Capítulo 22 Kintsugi
KINTSUGI (japonés).
el arte de reparar con oro lo que se ha roto, dejando la grieta a la vista, porque forma parte de la historia del objeto y es lo que lo vuelve único.
Ignasi
Quedaron en una cafetería de la Diagonal, a las once de la mañana, a mitad de camino entre el despacho de Roger y la gestoría de Berta.
Ignasi llegó con diez minutos de adelanto y pidió un café solo.
No lo tocó. Llevaba toda la noche dándole vueltas a lo que iba a decir y, a las siete de la mañana, con Marta todavía dormida sobre su hombro, había comprendido que no había nada que preparar.
Tenía una pregunta escrita en un papel, una llave oxidada en el bolsillo y la certeza, sencilla y enorme, de que quería decir la verdad.
Roger entró el primero, con su maletín de piel y su aspecto de abogado de película antigua, y se sentó a su lado sin decir palabra. Le puso la mano en el hombro un segundo.
—¿Estás seguro?
—No —dijo Ignasi—. Pero sé lo que quiero.
—Es mejor.
Berta llegó a las once en punto, con un abrigo camel y el pelo corto, y esa elegancia limpia que en los últimos años le había cambiado el gesto de la defensa a una especie de calma ordenada.
Saludó a Roger con un apretón de manos. A Ignasi le dio dos besos, torpes, de gente que ha compartido nueve años de vida y ya no sabe qué hacer con las manos.
—Estás distinto —dijo, sentándose.
—Estoy más cansado.
—No. —Lo miró con atención—. Estás más ligero.
Pidió un té. Esperaron a que lo trajeran. Nadie tenía prisa por empezar, y a la vez a todos les urgía.
—Berta —dijo Ignasi al fin—. He venido a decirte una cosa, y quiero decirla sin abogados.
Roger levantó una ceja, asintió, se levantó con su taza y se fue a la barra con la dignidad de quien comprende que su presencia ya era un trámite.
Quedaron los dos solos. Ignasi sacó el papel doblado del bolsillo y lo dejó sobre la mesa, sin abrirlo.
—Llevo dos meses diciendo que no puedo perder la casa.
Y esta semana alguien me hizo ver que nunca he dicho que la quiera.
—Respiró hondo—. No la quiero, Berta. La quise.
Era preciosa. Pero la compramos cuando yo creía que una casa era una forma de que nadie volviera a quitarme nada.
Y hace tiempo que dejó de ser un hogar. Es un expediente.
Berta no dijo nada. Removió el té despacio con la cucharilla.
—No te estoy pidiendo que me compres ni que me vendas tu mitad —siguió él—. Te estoy proponiendo que vendamos la casa entera. Que la pongamos en el mercado, que la compre alguien que la vaya a querer, y que nos repartamos lo que salga. Sin pelea. Sin subasta. Sin plazos.
La cucharilla se detuvo.
—¿Estás seguro?
—Eso mismo me ha preguntado Roger.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no. Pero que sé lo que quiero.
Berta dejó la cucharilla en el plato. Se quedó mirando la taza durante un largo rato, con una expresión que Ignasi no le conocía: una especie de ternura cansada, la de quien ha pasado años esperando algo y de pronto lo recibe cuando ya había dejado de esperarlo.
—Sabes lo que me dolió más de todo aquello —dijo por fin.
—Dímelo.
—Nunca te pedí la casa. —Sonrió con tristeza—. Te pedí que me miraras como mirabas la casa. Con esa atención. Con ese miedo de perderla. Y tú nunca me miraste así a mí. Yo era la cosa segura, la que no se iba. Y en el fondo, aunque tú no lo supieras, eso me iba apagando.
Ignasi sintió que algo le apretaba la garganta.
—Lo siento.
—No tienes que sentirlo. —Levantó la mirada—. No te lo digo para que te disculpes. Te lo digo porque ahora, por primera vez desde hace años, te veo mirar a alguien así. Lo vi en la fiesta de Julián, ¿sabes? Cuando la miraste a ella, a Marta. Pensé: a esa sí.
—Berta…
—Y me alegro. De verdad. —Se le humedecieron los ojos y se rió de sí misma, con la mano en la frente—.
Estoy a cuatro meses de casarme con un hombre que me mira como yo quería que me mirasen.
Y me da pena, y me da alegría, y me da un poco de rabia que tú lo hayas descubierto antes de que yo me fuera.
—Yo también me alegro.
—Entonces vendamos la casa.
—Entonces vendamos la casa.
Se estrecharon la mano por encima de la mesa.
Primero con formalidad, de socios, de gente que cierra un trato.
