo sabías.
—Lo sabía —insistí, y le agarré la cara con las dos manos, y le besé allí mismo, en mitad de la acera, delante del notario, de Roger, del plátano y del señor del perro, que se paró a mirar con la correa tensa.
Cuando nos separamos, Roger se aclaró la garganta con mucha delicadeza.
—Ignasi. Enhorabuena. Te mando las copias esta tarde. —Me miró con una pequeña sonrisa que nunca le había visto—. Y a usted, señora, gracias.
—¿Por qué?
—Por hacer mi trabajo mucho más fácil.
Se marchó calle abajo, con su cartera y su gabardina, con aspecto de ser el único hombre en Barcelona que se atrevía a decir cosas así sin que sonaran a chiste. Ignasi se quedó mirándolo.
—Es mejor abogado de lo que parece.
—Es mejor persona de lo que parece.
—También.
Echamos a andar los dos, cogidos de la mano, sin rumbo. Al cabo de una manzana, él dijo, con una voz extraña, ligera:
—No me siento mal.
—¿No?
—Pensé que me sentiría como si hubiera perdido algo. Pero me siento como… —Buscó la palabra—. Como si hubiera dejado una maleta en la consigna de una estación. Sigue existiendo. Pero ya no la cargo.
Le apreté la mano.
—Pues vamos a comer algo y a celebrar que has dejado de cargar con una maleta.
—¿En qué clase de sitio?
—En uno que no tenga mantel de cuadros. Y que sirva tortilla de patatas de verdad.
* * *
El domingo almorcé con mi madre.
Vivir cerca de tu madre, cuando tienes cuarenta y seis años, es un acto de equilibrismo emocional.
Roser tiene sesenta y ocho, un piso minúsculo en Gràcia con cuatro macetas de geranios, un gato vecino que viene a cenar sin invitación y una convicción inamovible de que sabe qué es lo mejor para mí desde que nací.
Lo ha sabido todos los días. Aunque casi siempre se haya equivocado.
Pero ese domingo, mientras ponía los platos en la mesa pequeña de la cocina, noté algo distinto. Ella se movía más despacio. Parecía estar eligiendo cada gesto.
—Mamá, ¿estás bien?
—Estoy perfectamente. —Dejó sobre la mesa una cazuela de lentejas con chorizo, humeante—. Siéntate.
Me senté. Comimos primero en silencio, que es la manera en que comemos las mujeres de mi familia cuando algo está a punto de decirse. Al tercer plato, mi madre dejó la cuchara.
—¿Me vas a contar lo de Madrid o tengo que enterarme por Clara?
Me atraganté con el pan.
—¿Cómo sabes lo de Madrid?
—Clara me llamó hace dos semanas. No para contarme nada, sino para preguntarme si yo estaba bien. Y con eso, hija mía, ya sabía todo. —Alzó la mano antes de que yo dijera nada—. No te enfades con ella. Lo hace por ti.
Suspiré. Y se lo conté.
Le conté lo de Luciérnaga, lo de Núria, lo de los martes y miércoles, lo de la cláusula nueve.
Le conté que tenía hasta mañana para firmar, que el contrato estaba en mi mesa, impecable, con una nota de mi vieja compañera que decía que sea tuyo.
Le conté, con menos orden, que me daba miedo.
Que sabía que tenía que firmar y que, sin embargo, cada vez que cogía el bolígrafo me venía a la cabeza una frase.
—¿Qué frase? —preguntó mi madre.
La miré.
—Vuelvo el domingo.
Hubo un silencio. Mi madre cogió su vaso de agua, lo miró sin beber, y lo dejó en la mesa.
—Ah.
—Es lo que dijo papá.
—Ya lo sé lo que dijo. Estaba yo delante.
—Y sonrió, de una forma que me recordó a un edificio viejo que se mantiene en pie por pura terquedad—.