Después Berta se inclinó y le dio un abrazo breve, firme, con olor a jazmín y a pasado, y Ignasi comprendió que aquel abrazo era la verdadera escritura de divorcio: la que ninguno había sabido firmar hasta ese día.
—Marta viene a la boda —dijo ella al separarse—. No es una pregunta. Es una invitación.
—Se lo diré.
—Y que lleve a su gato.
—No sale de casa.
—Pues que lo piense —dijo Berta, y por primera vez en seis años le guiñó un ojo.
* * *
Roger redactó el convenio esa misma tarde.
Un documento de tres páginas, sin cláusulas escondidas, sin letra pequeña, que establecía la venta conjunta de la casa de Sitges y el reparto a partes iguales del importe, una vez descontada la hipoteca vigente.
Lo firmarían al día siguiente, el veinticinco, a las diez de la mañana, en el despacho de un notario de Sant Gervasi que Roger describió como "un hombre de pocas palabras y muchos sellos".
Ignasi volvió a casa andando. Había llovido y las calles olían a asfalto mojado y a castañas. Entró en el portal, subió las escaleras y se detuvo ante la puerta, con la llave en la mano, sin atreverse a abrirla.
Desde dentro le llegó el olor.
A quemado.
—¿Marta?
—¡No entres! —gritó ella desde la cocina—. ¡Es una sorpresa!
—Huele a incendio.
—¡Es una sorpresa con humo!
Abrió. En la cocina, Marta, con el delantal torcido y una mancha de harina en la mejilla, agitaba un trapo delante de una sartén de la que salía una columna gris.
Le Corbusier observaba la escena desde lo alto de la nevera, con una calma de espectador privilegiado.
Sobre la mesa, dos platos, dos copas y un mantel de cuadros que Ignasi no reconocía.
—Quería hacer una tortilla de patatas —explicó ella, sin dejar de agitar el trapo—. Una buena. Como las de mi madre.
—¿Y?
—Y ha salido un pergamino.
Ignasi se rió. No lo planeó: le salió de dentro, una carcajada limpia que le vació el pecho de golpe, y que le dobló en el umbral de la cocina. Ella lo miró con los ojos muy abiertos y la sartén en la mano, y empezó a reírse también, hasta que tuvo que dejarla sobre el fregadero.
—Te lo he contado todo con el humo —dijo entre hipidos—. ¿Qué tal con Berta?
—Vendemos la casa.
Marta dejó de reír de golpe.
—¿Habéis…?
—Ha ido bien. Muy bien. —Se acercó a ella y le quitó el trapo de las manos—. Me ha dicho que te invita a su boda. Y que lleves al gato.
—¿Lo ha dicho en serio?
—Ha guiñado un ojo, así que no lo sé.
Le contó el resto mientras cenaban pan con tomate, jamón y queso, porque la tortilla había pasado a mejor vida. Ella lo escuchó sin interrumpirlo, con los codos sobre la mesa y la barbilla en las manos. Cuando terminó, estaba llorando un poco, sin ruido, y le sonreía.
—Estoy orgullosa de ti.
—No he hecho nada.
—Has dicho lo que querías. Es lo más difícil que existe.
—Mañana tengo que firmar.
—Ya lo sé.
—Voy a firmar. —Se pasó la mano por la cara—. Y no sé si me temblará la ceja.
—Si te tiembla, te tiembla —dijo Marta—. Lo importante es la mano.
Cuando terminaron de cenar, ella recogió los platos, los dejó en el fregadero sin fregar —"mañana", dijo, como siempre— y se plantó delante de él con los brazos cruzados.
—Esta noche no tienes nada que firmar.
—Mañana a las diez.
—Mañana. Esta noche, no. —Alargó la mano—. Ven.
Lo llevó al dormitorio de la mano, apagando luces por el camino, hasta que la única que quedó encendida fue la lámpara de la mesilla, con su cono de luz amarilla sobre las sábanas.
Cerró la puerta con el pie. Le Corbusier, que los había seguido, se sentó en el pasillo, ante la madera cerrada, con la dignidad de un portero.
—Desnúdate —dijo Marta.
Lo hizo. Sin prisa, sin vergüenza, mientras ella lo miraba desde el borde de la cama. Cuando quedó desnudo, de pie, a la luz cálida, tuvo una sensación nueva: no de exposición, sino de descanso. Como quitarse un abrigo que llevaba años llevando por encima de la piel.
—Túmbate boca abajo.
Obedeció. Oyó cómo ella abría un cajón, cómo rebuscaba. Sintió que el colchón se hundía a su lado. Y entonces, en la espalda, una punta fina y suave que se deslizaba despacio, de un omóplato al otro.
—¿Qué haces?
—Dibujo.
—¿Con qué?
—Con el lápiz amarillo.