Marta, esa frase la dijo en la puerta de este mismo piso, con el abrigo puesto y una maleta pequeña en la mano.
Yo lo recuerdo todo. El color de la bufanda.
El ruido del ascensor. Que miraba hacia otro lado.
—Y tú le creíste.
—Le creí. —Asintió despacio—. Eso es lo que nunca te he contado. Que le creí. Porque lo necesitaba. Porque cuando tienes una hija de once años y un marido que se va a las ocho de la mañana con una maleta, tú también quieres que el domingo sea verdad.
Sentí que se me llenaban los ojos.
—Puse la mesa el domingo siguiente —siguió—.
Con tres platos. Y el otro. Y el otro. Durante un año entero.
Hasta que una tarde me di cuenta de que lo que me dolía no era que se hubiera ido.
Era que yo había dejado que me prometiera algo que ni él sabía si podía cumplir.
Tu padre no me mintió, Marta. Ese es el problema.
No fue un mentiroso. Fue un hombre asustado que dijo una frase bonita para poder cruzar una puerta.
Y yo me la compré porque era más fácil que mirarle a los ojos y preguntar: ¿vas a volver de verdad?
—Mamá…
—No, déjame. —Me cogió la mano por encima de la mesa.
Era una mano pequeña, seca, de venas muy marcadas, caliente—.
Llevo treinta y cinco años pensando qué te hizo aquello.
Y creo que lo sé. Que desde entonces no te fías de ninguna promesa.
Ni de las tuyas ni de las de nadie. Y que por eso, cada vez que te querías a alguien, te inventabas una lista de condiciones. Como si eso fuera a protegerte.
—Mamá, no es…
—Sí es. Y lo entiendo, porque lo hice yo antes.
—Sonrió—. Pero te voy a decir lo único que sé de verdad, y luego te dejo comer.
Una promesa no te protege. Lo que te protege es la gente que se queda cuando no hay ninguna promesa.
Y ese chico tuyo, el arquitecto, se ha quedado.
Lo vi el día que vino a recogerte con el coche, con la ventanilla bajada y una cara de pavo asustado.
Un hombre que no promete nada y aparece todos los días es mejor que mil hombres que prometen el domingo.
No pude evitarlo. Rompí a llorar. Un llanto tonto y feo, de niña de once años que no sabía que llevaba tanto tiempo conteniéndolo.
Mi madre se levantó, rodeó la mesa y me abrazó por detrás, con los brazos cruzados sobre mi pecho y la barbilla en mi coronilla.
Olía a colonia de lavanda, a lentejas y a casa.
—No tienes que prometerme que vuelves —me dijo al oído—. Vuelve. Eso es lo único. Vuelve.
—Vuelvo —sollocé—. Siempre.
—No me digas siempre. Di lo que puedas.
—Vuelvo. —Me sequé la cara con la servilleta—. Sin día.
—Eso está mejor.
Seguimos comiendo. Hablamos de otras cosas.
De los geranios, del gato vecino, de que el barrio estaba lleno de turistas con maletas de ruedas.
Al final, con el café, mi madre me preguntó por Madrid con una curiosidad inesperada: si había Retiro, si el tren era cómodo, si el hotel tenía desayuno.
Y cuando le dije que la editorial pagaba el alojamiento, soltó una carcajada tan limpia que casi derrama la taza.
—¡Mi hija, ilustradora de Madrid con hotel pagado! Se lo voy a contar a todo el edificio.
—Mamá, no.
—Se lo voy a contar a Pilar, la del tercero, que presume tanto de que su sobrino trabaja en un banco. —Levantó un dedo—. Y traes al arquitecto el domingo que viene. A comer. Que le voy a hacer unos canelones de los que se recuerdan.
—Ya los tiene.
—Los de su madre son famosos, dice. —Frunció los labios—. Los míos serán mejores.
No discutí. Hay batallas que no se pueden ganar, y esta se perdía hasta antes de empezar.
* * *