La punta le recorrió la columna vértebra a vértebra, y le erizó la piel entera. Sintió que ella trazaba algo, un nombre quizá, letra por letra, con una lentitud deliciosa. Cerró los ojos. Notó los labios de ella en la nuca, la respiración cálida, el pelo rozándole el hombro.
—¿Qué pone?
—Ignasi Ferrer. —Un beso en el omóplato—. Sin firmar.
—Todavía.
—Todavía. —Otro beso, más abajo—. Pero esta noche, sin firmar.
El lápiz bajó por la espalda, dibujó el contorno de las costillas, el hueco de la cintura, la curva de las caderas. Ignasi se mordió el labio. Cuando la punta se detuvo y fue sustituida por la boca de ella, que siguió el mismo camino lento, se le escapó un sonido ronco. Se dio la vuelta. La miró.
Estaba arrodillada en la cama, con la camiseta puesta y el lápiz amarillo todavía en la mano, y una expresión de ternura tan profunda que le dolió mirarla.
—Quítatela —pidió él.
Ella se la quitó. Y el resto lo hizo él: sus manos, su boca, con una lentitud que quería durar toda la noche.
La tumbó sobre las sábanas y la besó entera, empezando por los tobillos, subiendo despacio por el interior de las rodillas, los muslos, el vientre, mientras ella se estremecía y reía y le agarraba el pelo.
Cuando su boca llegó al centro de ella, se detuvo un instante, lo justo para mirarla.
—¿Sí?
—Siempre sí —susurró ella.
Aprendió otra vez cada pliegue, cada latido.
La sintió tensarse, abrirse, entregarse.
Con la lengua y con los dedos la fue llevando hacia arriba, con un ritmo que ya conocía de memoria y que, sin embargo, cada vez le parecía nuevo.
Ella se aferró a las sábanas. Dijo su nombre, una, dos, tres veces, y se deshizo contra su boca con un gemido largo, hermoso, y él la sostuvo, la acompañó hasta el final, hasta que se quedó laxa y sonriente.
Subió a su lado. Ella lo atrajo con las dos manos, lo besó, probó su propio sabor en su boca y le sonrió.
—Ven aquí —dijo.
Entró en ella despacio, apoyado en los antebrazos, con la frente contra la suya.
Los ojos abiertos. Se quedaron así, inmóviles, durante un tiempo que no supo medir: él dentro de ella, ella rodeándolo con brazos y piernas, la respiración compartida.
Le pareció que nunca había estado tan completamente en un sitio.
No había pasado ni futuro ni plazos ni cláusulas.
Sólo esa cama, ese cuerpo, esa luz amarilla.
—Muévete —susurró ella—. Despacio.
Se movió. Lento, hondo, sin prisa. Cada vez que se hundía en ella, sentía que algo se aflojaba dentro de su pecho, un nudo viejo, hecho de tantas cosas que ya no recordaba cuáles.
Ella lo acariciaba, le decía cosas al oído, tonterías, palabras que no sabrían repetir, y él pensaba que si existía una casa, una de verdad, tenía que parecerse a esto.
Fue ella quien lo llevó al borde, con las uñas en su espalda y una frase susurrada contra su cuello. Estoy aquí. Y él se dejó ir con un gemido profundo, quebrado, que casi fue un sollozo, y ella lo sostuvo mientras temblaba, mientras le caían lágrimas que no entendió y que no necesitaba entender.
—Ya está —murmuró Marta, acariciándole el pelo—. Ya está.
—Ya está.
Se quedaron abrazados, con las piernas enredadas, mirando el techo. Después de un largo silencio, ella levantó la mano y le enseñó el lápiz amarillo, con la punta ligeramente roma.
—Se me ha gastado.
—Es un lápiz. Es lo que hacen.
—Ya lo sé. —Lo dejó sobre la mesilla, junto a la llave de Vilassar—. Pero me gusta más así. Más usado.
Ignasi sonrió. Pensó en la casa de Sitges, en la taza de Berta, en el dibujo de las ventanas torcidas. En las cosas que se gastan y se vuelven más tuyas por eso.
—Marta.
—Dime.
—Mañana, cuando firme… ¿puedes estar fuera? ¿En la acera, esperando?
—No puedo entrar.
—No hace falta que entres. Sólo que estés.
Ella le besó el hombro.
—Condición… ¿cuánto vamos ya?
—Veintidós.
—Condición veintidós, entonces. —Apoyó la cabeza en su pecho—. Estaré.
Fuera, en el pasillo, Le Corbusier arañó una vez la puerta. Nadie le abrió. Se escuchó cómo se alejaba, con paso lento, hacia la cocina, donde la sartén quemada seguía esperando en el fregadero como un monumento a las buenas intenciones.